Todavía perdido en el embeleso de La Gran Belleza, ahora que puede realizarse sin la coartada de una historia, su Juventud resulta un ejercicio de la nada o de lo de siempre, porque lo de siempre y nada es lo mismo, como el agua: no huele, no sabe a mucho, pero sirve de alternativa a la Coca Cola (esa clase de cine que se mueve por franquicias y efectos especiales colonizando la taquilla).

Escrito por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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Paolo Sorrentino

paolo sorrentino, revista de cine, crítica de cine, la gran belleza, Alicia Victoria Palacios Thomas, miguel cristóbal olmedo, youthPaolo Sorrentino es un director que nos procura grandes alegrías y grandes decepciones. En el caso de su última película, Juventud, es el director de las grandes decepciones, una cinta a la que partidarios acérrimos y detractores pueden referirse como “entrañable” y hacerlo en forma de insulto o elogio.

Juventud es una película que quiere tocar muchos temas pero su estribillo sempiterno es el de la vejez. Sorrentino explora el declive de la edad desde su imaginación cuarentona, echando mano de los tópicos hollywoodienses donde se pinta a los ancianos como esos pensionistas de la vida que de cuando en cuando ofrecen alguna revelación serena. La película se regodea en la tristeza de la senectud. Olvida que los viejos son los últimos en admitirlo, así como los locos no se saben transformados en su locura. Un viejo lucha hasta la extenuación por no serlo, por no parecerlo, quiere seguir disfrutando de la fiesta aunque no le aguanten las rodillas. Es la petulante generación posterior la que los convence de que se sientan ridículos, los empuja y encierra. Y Sorrentino, como hombre relativamente joven, cae en el convencionalismo de su propia edad, situando a sus actores en el estereotipo de una vivencia medicinal, con bromas recurrentes sobre la próstata, recuerdos desmemoriados, lecciones de vida a deshoras, y la contemplación de su crepúsculo personal y profesional.

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Tony Servillo en La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013)

Paolo Sorrentino se quedó prendado de su última película, La Gran Belleza (2013), que es su obra magna y la del Óscar. Después de eso no supo seguir adelante sin caer en la saturación del estilo.

Todo aquello que lo hacía bueno, lo exagera con afán de mejorarlo, olvidando que lo grotesco parte de la misma obsesión perfeccionista. Juventud se mueve bajo esa sombra. Si La Gran Belleza fue elogiada como la continuación moderna de La Dolce Vita (1960) de Fellini, el hecho de que ahora los personajes se sitúen en un balneario alpino para millonetis, como pasaba precisamente en Fellini 8½ (1963) es aun más premeditado. Sorrentino juega a homenajear a Fellini, haciéndose pasar por él, pero entre Fellini y Sorrentino solamente hay el juego del estilo y muchas veces ni eso. Fellini es mordaz y Sorrentino, indulgente. Fellini inventa una pasarela de sotanas que despertó las iras del Vaticano y en Sorrentino la Iglesia Católica, con sus errores, sigue encarnando ciertos valores morales. Fellini se caga en la televisión (también porque la televisión de entonces era el basural del entretenimiento) y Sorrentino la acepta como presente y futuro del medio audiovisual. Ambos, es verdad, evolucionaron para contar sus historias a través de una serie de mosaicos sin relación necesaria entre ellos, y poblándolos de personajes que rayan en el esperpento y la irrealidad. Pero además el cine felliniano se erige sobre ideas profundas, contradicciones humanas, arrepentimientos y filosofías. La imagen funciona como alegoría de un  concepto abstracto o una emoción que quedaría mal explicada solamente con palabras. Para Sorrentino la imagen tiene valor en sí misma, es una emoción estética sin más significado que su propia belleza. Si Fellini usaba de excusa lo concreto para ofrecernos la espléndida decadencia del alma humana, Sorrentino va de lo abstracto a lo concreto, como en una metonimia.

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Izquierda: Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en La dolce vita (Federico Fellini, 1960). Derecha: Marcello Mastroianni y Claudia Cardinale en Fellini 8½ (1963).

Juventud está construida con premisas simples y conversaciones que pasan de refilón por la metafísica pero se quedan en el lado de los libros de autorrealización, con sus conclusiones facilonas y manidas. Las mayúsculas están puestas en el ojo de la cámara, su forma de rodar y por eso somos condescendientes con sus arrebatos pretenciosos. Sorrentino es un cineasta con maneras de filósofo y se mueve en el terreno visual, transfigurando los matices emocionales en una experiencia de los sentidos. Ya sospechábamos de sus trabajos anteriores, que detrás de su elegancia filmando y su acusada sensibilidad por la imagen, el discurso que vertebra sus películas carecía de una importancia real. La gran belleza que nos promete es sensorial y no cerebral.

El efecto estético está por encima de la reflexión, por encima de la emoción y por encima de los personajes.

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Harvey Keitel y Michael Caine en La juventud (Paolo Sorrentino, 2015)

Michael Caine y Harvey Keitel son las grandes estrellas de este asunto. Caine, otrora el mujeriego de los años 60 en su papel de Alfie (Lewis Gilbert, 1966), y Keitel, que solía hacer de tío duro en dos de las películas más conocidas de Tarantino, son ya dos ancianos reblandecidos, puestos a remojo en las aguas termales del balneario y devorando sin apetito su magdalena proustiana. Les toca presenciar el milagro de la juventud en los demás. Michael Caine hace de un compositor de música clásica retirado, obstinado en una vida casi de eremita, desgastado por su fracaso como padre y esposo. Rachel Weisz es la hija rencorosa del director, que acaba de ser abandonada por su esposo y afronta un nuevo periodo en su vida contaminado por el terror de verse sola. Ahondando en lo obvio, conocerá a un alpinista que le ayuda a afrontar sus miedos, simbolizados en el abismo de la escalada. Harvey Keitel es un director de cine desnortado, a quien la edad le ha arrebatado sus grandes cualidades de cineasta,  empeñado en rodar su última gran película, su “testamento”, con la diva que lo ha acompañado en once de sus películas (Jane Fonda). Aparecen más personajes, triviales en realidad pero que sirven para orlar el discurso sobre el artista puro y pedante, como el que interpreta Paul Dano, con su eterna expresión entre estupefacta y bobalicona.

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Michael Caine, Paul Dano, Rachel Weisz y Harvey Keitel en La juventud (Paolo Sorrentino, 2015)

La película no resuena después de acabada, como un paisaje de ventanilla de coche que se borra y olvida en el siguiente recodo. Fue bonita, fue “entrañable”, estuvo bien y no volvería a verla.

Los arcos argumentales de sus personajes, con sus momentos de redención o autoaprendizaje, se solazan en el tópico previsible. Porque lo que viene a contarnos es lo mismo que ya se repitió tantas otras veces en tantas otras películas. Uno se acuerda, de golpe y porrazo, de esa cinta humilde, de argumento convencional pero muy bien contada, Wrestling with Ernest Hemingway, y que algún cabrito tituló en España como Vaya par de amigos (Randa Haines, 1993), en la que también aparecía ese dúo de tipos duros, ahora en sus postrimerías, que fueron Richard Harris y Robert Duvall. Así que lo que nos cuenta Youth no era necesario volver a recordarlo en ese balneario suizo rescatado de Fellini 8 y medio, en cuya cinta no se regodeaban en la melancolía clásica de la edad y sí se interrogaban a través de su actor principal, Marcello Marstroianni, también haciendo de director de cine, sobre el proceso creativo y los deseos humanos.

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Richard Harris y Robert Duvall en Wrestling with Ernest Hemingway (Randa Haines, 1993)


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Marcello Mastroianni en Fellini 8½ (1963)

“Elegante” es el adjetivo que ha aparecido tantas veces escrito para definir la película de Paolo Sorrentino y encubrir su vacío narrativo. “Elegante” porque es capaz de distraernos con su matrimonio de imagen y sonido.

Pero no siempre fue así.  Il Divo (2008) es un buen ejemplo de lo que el cine de Sorrentino puede alcanzar cuando hay una buena historia acompañando su batuta de director. Con un arranque aprendido del Scorsese de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990), presenciamos a ritmo de canción pop y pastillas efervescentes, la ejecución de los adversarios del primer ministro y senador vitalicio de Italia, Giulio Andreotti (interpretado por el estupendo Toni Servillo). Andreotti, para entendernos, podría ser Berlusconi, y Berlusconi es el mafioso del vodevil político. Que Andreotti, pese a ser exculpado de sus crímenes, es la voluntad y el responsable de todos, es algo  que se nos deja claro en esas primeras secuencias robadas a De Palma en su película Los Intocables (1987). Tanto Andreotti como el Al Capone de la película referente (encarnado en la figura de un Robert De Niro engordado) se dejan afeitar rodeados por la adulación de su público, como gesto de superioridad y desdén. Uno puede perderse con la nomenclatura de esa crónica de la aciaga vida política, trufada de los escándalos que la vinculan con la Mafia y el Vaticano, y seguir disfrutando de la historia. No importa que los acontecimientos sean localistas, ya que conocemos su relato homólogo en nuestros propios gobiernos. Presenciamos con regocijo morboso el espectáculo de los desmanes de la autoridad, nutrido de hipocresía, codicia y servilismo, asistimos a las alturas del poder y la soledad del individuo en esa estratosfera.

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Toni Servillo en Il Divo (Paolo Sorrentino, 2008)

Tan lejos una de otra, tanto en tiempo como en intenciones, Juventud sigue siendo deudora del currículum de su director. Il Divo, pese a las apariencias, es una película introspectiva con villanos. Y Juventud, también abocada a ese tipo de monólogos que se inmiscuyen con la voz en off, está llena de malhechores, es decir, de artistas. Porque en Sorrentino el artista es el ángel y también el monstruo. El sacrificio que requiere la creación, pervierte moralmente a sus sacerdotes. Escribió Bukowski: “Los grandes escritores son gente indecente. Viven de forma injusta, dejando lo mejor de ellos en el papel”. Los personajes de Michael Caine y Harvey Keitel han vivido una larga existencia falta de ética, orientada por el estímulo de su trabajo y su propio hedonismo. Caine ha descuidado a su familia por otros romances y proyectos musicales y para purgar parte de esa culpa ha adoptado a su hija como asistente personal.

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Harvey Keitel en La juventud (Paolo Sorrentino, 2015)

Keitel, sin el propósito del cine, es una entelequia vaporosa, un rostro sin alma que lo acompañe, y robarle una película es como asestarle una puñalada.

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Michael Caine y Mădălina Diana Ghenea en La juventud (Paolo Sorrentino, 2015)

Los personajes moralmente ambiguos o repulsivos se han prodigado en la filmografía de Paolo Sorrentino.

Comenzó haciendo cine hablando de la decadencia que trae aparejada el éxito en L’uomo in più (2001). También Geremia (Giacomo Rizzo), el usurero esquinado, transido y cabroncete, que es millonario pero rapiña sus chocolates del supermercado, lleva la voz cantante en El amigo de la familia (2006). Un hombre que está en guerra con Dios por hacerle feo, y con el mundo por no haberle querido (el mundo a través de un padre que lo abandonó, lo sustituyó por otra familia, y a quien dice odiar sin dejar de compararse con él). Se venga de todos haciendo préstamos, burlándose de las necesidades o sueños convencionales y atolondrados que hace de sus semejantes sus esclavos. Él está más allá de todo eso porque no tiene aspiraciones de nada, ni las goteras de su casa se preocupa en reparar. Cuida de una madre minusválida, comparten sus soledades en una relación de tóxica dependencia. Almacena su dinero en esa cueva de ladrones que es el banco, pero no lo gasta porque el dinero es su herramienta de sumisión. Durante la película nos apiadamos por él y volvemos a odiarlo, es un personaje sin redención y también una víctima que jamás podrá sobreponerse a la falta de amor.

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Izquierda: Tony Servillo en L’uomo in più (2001). Derecha: Giacomo Rizzo y Laura Chiatti en L’amico di famiglia (2006).

Una escena en concreto en El amigo de la familia, entronca directamente con el ideario de Juventud. El prestamista aborrecible manosea el pecho de una muchacha a cambio de suavizar la deuda de sus padres. El viejo usurero compara ese cuerpo con el paraíso. “No es el paraíso”, replica ella, “es juventud”. Caine y Keitel, en Juventud, no dejan de mirar atrás y lamentarse de este tiempo ganado o perdido que ya no es recuperable ni aun por artificio de la memoria. El desnudo de Mădălina Diana Ghenea, en su papel de Miss Universo, encarna esa juventud, el don que se pierde prematuramente, sin consolaciones, y luego uno se pasa toda la vida buscando. Es la arcadia. Es el sueño que nos mantiene desvelados.

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Mădălina Diana GheneaHarvey Keitel , Michael Caine en La juventud (Paolo Sorrentino, 2015).

Cheyenne es un artista retirado, que vive colgado de ese sueño al que también pertenecen sus días de gloria como músico de rock. Su personaje, interpretado por Sean Penn, es el protagonista de This Must Be The Place (2011), la otra película fallida de Sorrentino. Cheyenne procede a moverse por su vida actual a cámara lenta, con la cadencia de Forrest Gump. Y como en Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), todo el mundo le encuentra gracioso o tierno en su comportamiento agilipollado. Cheyenne sigue disfrazado del cantante gótico que fue veinte años atrás y se ha convertido en una pantomima. “Nunca te enganchaste al tabaco porque permaneciste siendo un niño”, le dicen por ahí. Y, claro, toda la película va de eso, del viaje espiritual y físico de Cheyenne hasta culminar en su madurez. ¿Cuántas veces no hemos visto eso antes? Adormecido, en un estadio intermedio entre la depresión y el aburrimiento, disfrazado de un Robert Smith también pasado por la batidora de los años, los espectadores nos sentimos contagiados de esa soñolencia. El final de la película, viene acompañado de la irremediable confesión: “He intentado ser un niño por demasiado tiempo” y comienza a fumar. Ya lo sabíamos desde el comienzo, no hacía falta tanto metraje para contárnoslo.

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Sean Penn en This must be the place (Paolo Sorrentino, 2011)

Cuando Paolo Sorrentino se pone a rodar películas vernáculas, las que hace en su casa y entre los suyos, le sale requetebién.

No pasa igual con sus dos producciones en lengua inglesa, y no por falta de medios o talentos. Por los vertederos de Internet se ha dicho, precisamente por algún crítico anglófilo, que lo que sucede es que se echa de menos tener a Toni Servillo en la cinta. Toni, ¿quién? ¡Pero si diez años atrás el nombre apenas sonaba en su propia Italia! ¿Y de qué se van a quejar, si Sorrentino nos daba a Michael Caine en su más que probable última película como protagonista? IMDB adjudica a Toni Servillo 34 películas frente a las 160 de Caine. Así que Caine no es el problema, Caine, que es la leyenda, le hace el honor a Sorrentino de estar en su película. Será que su director tiene menos confianza a la inteligencia de la audiencia americana que a la europea. O que despeñarse en Estados Unidos es más peligroso que en cualquier otra parte del mundo. Sea como fuere, Juventud, pese a respetar el estilo de su autor, se queda un poco en lo anodino de la imagen, como esas chavalas posando junto a la barra de la disco.

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Tony Servillo en Las consecuencias del amor (Paolo Sorrentino, 2004)

Lo viejo y lo nuevo ha sido una constante en su filmografía.

El hombre maduro y tenaz y la mujer joven que ejerce de diana o víctima. Las consecuencias del amor (2004) parte de ese binomio y es capaz de transcenderlo. Austera y minimalista, amenaza con aburrirnos y sin embargo es hipnótica y emocionante. Toni Servillo interpreta a uno de esos personajes introvertidos que se le da tan bien, con su halo de misterio, y un nombre frívolo: Titta Di Girolamo. La suya es una existencia robada, repetitiva, absurda, silenciosa, resignada al crucigrama en una habitación impersonal de hotel junto a inquilinos que envejecen aspirando inútilmente a “una muerte extraordinaria”. Girolamo fuma y se pasea con la elegancia que un dandi que no le busca más ofrecimientos a la vida que un café y una ventana con vistas a la vida. La belleza y la tentación de tomarla, se representan de nuevo en la juventud, de nuevo en la femineidad de un cuerpo que se le acerca para servirle esos cafés. La cámara nos hace testigos de sus costumbres metódicas que enmascaran el flujo de su vida rugiendo, rebelándose inconteniblemente hacia la libertad y el drama, como placas tectónicas frotándose y rasgándose una contra otra, de forma apenas perceptible, produciendo terremotos, desastres, el milagro atroz de la naturaleza humana, veleidosa, mudable que nos redime de pasadas cobardías. “Quizás sentarme en este bar, sea la cosa más peligrosa que he hecho en toda mi vida”, le dice Girolamo a la camarera, sin sarcasmo, completamente en serio, sin equivocarse.

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Tony Servillo en La Gran Belleza (Paolo Sorrentino, 2014)

Paolo Sorrentino llega a una conclusión y la desarrolla en La Gran Belleza (2013).

Vuelve a contratar a Toni Servillo y lo convierte en Jep Gambardella, periodista cultural y escritor de un solo libro que ha perdido las ganas, el apetito y la ilusión por seguir escribiendo. Gambardella es un hombre hundido por su propio cinismo, engolfado en fiestas y putiferios, que repudia su vida y asimismo no tiene fe en otra alternativa. Tolera su propia mediocridad como parte de la mediocridad que lo rodea, estancado en un mundo de celebridades de un solo día, trepas, paparazzis, pseudoartistas y mecenas. Gambardella sabe que ha malgastado su vida pero es incapaz de salvar un vacío que, en forma de flashback, se ha ido horadando precisamente desde la juventud, la inocencia perdida, el primer amor que se le escurrió entre los dedos. Sorrentino mezcla la excelencia artística de un mundo fenecido y olvidado con la mundanidad contemporánea, una dicotomía que recoge Roma y con lo que se la obliga a convivir. El pasado glorioso y ahora hecho escombros, con su realidad chabacana, zafia, hortera, y la extravagancia artística, que acusa de vacua e intoxicante, entretenimiento de una élite de anquilosada burguesía, asumida después en Juventud como parte del repertorio escenográfico de la película.

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La Gran Belleza (Paolo Sorrentino, 2014)

La gran belleza, nos dice Sorrentino, no puede encontrarse en el espacio temporal contemporáneo sino en las raíces de uno mismo.

Eso tan básico, tan leído, tan visto y masticado, es la idea fundacional de su película y que, sin embargo, nos hiere de sensibilidad como Juventud no ha logrado conseguirlo. En cierta manera todos nos sentimos Jep Gambardella porque los años nos han vuelto crápulas, mundanos y decadentes aunque sigamos llorando nuestra ingenuidad infantil traicionada.

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La juventud (Paolo Sorrentino, 2015)

En Juventud, sin embargo, es Sorrentino el que peca de buscar la belleza por la belleza, abandonándonos a una contemplación sin ideas ni interrogantes.

Con todo, la película no está mal. Es, ¿cómo decían? Elegante, entrañable, bonita, bien rodada, bien interpretada, con sus acostumbrados interludios musicales y otra clase de momentos que la salvan a ratos, pero sin deslumbrar. Las epifanías que propone ya no son las nuestras. Es una película fría que propone hablar de emociones pero no hace sentir nada salvo la inalterable tristeza provocada por el paso del tiempo. En cuanto a su belleza, es una exaltación hecha a través del arte y no de la realidad, y por eso Sorrentino ha ido perdiendo el sentido del humor de sus primeras películas. Ya no se refiere así mismo como cineasta sino como artista. Y el arte no hace concesiones a la risa, uno de los sonidos humanos más vulgares, ¿verdad? Todavía perdido en el embeleso de La Gran Belleza, ahora que puede realizarse sin la coartada de una historia, su Juventud resulta un ejercicio de la nada o de lo de siempre, porque lo de siempre y nada es lo mismo, como el agua: no huele, no sabe a mucho, pero sirve de alternativa a la Coca Cola (esa clase de cine que se mueve por franquicias y efectos especiales colonizando la taquilla).

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Michael Caine en La juventud (Paolo Sorrentino, 2015)

Nosotros le criticamos y lo perdonamos porque en Paolo Sorrentino está en la emoción inasible de lo que se pierde y se sigue perdiendo, en lo pasajero que es también lo eterno y permanece hasta donde resiste la memoria.

Sorrentino busca su propósito de autor en esa comunión de imagen y música, entre la celebración mundana de la vida y el retiro solitario del observador. Perpetúa su mirada de película en película, repitiéndose en esa gran belleza que en los hombres está al final de las piernas de una mujer, donde empezó todo entre inmundicia y dolor, y nosotros repetimos entre inmundicia y placer; esa gran belleza que las mujeres encuentran en esa mano que se deja apretar cuando todo a su alrededor se desploma.

“No es que los viejos sean cabrones, es que envejecer es una cabronada”, escribió varias veces Francisco Umbral, ya de viejo y de cabrón.

Shenzhen, 16 de noviembre, 2015

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