Bonnie and Clyde ▏Antes de la revolución ▏1967

Warner, entre nervioso y avergonzado, ladró: «¿Pero qué coño haces? ¡levántate del suelo de una puta vez!»

                          Arthur Penn

“Estamos en la guerra de Vietnam. Esta película no puede ser inmaculada, esterilizada. Nada de un par de tiros y caer muerto, ¡tiene que haber sangre, carajo!”

Arthur Penn

                                Jack Warner

Es muy probable que Warren Beatty fuese el primer hombre que le besó los pies a Jack Warner; de lo que no cabe duda es de que fue el último. Según dicen, Beatty estaba intentando que Warner le financiara Bonnie y Clyde, una película a la que la productora no le veía mucho sentido. En lo que respecta a Warner, Beatty era simplemente un chico guapo más abriéndose camino con ímpetu, labrándose una carrera prometedora con un puñado de pretenciosas películas «de arte y ensayo». Ni siquiera Esplendor en la hierba, de Elia Kazan, su primera película, la que lo dio a conocer, dio realmente dinero. Bill Orr, el yerno de Warner, tenía razón: se había quedado dormido en un pase. En realidad, Beatty nunca había tenido un éxito digno de este nombre. El actor se creía demasiado bueno para las películas que le ofrecían, y hasta se dio el lujo de rechazar al presidente de los Estados Unidos. John F. Kennedy quería que los estudios filmasen John F. Kennedy and PT-109, el libro de John Tregaskis, y quería que Fred Zinnemann fuese el director y Beatty el protagonista. No contento con negarse a interpretar el papel de John F. Kennedy, Beatty le dijo a Pierre Salinger que abandonase el proyecto porque era literalmente «una mierda». Warner no estaba acostumbrado a que le dijesen algo así de sus guiones, y echó a Beatty a patadas, gritándole: «Nunca volverás a trabajar en esta ciudad» o algo por el estilo.

                          Warren Beatty

«Siempre me odió», recuerda Beatty. «Decía que le daba miedo reunirse conmigo a solas porque creía que yo recurriría a algún tipo de violencia física.» Pero utilizar la fuerza no era el estilo de Beatty. Al fin y al cabo, era un actor. Un día acorraló a Warner en su despacho, se tiró al suelo, se abrazó a sus rodillas y gritó: «¡Coronel!» –todo el mundo lo llamaba así–. «Estoy dispuesto a lamerle los zapatos aquí mismo!»


«Ya, ya. Levántate, Warren

«Tengo a Arthur Penn, tengo un guión formidable, puedo hacer esta película por un millón seiscientos; siempre será una gran película de gángsters.»


«¡Levántate, levántate!»


Warner, entre nervioso y avergonzado, ladró: «¿Pero qué coño haces? ¡levántate del suelo de una puta vez!»

«No me levantaré hasta que acepte hacer esta película.»

«¡La respuesta es no!» Warner hizo una pausa, recobró el aliento. Un millón seiscientos mil dólares no era un verdadero riesgo para él, comparado, pongamos por caso, con los quince que se estaba gastando en Camelot, su proyecto favorito. Además, ya estaba pensando en vender en cualquier momento su parte en el estudio. Con un poco de suerte, cuando la película se estrenara él estaría muy lejos, en su palacio de la Costa Azul, mucho más rico de lo que ya era. ¿Por qué no darle el gusto a ese chiflado? Warner le pidió al actor que le pusiera por escrito el presupuesto y que se lo mandase por correo. Nunca lo recibió, pero Beatty se salió con la suya.

Beatty insiste en que nada de esto ocurrió nunca, pero es una historia que cuentan y vuelven a contar personas que juran haber estado en el despacho del «coronel» y haberlo visto con sus propios ojos. Es uno de esos momentos que, en todo caso, habrían debido ocurrir, porque desborda ironía y significado: una genuflexión, a los pies del Viejo Hollywood, hecha por un símbolo del nuevo, en un momento –mediados de los años sesenta– en que nadie sospechaba siquiera que un día se establecería esa distinción.



“Moteros tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood.”

1998, Peter Biskind

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