►James Gandolfini ha muerto, larga vida a Tony Soprano

By junio 26, 2013Esquelas

JAMES GANDOLFINI HA MUERTO, LARGA VIDA A TONY SOPRANO

James Gandolfini sobrevivió a Tony Soprano solo para que la muerte le volviese a tomar el pelo, demostrando que casi siempre perdura la ficción, es decir, Tony, frente al James Gandolfini que todo el mundo dice recordar en su funeral (aunque sigan pensando en Los Soprano y se vuelvan para ver si agentes de paisano les están tomando fotos para una identificación posterior), porque en el fondo todos somos una excusa para que alguien invente una historia sobre nuestras espaldas.

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

                                           James Gandolfini

PhotoLa noticia de la muerte de James Gandolfini me sorprendió este viernes, 21 de junio, al ir a pedir el desayuno, mientras se cumplen mis vacaciones en uno de esos pueblecitos turísticos irlandeses que acaban de bruces en el Atlántico y donde parece que siempre llueva o se levante niebla para jodernos las fotos. Su rostro, en la portada del Irish Daily Mirror, periódico sensacionalista que adquieren los dueños del bar para hacer a sus clientes más amena la espera de la comida, me llevó a creer que se estrenaba una nueva película donde figuraba él como protagonista. Para Gandolfini, sin embargo, se habían acabado las películas. Y para nosotros, sus películas (aquí vendría un taco de pura impotencia, pero me abstengo unas líneas más por respeto a los muertos).

Un infarto al corazón, habían escrito. Y, claro, uno se acordaba de todos esos actores brillantes y gordos que fallecen de golpe y nos dejan un poco atribulados, sin saber de dónde vino la bofetada (así, de carrerilla, recito algunos: Chris Farley, John Candy, Chris Penn y John Belushi, cruzando los dedos para que la historia no se repita con John Goodman, el más magnífico y obeso de todos y que aún los sobrevive). Conmovido, volqué la mirada sobre mi desayuno humeante. El tocino, la morcilla, el huevo frito, las patatas, las alubias, hacinados todos juntos con el pan de soda untado en mantequilla, me hicieron un guiño desde el plato.

De izquierda a derecha: Chris Farley, John Candy, Chris Penn, John Belushi y John Goodman.

Miguel Cristóbal y la portada del Irish Daily Mirror, viernes 21 de junio
de 2013.

— ¡Qué pena!—le dije al camarero mostrándole la portada.

— ¡Sí, es horrible!—asintió y los dos compartimos una mirada de entendimiento—. Era solamente una niña.

 Ojalá no advirtiera mi gesto de sorpresa porque, en efecto, ocupando la mitad de la página, casi solapando los titulares de mi interés, había una nueva noticia sobre el terrorífico doble homicidio de Killorglin, como ya lo llaman, en donde una mujer y su hija de ocho años han sido apuñaladas brutalmente, una en presencia de la otra. Las fotos de la niña, Enrika, radiando inocencia, siguen alimentando los diarios desde hace varios días.

 —Es como ser testigo de la muerte de un ángel—prosiguió el camarero.

Sin embargo, quizás ajeno a todo, la noticia que a mí me parte el corazón es la desaparición de James Gandolfini, lo cual es ridículo porque nunca le conocí. O quizás sea porque lo tomamos por su encarnación Tony Soprano, el protagonista mafioso de una serie entre lo cómico y lo existencialista, porque ver morir a James es ver morir a Tony definitivamente, saber que la familia Soprano ha quedado definitivamente rota, sin nuevos argumentos para su pelea de los desayunos o saber que a la entrada de la carnicería Satriale ya jamás veremos retratada su portentosa figura aspirando un habano prohibitivo.

Por eso tenía que despedirme de él, aunque sea a destiempo (ya todos le han dicho su adiós y el barco para escribir su panegírico ha zarpado), para exculparme de esta doble culpa mía de querer más a un criminal imaginario que a una pobre niña de cabello rubio. Para culpar a Gandolfini de conseguir encariñarnos de un personaje deleznable gracias a sus ojos tristes y su media sonrisa.

Desde luego, los aldeanos no me lo iban a poner fácil. Necesitaba conseguir un periódico donde echar mis zarpas, ya que aun cuando en mi hostal (asilo de hipsters cincuentones e intolerantes divorciadas en la onda New Age) estén conectados a su karma, a su propia madeja repleta de vidas pasadas, al centro enérgico de la Madre Tierra, a su Yo interior—y al mío, si les dejase—, el Wifi por contra es una absoluta porquería. Así que necesitaba un periódico aunque aquí estén para vender jerseys con inscripciones sobre el orgullo irlandés o boinas de paletos, que a mi cabeza inmensa les sienta jodidamente mal (soy un cabezón, en sentido literal y figurado), para vendernos sus llaveros, sus tazas, emborracharnos en el pub y cobrarnos casi un euro de más que en la ciudad por su menú del día, no para vender periódicos (la única librería está ¿inexplicablemente? cerrada). Así que me tocó luchar por entender el inglés vertiginoso de los lugareños para un oído malacostumbrado como el mío.

Fotografía de Miguel Cristóbal.

Sí, había una tienda, no allí sino en las afueras, subiendo aquella colina, pasando la encrucijada, detrás de la casa rosada, etcétera. Diez minutos andando decían los malditos, diez minutos. Ah, cabrones.

El camino pasaba de ser un sendero de tierra a una carretera comarcal, estrecha, sin aceras, por la que circulaban autocares temerarios y automóviles a gran velocidad salpicándome de lodo. Al pasar por mi lado, pitaban la bocina ofendidos, como si hubiese invadido su territorio. Otros, es verdad, soltaban la mano del volante y saludaban. No sé qué era más peligroso.

Morir cuando iba a buscar el periódico. En vacaciones. Vaya broma. Era algo que le podía haber pasado tantas veces a Tony Soprano en su ceremonial matutino, equipado con bata y pantalones de pijama como cualquier maruja de súper de barrio, descendiendo por el terraplén de entrada a su casa solo para dejarse sorprender por la reaparición de Pussy Bonpensiero (Vincent Pastore) tras un año de silencio en el que todos le daban por muerto, o para tener uno de esas inexplicables conversaciones con el agente Harris (Matt Servitto), un tipo del FBI que acaba sintiendo un genuino respeto por el hombre al que persigue.

 

                         David Chase

Pero James Gandolfini tardó 37 años en convertirse en Tony Soprano y ni siquiera entonces fue capaz de reconocer que estaba frente al papel de su vida. Después de dos años estupendos, donde el rodaje era, lo que se dice, propio de una familia bien avenida y la fama y el éxito les llegaban a espuertas, a Tony, perdón, a James, se le subió la fama a la cabeza (o la cocaína, según explicaba su primera mujer, que parece que se las agenció para volverlo loco durante el proceso de divorcio) y las cosas entre David Chase, el creador de la serie, y James Gandolfini, ya no fueron igual. Para empezar, Chase, frente a la enormidad del proyecto, se había convertido en una especie de Mago de Oz (palabras de Gandolfini) capaz de seguir produciendo magia pero que no asomaba la cabeza por el plató.

—Hacia el final de la serie estaba furioso acerca de un montón de cosas y creo que estaba simplemente agotado porque ¿a santo de qué tenía motivos para enfadarme? Aquel hombre (Chase) me había echo un regalo inmenso en términos de experiencia vital e interpretativa, en términos económicos también (…)

Izquierda: Paulie Gualtieri (Tony Sirico) y derecha Tony Soprano (James Gandolfini).

Gandolfini fagocitó a Tony y a este a su vez lo devoró a él. Se trataba de una relación de dependencia, y como todas las de semejante índole, también era destructiva. Se concedieron mutuamente éxito e infelicidad. Igual que ocurre con la gente en la que nos reconocemos demasiado, James amaba y odiaba a su personaje: Gandolfini, como Tony, tenía dos hermanas, crecieron en New Jersey en el seno de una familia italoamericana y James, tras su paso a regañadientes por la universidad (de la que sólo se acuerda de las juergas) se hizo gerente de un club de Nueva York, el Private Eyes de la 21, rodeándose de personas nutridas en la violencia y el crimen, que lo abastecieron para el resto de su vida de múltiples registros interpretativos. Era un pacifista con episodios de rabia y eso lo ayudaba a bordar como nadie el papel de villano con un corazón de oro. Precisamente uno de sus colegas del club le empujó a tomar clases de interpretación y así aquel que iba sólo para portero de discoteca acabó recibiendo elogios de medio mundo.

Malas calles (Mean Streets), Martin Scorsese, 1973.

Presumía de haber visto Malas calles (Mean Streets, Martin Scorsese, 1973) unas diez veces seguidas (exageración pantagruélica que sienta tan bien a su historia), le molaba De Niro, por supuesto, y también Robert Redford, con quien se avino a participar muchos años después en una película, no tanto porque el guión fuese bueno, sino porque Redford es Redford y estar a su lado era como hacer las paces con una ensoñación infantil. Kathryn Gately, su profesora de interpretación y devota a su vez de la técnica Meisner, le ayudó a proyectar su ira en el desarrollo creativo de sus personajes, tal y como la doctora Melfi (Lorraine Bracco) haría con Anthony Soprano buscando juntos la manera de lidiar con sus arrebatos destructivos. En Broadway debutó con Un tranvía llamado Deseo (vehículo en el que se forjó anteriormente la leyenda de Brando), junto a Jessica Lange y Alec Baldwin, gracias a su enchufe con una chica con la que había salido y que conocía al director de casting de la obra. La chica no le pidió nada a cambio, siquiera cruzaron un beso. En realidad, contaba James, ya tampoco recuerda si eran tan amigos.

Izquierda: Kathryn Gately. Derecha: James Gandolfini y Robert Redford en una escena de The Last Castle (La última fortaleza) de Rob Lurie, 2001.

Tiene pequeñas apariciones en el cine, es un anónimo secundario con un brillo especial que logra incendiar la pantalla en su primer gran papel, haciendo de matón, por supuesto, en Amor a quemarropa (True  Romance, Tony Scott, 1993), donde le hace la guerra a Patricia Arquette, en una escena terriblemente violenta que les llevó cinco días de grabación, entre risas y hostias.

True Romance (Amor a quemarropa) de Tony Scott, 1993.

James se volcaba completamente en sus papeles. Para Amor a quemarropa, apenas se duchaba, tampoco lavaba su ropa interior y dormía en su coche con el traje puesto para no salir de su personaje ni en sus propios sueños. Además le pedía a Patricia que no se contuviera con los golpes y ella, claro, se negaba, un poco asustada. Para su papel de Eddie Poole en Asesinato en 8mm. (8mm, Joel Schumacher, 1999) se entrevistó con varios directores y productores del porno procurando entender —y apreciar— su forma de trabajo. Durante el rodaje de El Mexicano (Gore Verbinski, 2001), a punto de cancelarse a causa de los numerosos retrasos que provocó la adicción de Gandolfini por el alcohol y las drogas, James perdió 18 kilos para su personaje de asesino a sueldo homosexual y tuvo que ganarlos de vuelta para continuar con la nueva temporada de Los Soprano (David Chase, 1999-2007), ya que los ejecutivos no veían con buenos ojos la reaparición de un Tony “delgado”. Él se amoldó porque sentía que su personaje no se movía ni resoplaba igual, y para interpretar al jefe de la mafia de New Jersey le gustaba padecer el sobrepeso de los excesos.

A la izquierda James Gandolfini en The Mexican de Gore Vervinski,2001 y a la derecha en 8mm (Asesinato en 8mm) de Joel Schumacher, 1999.

 

John Travolta junto con James Gandolfini en Lonely Hearts (Corazones solitarios) de Todd Robinson, 2006.

Continuó interpretando a personajes oscuros y violentos que le hacían volver del estudio a su casa sintiéndose podrido, al tiempo que cimentaba su amistad con John Travolta, con quien trabajó en cinco películas, y cuyos padres ya se conocían porque el uno solía comprarle neumáticos al otro. Cuando el hijo de Travolta falleció, James Gandolfini permaneció a su lado el tiempo necesario, olvidando sus compromisos previos con otras productoras. “Eso es lo que hace un amigo de verdad”, contaba Travolta, “y un amigo de verdad es algo como de ciencia ficción en Hollywood”.

—“En realidad, detesto la violencia.”—admitía el mismo Gandolfini. Me considero una especie de Woody Allen neurótico de 117 kilos.

Por eso fue el humor y no la acción lo que atrajeron la curiosidad de James por Tony. Por curiosidad uno viaja a territorios detestables o se deja engañar por una adivina. Por curiosidad, también, uno se enamora. Y gracias a las carcajadas que conmueven esa curiosidad comienza uno de los idilios más torrenciales entre la persona y su personaje, un duelo a la altura de Conan Doyle contra Sherlock Holmes. Se presentó al casting de Los Soprano, sin embargo, con la convicción de que no iba a dar la talla, seguro de que andaban buscando una especie de George Clooney italiano y no a un barrigón con demasiado pelo en las partes inadecuadas.

—Pero me llamaron para decirme si podía reunirme con David Chase para desayunar a las nueve de la mañana. En aquel entonces era más joven y salía hasta muy tarde, así que pensé algo como: “Hostia puta ¿este tío quiere desayunar de veras? Va a ser un grano en el culo”. —

Chase reconoce que no fue siempre una persona fácil, pero James Gandolfini “fue mi compañero, fue mi hermano en formas que no puedo ni seré jamás capaz de explicar”.

David Chase y James Gandolfini.

La serie que consiguió volver a los cinéfilos adictos a la televisión estuvo cimentada de problemas y circunstancias de pesadilla. James demandaba un sueldo estratosférico en cada nueva temporada (llegando a ganar casi un millón de dólares por episodio) y luego estuvo el divorcio de su esposa Marcy que convirtió el rodaje en un vía crucis, un asunto que reduce a juego de niños la crisis matrimonial entre el Tony y la Carmela (Edie Falco) de la ficción.

Marcy Wudarski y James Gandolfini.

A finales del 2002 Gandolfini era un manojo de nervios, acusándose de fracasar en el plano emocional y embarcado en una eterna pelea legal que lo volcaba en los brazos de strippers, alcohol y coca. Tanto en su casa como en el rodaje, James se flagelaba a sí mismo por olvidar las líneas de su personaje, golpeándose en la cabeza ante la mirada patidifusa de sus compañeros de rodaje o arrojando puñetazos contra la pared durante sus discusiones histéricas con Marcy, la cual amenazaba con denunciarlo a la policía  y dejarle sin un duro.

Así como a Tony, la depresión empezó a cebarse con él. Faltaba a los rodajes diciendo que se sentía enfermo y permanecía atrincherado en su apartamento de Tribeca haciendo Dios sabe qué. Durante la filmación del episodio en que el personaje de Furio (Federico Castelluccio) se debate entre matar a Tony y llevar su relación platónica con Carmela al terreno de lo físico, Gandolfini desaparece sin aviso durante cuatro días y el equipo se las ve y las desea para terminar la historia en ausencia de su estrella principal. Durante ese tiempo no supieron absolutamente nada de James y algunos ya temían lo peor. Finalmente el teléfono con el número principal de la productora sonó. Una de las secretarias corrió a anunciar al resto que al otro lado estaba Gandolfini, el hijo pródigo, llamando desde un salón de belleza de Brooklyn. Para sorpresa del dueño, James había aparecido con aspecto montaraz para pedirle usar su teléfono. Marcó el único número del que podía acordarse, como si el estudio de televisión, el decorado de cuatro paredes por el que discurre el universo Soprano, fuese su propio hogar, y desde allí pidió que le mandasen un auto para recogerle.

También hay otra mejilla al aspecto general de sus historias de estrella malograda o de mafioso con antojos peligrosos, pues dentro de él convivían los dos Tonys o los dos Gandolfinis: la persona difícil y además el ser humano amable y entregado, el mismo que denunciaba en documentales las devastaciones psicológicas que sufrían los jóvenes soldados en la guerra o ese que donaba ingentes cantidades de dinero a causas benéficas. El que se abrazaba emocionado a sus compañeros de reparto; el travieso que bailaba con los pantalones bajados, fuera de cámara, delante de Lorraine Bracco, cuando a ella le tocaba hacer sus planos como psicóloga en esos largos rodajes del viernes por la noche, exhibiendo el contoneo de un culo generoso, entresacando una sonrisa disimulada en los rostros cansados del equipo. Y cada vez que se negaba a comparecer en el plató inopinadamente, un arrebato de culpabilidad por tenerles a todos esperando le llevaba a gastar un dineral en obsequios extravagantes. Unas veces asomaba a la hora de la comida un chef de sushi o a cada uno se le asignaba un masajista particular. Era parte del precio de jugar a hacer negocios con Tony, es decir, con James.

Tony Soprano (James Gandolfini), a la izquierda Carmela Soprano (Edie Falco) y a la derecha la Dra. Jennifer Melfi (Lorraine Bracco).

Rodaban en turnos de doce horas aparte de dedicar ocho más a memorizar y practicar las páginas que les mandaban para el día siguiente. La televisión era un negocio extenuante y todos se sintieron tristes y aliviados cuando la serie acabó con un final que quizá nos decepcionó al principio pero que hemos ido comprendiendo, como quizás lo entendió James cuando le atravesaron los dolores repentinos en el pecho y el cuarto de baño se oscureció completamente.

Gabriele Muccino

Ha sucedido a solo seis años del final de la serie, como ya saben todos, en Roma, que era un alto en el camino antes de participar en Sicilia junto al director Gabriele Muccino—responsable de pelis tan interesantes como L’ultimo bacio (2001) y de bodrios tan predecibles como Siete almas (Seven pounds, 2008)— del Festival de Cine de Taormina, evento que se remonta hacia 1955 y es el más antiguo de Italia. Dicen que James se encontraba exultante (aunque eso suelen decir de todas las personas que acaban de morir), que le emocionaba ese breve reencuentro con sus raíces italianas, que había dejado atrás vicios mayores y disfrutaba de sus escuetos papeles para la gran pantalla (en su opinión, siempre lo ha repetido, lo único importante es el guión y no la longitud de sus líneas).

Deborah Lin, James Gandolfini y Michael Gandolfini.

Aprovechaba para hacer de este un viaje familiar, junto a su segunda mujer Deborah Lin (consolándose de su reciente viudez yendo de compras, le censuran algunos), su hijo Michael y su hija Liliana de 9 meses de edad la cual parecía brindarle no solamente la oportunidad de ser padre otra vez sino la ocasión de convertirse en “un hombre nuevo”. Pasaron un día estupendo, coinciden los testigos, hasta que llegó la noche y empezó a encontrarse mal. Ahora, tras abrirle el estómago para la autopsia, dicen en su rotativo los del New York Post que le han sacado langostinos untados en mayonesa y salsa chile y en su sangre también discurría el alcohol equivalente a ocho copazos. Quieren decir que comió hasta morir igual que en la película sobre ese banquete interminable y suicida a cuya mesa estaban invitados Marcello Mastroianni, Michel Piccoli, Philippe Noiret y Ugo Tognazzi. (La grande bouffe, Marco Ferreri, 1973). Gandolfini tuvo su última cena. Como la de Cristo pero de verdad, no esa mierda barata de pan y vino. Su hijo Michael, de trece años, lo halló postrado en el suelo del baño del glamoroso Hotel Boscolo Exedra en estado de inconsciencia y llamó al personal del hotel a gritos. Le practicaron los primeros auxilios sin conseguir reanimarle. Dos ambulancias se presentaron en cuestión de minutos y lo trasladaron al Policlínico Umberto I, el más grande y mejor equipado de todos los hospitales de Roma. Cuarenta minutos después de su ingreso fue declarado muerto.

La grande bouffe (La gran comilona) de Marco Ferreri, 1973.

“Fue uno de los grandes actores de todos los tiempos”, proclamó David Chase sin exagerar, y al epitalamio también se han unido las voces de Rob Lowe, Ewan McGregor, Brad Pitt, Edie Falco, Robin Williams… a través de Twitter. Se ha dejado en el bolsillo un montón de proyectos que nos hubiesen hecho salivar de expectación: iba a hacer de abogado y de taxista en su reaparición para dos series nuevas de la HBO.

James Gandolfini sobrevivió a Tony Soprano solo para que la muerte le volviese a tomar el pelo, demostrando que casi siempre perdura la ficción, es decir, Tony, frente al James Gandolfini que todo el mundo dice recordar en su funeral (aunque sigan pensando en Los Soprano y se vuelvan para ver si agentes de paisano les están tomando fotos para una identificación posterior), porque en el fondo todos somos una excusa para que alguien invente una historia sobre nuestras espaldas.

De izquierda a derecha: Paulie Gualtieri (Tony Sirico), Silvio Dante (Steven Van Zandt), Tony Soprano (James Gandolfini), Christopher Moltisanti (Michael Imperioli) y Pussy Bonpensiero (Vincent Pastore).

A pesar de ello no hay círculos perfectos ni paisajes tan adorables que no pueda arrebatarnos una cortina de lluvia (como me sucede aquí ahora, con la ropa cerca de la estufa y los calcetines oliendo a podrido), porque todo se reduce al último episodio de una serie donde la historia se interrumpe, como le sobrevino a Tony Soprano durante su cena familiar, como le ha sobrevenido a James Gandolfini en su viaje romano, un corte a negro voraz y repentino, la caída del telón sin dar ocasión a la música, ni a las reverencias desde el escenario, ni a títulos de crédito ni aplausos.

Doolin, sábado, 22 de junio de 2013.

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