A)

EL DÍA QUE MUERA

The day you die

Escrito y leído por: Miguel Cristóbal Olmedo | Nacionalidad: España | Director: Pablo Cristóbal | Traducción: Asta Pasanen | Por eltornillodeklaus.com

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B)

PÄIVÄ JONA KUOLET

The day you die

Poet: Miguel Cristóbal Olmedo | Narrator: Terhi Suorlahti | Nacionality: Spain | Director: Alicia Victoria Palacios Thomas | Translation: Asta Pasanen | Music: Mind Fuck Finland | by eltornillodeklaus.com

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EL DÍA QUE MUERA // PÄIVÄ JONA KUOLET

Poema escrito por Miguel Cristóbal Olmedo

Es una hora rara para que nadie llame
desde la otra parte del mundo
que cada vez visito menos.
Me dice mi hermana y no mi madre
(que está con él en el hospital):
Papá está muy enfermo,
es mejor que vengas.
Tic, tac.
Ya está aquí el día.
El Apocalipsis.
Un pudoroso fundido en negro
al cerrarse la película.
Todo era cierto.
Una llamada a través de nudos gordianos telefónicos y abismos
de frialdad, me ha puesto en contacto con el fin.
¿Hola? ¿Sigues ahí?
Asiento con la voz pero mis mandíbulas,
la mano que sostiene el teléfono,
todo participa de una misma cáscara desquebrajándose.

Hago y deshago las maletas, ¿cómo nos vestimos para un día así?
Mis dedos están desordenados,
no sé ni atarme los zapatos que me conducirán
hacia la puerta, hacia mi padre.
Puedo imaginármelo a través de una niebla
que lo va disolviendo y también acude a mi encuentro.
Tic, tac. Tic, tac.
Mi novia se ofrece a ir conmigo.
Le digo: mejor no,
todavía hay que esperar y ver, no sabemos cuánto tiempo, etc.
Los detalles duelen más que todo porque te obligan
a seguir vivo y pensando.
Las aerolíneas me ofrecen sus billetes más caros
tomándome por un pobre perro incapaz de regatear.
La gente está en llamas,
chilla por dentro, salta sin paracaídas
… saltamos…
pero fingimos que todo está bien.

Cerrando los ojos no sentiremos el golpe,
eso pensamos.
La azafata ofrece un surtido limitado de bebidas
y pregunta: ¿Todo bien?
Bien, bien. Espere y verá.
El avión aterriza suavemente
(y eso también es parte de un espejismo).
Nadie acude a recogerme al otro lado
(mis padres solían asignarse para hacerlo).
Tomo un metro y un tren con mi equipaje
descompensado, mis ropas y enseres
de futuro huérfano
y me acuerdo de que no me quedan amigos en esta ciudad.
Hace rato que no lloro
y espero no hacerlo cuando le vea acostado,
expuesto a los cuidados de unos desconocidos, como un niño.
Hay una luz en el mundo,
que palidece, se dobla, se apaga,
ni siquiera es la de mi padre, no,
ni siquiera,
es la mía.
Tic, tac. Tic…

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