TERRENCE MALICK: En busca de lo invisible

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Un artículo para sectarios, poetas, ermitaños, filósofos y otros posibles dementes interesados en la filmografía de Terrence Malick y en intentar penetrar en su peculiar pensamiento y su última obra El árbol de la vida.

por Carlos Cristóbal


TERRENCE MALICK: En busca de lo invisible

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Recientemente hemos podido ver en nuestras pantallas la polémica El árbol de la vida, la última odisea demencial de Terrence Malick. Odiada por unos, amada por otros, la obra no ha pasado desapercibida ante espectadores y críticos, como casi toda película que merezca la pena deconstruir y analizar detalladamente.

El argumento puede resumirse en pocas frases. Conducidos por los recuerdos fragmentados de Jack O´Brien (Sean Penn) se nos sitúa en Tejas, en los años 50, para relatarnos la compleja relación, durante su infancia, entre él (siendo Hunter McCracken el intérprete del pequeño) y su severo padre (Brad Pitt), todo lo opuesto a su dulce y entregada esposa (Jessica Chastain). El detonante de esta deriva en la memoria se encuentra íntimamente ligado la reminiscencia de la trágica y temprana muerte de su hermano, seguramente abatido en Vietnam (aunque nada lo confirma). A través de sus recuerdos intenta encontrar sentido al comportamiento de ese padre al que no puede más que odiar, y el cual ha marcado su ruda personalidad.

Hasta aquí parece que estuviéramos hablando de una película de narrativa convencional, pero eso es precisamente lo que no es. A través de este relato familiar, el autor transciende hacia una reflexión sobre la existencia, Dios, la naturaleza y las relaciones entre los seres vivos. Y para expresarlo emplea una narración desorientada y fragmentada, marcada por una descripción discontinua, donde el hilo conductor es una voz en off que declama y reflexiona a la deriva; voz que pertenece a un personaje (Sean Penn) que apenas aparece en la historia. A lo largo del relato no hay explicaciones claras, el espectador tan solo puede tratar de interpretar lo que está viendo. Está construida sin apenas diálogos pretendiendo que las imágenes hablen por sí mismas. Esas imágenes son estrictamente preciosistas, encontrando belleza en cada fotograma, usando la steadycam como su principal aliado y la sensibilidad de la fotografía de Emmanuel Lubezki. A algunos el resultado no les parecerá más que un videoclip o anuncio publicitario de varias horas, pero otros lo que observamos es una magnética poesía visual.

Pero esta cinta no es solo imagen, las interpretaciones de sus excelentes actores son claves para el impacto que produce en el espectador (sobre todo la de los críos y Brad Pitt). La esencia de esta dirección de actores se encuentra precisamente en la libertad que se permitió a los actores para improvisar a partir del guión original. Sin ensayos y sin planificación, la cámara se entromete en la intimidad de la familia para intentar captar la realidad del instante; parafraseando Brad Pitt a Malick, director que nunca concede entrevistas, es allí donde radica la magia y la esencia del trabajo que buscaban.

Cegados por la luz

Para los más obtusos todas estas intenciones pueden partir de un error, pero la cuestión es que no podemos juzgar la obra desde los parámetros convencionales. El árbol de la vida no es una película al uso, sino que es una obra artística, un honesto poema a la vida, una espiritual sinfonía (apoyada en la fantástica composición musical de Alexandre Desplat) que mezcla narrativa clásica, poesía postmoderna y videoarte a través de la personal visión del mundo del propio Terrence Malick. Y por ello no podemos negar lo extraordinario de encontrarnos ante un proyecto de semejantes ambiciones dentro de una industria usualmente cobarde y evidente.

Es este autor un videoartista de asombroso talento, pero también un humanista, graduado en filosofía en la universidad de Harvard, con tendencia a una teología contemporánea y mestiza. Con esta obra, se intenta destruir los muros racionalistas (en ocasiones, demasiado dogmáticos) de nuestra percepción de la vida para abordar cuestiones denostadas en la actualidad, como son las reflexiones sobre Dios y sus designios, los misterios de lo invisible. Y para ello emplea un discurso espiritual tan excesivamente místico que promueve que le contemplemos como a un delirante profeta audiovisual.

Ejemplo de ello es cómo consigue reconciliar el Big-Bang y el origen de la Tierra con una visión bíblica de la cosmogonía. Nos referimos a la famosa (y tan odiada e innecesaria para los detractores de la cinta) escena en que se nos muestra desde el origen del Universo hasta el nacimiento de los primeros animales terrestres (esos dinosaurios realizados con unos efectos especiales tan pasmosamente rústicos, como si no hubieran pasado 18 años desde el Jurassic Park de Spielberg). Tras la muerte de uno de los pequeños O´Brien comienza este enorme flashback (el mayor de la historia del cine), una secuencia musical (donde destaca la pieza Lacrimosa, compuesta por Zbigniew Preisner en su álbum Requiem for my friend) en el que se asemeja el valor de la vida, nacimiento y muerte, de una persona con la de un planeta.

No podemos negar la valentía con la que aborda todas estas cuestiones humanas y teológicas, pero la cuestión es si consigue salir airoso de semejante cometido. Muchos saldrán del cine (seguramente antes del final) pensando en que no es más que una soporífera tomadura de pelo, otros, de mirada más inquieta y abierta, comprenderán la belleza e interés de las cuestiones que se plantean, aunque no compartan su mensaje ni sus conclusiones religiosas, y unos pocos acudirán directamente a alguna secta (o crearán la suya propia). Y es que su espiritualidad raya en la religión mística, lo cual es lo que más choca de su visionado y lo que más complica emocionarse con el desenlace de su discurso. De manera que es precisamente en su mensaje en lo que no terminamos de conectar. No hay claridad en la expresión de sus ideas, pretende mostrarnos y abrirnos los ojos con un mensaje que no se termina de comprender y que quizás ni siquiera le interese que comprendamos porque carece de coherencia. Por ello, finalmente no podemos más que quedarnos con la belleza e interés de sus palabras y sus imágenes y, quizás, reflexionar sobre algunas de las cuestiones que nos arroja, aunque nunca por su perezosa manera de plantearlas.

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Sean Penn quedó muy decepcionado con el montaje final, creyendo, no solo que su personaje es innecesario y no añade nada a la película, sino que además el resultado carecía de la emoción del guión original, del cual afirma que es de lo mejor que había leído a lo largo de su carrera. Ya en La delgada línea roja el autor tuvo una similar respuesta por parte de su reparto cuando decidió eliminar una larga serie de secuencias (el primer montaje se acercaba a las seis horas de duración) en las que se daba mucho mayor protagonismo a Adrian Brody y George Clooney, se empleaba como narrador a Billy Bob Thorton y aparecían múltiples actores como Mickey Rourke, Bill Pullman, Viggo Mortensen, Lukas Hass y Gary Oldman.

La triada: Hombre, Naturaleza, Dios

No es de extrañar que Malick se haya embarcado en semejante proyecto, su última obra es un consecuente capítulo más de su filmografía. Atendiendo a sus anteriores trabajos cualquiera puede percatarse de sus prioritarios intereses, aunque sus posibles interpretaciones ya no sean tan claras. A los críticos les encanta explicar con análisis lapidarios el pensamiento de su obra, pero realmente toda su visión y filosofía tiene ciertas contradicciones (tanto comparando unas películas con otras, como en el contenido del mensaje de cada una de ellas) que acercan su teología al mundo oriental. Analizar sus ideas no es más que pura interpretación, y muy cercana a la especulación y el onanismo mental. Pero podemos intentar aclarar algunas cuestiones.

Su obra reivindica la belleza de la naturaleza en oposición a la crueldad del hombre. Su visión del mundo no es exactamente panteísta, aunque sí muy similar, conteniendo el Universo, Dios y la naturaleza un cierto carácter equivalente, aunque no sean los mismo. Parte de la angustia existencial del ser humano se encuentra en el vacío producido por haber olvidado a Dios (no un Dios cristiano, evidentemente) y a la naturaleza, ambos entes ligados al hombre y a su plenitud. En sus películas es a través de la interacción con la naturaleza cuando el hombre consigue conectar con Dios, cuando puede apreciar la belleza del mundo. Es, por lo tanto, la naturaleza lo más cercano a Dios.

Aparentemente sus primeras dos películas no tienen demasiada relación con el resto de su filmografía. Malas tierras (1973) es una road movie donde Martin Sheen y Sissy Spacek inician una interminable huída tras un asesinato no premeditado. En Días del cielo (1978) Richard Gere y Brooke Adams tratan de salir de la pobreza a toda costa, primero trabajando en unos grandes campos de trigo de Texas, más tarde intentando estafar al dueño de las mismas. Ambas son historias de amor, de un explícito dos contra el mundo, pero en ellas destaca la belleza de sus imágenes, escenas de una narración muy lírica, sobre todo en la primera, y la presencia abrumadora y palpitante de la naturaleza.

Pero no fue hasta 20 años más tarde cuando comenzó un contundente discurso sobre el conflicto entre lo divino, lo humano y la naturaleza. Tomando de base la novela James Jones (escrita en 1962), La delgada línea roja (1998) se encuentra ambientada en la II Guerra Mundial, en 1942, exactamente en el enfrentamiento entre el ejército americano y el japonés en la isla de Guadalcanal. Pero el conflicto no es solamente entre hombres de diferentes bandos, sino también un conflicto existencial, entre el hombre y su naturaleza, y por ello tiene ese carácter intimista apoyado en un protagonismo coral. El director expresa su aberración a la guerra a través de una reflexión poética sobre la condición humana. Sus conclusiones son terribles, pero no exentas de una posible redención. Paradójicamente esos soldados que se acercan a la muerte se abren al mundo, a la naturaleza, a la propia vida. Es en la cercanía de la muerte cuando más que nunca descubren la gracia de la creación. En algunos momentos Malick llega incluso a ignorar la acción de los protagonistas para fijarse en lo que les rodea, esa flor que se cierra cuando uno de los soldados intenta acariciarla, ese imponente cocodrilo que más tarde será puesto en cautiverio, esos enormes árboles que se erigen hacia el cielo, esos animales agonizando por las bombas.

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Otra obra de ecos bíblicos y religiosos, narrada en clave de poesía y con una fascinante técnica visual, es El nuevo mundo (2005). En ella se utiliza la historia de Pocahontas, y ese triángulo amoroso con John Smith (Colin Farrel) y John Rolfe (Christian Bale), como excusa para acercarse al paraíso natural que llegó a ser el continente americano. Si Dios crea la naturaleza (si es que Dios no es la naturaleza misma), el ser humano es el que la destruye y, por lo tanto, destruye parte de sí mismo. En este caso son esos avaros colonizadores occidentales los que encuentran una bella cultura indígena (arraigado al mundo de la naturaleza y, por tanto, mas plenos y cercanos a Dios) y los que acaban destruyendo su cultura y todo lo hermoso que hubieran aprendido de esa convivencia. El continente americano podría haber sido ese paraíso que tanto busca Malick, ese otro mundo.

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El otro mundo

– En este mundo, un hombre en sí no es nada. Y no hay más mundos, sólo éste.

– Se equivoca, sargento, yo he visto otros mundos, aunque a veces creo que solo lo soñé.

Fragmento de una conversación entre el sargento Welsh (Sean Penn) y el soldado Witt (James Caviezel).

En la ganadora de la palma de oro de Cannes, La delgada línea roja, es a través del soldado Witt que se nos anuncia la existencia de otro mundo, de ese paraíso que él encuentra en las selvas de Melanesia, donde los niños nadan en unas aguas tan azules que recuerdan al cielo. Todo ello alude a que en este mundo hay otro mundo mucho más sencillo y hermoso, un lugar donde encontrar la anhelada paz entre los seres humanos y donde encontrar la felicidad. Mientras los soldados combaten, los indígenas de estas islas continúan con sus tranquilas vidas sin preocupaciones. Incluso hay una escena en que un pelotón se encuentra con un nativo que pasa junto a ellos como si no les viera, absorto en ese otro mundo (natural) y ajeno al vaticinio de muerte que arrastran los soldados.

Witt, el desertor, es arrancado de su paraíso y llevado de nuevo al frente. Mientras vive el horror con sus compañeros, él se refugia en el recuerdo de ese otro lugar donde volverá a encontrar la paz y la tranquilidad. Una paz que, y disculpen el tremendo spoiler, no volverá a alcanzar hasta que se deje matar cuando es sorprendido por una patrulla de japoneses. Más feliz en ese otro mundo que solo puede alcanzar tras la muerte (regresan los ecos religiosos) que en el cautiverio de la tierra.

El asceta

En todas estas películas los protagonistas acuden, y reivindican, a la naturaleza huyendo de la civilización, metafórica o literalmente. El propio Terrence Malick es un personaje escurridizo que viviendo bajo el mayor anonimato posible. Siempre evasivo del mundo urbano, son escasas sus apariciones públicas y suele evitar que se le hagan entrevistas y fotografías (incluso en sus contratos como realizador tiene una cláusula que le redime de protagonizar cualquier material gráfico).

Como realizador, es duro y perfeccionista. No son pocos los técnicos y actores que han terminado hartos de él. Incluso durante la preproducción de La delgada línea roja el director se recorrió a pie el sudoeste americano entero, parando periódicamente para llamar a sus productores para hablar acerca del significado de la película.

No sabemos cuánto de real puede haber en la historia familiar desentrañada en El árbol de la vida, pero sin duda se trata de la obra más personal del director. El propio Malick se crió en Waco (Tejas) y también sufrió la pérdida de su hermano a una edad muy temprana, lo cual marcó el devenir de la familia y quizás el de él mismo. Hilando muy fino, podríamos aventurar que no debe ser casual que parta de una historia semi-biográfica para hablar de un asunto tan vital para él como es ese intento de reconciliación entre naturaleza-Dios-hombre.

En El árbol de la vida aborda esta triada de forma más directa que en sus trabajos anteriores, como de si un capítulo final a todo lo anterior se tratara. Aunque de nuevo, la visión de todo ello resulta aún más contradictoria si comparamos sus nuevas reflexiones con las plasmadas en sus anteriores obras.

Camino a la redención

“Las monjas nos enseñaron que hay dos caminos que puedes escoger en la vida: el de la Naturaleza y el de la Gracia. Cada uno de nosotros debe elegir que camino ha de seguir. El camino de la Gracia no busca agradarse a sí mismo, acepta ser desairado, olvidado, no agradar, acepta los insultos y las heridas. Mientras que la Naturaleza solo busca agradarse a sí misma, dárselas de gran señora, salirse con la suya, encuentra razones para ser infeliz cuando los que le rodean resplandecen y el amor sonríe a través de todas las cosas. Nos enseñaron que nadie que escogiera el camino de lo divino acabaría mal”

En ese preludio ya nos han resumido lo que Malick nos quiere contar a lo largo de las dos horas siguientes. Los conceptos de lo divino y la naturaleza cambian en su última película y resultan más confusos que nunca. Para relatarnos su nuevo discurso, el director utiliza la historia de la familia O´Brien como metáfora. Algunos críticos ven en al autoritario y estricto Sr O´Brien (Brad Pitt) como el representante del camino de la Naturaleza, mientras que la cariñosa y vigilante Sra O´Brien (Jessica Chastain) es el de la Gracia. Esta interpretación es la que más se ajusta a la descripción anterior, pero poco tiene que ver con lo que nos quiere expresar más adelante nuestro mencionado teólogo.

Otros autores, que me parecen más acertados, observan completamente lo contrario: el Sr O´Brien intenta preparar a sus hijos para el cruel mundo que les espera protegiéndoles y ahogándoles a un mismo tiempo, y no espera que le quieran ni que le agradezcan su “sacrificio”, por ello él es la Gracia (el Dios autoritario judiocristiano), y su dulce esposa es la tranquila e ingenua naturaleza que Malick nos mostraba en sus anteriores trabajos.

El personaje central, Jack O’Brian, simbolizando al ser humano atormentado, experimenta un fuerte conflicto entre el camino de la Gracia y el de la Naturaleza. Un conflicto basado en su incapacidad por perdonar a su padre-Dios. Y es que de lo que realmente nos habla el director es de un intento de reconciliación entre el hombre y ese Dios autoritario -si es que acaso no conocemos algún otro-.

Cuando muere uno de los pequeños O´Brien (se sobreentiende que el mediano, aunque no se preocupen en aclararlo), su católica madre consuela a su esposo diciendo “Ahora está en manos de Dios”, a lo que el también conservador Sr. O’Brien se pregunta “¿Pero no ha estado siempre en sus manos?”. “Lo que Dios te da, Dios te lo quita”, le responde ella entre lúcida y demente.

Esa ambigüedad entre un Dios cariñoso y autoritario es constante. Otra metáfora del comportamiento divino es la escena del flashback cosmogónico, cuando un pequeño y oculto dinosaurio es encontrado por un depredador mayor. Aquí el depredador no se lo devora, sino que apoya firmemente su garra sobre la cabeza de su víctima (al igual que lo hace tantas veces el Sr O´Brien con sus hijos) como un gesto entre piadoso y de dominación.

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¿Conclusiones?

Pero la resolución de este conflicto existencial es tan pobre que motiva el desmorone de todo su complejo discurso. Su trascendentalismo queda en un plano tan personal que parece que Malick hubiera desarrollado la película para ser él mismo el que comulgara con Dios y lo compartiera con nosotros, pero sin permitirnos ser partícipes –oh, pobres de nosotros– de esa comunión. La única conclusión explícita (y simplista) que se nos muestra es a la que, en cierta escena, llega el adulto Jack: “la única manera de ser feliz es amando. Si no amas, tu vida pasará como un destello”. Vale, entonces si amamos podremos reconciliarnos con Dios –si alguien creyera en él, claro– o con todas las personas que nos hagan daño, sea cual sea su crimen. Ya estamos salvados, ya decía yo que la solución estaba delante de mis narices…

Su conclusión remite una vez más a El nuevo mundo. Entre semejante conflicto de indígenas y occidentales, la cámara huye de la disputa y sigue a esa pareja de enamorados que se buscan y se aman en algún lugar del bosque. Mientras unos se matan, las sublimes imágenes de ese idilio amoroso nos transportan como una epifanía de ese otro mundo luminoso y radiante. Ante la violencia de la existencia, la única esperanza se encuentra en la emoción irracional del éxtasis amoroso, o esa es la resolución del profesor Malick.

Madrid, 23 de febrero de 2012

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