David Bowie soñaba desde hacía tiempo con dejar el foco de los escenarios, recogerse en su apartamento de Nueva York y llevar una vida ejemplar de padre, dicen sus allegados. Su mortalidad de hombre le había llevado a escaquearse de sus obligaciones revolucionarias de alienígena.

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David Bowie

Escrito por Miguel Cristóbal Olmedo
Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

David Bowie, Angie Bowie, Mick Jagger, Duncan Jones, muerte Bowie, Miguel Cristóbal Olmedo, Alicia Victoria Palacios Thomas, música bowie, vida bowie, biografía bowieQue no, que Bowie no ha muerto. Con la de veces que se ha salido con la suya tomándonos el pelo, bajo otros nombres y otras caras y otras vidas, y todavía le vamos a creer. ¿A nadie le parece demasiado fenomenal y lírico que se nos vaya a morir dos días después de sacar a la venta su último disco, dos días después de su sexagésimo noveno cumpleaños?  Y, sí, fíjense en ese 69, el más sexual de entre los números. ¿No son demasiadas coincidencias, no les parece un fraude diseñado de antemano?

Cómo va a atreverse a semejante engaño, dirán. Alguno habrá que lo delate o reconozca y le exponga al escarnio universal. Pero Bowie es de esos que se han hecho famosos pretendiendo que todo se la trae floja, y para este músico, actor, productor, escritor, ¿poeta? (sí, también) la muerte es solo un paso más en su carrera. Se habrá fugado en su jet privado y vivirá felizmente en la misma isla retirada de Elvis Presley, Michael Jackson y Jim Morrison. A lo mejor desde allí sigue mandando melodías para algún anuncio de coches, y el resto será silencio.

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Elvis Presley, Michael Jackson y Jim Morrison.

Bowie, como Tom Sawyer, es de esos pocos que gozan del privilegio de asistir a su propio entierro y escuchar los panegíricos que le llueven del espacio, por vía de astronautas apasionados, de los despachos presidenciales, de los colegas del espectáculo y del Twitter.

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David Bowie en el videoclip “Lazarus” (Johan Renck, 2016)

David Bowie no era Dios pero podía habérselo propuesto, acostumbrado como estaba a hacer su renombrado truco de magia, desapareciendo y resucitando con una nueva personalidad.

No en vano Christopher Nolan lo hizo compadecer ante las cámaras en el papel de Nikola Tesla, un inventor de artilugios eléctrico-mágicos en The Prestige (2006), con una cara engordada y reblandecida y una expresión beatífica por el retiro al que le obligó un ataque al corazón entre bastidores, alguien distinto de la silueta cadavérica que asoma en sus últimos vídeos y pelea con una agonía secreta (ahora, nos cuentan, ese dolor era cáncer de hígado).

Bowie siempre quiso ser actor y su mejor papel fue el de músico camaleónico, ya fuese dentro o fuera de las arenas de sus megaconciertos. Bowie, como decimos, se lo inventó todo, empezando por su nombre y siguiendo con la muerte.

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David Bowie, saxofonista de The Kon-Rads (1962-1968).

Se hizo llamar Davy o Davie Jones pero volvió a bautizarse como Bowie para evitar confusiones con el solista Davy Jones de los Monkees.

Probó a cantar y a ser mimo en la comedia del arte. Sus experimentos fueron frustrados por la indiferencia del público. Su primer disco, con veinte años, titulado David Bowie a secas, también pasó sin pena ni gloria. Los críticos siguen viéndolo como una tentativa inmadura, un paso transicional hasta el Bowie que conocemos. En realidad su genialidad ya está presente. Bowie es capaz de hacer una canción con la historia de un tal Arthur, pegado a las faldas de su madre, que un día conoce a una Sally, se quiere independizar pero termina regresando a los pucheros de la mamá que tanto echa de menos. No hay un auténtico romance ni una auténtica tragedia. Bowie nos dice que se puede hablar de todo, hasta de naderías, y componer buenos temas. Con Sell Me A Coat tenemos una canción de amor dispersa entre metáforas climáticas. Se ríe y nos sorprende, jamás acude a lo obvio. Nos está dando una clase magistral y no nos enteramos porque lo que cuenta tampoco viene en nuestros libros.

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“Durante toda mi carrera he trabajado con el mismo tema. Los pantalones pueden cambiar pero las palabras y temáticas que siempre he elegido para escribir son el aislamiento, el abandono, el miedo, la ansiedad, todos los puntos culminantes de la vida de cualquiera.”

Cantaba “There’s a staaaaar maaaaan… ” haciendo suyo el estribillo archifamoso “Over The Rainbow” que entonaba soñadoramente Judy Garland para El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). En la peli, Dorothy y sus estrafalarios amigos recorren el camino de baldosas amarillas para tener una audiencia con Oz, que resulta no ser el gran mago sapiente que todos adoran, sino un farsante emboscado tras sus artilugios mecánicos, ¿les suena? Bowie prometía en el programa musical donde debutaba, un número uno de audiencia en Inglaterra, el mítico Top of the Tops —corrompiendo a su audiencia con su disfraz andrógino, sus acercamientos cariñosos con el guitarrista Mick Ronson y sus letras de rebelión juvenil—, ser un hombre de las estrellas que viene a cambiar el mundo. Luego resultó que todo era una careta. Lo que no sabemos es si la careta tenía el rostro de Ziggy Stardust, el alien devenido en estrella de rock, o de David Bowie, el chaval introvertido que se emancipó de la raza humana.

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David Robert Jones nació en el sur de Londres, un pos apocalíptico Brixton atravesado por las socavones de las bombas alemanas. Carecía de alumbrado público, los edificios estaban reducidos a escombros, la tildaban de ciudad moribunda. Su padre, un héroe de guerra. Su madre, una camarera chiflada que había quedado preñada mientras trabajaba de enfermera, una madre sin lumbre maternal, una madre con una herencia genética dañada; la locura vivía subida a las ramas de su árbol genealógico.

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David Bowie (1962)

Los chavales de esa zona y esa época parecían abocados a infancias austeras y futuros predecibles. Reconstruir un país requería disciplina, bofetadas, el restallar de la hebilla del cinturón, padres lacónicos frente a su pinta de cerveza, requería perder los sueños en favor de doblegarse a la autoridad en casa y la escuela. Parece mentira que aquella fuese una generación con el as escondido en la manga, con la llama del punk y la heroína bullendo en las entretelas. David era solamente ese chaval de colegio que viste de forma impecable y lleva las uñas limpias.

La peli Semilla de maldad (Blackboard Jungle, Richard Brooks, 1955)  puso de moda el rock and roll en las islas; por la tele mostraban series de ciencia ficción como The Quatermass Experiment (1953) que David veía detrás del sofá, cuando lo creían tapado en la cama. Con Little Richard y su Tutti Fruti, David conoce a Dios y se aplica en la música como vía de escape a su realidad adocenada.

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Little Richard dando su famoso “saludo fálico” en 1957.

David, como buen artista y mujeriego, era desleal, copión, obstinado, ambicioso, egocéntrico y un jodido bastardo, elementos necesarios para descollar del anonimato. Le trató de levantar la novia a su colega de música, George Underwood. George tenía una cita con una tal Carol pero David le contó a George que esta había cambiado de idea y no se iba a presentar. Carol, por supuesto, fue la que recibió plantazo. David pensaba pasarse unos días más tarde para consolarla y llevársela a la cama. Lo único que consiguió fue una hostia en la cara cuando su amigo se enteró de la jugada. El ojo de David quedó permanentemente dañado por el golpe. Los músculos que contraen el iris dejaron de funcionar, dando la apariencia, a través de esa pupila eternamente dilatada, de tener los ojos de diferente color. A pesar del hospital y los problemas de visión, David, lejos de compadecerse, incorporó esta anomalía a su repertorio de características alienígenas, y le terminó dando las gracias a George por el infortunado puñetazo.

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David Bowie y el artista británico George Underwood, compañeros de banda y amigos de toda la vida (1968-1972).

David Bowie juntaba y desmembraba bandas, como si fuesen sus ligues quinceañeros, siempre en pos de algo que fuese a más y mejor.

El aspecto de esos años era el de un saxofonista introvertido y sin voz, de rasgos angulosos, piel fina, demasiado rubio y blanco y para venderse como símbolo sexual. En esos años ensayaba con su nombre y sus atuendos y hacía versiones de sus ídolos musicales. La obsesión perfeccionista de David le mantuvo desconectado de su público. No era de esos, cómo decirlo, sementales con personalidad magnética. Tenía algo de mozalbete inseguro que le sudan las manos. Su carácter reservado asoma en detalles breves, insignificantes, en las entrevistas donde se requiere agilidad verbal o en las soflamas de sus conciertos. Cuando anuncia a los espectadores, al mundo, a su propia banda, que están escuchando su último concierto como Ziggy Stardust, lo hace de corrido, como si quisiera quitarse de encima cuanto antes la tragedia colectiva de su declaración sorpresiva. David va a lo suyo y eso se nota. Socializar porque sí no va con él. Se nutre del arte, esa es su excusa para la conversación, y en el escenario se disfraza, por motivos comerciales, usándose de anzuelo, pero más aún por timidez, para esconderse, como también lo hacía Peter Gabriel para Génesis. Pertenece a esa casta de artistas a quienes ofrecerse a sí mismos les parece insuficiente, y por eso juegan a ser otro gracias al maquillaje y la impostura, de forma que su romance verdadero no es con el público sino con su personalidad soñada.

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“No disfruto tanto de mis actuaciones. Siempre ha sido así. Puedo hacerlo, y, si estoy metido en situación, me sale bastante bien. Pero después de cinco o seis conciertos, me muero por dejar la carretera y regresar al estudio”.

Que David fuese un poco rarito, no lo hacía ingenuo. Con frecuencia uno recuerda con lástima a los chavalines gafotas con el bocadillo estropeado por las lágrimas. Luego se los encuentra uno de mayores y se da cuenta de que eran y son unos arrogantes sin empatía hacia los demás. Que son tan cabrones como los otros que les endiñaban las patadas y capones. O peores. Ya David, antes de ser Bowie siquiera, era conocido entre los suyos por su ambición brutal, su carácter desalmado cuando se trataba de su carrera musical. La amistad valía menos que el talento. Quería ser músico profesional y no juntarse simplemente con los coleguillas, hacer que tocaban e irse de farra. Si hacía falta, desertaba de una banda para tocar con otra, y no valían de nada los lazos amistosos. Gracias por todo y chau. Así, boquiabiertos y traicionados, como luego se sintieron los miembros de Spiders of Mars cuando los dejó sin trabajo al darse de baja de su papel de alíen. Ensayaba, estudiaba a los grandes en sus discos, pulía su forma de tocar, se odiaba, se construía y se deconstruía, fingía orgullo ahí donde podía vencerle su autoestima apocada.

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En 1964 empieza a experimentar con la homosexualidad a pesar de su voraz apetito hetero. Todo forma parte de su crecimiento artístico, es parte del peaje por que se cobra la vanguardia artística. La vida ha olvidado su espartano blanco y negro y todo vale de nuevo, el arco iris hippy y su reclamo de promiscuidad se abre camino entre los jóvenes. La crisis de los misiles en Cuba es el aditivo al presentimiento fatal, vigoroso y excitado de que el mundo está por acabarse en una guerra nuclear, así que puestos a morir, disfrútese ahora y que le den por saco a la moral victoriana reinstaurada tras la II Guerra Mundial.

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David Bowie  junto a Mick Ronson comiendo guisantes (1973)


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Café Royal, 4 de Julio de 1973, Londres, Lou Reed, Mick Jagger and David Bowie.

Bowie escribe Space Oddity al calor de la película de Kubrick, 2001 Odisea Espacial (1968) aun cuando más tarde, en su etapa drogadicta, vende la idea de que debía su inspiración a la heroína.

David y su novia Hermione (sí, la chica de esa preciosa balada titulada Letter to Hermione) ni siquiera eran muy dados a los porros. Lo suyo, más bien, era el vino blanco, pero la relación se pierde cuando ella emprende un viaje por los confines nórdicos donde participa en un musical, y a David los refinamientos se le acaban cuando el vendaval Angela Barnett, que será la primera mujer Bowie, la fuerza motora creativa —y asimismo destructiva— de su vida, se le interpone. Angela es una amazona libertina, una norteamericana que no se cansa de proponerle ideas y orgías, bravucona, posesiva en ciertos aspectos y completamente abierta en otros. Presumía de haber sido expulsada del Colegio de Mujeres de Connecticut por una relación lesbiana. “Para conocer a Bowie uno debía pasar por Angela”, cuentan los colegas de entonces. Se dice que es la Angie a la que canta Mick Jagger y Bowie también le dedica su The Prettiest Start, que es una canción reafirmando su amor pero en la que se advierten indicios de una relación condenada.

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David Bowie Hermione-Farthingale en la espera para grabar “Ching-A-Ling”, el 27 de noviembre 1968.


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Angela Barnett (Angie Bowie) junto a David Bowie y el hijo de ambos Duncan Jones (Zowie Bowie), 1974.

El lanzamiento del Apollo 11 y la llegada del hombre a la luna pone en órbita el Space Oddity de Bowie y su carrera. El espacio estaba de moda, ergo… El tema de Bowie parecía la perfecta banda sonora de ese tiempo aunque en América no le prestasen demasiada cobertura mediática por miedo a gafar sus expectativas triunfalistas de poner a un hombre en el espacio con una canción que sonaba a tristeza y soledad. El 20 de julio Angie salió a dar una vuelta mientras Bowie presenciaba emocionado por televisión los primeros pasos de Armstrong en la llanura lunar, y regresó narrando su encuentro con unos hombrecillos verdes. Entretanto el viaje ficticio del Comandante Tom por las distancias siderales, regalaba a Bowie el primer ápice de su leyenda.

El resto ya se lo saben. Es la historia que nos han contado cien veces. El Bowie que renace y muta a lo largo de las décadas y las modas, siguiendo la máxima de Picasso de que los auténticos genios roban de los otros, y Bowie alardea de ser un buen ladrón.

Las caretas vienen, se caen y se reponen. Bowie es Ziggy Stardust, Aladdin Sane, El pálido Duque Blanco, y ya después huye de los excesos de la cocaína y la vida norteamericana para recogerse en el estudio berlinés con Brian Eno. Reaparece gloriosamente en Heroes, recordándonos que todos podemos serlo aun cuando sea por un solo día, e invita a que bailemos en los ochenta. Con Ashes To Ashes salda cuentas con el Comandante Tom, que seguía perdido en la triste soledad espacial y lo reinterpreta como un yonqui catapultado por una inyección de heroína. Celebra la MTV y el escaparate musical del revolucionario Internet. Se apunta a todas las modas y las reforma a su antojo.

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Y entretanto, cuando quiere, se apunta al cine, una pasión que a veces le parece frustrada. Hace de Poncio Pilatos para Scorsese y de prisionero de guerra en Feliz Navidad, Mr. Lawrence (1983) para Nagisa Oshima, responsable de El Imperio de los Sentidos (1976), calza como nadie su papel de alienígena en The Man Who Fell to the Earth (Nicolas Roeg, 1976), es un vampiro estilizado y gótico en El ansia (The Hunger, Tony Scott, 1983), es la bruja/hechicero de Dentro del laberinto (Jim Henson, 1986), nos regala una aparición casi fantasmal en Fuego camina conmigo (David Lynch, 1992), la precuela cinematográfica de la serie Twin Peaks. Se casa con la supermodelo somalí Iman Mohamed Abdulmajid y respalda al hijo de su primer matrimonio, Duncan Jones, en un debut cinematográfico, Moon (2009) que nos hizo arder las manos de tanto aplaudir: una intrigante historia sobre el espacio, la soledad y la paranoia. Se desmiente de su bisexualidad y lo achaca al espíritu de esa época. Escribe Crack City, una canción visceral en contra de las drogas.

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David Bowie The man who fell to earth (Nicolas Roeg, 1976)


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David Bowie The man who fell to earth (Nicolas Roeg, 1976)


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Catherine Deneuve y David Bowie en El ansia (The Hunger, Tony Scott, 1983).


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David Bowie y Jennifer Connelly en Dentro del laberinto (The Labyrinth, Jim Henson, 1986).


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Bowie en Fire walk with me (Fuego camina conmigo, David Lynch, 1992).


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Sam Rockwell en Moon (Duncan Jones, 2009).



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Iman y David Bowie en 1985.

Tras hacernos flipar con su álbum Heathen, Bowie se va disipando durante la gira que promociona su nuevo disco Reality, trufada por las desventuras. Su garganta, pasada por Gitanes y Marlboros, sufre una fuerte laringitis.

En Oslo, una fan le arroja un chupa chups que va a golpearle en el ojo izquierdo. Percibe dolores musculares en el hombro durante su concierto en Praga y el infarto le llega en Schlessel, Alemania. El tour se cancela con la angioplastia que le practican de emergencia. Los escenarios ya solo los pisa como estrella invitada y la última vez que le vemos sujetar un micrófono es aparejado con Alicia Keys para su canción Changes en el 2006.

Después nada. Seis infartos de corazón que mantiene en el anonimato. Toca cuidarse. Toca luchar por la longevidad y desligarse de la gloria. Pone la voz a uno de los personajes de Bob Esponja.

Bowie soñaba desde hacía tiempo con dejar el foco de los escenarios, recogerse en su apartamento de Nueva York y llevar una vida ejemplar de padre, dicen sus allegados. Su mortalidad de hombre le había llevado a escaquearse de sus obligaciones revolucionarias de alienígena.

Se guardaba un último milagro después de un silencio musical de diez años, gracias a sus dos últimos discos, casi póstumos, que como su productor Tony Visconti propone: “Han sido su regalo de despedida”.

En el vídeo musical Blackstar se muestran los restos de un astronauta. ¿Es posible que sea el Comandante Tom y este sea el final de su singladura hacia lo desconocido, el final de camino de su experimento galáctico? Bowie ya es el hombre del futuro, plagado de arrepentimientos y sabiduría, el misterioso extraño que se proyecta desde nosotros y es descrito en la canción Shadow Man.

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Nadie como él para hacer mutis de la forma más inesperada. Hasta cuando muere o finge que muere, lo hace de forma artística. Con las botas puestas, de nuevo en el cenit de una gloria que reclama como suya.

Bowie no ha muerto. Yo no creo en la muerte porque después de esta vida no hay nada. No hay descanso ni castigo, solo olvido. Y Bowie nunca será olvidado. Él es parte de la historia de la música. Él es la música. También sé que no hace falta tener delante a los seres queridos para saber que existen. No me hace falta probar que Bowie sigue vivo. Lo estoy escuchando en estos momentos y eso basta. Él canta y yo escucho, la relación de siempre, la alquimia de todos estos años, que seguimos perpetuando, como si nada hubiese cambiado, aunque todo cambia y Bowie me lo siga repitiendo desde los altavoces. Yo salmodio: Bowie no ha muerto. Bowie no ha muerto. Bowie no ha muerto. Mueren los otros, morimos los demás. Bowie nos sobrevivirá a todos. Bowie no ha muerto.

Shenzhen, 12 de enero, 2016

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Join the discussion 2 Comentarios

  • Gema dice:

    Siempre será un mito con de anécdotas inverosímiles y automitos creados de su cosecha; mientras haya quien lo alimente, con todo lo que trabajó para las próximas generaciones no existirá. Pasa con todos los artistas. Alcanzó el prestigio, como artista. Descanse en paz El Duque Blanco, lleno de arrepentimientos en la vida personal.

  • Javier Urrutia dice:

    Buen trabajo, tornillos. Un placer inmortalizar el espíritu del dandy del pop con vuestras letras y videos. Abrazos

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