Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

EL DÍA DE LA INDEPENDENCIA (ITSENÄISYYSPÄIVÄ)

Edvard Isto

Por Miguel Cristóbal Olmedo

I

Noventa y seis años después de que Finlandia se independizase de Rusia, Helmi llegó a la capital, tras seis horas de viaje, donde no había nadie para recibirle en el andén. Su hermana Krista se disculpó en el teléfono porque le había surgido un problema del que hablarían luego y que “no podía saber mamá”. Sonaba diferente, como si hablase del interior de una escafandra. Y se escuchaba un eco de otras voces.

Helmi tiró de la maleta. Bajo el caparazón de su macuto parecía una vieja. Las ruedas se cubrieron de nieve cuajada, giraban con desgana. Los pasajeros con los que había compartido el vagón, miraban hacia el interior de las ventanillas del tren, como si quisieran cerciorarse de que no olvidaban algo, buscando únicamente su propio reflejo en los cristales. Nadie se ofreció a ayudarla con un equipaje que abarcaba también un casco y la vieja bicicleta de carreras, regalo de su padrastro en un pronto de buen humor.

Helsingin rautatieasemalta

—Pero cuida bien de ella que es la Mercedes de las bicicletas –le dijo muy serio, incapaz de acabar una frase sin que hubiese una reprimenda implícita.

Tenía el sillín agujereado, los hierros oxidados y los frenos apenas respondían.

No había estado en Helsinki desde niña, y ahora, con su trastorno bipolar recientemente diagnosticado se sentía como otra persona. La diversidad de la gente era lo que más le llamaba ahora la atención. Las chicas vestían con uniforme de fiesta debajo de los abrigos. Los chicos eran modelos de gimnasio en comparación con la gente de Haapajärvi, que se echaba a perder a base pulla (pan dulce), salchichas y cerveza barata. En Helsinki la gente andaba intentando demostrar algo. Coches, bicicletas, autobuses, tranvías verdes y amarillos hacían surfing sobre la nieve. Había presidentes esculpidos en  piedra a los que tomaban fotos un grupo de asiáticos sin que supieran realmente quiénes eran. Helmi sentía una especie de hambre por todo y por nada, que no era hambre sino ansiedad. Más que preocuparse por el aspecto de sus botas, le apetecía saber hasta dónde podían llevarla.

Asta Pasanen / Miguel Cristóbal Olmedo

Krista la brindó un abrazo con la mitad de su cuerpo y se dieron unos toques suaves en la espalda. Iba arreglada como si fuese a una entrevista y hablaba atropelladamente. Helmi intuyó algo así como una amenaza en el interior de la casa: dos muchachos, que asomaban fugazmente por la puerta entreabierta del dormitorio de Krista. Estaban llenando unas maletas de ropa y habían alzado la cabeza al unísono.

—Ven, te presento. Él es Ismael y ése de aquí…

—Miguelle ayudé a recordar. Me acerqué a Helmi para besarle en la mejilla y ella echó la cabeza hacia atrás, estupefacta.

Krista se rió, encantada de explicarle nuestras bárbaras costumbres latinas. La llevó aparte del brazo, le contó en finés que Ismael era su marido, pero no había ningún problema en absoluto porque se estaban separando. Helmi necesitaba escuchárselo decir una vez más mientras Krista asentía con los ojos colorados recordándola que ese era su secreto.

—¿Y sabes otra cosa? ¡¡Vas a ser tía!!se tocaba el vientre, completamente plano.

Helmi no sabía qué tenía de bueno dar a luz, en esas condiciones, al hijo de Ismael, ese chico moreno, con la cabeza casi rapada, que las miraba a las dos de forma un poco obscena.

Nan Goldin y Jon Estwards

Le mostró su cuarto, que ya disponía de cama y armario, y le dijo que descansase un rato mientras ella atendía a los otros. Helmi escuchó que se cerraba la puerta del dormitorio, advirtiendo risas y una pestilencia que no la recordaba a nada que hubiese olido antes. Arrojó la ropa a puñados en varios cajones. Salió al pasillo. Se acercó cautelosa al dormitorio de Krista. Iba a preguntarle algo que olvidó al segundo siguiente cuando yo abrí la puerta y me la encontré con la oreja pegada. Le ofrecí una calada a mi porro, sin poder dejar de valorar si me gustaba sexualmente o no. Krista me empujó a un lado.

—¿Cómo le puedes dar eso a mi hermana?Estuvo a punto de abofetearme—. ¡Ya es hora de que os larguéis!

La habitación, pese a tener la ventana abierta, estaba llena de humo y saltó la alarma de incendios del techo.

Helmi se llevó la mano a los oídos, horrorizada de que esos pitidos se quedasen para siempre incrustados en su cabeza.

—¡Estáis asustándola!gritó Krista, fuera de sí, como si Helmi fuese un gato. Ismael se sacó la camisa y la agitó en el aire, tratando de ventilar la casa, mientras Krista empujaba su cuerpo musculoso hacia la salida. Guardé el porro humeante en el bolsillo, traté de aproximarme a Helmi y pedirle disculpas, aunque no supiera por qué, pero Krista se interpuso, escupiendo amenazas.

Alison Scarpulla

Escapamos a trompicones, yo con la risa floja, con ningún motivo para ello.

—¿Pero qué le pasa a esa gente?le dije—. Jodida familia de locos. Haces bien en desaparecer de allí.

Pero cuando llegamos abajo nos dimos cuenta de que nos habíamos dejado el resto de la marihuana. Ismael pidió que subiera yo porque sería “menos conflictivo”. Le enseñé en vano la mitad de colilla que aún podíamos compartir. Volví a tocar la puerta de la casa de Krista deseando que no se molestase en contestar pero la muy canalla me abrió, recibiéndome con su mirada altiva, que es como siempre dicen en los cuentos, dando a entender que era hermosa e inaccesible.

—¿Y ahora qué?

—Nos hemos olvidado el resto de…

Me sentía como alguien que se acabase de duchar con el agua de la lavadora.

—Aquí no hay nada más. Si volvéis, llamo a la policía.

La creía. En Finlandia los vecinos resuelven sus diferencias denunciando a los otros desde la cobardía de una llamada de teléfono. Ismael y yo permanecimos fuera, temblando de impotencia o frío, escupiendo el humo contra su ventana.

—¿Por qué quieres fumar eso, hija de la gran puta? ¡¡Si envenenas a nuestro hijo, Dios no te va a perdonar jamás!! —Ismael la gritaba a través del doble cristal y probablemente no sonásemos más alto que un murmullo.

Una mano se asomó y dejó caer a nuestros pies la bolsa hermética de plástico sólo con la mitad de la marihuana que nos correspondía. Pero algo es algo y le dije a mi amigo que lo olvidara, que fuésemos a casa, y dije “casa” como si me refiriese a la suya y a la mía, advirtiendo con preocupación su equipaje, que iba creciendo en uno de los rincones del salón y pronto iba a desalojar una televisión vieja y enorme que había conseguido por 20 pavos, de segunda, tercera o quinta mano (una televisión tan pesada que había desintegrado las ruedas de las patas de la mesa).

Memorablia of yesterday and today

II

Krista regresó con su hermana, que ya parecía encontrarse mejor. La preparó un café y comieron una rebanada de pan de centeno con margarina. Krista se echó a llorar y le dijo que no sabía por qué su vida estaba descarrilando de golpe. La pidió que orasen juntas pero Helmi se sentía incapaz y en su lugar pusieron uno de los cedes que había traído de casa.

Unos años atrás Krista y Helmi solían escuchar música juntas. Helmi se escabullía de su cuarto por la noche y se sentaban juntas en la cama. Entretanto Krista iba pasando las páginas de su álbum de conciertos. Le mostraba los chicos que asistían y los músicos que lucían mejor pelo. Esa era una de las pocas cosas que las hacía sentirse miembros de la misma familia. Krista pasó un periodo de ofuscación cuya única alegría descansaba en los conciertos que organizaban en Nivala, a treinta kilómetros de la casa de su madre. Visitaba grupos emergentes, que coqueteaban con el rock glam, se vestían como Bowie y Marc Bolan en los 70 y sonaban como Poison en los 90. Ya en casa, flotando en una nube eléctrica, le contaba los pormenores de la expedición, la potencia vital que emanaba de cada canción. Helmi heredó la afición por la música en directo de Krista y también su canción favorita, After All, del primer álbum de Negative, una banda de Tampere de la que ambos se consideraban fan. Esa tarde la volvieron a escuchar y Krista le contó cómo le había robado un beso a Jonne, su solista andrógeno, horas antes de que subieran a tocar. La banda había pedido una hamburguesa doble. ¿Y a qué había sabido su beso? ¿A carne de vacuno con pepinillos y kétchup? Krista no lo recordaba aun cuando era una hazaña de la que había presumido con otras amigas.

Encendieron una vela blanca y otra azul, porque juntas conjugaban los colores de la bandera finlandesa, y las dejaron al pie de la ventana, tal y como su madre y su abuela Elina hicieron antes que ellas para celebrar el día de la Independencia, su Itsenäisyyspäivä. También era para Helmi la primera vez que estaba en otra ciudad sin la supervisión de un adulto, porque Krista —ahora Helmi lo sabía—no era ningún adulto.

—Me alegro de que estés aquí. Si quieres mañana podemos visitar a la abuela. Ahora descansa un poco. Nos vemos en un rato.

Esa tarde Helmi leyó alguno de los poemas solitarios de Märta Tikkanen y se tomó una pastilla de Ibuprofeno porque solía acostarse con un dolor de huesos que los médicos desdeñaban asegurándola que no le pasaba nada. Imaginarios o no, son dolores, pensó. Y un dolor imaginario es muchísimo peor.

Sostuvo una conversación ficticia con su tío Pekka, que vive en Jyväkylä y de cuando en cuando asoma a su vida. En ella le contaba todo lo que había sucedido mientras él se paseaba por la habitación sosteniéndose la barbilla con una mano.

Helsinki / Jamie Harley Alcoholic’s Hymn Koudlam / Mondo Cane

—Bueno, Helmi, ¿qué quieres que te diga?incluso en su imaginación le veía borracho. Era difícil recordarlo de otra manera—. ¿Cómo puedes proteger a tu hermana mayor de sí misma? En esta familia tenemos la tradición de hacer mal las cosas.

Su tío se fue disolviendo, travestido en una visión femenina de tacones altos y falda de tubo hasta las rodillas. Era el sueño interfiriendo, tomando por asalto los andamios de su cabeza. El rostro de aquella mujer sentada en una silla de hospital irradiaba bondad, como si estuviese maquillada con pan de oro.

Boris Pelcer

—¿Eres la Muerte? —dijo Helmi.

—No, soy tu psicóloga de Haapajärvi.

Helmi la empezó a reconocer:

—¿La misma que me diagnosticó una depresión?

—Helmi, cariño, tan típico de ti. ¿Podemos enfocarnos en lo positivo? Veamos, ¿en qué estás pensando? –le dijo ella, arqueando una ceja dibujada.

—En mi hermana Krista y… en el fin de la galaxiacontestaba Helmi, arrepentida.

—¿Y por qué piensas en eso si será algo que suceda en mucho tiempo? ¿Si ni siquiera llegarás a verlo?

—Porque sucederá. Porque eso quiere decir que todo tiene una fecha de caducidad y hasta lo que damos por supuesto también dejará de existir.

—¿Te asusta morir?

—No. Me asusta que todo lo que conozco se acabe aunque yo ya no esté. También lo que no deba acabarse, lo que damos por supuesto que debería estar siempre allí. Me asusta saberlo con tanta antelación y que a nadie más le importe.

—Todo el mundo tiene “esa clase de pensamientos” alguna vezlo decía como si pensar en cualquier otra cosa fuese más sensato.

A Helmi, es cierto, no le importaba morir. Pero le importaba que su madre muriese. Que el amor de su madre por Helmi se apagase definitivamente como se había apagado el amor de su padre en una época remota, a causa de la botella. Pensar en eso le llenaba los pulmones de carámbanos de tristeza y frío. El pitido en los oídos le llegó así, reflexionando desde la oscuridad del dormitorio que es el equivalente a la oscuridad y el vacío monstruoso del universo. Y si no hubiese sido por el pitido, jamás hubiese descubierto que era bipolar.

Su enfermedad, al principio, no le había parecido tan terrible. ¿No era este el mal de los artistas? ¿No la había padecido Kurt Cobain? ¿Y quién no sacrificaría gustosamente una porción de cordura para ser Cobain? Ella, sin embargo, no sabía tocar la guitarra ni cantar ni había descubierto algo que le atrajera demasiado. Helmi sólo era una chica con una enfermedad mental crónica y no encontraba en ello un ápice de glamour. Su vida oscilaba entre la depresión y la manía, la bilis negra y la bilis amarilla, entre la melancolía y la rabia.

Alison Scarpulla

Y ahora Helmi flotaba en una galaxia de cadáveres y soles apagados, preguntándose por el sentido último de la existencia, tanto porque se acabe como porque no se acabe nunca. Ambas soluciones le producían vértigo. O bien la eternidad le robaba el sentido a la existencia o todo estaba condenado a desaparecer y entonces la alegría era finita, el amor de su madre era finito y eso tampoco le parecía justo. La vida no es ni una cosa ni otra y por eso no hay manera de entenderlo. Helmi sólo se tenía a ella misma, que es como decir que abrazaba su propio infierno.

La psicóloga meneaba la cabeza como solía hacer realmente cuando estaba en su consulta de Haapajärvi y estiraba sus brazos largos, sus piernas largas, los dedos largos de la mano eintuía Helmi— los dedos largos de sus pies, y movía sus labios haciendo playback con la voz de Kate Bush cantando Moments Of Pleasure:

Just being alive

It can really hurt

And these moments given

Are a gift from time

—Vamos, Helmi, ánimo. Estamos en el día de la Independencia. Toma la vida a sorbos, no acabes la botella de golpe, porque sí, se va a acabar en algún momento, pero pensar más en ello o menos no va a cambiar las cosas. Puedes paladear cada trago o renunciar incluso a eso. ¿Verdad, Kate?

Y Kate Bush seguía cantando desde la omnisciencia de lo que ya era un sueño en toda regla, en donde Helmi se proyectaba en la psicóloga y no era consciente de sí misma ni de su propia agonía.

III

La tarde del Día de la Independencia Ismael salió para la casa de unos amigos suyos que le ayudaban a sobrellevar su posible divorcio, y Nicolás, el boliviano, me negó su compañía en esa noche golfa que tanto ansiaba, porque se iba a quedar con su mujer, su hija y sus suegros en casa. Parecía a un plan espantoso. Liliana Andrea me llamó con una tarjeta que había comprado desde la cantina de la prisión. Era una amiga con la que había bailado, nos habíamos besado y poco más, pero ella también había intentado matar a un hombre (al único hombre que se espera que quiera matar una mujer: su propio marido) y la tenían encerrada, en espera de juicio. Siempre es extraño hablar con alguien que está entre rejas (con la coña agregada de que te llamen desde la cárcel en un día como ese). Es como conversar con un personaje de película. Me pidió que buscase por ella a un ex amante que tenía en Colombia, y cuando dijo su nombre me estremecí porque también sabía que era un asesino a sueldo. Le pregunté si estaba segura pero no añadí nada más porque sospechaba que la llamada estaba siendo supervisada por algún funcionario. Sí, exactamente como en una peli de espías.

Sibérie /Joana Preiss

Debido a que el palacio residencial aún estaba en reformas, el Gobierno había trasladado la celebración televisada a Tampere. Por ese motivo, daban por bueno romper el protocolo habitual y permitían a las mujeres llevar vestidos más corto, servían vino en vez del ponche tradicional, sustituían el baile por un concierto de música clásica y empezaban más temprano para que los invitados tuviesen tiempo de regresar a Helsinki.

La ceremonia consistía en una recepción donde el presidente Sauli Niinistö, estrechaba durante dos horas la mano de todos los invitados, entre los que formaban parte diplomáticos, empresarios, artistas del año, veteranos de guerra, deportistas, vestidos todos como en una pasarela de moda. Los locutores se dedicaban a identificar a los invitados menos conocidos y hacer un breve comentario de su traje. Cada año tenía lugar algún pequeño escándalo. Uno de los más recordados seguía siendo el de los pezones de la cantante Jonna Tervomaa, a través de su vestido diáfano.

Sauli Niinistö Jonna Tervomaa

Helmi y Krista habían calentado varias bandejas de comida precocinada. Se preguntaban si el presidente Niinistö podía formarse una opinión de alguien con sólo un apretón de manos de esas entidades casi inexpresivas que desfilaban a ritmo marcial. Helmi estaba segura de que los solitarios como ella eran  personas con las manos muy calientes de guardarlas en el bolsillo para no mostrarlas.

La fiesta de después sólo era parcialmente televisada. No hay forma racional de explicar el interés de la audiencia finlandesa por esta ceremonia. Quizás sea su forma de espiar por la mirilla de la alta sociedad o una forma de relacionarse con su propia familia. Eso, precisamente, les pasaba a Krista y a Helmi, ilusionadas cuando el hermano de Jonne, el líder de Negative, apareció ante las cámaras del brazo de Katri Helena, la reina de la canción popular. Mantenían una conversación intermitente, poniéndose al día en la vida de ambas ciudades. Krista le narraba sin grandes detalles cómo le había seducido Ismael y Helmi le hablaba de la mascota familiar, Pörrö, una mezcla de terrier y spitz finlandés, que se estaba quedado ciego. El recuerdo de ese perro que les había acompañado durante parte de su infancia, producía en ambas nostalgias artificiales. Krista le recriminó que necesitase tomar pastillas para estabilizar su cabeza. Helmi estaba de acuerdo en que la medicación la transformaba en una deficiente emocional pero también la mantenía en cierto modo a salvo de sí misma, y por eso no la escuchaba, se giraba y la dejaba hablando con la hostilidad de su nuca.

—Vamos, Helmi, no te preocupes. Ahora más que nunca necesitamos cuidar la una de la otra.

Julien Loen

Quizás todo el tiempo Krista estuviese pensando en Krista, y por eso una semana atrás le había propuesto vivir con ella en la ciudad. Pero realmente no importaba. Estaban allí, ¿no? Y era verdad que se necesitaban.

—Hyvää itsenäisyyspäivää, Krista.

—Hyvää itsenäisyyspäivää, Helmi.

Fingieron su alegría. Krista imaginaba a su marido sodomizando de vuelta cualquiera de esas putas con las que se citaba en las discotecas; Helmi pensaba en esos sorbos breves de vida que terminan por no saber a nada y que de todas formas nos colocan en disposición de ver el fondo. La vida era cansancio para ella y la muerte quizás no era mucho mejor que la vida pero ya era otra cosa: quizás ese agujero negro que la iba succionando. Hermana con hermana tenían casi juntas las cabezas, como en los tiempos de antaño. Decían quererse y creían saber todo la una de la otra. Se miraron a los ojos pero hacerlo fue como leer una página en blanco.

IV

Los  habitantes de Helsinki estaban de regreso con sus familias, y los extranjeros, siempre tan desamparados, se mandaban mensajes de texto buscando algún evento para la noche. Yo era uno de esos huérfanos bebiendo cerveza en otro bar despoblado de la zona de Kallio, que cerraba más temprano a causa de la falta de clientes. Junto a Ernesto, mi amigo argentino, éramos casi los únicos y no contábamos. Un borracho a mi lado se había puesto a cantar Morrisey para llenar el silencio. Ernesto y yo rememorábamos aquella vez que me invitó a una sauna mixta y casi me largo para que nadie juzgase mi pobre desnudo (porque si bien un escritor no sabe vestirse, mucho peor le sale el striptease). La novia del dueño apareció con una bolsa llena de cirios. Se besaron, charlaron un poco, vigilándonos de soslayo como si fuésemos unos intrusos en su hogar. Las novias finlandesas mantenían a raya a mis compañeros de parranda y ninguno me devolvía las llamadas.

Kallio

—¿Ni siquiera te contesta la chica con la que sales?preguntó Ernesto, más divertido que interesado con la situación—, ¿la peluquera?

Negué con la cabeza y él siguió sonriéndome.

—Esa chica… tiene más sangre rusa que estonia. Y las rusas…

—¿Qué pasa con las rusas?

Para Ernesto era difícil no empezar a reírse, allí, en mitad de esa soledad.

—Las rusas son como las argentinas, amigo. Ten cuidado.

—¿Habla la voz de la experiencia?

—Habla un corazón lastimado.

Terminamos la cerveza y regresamos a las acera. Allí aguardaba la brisa fosforescente del Báltico, que venía de la orilla contraria, de otras luces y fiestas. En este lado ningún bar nos recibía. Echaban llave pronto para volver con los suyos, porque tenían un lugar donde volver. Pero Ernesto estaba preparado (siempre lo está) y extrajo de su mochila raída un par de latas.

—Las nunca suficientemente ponderadas sidras del Lidldijo sonando a broma y completamente en serio.

Recordábamos a dos bestias extraviadas. Éramos demasiado ruidosos y nos sobraba tiempo antes del último autobús. Nos dedicamos un brindis. “Por el último hombre en pie”. Íbamos a beber hasta perder el habla. Dentro de una de esas casas, Helmi y Krista comían con el televisor delante, lo cual no quiere decir que le prestasen realmente atención. La orquesta tocaba Kesäillan valsi de Sibelius. Ernesto me hizo mirar hacia las farolas. Siempre había razones para alegrarse por algo, incluso en el frío. Esta vez era el brillo de los copos de nieve traspasados por el alumbrado sonámbulo, un poco desfallecido, de la ciudad fantasma.

Darryl Luscombe

Como aquellos que perdonan

Siete veces

Y setenta veces siete

También perdono yo.

Hay una sola vez que no puedo perdonar:

La primera vez

La primera traición.

Después de aquella vez

Perdono todas las traiciones que queráis

Me es absolutamente indiferente,

Es como si no fuese conmigo

Y puedo muy bien decir

Que las he olvidado y perdonado

Pero la primera traición

Es como perdonar

Una vez más

Märta Tikkanen

FIN DEL VOLUMEN I

Helsinki, 13 de diciembre, 2013

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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