George Miller sabe que su artefacto visual sin movimiento es nulo, por eso la ruptura central es tan importante, porque demuestra que la película no es nada, que sin persecución, no hay historia porque en realidad, la historia no existe; ese impasse, llegado el ansiado paraíso, evidencia lo pobre del producto, como si las ruedas del trailer hubieran quedado enfangadas en arenas movedizas, la película se hunde y hay que poner otra vez en marcha el motor.

Mad Max: Fury Road

Escrito por Miguel Martín Maestro

Edición por Pablo CristóbalAlicia Victoria Palacios Thomas

letra-mayuscula-Reivindico el papel de la crítica como algo esencial para descubrir, para fomentar el consumo de cualquier producto cultural, para crear, incluso, un estado favorable a determinado tipo de cine. Pero sobre todo reivindico el papel de la crítica para hacer llegar a un potencial público el estado de expectación sobre una obra futura aportando argumentos sólidos que inviten a su visionado posterior. Entre la crítica y el aficionado al cine que escribe, hay un abismo insuperable, o debería de haberlo, ese abismo es el de la formación, el del conocimiento del lenguaje cinematográfico, el del bagaje cultural necesario para atreverse a cuestionar o alabar una obra de arte. Lo de muchos de nosotros es mero diletantismo, un ejercicio de onanismo en el que produce satisfacción reflexionar sobre lo que a uno le gusta y aún más saber que hay personas que te leen. Lo que pongo en duda es hasta dónde mucha de la crítica profesional difiere en su formación cinéfila de la mía. Es difícil dilucidar la barrera del profesionalismo frente al amateurismo, sobre todo si la propia crítica —posiblemente de manera inconsciente— entra a menudo a formar parte de un mecanismo comercial que le tendría que ser ajeno. Es decir, la crítica profesional acoge sin rechazo aparente cuál es el momento preciso para hablar de una película determinada, que en muchos casos se traduce en hablar de ella cuando una distribuidora decide lanzar su estreno comercial —sin importar que el crítico de turno haya podido verla un año antes durante un festival— y se haya guardado el comentario hasta el momento de su lanzamiento a las grandes salas.

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De izquierda a derecha: Charlize Theron, George Miller, Tom Hardy y Nicholas Hoult en el Festival de Cine de Cannes 2016.

No sé cuántos cientos de críticos acreditados concurren anualmente al festival de Cannes, Tengo entendido que cerca de 2000. Imagino que Cannes es más serio al otorgar credenciales, porque conozco por experiencia personal lo relativamente fácil que puede ser registrarse como prensa en otros eventos de categoría inferior, donde muchos no dejamos de ser infiltrados, usurpadores que hemos encontrado un hueco minoritario para que nos publiquen en algún sitio y gozar de ciertos privilegios al asistir a los pases de las películas. Pero no dejamos de ser aficionados, o muy aficionados al cine, sin mayores pretensiones.

Y digo esto porque ¿es posible que se produjera una catarsis colectiva —entre la crítica presencial de Cannes— que lanzó imparablemente a Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015) elevándola, innecesaria e inmerecidamente, a las altas cumbres del año cinéfilo sin que nadie después se haya atrevido a levantar la voz de la disidencia?

Mad Max: Fury Road George Miller

El elogio del amor (Jean-Luc Godard, 2001)

Como ya he desistido de coincidir en gustos con casi nadie más que con mi propio convencimiento, pero como estoy dispuesto a reconocer que una película vista en un mal día puede merecer un juicio apresurado y condicionado (díganmelo a mí, que me salí de la sala donde proyectaban El elogio del amor (2001) de Jean-Luc Godard y ahora es mi película preferida de este autor, o cómo con alrededor de 18 años pude patear la espiga de oro a Terence Davies y ahora lo considero un autor de primer orden con las mismas películas que antaño me aburrían sobremanera) y dado que la totalidad del universo crítico del mundo (recordar que Mad Max: Fury Road ha sido tildada por 500 críticos de FIPRESCI la mejor película del año) la considera una maravilla auténtica, comparable (sic) a las obras cumbre de John Ford o Preston Sturges, tengo que hacer el esfuerzo de volver a verla por si mi primer juicio fue erróneo, apresurado, en definitiva, si fue prejuicio más que juicio.

Mad Max: Fury Road George Miller

Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)

Un segundo visionado confirma mis sospechas, en el universo de Max esta última secuela es un agujero negro del que sales con el mismo bagaje que has entrado, tan vacío que hasta el personaje de Max (que da título a la saga) se convierte en un desconocido que pierde el apellido porque no importa ningún quién en la película, sino sobre qué vas montado y qué arma utilizas. Te has movido a la velocidad de la furia y al llegar a la calma la nada más absoluta te acompaña. El cine como entretenimiento es una finalidad muy loable, incluso el puro espectáculo por sí mismo justificaría la existencia de cientos de Mad Max, y entre ellos estableceríamos la calificación de mejor o peor hecho, de más o menos entretenida, de más o menos espectacular, de mejor o peor interpretada.

Cuando busco una película sé lo que quiero encontrar, y el cine tipo Mad Max está en las antípodas de mi necesidad de contemplar cine, pero reconozco lo que es cine para pensar o cine para entretener, y si puedo pensar y al tiempo entretenerme ya es la bomba, lo que ocurre es que al entretenimiento le espero unida la sustancia, la masa madre que haga elevar el producto hacia cierta exquisitez que me haga salivar, y no es el caso.

Mad Max: Fury Road George Miller

Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)

Si existiera alguna persona que fuera virginalmente al cine a ver Mad Max: Fury Road sin conocer quién es Max me apostaría cualquier cosa a que esa persona saldría del cine sin ser capaz de explicarme los porqués de ese personaje, ni si es mad o no. Eso justifica el término de “chatarra reciclada” que me merecen las sagas y series con un mismo personaje, que se eternizan retroalimentándose de su propio mito, y en el recuerdo de un precedente glorioso hunde su justificación su propia existencia posterior. Fury Road está ideada para no pensar, porque si paras te caes, no hay pensamiento porque no hay idea intelectual que la sustente, de hecho, si la película para, no hay película. Para algunos eso sería la reivindicación suprema del cine primigenio, la vuelta a los Lumière que rodaban la llegada de un tren a la estación (The Arrival of a Train, 1896) o la salida de unos obreros de una fábrica (La Sortie de l’usine Lumière à Lyon, 1895), pero aquello era mostrar una técnica en un mundo que desconocía lo visual en movimiento, pasado más de un siglo eso ya no nos debería bastar o no debería ser suficiente excusa para encumbrar una película.

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Izquierda: The Arrival of a Train (Hermanos Lumière, 1896). Derecha: Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015).

Eliminar lo superfluo, llegar a lo esencial, desnudar el cuerpo de ropajes y aderezos y ceñirse al esquema básico. Mentira, no hay película más adornada, más repleta de aderezo y artificio que esta secuela de Mad Max, su evidente poderío visual se concentra en la creación estética de un conjunto de seres disfrazados y cargados de ornamentos en los que ese cargamento de aditivos oculta la mala calidad del género que se recubre.

En Fury Road la mente viaja a velocidad constante y acelerada, el vértigo de la persecución te lleva por un desierto interminable a ningún sitio, pero si paras mueres, es la propia velocidad la que adormece el intelecto incapaz de pensar, dopado de adrenalina para seguir una carrera sin fin que, de los 120 minutos de película fácilmente alcanza los 80 de persecución frenética. Vehículo que se estrella o se estropea implica destrucción, y George Miller sabe que su artefacto visual sin movimiento es nulo, por eso la ruptura central es tan importante, porque demuestra que la película no es nada, que sin persecución, no hay historia porque en realidad, la historia no existe; ese impasse, llegado el ansiado paraíso, evidencia lo pobre del producto, como si las ruedas del tráiler hubieran quedado enfangadas en arenas movedizas, la película se hunde y hay que poner otra vez en marcha el motor. Si el camino de ida hay que repetirlo a la inversa es para volver al punto de partida, para que Miller nos diga, “os he engañado, os he llevado de viaje a ninguna parte, os he puesto una zanahoria y habéis echado a correr sin saber por qué y me habéis seguido”.

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Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)

Esta esencia de película vaciada de lo superfluo y que se glosa por la crítica choca mal con dos horas de imágenes. Imágenes de comic que nos recuerdan al típico cartoon de persecuciones, al Coyote y al Correcaminos, a Bugs Bunny y a Elmer, a Tom y Jerry, y en el fondo la profundidad intelectual de la película anda muy pareja a la de un sketch animado de cinco minutos, si me apuran hay más psicología en los personajes de Hanna-Barbera que en el loco Max, Furiosa o Inmortal Joe. No se discuten los roles ni los poderes, no hay tiempo, el espectador ni cuestiona las imágenes porque las imágenes son incuestionables, el ruido y la furia de la persecución no admiten reflexionar sobre qué, porqué y para qué, por eso cuando llegamos de vuelta a la colmena uno siente que ha viajado para nada, que lo mismo daba ir que venir porque el truco estaba claro desde el principio. La marca sobrevolaba por encima de todo y con esta película otra saga más volvía al top ten de la industria por la puerta grande y justificaba nuevos rodajes, pero la pregunta que me hacía tras verla una primera vez seguía sin respuesta:

¿Qué ha visto la crítica para incluirla entre lo mejor del año 2015?

Sigo sin entenderlo, siguiendo el chiste de Faemino y Cansado en el que un crítico de cine se confesaba en un programa —ocultando su identidad— porque le gustaban las mismas películas que al público popular, supongo que un año de Philippe Garrel, de Hou Hsiao-Hsien, de Andréi Zviáguintsev o de Edgar Reitz puede ser tan árido que hay que soltarse la melena de vez en cuando.

Mad Max: Fury Road George Miller

Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)

Y pensando en la película uno se imagina cómo ha de ser el storyboard de la misma, pero también cómo el guión de diálogos ha de estar contenido en un par de folios a doble espacio. Lo maravilloso que pudiera haber sido que el trabajo de su estructura se la hubiera encargado a alguien que buscara dar personalidad a los personajes en vez de trazar cuatro rayas esquemáticas de película de baratillo. Desaprovechar a Tom Hardy de esta manera no parece lógico, dos horas con la misma expresión y el mismo gesto no dan para valorar interpretación alguna, como la de los demás actores, pese a que leo alabanzas encendidas referentes a la interpretación de Charlize Theron, el guión no permite duda ni sombra alguna, es transparente al máximo, diáfano, es tan magro que se puede leer a través de él. Viendo Mad Max: Fury Road uno recuerda Metrópolis (Fritz Lang, 1927), hay muchas concomitancias entre esa ciudad elevada y los mundos superior e inferior de muchas de las películas del cineasta alemán, pero ¡qué diferencia de intelecto, qué de cosas cuenta Metrópolis y qué nadería cuenta Max y su chatarrería ambulante! Una sociedad de castas de la que nada sabemos ni nada importa explicar, un señor absoluto cuyo poder se sustenta en… ¿qué mas da? Si uno lee los ingentes listados de mejores películas del año cree advertir, al menos, un hilo conductor, la compensación final del producto ofrecido. En la última entrega de Max sólo podemos hablar de lo técnico, que no es menor, pero no es suficiente, montaje, imaginería visual, concepción del espectáculo, diseño de producción, dominio de la cámara y de la fotografía —en según qué planos— y una pirotecnia de efectos especiales sobresalientes, producto de un presupuesto que supera los 100 millones de dólares. Un producto hecho para recaudar una cantidad exponencialmente mucho más elevada, pero una gran película merece, para mi gusto, venir acompañada de muchas más cosas. Un film sin guión y sin interpretación posible no me parece coherente con la loa generalizada, como una película sin autor tampoco me convence.

Mad Max: Fury Road George Miller

Izquierda: Metrópolis (Fritz Lang, 1927). Derecha: diseño a lápiz de Brendan McCarthy para Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015).

Mad Max: Fury Road George Miller

Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)

Escucho algo sobre el feminismo de la película, y me sonrío. Miller apunta pero dispara con salvas, es verdad, las que se rebelan son mujeres, pero su rebelión es para ellas, para huir, no para modificar el sistema dictatorial de la colonia.

Cuando esa pretendida rebelión aparenta triunfar, y el dominio masculino puede verse cambiado por otro femenino, maternal, generoso e igualitario, la película termina. No obstante, para que las mujeres decidan adoptar ese rol de cambio, de subvertir el orden para mejorarlo, resulta que la idea no es suya, la idea parte de un hombre —Max— reducido a la inexistencia de un nombre desconocido, es decir, el mensaje último vendría a ser que ellas, por sí solas, no son capaces de darse cuenta de que la huida es absurda porque lo que hay que hacer es cuestionar el modelo desde dentro. Parafraseando a Unamuno, venceréis pero no me convenceréis con esta película.

Escrito por Miguel Martín Maestro autor de Nos hacemos un cine

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  • Paula Kuri dice:

    impresionante visualmente ¡qué película! Al lado de un perfecto Hardy, brilla a gran altura Charlize Theron (por cierto acá les cuelgo el enlace de otra de sus películas que me parece vale la pena desmenuzar: El Cazador y la Reina del hielo). En fin, Mad Max: Fury Road es una lección de cine, y la misma realiza un juego de regeneración dentro del propio arte que funciona a diferentes niveles. No sólo recupera a uno de los mitos cinematográficos por excelencia de los ochenta, lo ajusta a las nuevas formas, y tiempos cambiantes, para abofetear sin compasión a la ameba que es hoy día el espectador. Por otro lado, la sangrienta ironía final, la de recuperar la esperanza a partir del orden reestablecido, acabando con la tiranía más cruel, aquí representada en el simple H2O, es toda una declaración de intenciones por parte de un cineasta que conoce perfectamente el lenguaje del cine, un arte destinada, como las demás, a ser la herencia del ser humano, a hablar de él.

  • Diego dice:

    A mi no me parece que se trate de una falta de profundidad estética, sino de una determinación comercial, ciertamente de orden más ideológico que filosófico -como quiera que se quiera entender este último término. Pero no de una más de las tantas filosofías sino de la última filosofía, que niega a todas las demás: a la pregunta (tan filosófica como cinematográfica) de ¿qué es lo real? se responden: sólo una cosa tiene derecho a ser real: La Fuerza… y que, por cierto, es la única pregunta que aceptan como legítima. Todo lo demás es espiritismo oscurantista.

    Tienen en mente, con toda claridad, la idea de que lo esencial, es un truco de un brujo anciano que vive oculto en una montaña encantada, y que mantiene bajo amenaza a toda una aldea; eso, o la imaginación, el alma, un dios o Ramsés II… para un hipermaterialista es igual de insensato, enajenador y esclavista.

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