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El tornillo de Klaus
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Un relato de Miguel Cristóbal Olmedo

Sangre y leche
más que bien: mejor
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MICKEY ROURKE | Fisonomía de un caradura sin cara (II)

Mickey no hace solamente del hermano mayor de Matt Dillon (que seguirá sus pasos profesionales al interpretar después de él a Hank Chinaski, el alter ego del poeta alcohólico Charles Bukowski), es además el hermano mayor simbólico de un nueva mesnada de actores, como Diane Lane y Larry Fishburne.[...] Rourke se muestra como ese chico duro y vulnerable, aureolado por la tragedia con un cigarrillo gastado en la comisura de la boca y la expresión de alguien vagamente ausente, vagamente atormentado, vagamente melancólico.

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Matt Dillon y Mickey Rourke en Rumble Fish -La ley de la calle- (Francis Ford Coppola, 1983).

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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PhotoPuedes contar con el viejo Mickey para mantener viva la llama del escándalo. Los periodistas le quieren: “¡Ey, Mr. Rourke! ¿Puede enseñarme el dedo de nuevo? ¿Puede cagarse en mi puta madre? Es para el programa matinal, sabe usted… “. Y él lo hace, porque tiene buen corazón y para cuidar esa imagen de tipo duro tan ensayada. Pero a veces se le va la mano, como le pasó más de una vez con su exmujer Carré Otis, esa belleza más colgada de la heroína que del sexo, y todo vuelve a irse a la mierda. Porque en Hollywood hasta los rufianes deben inhibirse y cuentan con asesores, abogados, publicistas, representantes. En Los Ángeles todo el mundo hace carrera y es lo que tanto le ha costado aprender. Ahí le teníamos, saliendo a la plazoleta de las entrevistas, vendiendo su versión de personaje humilde y redimido que se ha pasado años haciendo las paces con los advenedizos del mundo del espectáculo, pontificando sobre el nuevo Mickey —un tío con las pelotas de antes y una lengua más corta—, pero no deja pasar ni unas semanas del estreno de su gran éxito El Luchador (Darren Aronofsky, 2008) para escupir sobre el periodista canalla que sugirió su relación amorosa con Evan Rachel Wood, la joven actriz de reparto y ex de Marilyn Manson, que interpreta a su hija: “Decidle al maricón que escribió esa mierda que me gustaría romperle sus putas piernas”.

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UNA CASA CON DEMASIADAS VENTANAS (Alfombra roja y escaparate de maniquíes. Sexo y violencia en la pequeña pantalla: Espartaco versus Juego de tronos. El pasado vergonzoso de Sex and the City. Orígenes y finales de Mad Men)

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Madmen (Matthew Weiner, 2007)

❝Por las galerías del rechazo, que son las más complicadas de andar y las más solitarias aun cuando todo el mundo deba recorrerlas para llegar a alguna parte, los gerifaltes resabidos de las grandes cadenas lo miraban llegar desde su apoltronamiento oficinista. Se decían: “aquí viene el tío rarito, ese que escribía sueños muy largos en Los Soprano” y hacían limpiar el polvo de los pósteres enmarcados que colgaban como títulos de medicina, recordando las series que tenían circulando y el dinero que generaban. “Muy bueno, todo muy bueno pero… ”. ¿Pero a quién coño le importa tu historia? Querían decirle y no se atrevían para mantener buenas relaciones con un escritor que les serviría para pulir sus otros guiones. “Necesitaríamos crear una base de fans con esta serie y ahora mismo… En fin, buena suerte.” o “Lo siento, es demasiado bueno para producirlo. Nadie va a verlo❞.

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

UNA CASA CON DEMASIADAS VENTANAS (Alfombra roja y escaparate de maniquíes. Sexo y violencia en la pequeña pantalla: Espartaco versus Juego de tronos. El pasado vergonzoso de Sex and the City. Orígenes y finales de Mad Men)

PhotoEn el gimnasio me pasaron un cuestionario donde querían saciar las típicas curiosidades para su propia estrategia comercial, cómo has oído hablar de nosotros y tal. Preguntaban por qué había decidido apuntarme allí y entre su lista de razones, incluían “Para socializar”. Le pregunté a la recepcionista que me atendía, si de verdad había algún pelele que marcaba la casilla esa. Me respondió en tono borde, como si estuviese hablando de ella: “Pues sí. No te imaginas cuántos”. Y no, no podía, porque nunca había visto un gimnasio, donde la gente viene a sudar, a moverse muy rápido, soltar gruñidos y a que se le escape un pedo del esfuerzo, como un posible escenario de encuentros y ligues (aunque, bien pensado, ¿no es lo mismo que sucede en una disco?). Por supuesto, allí se definían como un club preocupado por la salud y el mantenimiento físico (llamar gimnasio al gimnasio era como cosa del pasado), y organizaba entre sus socios pequeñas fiestas, donde confirmábamos los progresos de nuestro cuerpo en otros ojos que no fuesen espejos de pared.

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«SEXO, MENTIRAS y HOLLYWOOD» El Miramax de Bob y Harvey Weinstein | Peter Biskind

BOB & HARVEY WEINSTEIN

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Peter Biskind

a finesse nunca formó parte del arsenal de Harvey. Véase su historial: arrancaba los teléfonos de las paredes y los tiraba al suelo; cerraba siempre de un portazo y volcaba las mesas; todo lo que se encontraba a su alcance podía convertirse en un arma arrojadiza: ceniceros, libros, cintas, las fotografías familiares enmarcadas que tenía en el escritorio y que Harvey lanzaba a la cabeza de algún desafortunado ejecutivo para contemplar luego cómo se estrellaban contra la pared, se hacían añicos y despedían metralla de cristal, porque, en realidad, rara vez, por no decir ninguna, daban en el blanco. Era puro teatro: teatro de la crueldad. Entre el personal la broma era: ponte en el camino para que te hagan a un lado y te paguen para que te vayas. Recuerda Hart: «Yo me he sentado fuera de esa sala de reuniones y he visto temblar esas paredes de cristal cuando Harvey blasfemaba.» Los empleados de vez en cuando lo reconvenían: «¿Cómo puedes tratar así a la gente? Conseguirías más cosas si la trataras bien, aunque no te guste.» Harvey suspiraba y decía: «Sí, lo sé, lo sé, pero no puedo evitarlo. Lo intento, pero es inútil. Tengo muy mal genio.»

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MICKEY ROURKE | Fisonomía de un caradura sin cara (I)

Los productores le ofrecieron 500 dólares por dos días de trabajo pero a Mickey no le parecía suficiente y peleó por hacerse con el doble de esa cantidad ante la sorpresa de su agente, que le recordaba al oído su posición actual de segurata en un club de travestis. Pero el tío no se corta y exige más guita y en el cruce de miradas los que parpadean son los otros, porque Mickey es un menda con cojones, con cojones avariciosos para más inri, soberbios y hambrientos: “Ahora, tíos, es cuando me pagáis lo que valgo y no lo que creéis que podéis pagarme”.

Por Miguel Cristóbal Olmedo

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Mickey Rourke noqueado en Homeboy (Michale Seresin, 1988).

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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PhotoEs posible que le recuerdes como el tío mazas de pinta hortera que en Iron Man 2 parte por la mitad bólidos en movimiento con unos látigos eléctricos. Pero ese menda con careto de fauno apedreado es el mismo que se cepilló a Kim Bassinger (sólo en pantalla, admitido), a la hija crecidita de la familia Cosby en una cama de sangre, tuvo un revolcón decoroso con Megan Fox disfrazada de ángel, y se regodeó con la estupendo modelo brasileña Carré Otis (en pantalla, para nuestro goce plural, y en la vida real, para el suyo, aunque luego pasasen del colín colorado al infierno matrimonial, como tantos). Mickey Rourke solía ser un nombre que lo significaba todo, aparecía al comienzo de los títulos de crédito en rojo sobre fondo negro y entonces sabías que la peli iba en serio. Mickey Rourke era la hostia: un guaperas con una atractiva aureola de canalla. El típico malote que ejerce de portero de discoteca (en el caso de Rourke, un club de hermafroditas) y que decide vivir peleado con el mundo pero el mundo llega y le da tal paliza que casi no se recupera.

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LÍNEAS COLOMBINAS (El regreso de Expediente X, el adiós de Jennifer Lawrence a Mística, la reaparición de dos Sherlocks, Heroes, 50 sombras de Grey y la incansable franquicia de los James Bond)

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Leonard Nimoy

Dicen que la vida es corta pero en realidad es algo monótono y largo, una línea recta que se estira, nacemos aquí y morimos tres pasos más allá, y la distancia entre un punto y otro es nuestra existencia, trufada de promesas incumplidas y horas muertas de televisión. Por eso los actores, esos portales entre lo ficticio y lo real, están hechos de otra pasta, están ahí para reconciliarnos con la pantomima de nuestros empleos, desempleos, falsos amigos de infancias olvidadas y matrimonios en dique seco.

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

LÍNEAS COLOMBINAS (El regreso de Expediente X, el adiós de Jennifer Lawrence a Mística, la reaparición de dos Sherlocks, Heroes, 50 sombras de Grey y la incansable franquicia de los James Bond)

PhotoExisten personas y personajes aunque haya extremos que no hagan divisiones. Por ahí supimos, a raíz de que estirase la pata Leonard Nimoy, que había escrito dos biografías, una de 1975 y otra de 1995, una distanciando su vida privada de su alter ego Spock (“Yo no soy Spock”) y otra abrazando su legado (“Yo soy Spock”) hasta el punto de disolverse en el lenguaje de su propio personaje. Nunca averiguamos quién era en realidad la marioneta en manos de quién, si Nimoy de Spock o viceversa. Durante esos veinte años de diferencia entre una biografía y otra, está el aprendizaje resignado de que ciertos papeles nos persiguen más allá de nuestras tumbas y también son responsables de hacernos inmortales. Nimoy regresó como Spock para la nueva franquicia de J.J. Abrams, dando su bendición al relevo generacional, vanidad generosa de artista que conoce que Nimoy no será olvidado mientras haya un impostor haciendo de su Spock en la pantalla.

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