“Los seres humanos luchan contra el mal sin dejarse morir del todo, culpando al otro, odiando y amando, tendiendo las manos, buscando el tan codiciado control de la sociedad para poder seguir viviendo”.

por Giulio Vita

PERFECT SENSE

Este año comenzó con la superchería del fin del mundo, basada en una interpretación del calendario maya. La industria no se hizo esperar y enseguida pusieron en marcha producciones enormes sobre cómo sería la catástrofe que pondría fin a nuestra civilización, sin ninguna originalidad particular, llevados por el terror de la destrucción de maremotos, tornados, congelación planetaria, meteoritos y demás teorías que cayeron casi siempre en la culpabilidad del ser humano y su comportamiento con el planeta, enviando un mensaje de conciencia empalagoso y fácil.

 

Después de esta orgía del desastre, llegó el guión de Kim Fupz Aakeson, dirigido por David Mackenzie, titulado Perfect Sense, una historia que deja de lado lo colosal de una posible extinción y se enfoca en el problema humano, tejiendo una historia de amor protagonizada por un Ewan McGregor y una Eva Green que asumen con naturalidad sus papeles, en medio de una epidemia mundial cuyo origen es desconocido, y provoca, poco a poco, la pérdida de los sentidos.

Todo esto desde el punto de vista de un cocinero (McGregor) y una epidemióloga (Green) que se conocen y empiezan una relación a la que se aferran a pesar de ir siendo poco a poco contaminados por este mal.

Lo interesante de esta película es la valentía del director al tomar el mando con un guión tan bien pensado como su espada y antorcha, utilizando recursos cinematográficos que permiten al espectador vivir en primera persona la experiencia de la epidemia, sin necesidad de grandes efectos especiales ni trampas visuales ni sonoras. Este drama intimista que en vez de utilizar la ciencia ficción, la recoge y la lleva a su terreno, utiliza recursos sutiles pero precisos, logrando captar la emoción sincera del gran dilema que nos presentan y a la vez, contrario a lo esperado, nos abre la puerta a la esperanza.

El guionista estudió todas las posibilidades y nos presenta cómo la humanidad se prepararía para algo similar, de una forma tan real que nos hace entrar en la historia sin darnos cuenta, sin necesidad de reuniones en el Pentágono ni bases militares bajo el mar o satélites enormes ni otras soluciones infantiles de las grandes producciones. Todo lo contrario: nos brinda un escenario desde dos ciudadanos de a pie que se hacen débiles por el amor y la vulnerabilidad de sus cuerpos ante la enfermedad. Se agradece la falta de un genio de laboratorio que explica con frases absurdas el problema y lo que deberíamos hacer para solucionarlo, o el conflicto entre el protagonista-héroe y las figuras de poder, bien sea militares o villanos que quieren destruir por destruir. Se agradece que haya sido tan visceral que dé miedo real, porque no se basa en escenarios fantasiosos y fáciles sino que pone a prueba nuestra racionalidad, mostrándonos qué ocurre en occidente y en oriente, pero no en las casas de gobierno sino en los pueblos, entre la gente, en la opinión del ciudadano de a pie. La maravilla, me parece, es la cercanía y la madurez con las que director y guionista decidieron sumergirnos en esta historia que a medida que crece, más filosófica se convierte.

Los seres humanos somos, actualmente, la raza dominante del planeta por nuestra capacidad de adaptación, tanto física como psicológicamente. Y todo ello, según mi punto de vista, se debe a la capacidad de la fe. La esperanza nos hace menos vulnerables en las situaciones extremas. No quiero decir religiosidad sino fe, en cualquier cosa, para poder darle sentido a estar vivos. Quizás por eso nos enamoramos de otra persona o construimos casas, por la fe de sembrar, de perdurar de algún modo en el tiempo.

En cada acto de Perfect Sense nos explican cómo los seres humanos luchan contra el mal sin dejarse morir del todo, culpando al otro, odiando y amando, tendiendo las manos, buscando el tan codiciado control de la sociedad para poder seguir viviendo. En esto, el director utiliza dos discursos que están entre la ficción y el cine documental. Lo vemos desde el plano social, con noticias del mundo llevadas por la voz en off de Eva Green e imágenes de varios formatos y calidad que son como pinceladas de la historia de la humanidad, al punto de hacer dudar de si se tratan de imágenes de archivo o no (documental); y desde el plano individual, con una historia de amor en gran parte clásica y a la vez devastadora en muchos aspectos, con la originalidad de que el gran problema es la epidemia y sus efectos secundarios (ficción).

En este aspecto, el de los efectos secundarios de la epidemia, la película también gana en cuanto a la interpretación, dándonos un abanico de emociones que experimentan los afectados justo antes de perder algún sentido, cada uno explicado por esta voz en off que analiza lo que ocurre, sin posicionarse, mostrándonos todo lo que somos, en una especie de tratado de la humanidad, de principio a fin, hambrientos y demonios, angelicales y satisfechos, con coreografías desenvueltas con gran talento. Es siempre agradable ver a actores que experimentan más allá del mero títere físicamente atractivo, y se dejan llevar hacia lo físico, siempre y cuando esté justificado y enriquezca la narrativa, y Mackenzie utiliza este recurso con gran maestría, ofreciendo visualmente mejoras al guión gracias a que sabe dónde la técnica de sus actores puede dar más de lo que ellos mismos creen, a decisiones que se tomaron en su departamento desde la necesidad de contar, deshaciendo la mojigatería de lo que podría ser o no comercial.

La edición juega un papel importante y protagónico, usando los ya mencionados recursos de dirección y llevándolos al terreno del cine moderno sin olvidar la influencia de Kuleshov en cuanto a la asociación de imágenes para explicar lo que la voz en off no debe, porque esta narración no cae en lo explicativo ni en lo molesto. No nos quita importancia en las imágenes y no es utilizada por falta de virtud del cinematógrafo sino más bien como un complemento artístico que dona belleza a la historia.

A pesar de que desde lejos parece ser una historia pesimista, por su crudeza, el todo es un canto a la fuerza del amor ante las tragedias, y todo esto sin irrespetar al público con falsos mensajes de esperanza ni con ansiolíticos visuales, sino analizando profundamente las emociones y haciéndonos temblar en nuestro interior y hacernos plantear la relación con nuestra raza, con el futuro y con el presente.

Me quedo con la agradable sensación de este viaje emocional y de haberme enredado en el imaginario de Mackenzie/Aakeson, después de haber hecho balance de las cosas que creemos necesitar con aquellas que realmente necesitamos para sobrevivir.

Giulio Vita, El Rey Tuqueque

@elreytuqueque

Barcelona, 21 de Junio de 2011

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