Están encerrados en una habitación desde hace meses. La suciedad, el hambre y la sed los envuelve. Nada les impide salir, pero hay algo… Tienen las puertas abiertas, pero el umbral del salón les resulta la frontera más infranqueable. El edificio está rodeado por todo tipo de personas y fuerzas gubernamentales, pero nadie se atreve a entrar para sacarles. La desesperación de la gente de dentro les ha llevado a destrozar la pared en busca de las cañerías del agua. Y sin embargo, no hay puertas ni rejas que les retengan físicamente. Algo tan propio de una novela de Saramago, es una película de Luis Buñuel, “El ángel exterminador” (1962).

Escrito por Daniel L. Serrano (Canichu el espía de bar)

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas y edición de texto por Carlos Cristóbal

“El ángel exterminador” (1962)

El aragonés Luis Buñuel Portolés ha pasado a la historia universal del séptimo arte. Quizá sea el más importante de los directores de cine que ha dado España. Él nunca renunció a su origen y nacionalidad, a pesar de que las circunstancias históricas de su vida le llevaron a vivir exiliado la mayor parte de sus años de existencia. Pero su cine, reclamado por España, Méjico o Francia –dependiendo del metraje o de los méritos patrios que reclaman unos y otros a la hora de hacer recuento de aportaciones a su cinematografía–, es un cine universal, y no es para menos, él es uno de los tres directores de cine que cuentan con una de las tres únicas películas cuyo valor es tan inmenso que han sido nombradas parte de la “Memoria del mundo” por la UNESCO. Se trata de “Los olvidados” (1950), mejicana en su producción, apátrida y ciudadana del mundo desde que tiene tal honor. Comparte el mérito con “Metrópolis” (1921, Fritz Lang) y “El mago de Oz” (1939, Víctor Fleming), y, más allá de títulos concretos, con toda la cinematografía de los hermanos Lumière, por su invento del cinematógrafo en sí mismo. Técnicamente aportó además el haberse atrevido a rodar la primera película con el sistema de color Eastmancolor, “Robinson Crusoe” (1952), cuyas copias son enviadas anualmente a los laboratorios para analizar su evolución y envejecimiento en la película física del metraje.

“Los olvidados” (1950)

Buñuel vivía el cine plenamente y tiene un reconocimiento mundial tan grande que, por ejemplo, le fotografiaron como parte de los más grandes directores vivos de la historia del cine en 1972, que se reunieron precisamente para rendirle un homenaje, para publicarlo en Los Ángeles Times en noviembre de ese mismo año. Pero en España, si preguntásemos a la gente, pocos sabrían decir algo de su obra más allá de su primer metraje, “Un perro andaluz” (1929), el cual realizó en su juventud con su amigo el pintor Salvador Dalí (izquierda) durante un viaje y estancia en Francia. Y dentro de eso, es muy probable que la gran mayoría no supieran mencionar nada más allá de la famosa escena del ojo cortado por una navaja de afeitar en una secuencia en primerísimo plano (derecha). Incluso he llegado a encontrar personas que o no sabían quién era, directamente, o bien que creían que era mejicano. Quizá sea porque siempre me ha gustado el cine, o quizá porque recientemente, como archivero becado, he estado varios meses trabajando en su archivo personal –hoy día depositado en los archivos de la Filmoteca española de Madrid–, que ese conocimiento me parece altamente insuficiente. Pero no es de extrañar, tampoco es que la televisión española se haya preocupado demasiado por recuperar su memoria o sus metrajes.

Fila superior de izquierda a derecha: Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carriere y Serge Silverman. Fila inferior de izquierda a derecha: Billy Wilder, George Stevens, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Rouben Mamoulin.

Buñuel era hijo de una familia rica económicamente originaria del pueblo de Calanda, en Aragón, lugar al que homenajeó directa e indirectamente en varios de sus metrajes. Su padre había tenido posesiones en la Cuba española, y, como tal poseedor había combatido allí en 1898. De él heredó varias de sus armas de fuego y una pasión por coleccionarlas y usarlas que le acompañó toda su vida. Le mandaron a estudiar a Madrid y le hicieron alojarse en la Residencia de estudiantes, donde es muy conocido que hizo amistad con el poeta García Lorca y el pintor Dalí. Con el primero se pelearía en 1928. Lorca había escrito “Romancero gitano” y Dalí y Buñuel le recriminaron que se hubiera distanciado del surrealismo en esa obra. Otras versiones no oficiales rumorean que pudo ser una pelea por cierta experimentación bisexual, combinada con la homosexualidad de Lorca. Pero Buñuel, hubiese o no esa experimentación de juventud, tuvo una vida plenamente heterosexual, algo celosa y posesiva con su pareja, con algunos criterios que hoy día llamaríamos machistas y proclive a las fiestas y bromas eróticas, aunque sin consumar nunca con otra que no fuera su esposa, con la que tuvo dos hijos. De aquella pelea el propio poeta pensó que la primera película del aragonés, la citada “Un perro andaluz” (1929), realizada con Dalí, como he dicho, fue un metraje netamente rodado y creado para ridiculizarle y dejarle en mal lugar, así como para ofenderle por su homosexualidad y gustos refinados. Buñuel, en correspondencia privada, lo negó. No parece que fuera su intención o fuera consciente de ello, Dalí es otro mundo. Puede que algo tuviera el metraje de todo eso, pero más bien es la obra cumbre del surrealismo, donde mediante metáforas visuales, que hay que comprender dentro de su contexto social, cultural e histórico, se pone en entredicho la cultura burguesa tradicional que ahogaba un nuevo tipo de sociedad deseosa de unas relaciones sociales libres de los convencionalismos religiosos y de moral burguesa. Fuese como fuese, Buñuel hizo las paces con Lorca en 1934, e incluso fue uno de los que le recomendaron no ir a Granada cuando comenzó la guerra civil en 1936, consejo que lamentablemente fue fatídicamente ignorado. Dalí nunca hizo las paces con Lorca y se pelearía con muchas de sus personas más cercanas. También se enfrentaría con Buñuel. Eso sería más tarde.

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Izquierda: Luis Buñuel da de beber vino a Salvador Dalí. Derecha: Federico García Lorca y Salvador Dalí.

Buñuel se estaba formando como cineasta. Gracias al dinero que le mandaba su madre, no sólo se permitía lujos como comprarse un coche de exportación norteamericana con embellecedores a su gusto o de intervenir muy directamente en las decisiones más vitales de su pareja, sino que gracias a ese dinero pudo vivir en Francia durante determinadas estancias. Allí no sólo hizo aquella película con Dalí en 1929, también pudo ejercer de ayudante de dirección de Jean Epstein en dos metrajes, uno de 1926 y otro de 1928, y otro más de Nalpas y Étiévant en 1927. Se estaba formando así con los más grandes. A la vez se corría juergas con el grupo de jóvenes surrealistas de París. Estos fueron invitados al estreno de su segundo metraje como director, “La edad de oro” (1930), también a medias con Dalí. Aquellos jóvenes quemaron el cine donde se proyectó, Estudio 28, y provocaron un disturbio cuando el metraje terminó. Según ellos, estaban alterados porque aquella película había agotado por sí misma todas las posibilidades del surrealismo. El metraje es sonoro, y aunque podría considerarse la primera película sonora española (la primera del mundo fue “El cantor de jazz” -1927, Alan Crosland-), su producción fue francesa, por lo que ese mérito se lo llevó “El misterio de la Puerta del Sol” (1929, Francisco Elías). “La edad de oro” está considerada otra de las culminaciones del cine de entreguerras de los “–ismos” europeos. Buñuel y Dalí quisieron adentrarse en el mundo pasional desbordado, en un amor tan inmenso que cayera en la locura y la violencia, incluso en la psicopatía. Pero de paso, quizá sin saberlo conscientemente, estaban retratando varios de los vicios fascistas y nacionalsocialistas de aquella Europa que se encaminaba hacia la Segunda Guerra Mundial. Más cuando eligieron Roma como lugar de su relato, capital del fascismo en ese año, y más cuando es un metraje francés, que en esos momentos veía como su sociedad se polarizaba entre simpatizantes del autoritarismo de la extrema derecha y la extrema izquierda. Como sea, el tema del amor desbordado que incurre en la violencia volvería a ser tratado por Buñuel de nuevo con otro lenguaje cinematográfico más accesible al público general, como por ejemplo en “Él” (1953), un metraje que es francamente duro y aborda los maltratos psicológicos y físicos dentro del matrimonio, un tema que hoy día nadie se atrevería a retratarlos como Buñuel lo hizo. Hay quien cree ver en el personaje masculino una exageración del propio modo de ser más íntimo del director, pero algunas cartas personales parecen indicar que quizás en realidad le inspiraba su cuñado.

”La edad de oro” (1930)

Buñuel se estaba formando como cineasta. Gracias al dinero que le mandaba su madre, no sólo se permitía lujos como comprarse un coche de exportación norteamericana con embellecedores a su gusto o de intervenir muy directamente en las decisiones más vitales de su pareja, sino que gracias a ese dinero pudo vivir en Francia durante determinadas estancias. Allí no sólo hizo aquella película con Dalí en 1929, también pudo ejercer de ayudante de dirección de Jean Epstein en dos metrajes, uno de 1926 y otro de 1928, y otro más de Nalpas y Étiévant en 1927. Se estaba formando así con los más grandes. A la vez se corría juergas con el grupo de jóvenes surrealistas de París. Estos fueron invitados al estreno de su segundo metraje como director, “La edad de oro” (1930), también a medias con Dalí. Aquellos jóvenes quemaron el cine donde se proyectó, Estudio 28, y provocaron un disturbio cuando el metraje terminó. Según ellos, estaban alterados porque aquella película había agotado por sí misma todas las posibilidades del surrealismo. El metraje es sonoro, y aunque podría considerarse la primera película sonora española (la primera del mundo fue “El cantor de jazz” -1927, Alan Crosland-), su producción fue francesa, por lo que ese mérito se lo llevó “El misterio de la Puerta del Sol” (1929, Francisco Elías). “La edad de oro” está considerada otra de las culminaciones del cine de entreguerras de los “–ismos” europeos. Buñuel y Dalí quisieron adentrarse en el mundo pasional desbordado, en un amor tan inmenso que cayera en la locura y la violencia, incluso en la psicopatía. Pero de paso, quizá sin saberlo conscientemente, estaban retratando varios de los vicios fascistas y nacionalsocialistas de aquella Europa que se encaminaba hacia la Segunda Guerra Mundial. Más cuando eligieron Roma como lugar de su relato, capital del fascismo en ese año, y más cuando es un metraje francés, que en esos momentos veía como su sociedad se polarizaba entre simpatizantes del autoritarismo de la extrema derecha y la extrema izquierda. Como sea, el tema del amor desbordado que incurre en la violencia volvería a ser tratado por Buñuel de nuevo con otro lenguaje cinematográfico más accesible al público general, como por ejemplo en “Él” (1953), un metraje que es francamente duro y aborda los maltratos psicológicos y físicos dentro del matrimonio, un tema que hoy día nadie se atrevería a retratarlos como Buñuel lo hizo. Hay quien cree ver en el personaje masculino una exageración del propio modo de ser más íntimo del director, pero algunas cartas personales parecen indicar que quizás en realidad le inspiraba su cuñado.

Como sea, en esos dos metrajes iniciales tenemos muchos caminos iniciados que se reflejarán puntualmente en algunos de los futuros metrajes españoles posteriores, como por ejemplo en “Amanece que no es poco” (1988, José Luis Cuerda), con aquellos hombres naciendo en bancales de tierra, gente del pueblo de al lado invadiendo pacíficamente al pueblo vecino y un guión claramente surrealista y de excelente sentido del humor. Y es que en la obra de Buñuel hay mucho sentido del humor, sobre todo de humor negro. Todos aquellos que le conocieron reconocen que era una persona muy divertida, en constante burla y broma, con un humor que siempre buscaba poner en evidencia las carencias en las personas, instituciones e ideologías: la falta de humildad, de lógica, de honestidad, de castidad… muchas veces pretendiendo destacar la hipocresía de todo ello. También que era alguien muy humilde y fiel a las personas que apreciaba. Así, por ejemplo, casi siempre usó un mismo equipo de colaboradores, actores y actrices. Respetaba el trabajo más sencillo y le daba gran importancia a la persona que lo ejercía, porque él mismo lo pasó francamente mal en los años 1940. Pero también ha dejado otros rastros que han heredado otros autores españoles. En la mencionada “El ángel exterminador” (1962) hay un uso abundante de largos planos secuencia con numerosa gente interactuando en diferentes grupos y en un mismo espacio que recorre con la cámara sin cortes de imagen.

Luis García Berlanga tomaría este recurso como una marca de estilo propio, algo que se puede ver por ejemplo en “La escopeta nacional” (1978) o en “La vaquilla” (1985). Aunque este recurso probablemente lo aprendió Buñuel de las películas de su amigo Alfred Hitchcock, por ejemplo, en la escena que antecede al famoso asesinato en la ducha de “Psicosis” (1960), un plano secuencia que comienza con la cámara subiendo por las escaleras al piso superior hasta llegar a la ducha y que culmina en una secuencia de innumerables planos seguidos de corta duración. Las dos películas iniciales de su carrera, ya citadas, dieron paso a que pudiera ser productor de metrajes de otros directores de cine, como “Don Quintín, el amargao” (1935, Luis Marquina), de la que él haría una versión con cierta revisión humorística en 1951, “La hija del engaño”. Trabajó en dos ocasiones con José Luis Sáenz de Heredia, en 1935 y en 1936, a pesar de que ideológicamente él evolucionaba hacia posturas que se han juzgado cercanas al Partido Comunista y no a las ideas profascistas de Heredia; aunque probablemente en realidad Buñuel simplemente tuviera posturas cercanas a un ideal de la libertad, no del comunismo de partido político. Basta con ver su obra como para comprender que Buñuel se reía y criticaba toda forma de autoritarismo que limitaba a las personas en su actividad personal y sobre todo en su actividad de vida privada. Su biblioteca personal no conserva grandes títulos ideológicos, aunque alguno hay sobre la guerra civil, por ejemplo, la primera edición de los dos volúmenes sobre el tema escritos por Hugh Thomas y una biografía o reflexión sobre el anarcosindicalista Buenaventura Durruti. De hecho su hijo Juan Luis Buñuel sí ha declarado en varias ocasiones que su padre no paraba de hablar de la guerra cuando se reunía con sus amigos españoles del exilio. Y también es cierto que perteneció a un sindicato de cineastas mejicano. La mencionada “El ángel exterminador” (1962) es en sí misma una crítica brutal a la dictadura o a cualquier autoritarismo impuesto por medio de una moral que impide a la persona actuar como realmente desea. Esa casa y ese salón bien pudieran ser España y la dictadura de Franco, aunque, como todo arte, todo esto queda a criterio y reflexión de cada espectador.

“El ángel exterminador” (1962)

También produjo en esa época “¡Centinela, alerta!” (1936, Jean Grémillon), donde actuaría el cantante de copla española y republicano Angelillo. Esta experiencia con una película de cante y temática popular le sería útil en el futuro. De momento hay que contar que por último produjo y puso guión a “España leal en armas” (1937, Jean-Paul Le Chanois), un documental conocido también como “España 1936” y “Madrid 1936”. Este documental –de unos treinta a cuarenta minutos de duración– fue un encargo de la República Española durante la guerra civil, mientras él estaba refugiado en Francia. Se pretendía movilizar al pueblo francés y al público mundial a favor de la República, que era el gobierno democrático legal amenazado por el fascismo. Es probable que de aquella época hiciera gran amistad con el pintor Picasso, que estaba también en París sirviendo a la República con cargos y pintando “El Guernica” para recaudar fondos. De esa época, según algunos investigadores actuales que afirman haber encontrado algunos documentos al respecto, se cree que Buñuel pudo ayudar dando informaciones secretas al embajador español acerca de las actividades de cierto empresario español que ayudaba con dinero a Franco. Su documental es uno de los pocos que se atrevió a viajar a primera línea de combate en la ciudad universitaria de Madrid, dándonos unas imágenes que preludian a los periodistas de acción de los reportajes de guerra.

“España 1936” (1937)

Antes de la guerra civil española (1936-1939), Buñuel había producido y dirigido el documental “Las Hurdes, tierra sin pan” (1933), que evidenciaba un humor negro y, a la vez, una crudeza dramática en una España rural profunda que vivía en unas condiciones propias de siglos anteriores al XX donde vivía. La reforma agraria y las reformas educativas de la República en 1931 no habían llegado a lugares donde el hambre, la enfermedad y la falta de infraestructuras eran mucho peores que la incultura y el analfabetismo, que a la vez alimentaban todos los problemas. Ese documental explica tan bien los problemas de España en su camino hacia la guerra civil que en 1936 el gobierno republicano lo reutilizó para explicar por qué había que parar al fascismo en España y el peligro de su avance por Europa. Este documental, que muestra una España más propia de la Edad Media que de la Contemporánea, contrastaba con los documentales soviéticos de los años 1920, que mostraban la tecnificación y las mejoras sociales que la sociedad soviética había introducido con su triunfo en Rusia. Una vez más, criticando las carencias de la España del momento, mostraba la realidad con humor negro vestido de seriedad. En este metraje, por otra parte, hay varias escenas que explican algunas de las obras posteriores de Dalí, como la comparación de las supersticiones católicas del mundo rural español con las supersticiones animistas del África profunda.

Izquierda: Luis Buñuel. Centro y derecha: Dos fotogramas de “Las Hurdes, tierra sin pan” (1933)

Salvador Dalí comenzó a simpatizar con el bando de los generales golpistas de 1936 y con el fascismo de Falange Española. Cuando estalló la guerra, él también se iría como refugiado a Francia. Ya ahí habría un primer roce con Buñuel, aunque su amistad perduró. Pocos años antes, como se puede leer ahora mismo en la exposición temporal sobre Dalí en el Museo Reina Sofía de Madrid, el pintor le había mandado una carta a su amigo Buñuel echándole en cara su cercanía al comunismo. Como es sabido, la guerra civil terminó en 1939. Buñuel, del bando perdedor, se veía en la ruina económica, necesitado de viajar en exilio a Estados Unidos de América, ya que sobre Francia se cernía el peligro de los nacionalsocialistas alemanes, que en agosto de ese año harían estallar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Buñuel entonces le pidió dinero a su amigo Dalí, quien se lo negó alegando que “su quiromante se lo había desaconsejado”. Pero la pelea definitiva ocurriría en 1943. Buñuel había sido amparado por los estadounidenses y trabajaba como director de doblaje al español de películas de Hollywood. En esa época hizo amistad con mucha gente del cine norteamericano y otros exiliados, como el científico Severo Ochoa. Pero sus condiciones de vida eran muy pobres y necesitaba el dinero que le mandaba su madre como podía desde España. Su trabajo era humilde, poco apreciado en las productoras americanas. Fue en esta etapa cuando aprendió a valorar la humildad y el valor del trabajo y del trabajador más sencillo. En esta época adquirió la costumbre de escuchar a todo el mundo y de tener un  gran respeto por los trabajadores más básicos y con problemas económicos, al igual que un gran sarcasmo e ironía hacia las personas más acomodadas económicamente en la sociedad.

  Francisco Franco y Salvador Dalí junto al retrato de su nieta Carmen Martínez-Bordiú de 1974.

Le ofrecieron realizar un largometraje contra Francisco Franco, pero la intención aliada de invadir el norte de África propició que los políticos convencieran a sus productores para desestimar esa idea, ya que no querían ofender a una dictadura que podría complicar las operaciones militares si entraba en guerra, más allá de intervenir en la Unión Soviética con una modesta división, la División Azul. Así que le ofrecieron hacer un largometraje sobre la obra de teatro “La Casa de Bernarda Alba”, de Lorca, cosa que le entusiasmó. Pero también ese proyecto se malogró. Así llegó 1943. A Buñuel le ofrecieron dirigir el museo de arte contemporáneo de New York, el MOMA. Su propuesta para el cargo parecía a punto de prosperar cuando Dalí publicó su autobiografía ese año. El pintor estaba viviendo en Norteamérica en esos momentos. En esa autobiografía señaló a Luis Buñuel como comunista y ateo. Tales acusaciones le sirvieron al cineasta para que no fuera seleccionado como director del MOMA, para que las productoras norteamericanas empezaran a denegarle trabajo y para que se viera en el peor momento económico de su vida; etapa que duró varios años. La pelea entre Buñuel y Dalí fue total. En 1966 Dalí le ofreció rodar una segunda parte de “Un perro andaluz”, pero fue ignorado. Sólo en sus últimas semanas de vida, Buñuel quiso firmar la paz mandando a Dalí el retrato que le había pintado cuando era joven en la Residencia de Estudiantes y que había presidido el salón de su casa en América. Era 1983 y, entre otros objetos, Buñuel también guardaba el ejemplar de la autobiografía de Dalí que apuñaló con saña, literalmente, en el origen de la pelea entre ambos en 1943.

Alcalá de Henares, 2 de septiembre de 2013

Leer la segunda parte

Retrato de Luis Buñuel por Salvador Dalí.

 

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