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CORN ISLAND (George Ovashvili, 2014)

El cine contemplativo no ha de ser un castigo para el espectador. Corn island

Escrito por Caballo, ETDK

 

Corn Isand, Simindis Kundzuli, George Ovashvili Pablo Cristóbal, Alicia Victoria Palacios Thomas, cine contemplativoDejar la cámara en modo rec —como quien deja su caña de pescar clavada sobre un montículo de tierra— e irse a dar una vuelta no es hacer una película. Pero quien crea esto, a lo mejor, debería dedicarse a la constructiva tarea de la fabricación de espantapájaros, maniquíes y otros cuerpos exentos de vida. En el cine contemplativo han de suceder acontecimientos “dirigidos”, cosas que inviten a mirar, no sólo ostentarnos con la toma de una puesta de sol de más de quince minutos mientras que el/la director/a duerme su siesta a la sombra de un olivo.

¡Qué osada traición, qué poca delicadeza la de este cineasta que da la espalda a su cámara, que se dice artista, que recoge sus muestras y empaqueta su “gran reflexión”!

El cineasta no debería abandonar jamás su guardia como francotirador de la imagen. La cámara no es una herramienta pasiva ni una trampa furtiva; la cámara es activa, arco y flecha, es “ojo” y “memoria”. El abandono de una cámara por parte del cineasta más intelectual y, no obstante, perezoso en el campo de la acción, supone el abandono de la imagen.

En mucho del nuevo cine nacional, fuera de los márgenes de la industria vemos cómo la casualidad y la completa ausencia de un trabajo riguroso nos presentan obras snobs, tremendamente pretenciosas, vacías de emociones y escudadas en pretextos discursivos sobre conceptos que no sólo no se pueden tocar sino que, peor aún, no se pueden sentir.

Os dejamos con un cine contemplativo auténtico, aquel donde suceden cosas y donde las imágenes hablan.

Corn Isand, Simindis Kundzuli, George Ovashvili Pablo Cristóbal, Alicia Victoria Palacios Thomas, cine contemplativo

Corn Island (Simindis Kundzuli, George Ovashvili, 2014) o ese puñado de tierra que quiere ser cielo en medio de un acaudalado afluente de disputas bélicas. Historia de una labranza, la de un refugio y un maizal; alegoría del hombre —y la niña que se convierte en mujer— en pos de un humilde hogar, su/nuestro hogar, ese que alguna vez existió, ese por el que vale la pena vivir o morir aunque la fuerza arrolladora del mundo (siempre acechando) termine por desbordarnos.

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