«NADJA» André Breton // Un retrato simbólico de ella y de mí

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André Breton, autor de Nadja

[…] Me ha ocurrido reaccionar con una terrible violencia contra el relato muy detallado que ella me hacía de ciertas escenas de su vida pasada, de las cuales yo juzgaba, sin duda de una manera muy superficial, que su dignidad no había podido salir incólume. El incidente de un puñetazo en pleno rostro que había hecho brotar sangre, en una sala de la cervecería Zimmer, del puñetazo que le había propinado un hombre a quien, con un maligno placer, ella había rechazado, simplemente porque era abyecto —y ella había pedido socorro varias veces, no sin tomarse el tiempo, antes de desaparecer, de manchar de sangre el traje del hombre—, estuvo a punto, a las primeras horas de la tarde del 13 de octubre, mientras ella me lo contaba atolondradamente, de alejarme de ella para siempre. No sé qué sentimiento de absoluta irremediabilidad despertó en mí el relato burlón de aquella horrible aventura, pero lloré largo rato después de haberlo escuchado, lloré como no me creía capaz de poder llorar. Lloré al pensar que debía no volver a ver más a Nadja, que no podría seguir viéndola. Ciertamente, no le reprochaba de ninguna manera que no me hubiese ocultado lo que me apenaba, más bien se lo agradecía; pero que ella hubiese podido un día llegar a aquello, que en el horizonte, ¡quién sabe!, apuntasen tal vez para ella días semejantes, me asustaba pensarlo. ¡Nadja estaba a la sazón tan conmovedora no haciendo nada para vencer la resolución que yo había tomado, sacando al contrario de sus lágrimas la fuerza para exhortarme a no desistir de esa resolución! Despidiéndose de mí, en París, no pudo, sin embargo, dejar de añadir en voz queda que aquello era imposible, pero no hizo nada entonces para que resultara más imposible. Si en definitiva lo fue, sólo dependió de mí.

He vuelto a ver a Nadja muchas veces. Creo que su pensamiento se ha aclarado y su expresión ha ganado en ligereza, originalidad y hondura. Es posible que al mismo tiempo el irreparable desastre que barrió con la parte de ella misma más humanamente definida, el desastre cuya noción tuve aquel día, me haya alejado de ella poco a poco. Por maravillado que continuara estando yo ante aquella manera de gobernarse que sólo se basaba en la más pura intuición, estaba también cada vez más alarmado al sentir que, cuando la dejaba, ella era envuelta de nuevo por el torbellino de aquella vida que proseguía aparte de ella misma, empecinada en obtener de ella, entre otras concesiones, que comiera y durmiese. Durante algún tiempo traté de proporcionarle el medio para ello, tanto más cuanto que sólo lo esperaba de mí. Pero como ciertos días ella parecía vivir de mi sola presencia, sin prestar la menor atención a mis palabras, ni siquiera, cuando me hablaba de cosas indiferentes o callaba, advertir en absoluto mi aburrimiento, dudo mucho de la influencia que yo haya podido ejercer sobre ella para ayudarla a resolver normalmente esta clase de dificultades. Multiplicaría aquí en vano los ejemplos de hechos insólitos que parecen referirse sólo a nosotros y me disponen, en suma, en favor de cierto finalismo que permitiría explicar la particularidad de toda cosa (1), de hechos, digo, de que Nadja y yo hayamos sido testigos en el mismo momento, o bien sólo uno (le nosotros. Al correr de los días, sólo quiero recordar algunas frases, pronunciadas delante de mí o escritas de un tirón por ella, frases que son aquellas en que mejor vuelvo a hallar el tono de su voz y cuya resonancia en mí sigue siendo muy honda:

“Con el final de mi aliento que es el principio del tuyo.”

1. Creo que toda idea de justificación teleológica en este dominio queda descartada.

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Nadja inventó para mí una flor maravillosa: La Flor de los Amantes. Esta flor se le apareció durante una comida en el campo, y vi cómo, con gran torpeza, procuró reproducirla. Trabajó varias veces en su dibujo, para mejorarlo y dar a las miradas una expresión distinta. Es esencialmente bajo este signo donde debe colocarse el tiempo que pasamos juntos, signo que continúa siendo el símbolo gráfico que ha dado a Nadja la clave de todos los demás. Varias veces intentó ella hacer mi retrato con los cabellos erizados, como aspirados por un viento alto y semejantes a largas llamas. Estas llamas formaban también el vientre de un águila cuyas pesadas alas caían a ambos lados de mi cabeza. Tras una observación inoportuna que yo hice sobre uno de sus últimos dibujos, y el mejor, Nadja cortó por desgracia toda la parte inferior, que era con mucho la más rica en atributos extraños. Este dibujo, fechado el 18 de noviembre de 1926, consiste en un retrato simbólico de ella y de mí: la sirena, bajo cuya forma ella se veía siempre de espaldas y bajo ese ángulo, tiene en la mano un rollo de papel, el monstruo de ojos fulgurantes está con la parte anterior del cuerpo aprisionada por una especie de jarra con cabeza de águila y cubierta de plumas que significan las ideas.

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El sueño del gato, que representa al animal de pie y tratando de huir, sin darse cuenta de que está retenido al suelo por una pesa y suspendido por una cuerda que es también la mecha desmesuradamente gruesa de una lámpara derribada, es aún para mí el más oscuro. Es un recorte hecho aprisa después de una aparición. También es un recorte, pero en dos partes, a fin de poder variar la inclinación de la cabeza, el conjunto constituido por un rostro de mujer y una mano. La salvación del Diablo da testimonio, como El sueño del gato, de una aparición. El dibujo en forma de casco, así como otro dibujo que lleva el título de Un personaje nebuloso, de difícil reproducción, son de otra vena: responden a la inclinación de buscar en el rameado de una tela, en los nudos de la madera, en las lagartijas de los viejos muros, siluetas que se logran ver con facilidad. En este último dibujo se distinguen sin esfuerzo el rostro del diablo, una cabeza de mujer con un pájaro que le picotea los labios, la cabellera, el rostro y la cola de una sirena, una cabeza de elefante, una foca, el rostro de otra mujer, una serpiente, otras serpientes, un corazón, una especie de cabeza de buey, las ramas del árbol del bien y del mal y otros veinte elementos más que la ilustración deja un poco de lado, pero que hacen del dibujo un verdadero escudo de Aquiles.

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Izquierda: Máscara con cuernos de Henri Matisse. Derecha: Hombre con guitarra de George Braque.

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“El enigma de la fatalidad” de Giorgio de Chirico.

Hace al caso insistir en la presencia de dos cuernos cerca del borde superior derecho, presencia que Nadja no se explicaba, porque se presentaba siempre, y como si aquello a que estaban ligados fuera de una índole susceptible de enmascarar obstinadamente el rostro de la sirena (esto se observa particularmente en el dibujo hecho al dorso de la tarjeta postal). Algunos días después, en efecto, Nadja, que había venido a mi casa, reconoció estos cuernos en los de una gran máscara (le Guinea que había pertenecido a Henri Matisse y que siempre me ha gustado y he temido por su cimera monumental, semejante a una señal de ferrocarril, pero que ella sólo podía ver de aquella manera desde el interior de la biblioteca. En aquella misma ocasión, Nadja reconoció en un cuadro de Braque (El guitarrista) el clavo y la cuerda externos al personaje que siempre me han intrigado, y en el cuadro triangular de Chirico (El angustioso viaje o El enigma de la Fatalidad, porque los títulos de los cuadros de este pintor son controvertibles) la famosa mano de fuego. Una máscara cónica, tallada en médula de saúco y cañas, de la Nueva Bretaña, le hizo exclamar: “¡Mira! ¡Es Jimena!” y la estatuita de un cacique sentado se mostró para ella más amenazadora que las otras.

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“Pero los hombres no sabrán nada de ello” de Max Ernst.

Nadja se lanzó a largas interpretaciones sobre el sentido particularmente difícil de un cuadro de Max Ernst (Pero los hombres no sabrán nada de ello), y lo que dijo concordaba completamente con la detallada explicación  que consta en el envés de la tela; otro fetiche que ya no tengo era para ella el dios de la maledicencia; a otro aún, de la isla de Pascua, que es el primer objeto salvaje que he poseído, le decía: “¡Te amo, te amo!” Nadja se imaginaba también muchas veces bajo los rasgos de Melusina, que es de todas las figuras míticas la que sentía más cerca de ella. Y hasta la vi esforzarse por trasladar todo lo posible esta semejanza a la vida real obteniendo de su peluquero, a toda costa, que distribuyera su peinado en cinco mechones distintos, de manera que quedase una estrella en medio de la frente. Los cabellos, además, debían recogerse para terminar delante (le las orejas en forma de cuernos de morueco; la enroscadura de esos cuernos era también un tema al que se refería a menudo. Le gustaba imaginarse como una mariposa, cerca de cuyo cuerpo, formado por una lámpara “Mazda” (Nadja), se erguía una serpiente encantada (después no he podido ver sin inquietud parpadear el anuncio luminoso de “Mazda” en los grandes bulevares, que ocupa casi toda la fachada del antiguo teatro del Vaudeville, donde precisamente dos moruecos movibles se enfrentan, bañados por una luz de arco iris). Pero los últimos dibujos, sin terminar entonces, que Nadja me mostró en nuestro último encuentro, y que han debido desaparecer en la tempestad que la arrastró, dan prueba de una habilidad muy distinta. (Antes de nuestro encuentro, Nadja no había dibujado nunca.) Allí, junto a una mesa, ante un libro abierto, un cigarrillo colocado sobre un cenicero que deja escapar insidiosamente una serpiente de humo, un mapamundi seccionado para que pueda contener algunos lirios, entre las manos de una mujer muy bella, todo estaba verdaderamente dispuesto para permitir el descenso de lo que ella llamaba el reflector humano, puesto fuera de todo alcance por garras, del cual Nadja decía que era “lo mejor de todo”.

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Desde hacía mucho tiempo yo había dejado de entenderme con Nadja. En verdad, tal vez no nos entendimos nunca, por lo menos sobre la manera de considerar las simples cosas de la existencia. Ella había decidido de una vez por todas no tomarlas en cuenta, no preocuparse de la hora, no establecer ninguna diferencia entre las conversaciones ociosas que a veces sostenía y las otras que me interesaban tanto, no inquietarse en absoluto por mis estados de ánimo pasajeros y de la mayor o menor dificultad con que yo toleraba sus peores distracciones. Como dije, me contaba tranquilamente, sin ahorrarme ningún detalle, las más lamentables peripecias de su vida, se entregaba, aquí y allá, a algunas coqueterías desplazadas, me obligaba a esperarla, con las cejas fruncidas, hasta que se le antojara pasar a otros ejercicios, porque había poca duda acerca de que se volviese natural. ¡Cuántas veces, incapaz de aguantar más, desesperado de poder conducirla de nuevo a una concepción real de su valor, casi huí de ella, a riesgo de encontrarla al día siguiente tal como sabía ser cuando no estaba desesperada, y entonces yo me reprochaba mi rigor y le pedía perdón! A propósito de todo esto, tan deplorable, debo confesar, sin embargo, que ella tenía cada vez menos miramientos conmigo, lo que suscitaba violentas discusiones, que ella enconaba atribuyéndoles causas mezquinas que no existían. Todo lo que hace que se pueda vivir de la vida de un ser, sin desear nunca obtener de él más de lo que da, que baste ampliamente verlo moverse o permanecer inmóvil, hablar o callar, velar o dormir, en cuanto a mí no existía, nunca había existido, no cabía la menor duda de ello. Y no podía ser de otro modo, teniendo en cuenta el mundo que era el de Nadja, donde todo cobraba muy pronto el aspecto de la ascensión y de la caída. Pero juzgo esto a posteriori y me arriesgo a decir que no podía ser de otro modo. Aunque sintiera cierta inclinación a ello, acaso también alguna ilusión, tal vez no estuve a la altura de lo que ella me proponía. Pero ¿qué me proponía? No importa. Sólo el amor en el sentido en que lo entiendo —y entonces el misterioso, el improbable, el único, el aturrullador, el indudable amor y, finalmente, el que soporta todas las pruebas— hubiera podido realizar el milagro.

Hace algunos meses me dijeron que Nadja estaba loca. Tras algunas excentricidades suyas cometidas, parece, en los pasillos de su hotel, tuvo que ser internada en el manicomio de Vaucluse. Otros, no yo, criticarán inútilmente este hecho, que no dejarán de considerar como el desenlace fatal de todo lo que precede. Los más avisados se apresurarán a buscar la parte que conviene deslindar, en lo que he relatado de Nadja, de las ideas ya delirantes y tal vez atribuirán a mi intervención en su vida, intervención prácticamente favorable al desarrollo de estas ideas, un valor terriblemente determinante. Por lo que respecta a los que dicen: “¡Ah, entonces…!” O bien: “¡Ya lo ve usted!” “Yo pensaba también…”, “En tales condiciones…”, en cuanto a esos cretinos de baja estofa, ni que decir que prefiero dejarlos en paz. Lo esencial es qué para Nadja no creo que pueda haber una gran diferencia — entre el interior de un manicomio y el exterior. Sin embargo, debe de haber, desgraciadamente, una diferencia, a causa del irritante chirrido de una llave al girar en la cerradura, de la contemplación del feo jardín, del aplomo de las personas que interrogan cuando uno desearía que no se acercara ninguna ni siquiera para limpiarle los zapatos, como el profesor Claude, en Sainte-Anne, con su frente de ignaro y aquel aire obstinado que lo caracterizan (” Le tienen inquina, ¿no es verdad?” “No, señor.”  “¡Miente usted! La semana pasada me dijo que le tenían inquina.” O bien: “Usted oye voces. Está bien. ¿Se trata de voces como la mía?” “No, señor.” “Bueno, hay alucinaciones auditivas, etc.”), del uniforme abyecto, como todos los uniformes, del esfuerzo necesario para adaptarse a tal medio, ya que, después de todo, es un medio y, como tal, exige en cierta medida que se adapten a él. No es necesario haber estado alguna vez en un manicomio para saber que allí hacen a los locos, de la misma manera que en los correccionales hacen a los bandidos. […]

NADJA, André Breton, 1928

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