GUÍA DEL AUTOESTOPISTA GALÁCTICO (Garth Jennings, 2005)

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Como buena ciencia ficción que es mueve al espectador a recapacitar y valorar, mediante las sugerencias de su historia, diversas cuestiones de la sociedad actual de la que es coetánea la obra en sí.

Por Daniel L.-Serrano (Canichu, el espía del bar)


Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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Con Prometheus (Ridley Scott, 2012) muchos críticos de cine se han reconciliado con el viejo maestro que perdió su arte en el camino, alabándola como la gran precuela que resuelve lo que le pasó a esa nave espacial a la deriva, emitiendo señales de socorro, que encontró en su misión de rescate la Nostromo durante la película Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). Como si estuviera a la misma altura que ese mismo metraje matriz.

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El ”Alien” de 1979 abrió las puertas a esa ciencia ficción abrazada al género del terror puro. Ya había películas de ciencia ficción que buscaban la cosquilla de miedo mucho antes, como “La invasión de los ladrones de cuerpos” (Don Siegel, 1956), pero este alien introducía como novedoso que este monstruo, además de inteligente fuera un parásito y depredador no ya del género de la ciencia ficción sino del terror más absoluto. Quizá la segunda parte “Aliens, el regreso” (James Cameron, 1986) tuvo su toque de gracia, también transgrediendo los géneros y basándose más en la acción bélica y menos en el terror, sin embargo no hay perdón para las siguientes “alien” que perdieron el rumbo y se rodaron como secuelas que hacían de esta “cucaracha” espacial un ser inteligente y evolucionado, mostrando apoteósicas batallas en un planeta entero de aliens o batallas con otro protagonista de la ciencia ficción llamado Depredador y ofreciendo una suerte de mitología cutre, rellena de muertes y resurrecciones inverosímiles.

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La nueva Prometheus vuelve a ser dirigida Ridley Scott, infieren sus defensores, pero  razonamientos similares blandieron quienes dieron por buena la cuarta entrega del aventurero Indiana Jones o la mítica saga ampliada de La Guerra de las Galaxias.

Con los actuales precios del cine y el escaso dinero que queda en mi bolsillo, esta clase de precuelas, y remakes como el de Desafío Total (Len Wiseman, 2012), bien pueden quedarse tranquilos en las salas del cine que algunos esperaremos a otros formatos más económicos.

Más le hubiera valido a los cosmonautas de la nave Nostromo haber consultado la guía del autoestopista galáctico antes de adentrarse en la Prometheus tan a la ligera, sobretodo cuando sólo encontraron muertos y aquel huevo que fue el comienzo de sus pesadillas. Ya lo saben muchos turistas en agosto, por muy improvisadamente que desees viajar, una mínima ayuda como guía previa puede resultar muy útil. Y esa “Guía del Autoestopista Galáctico” fue escrita por Douglas Adams en 1979 (The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy”), fíjate por donde el mismo año de “Alien”. Si es que para viajar a veces más que en cine hay que gastarse los dineros en libros. Todo está en los libros, y en este caso esta novela lo tiene todo si se le suman los otros cuatro libros más que componen una de las sagas de culto para la literatura de ciencia ficción que han marcado el género en el último cuarto del siglo XX, de tal modo que sólo de la historia que cuenta este primer libro se han hecho series de televisión, obras de teatro, videojuegos, club de seguidores amantísimos de la obra, y una película de mismo título: Guía del Autoestopista Galáctico (Garth Jennings, 2005).

Los críticos que ponen por las nubes hoy día Prometheus (los de los diarios de más tirada en España) en su día tacharon a esta cinta de ”película de momentitos”, “de frases”, ”de pasar el rato”… Sin embargo, no sólo ha pasado a ser una película de culto para los amantes de la ciencia ficción, que incluso la celebran el Día del Orgullo Freak, si no que los amantes del cine de humor también la tienen entre sus preferidas. Y es que la ciencia ficción no tiene porqué estar reñida con las sonrisas.

El propio autor de la novela, Douglas Adams, trasladó su vivienda de estado en 1999 para participar del guión de la película, pero murió antes del estreno de la misma, acabada definitivamente de modo tardío en 2005. La tardanza quizá vino bien al metraje para aprovecharse de algunos nuevos efectos especiales que se desarrollaron en esos seis años de diferencia.

Como buena ciencia ficción que es mueve al espectador a recapacitar y valorar, mediante las sugerencias de su historia, diversas cuestiones de la sociedad actual de la que es coetánea la obra en sí.  Si bien hay ataques a la burocracia como mecánica y no como parte de la actividad humana y humanizada, y ataques también a los presuntos intereses económicos generales por encima de los intereses particulares de la sociedad y de los individuos, la historia se adentra además en temas que durante siglos nos preocupan a la Humanidad: la vida, la existencia misma de ella, su sentido. Y lo hace con un humor inteligente y divertido.

Arthur Dent, una persona normal y corriente, se despierta una mañana y descubre que van a destruir su casa para levantar una autopista en su lugar. Su casa está en mitad de un campo y aunque la autopista bien podría desplazarse unos metros, los ingenieros, incapaces de dar su brazo a torcer, están decididos a demoler su casa. Ese mismo día, Dent, que hacía unas semanas había sufrido un desengaño amoroso con una mujer que le consideró poco interesante en una fiesta, descubre que su mejor amigo es un extraterrestre que le anuncia el final de la Humanidad mientras le insiste que coma sal, beba cerveza y coja una toalla húmeda porque es el último día de existencia de La Tierra. Y así es. Una constructora de caminos galácticos ha trazado una autopista galáctica que necesita pasar por donde está La Tierra, deben demolerla. El amigo de Dent sin embargo le salva la vida, ya que es un autostopista galáctico, autor de una guía de viaje para otros autostopistas galácticos. Ambos logran ser recogidos por una nave espacial justo antes de que La Tierra sea demolida. A partir de aquí sufren una serie de situaciones comprometidas, dada su situación inicial de polizones en la nave que les recogió. Y casi mejor no contar nada más, porque esta es una película de sorpresas y será mejor que la disfrutéis sin saber nada de antemano.

Si bien es verdad que no es una película apoteósica de la Historia del Cine, merece ser vista y atesorada. Algunas partes del film que tratan sobre la búsqueda del sentido de la vida ofrecen mejores explicaciones que muchos libros de filosofía y teología. Durante una escena muy concreta, fácil de reconocer por cualquier espectador atento a cada palabra que se pronuncia, en apenas unas líneas el guión consigue aclarar una pregunta fundamentalmente existencialista de manera realmente cómica.

16 de septiembre de 2012

Daniel L.-Serrano (Canichu, el espía del bar) 
Noticias de un Espía en el Bar

 

 

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