VIDAS VIAJERAS (Pensando en Dean Moriarty) I

¿No son todos lo mismo? Jesús, Buda, la Virgen María, teddy boys, beatniks, diggers, beatlemaníacos, rollingmaníacos, productos de un coño cósmico que escupe en la misma dirección, los mismos muchachos perdidos y furiosos, desdoblados en una misma repetición de ideas, frustraciones.

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

I: El baño de Coppola.

Francis Ford Coppola

Photo Se dice que Walter Salles aceptó trabajar para Coppola en los fastuosos baños de su propia casa, durante la hora de los postres, tras una meada abundante y cristalina, compuesta puramente de alcohol. Para Salles no fue ninguna sorpresa que le planteara dirigir el famoso libro de Kerouac, En el camino, precisamente en un lugar semejante. Ya es vox populi en los mentideros de Hollywood, la afición de Francis a usar la comida como agasajo y lubricante en las conversaciones con sus posibles colaboradores. Las maneras de un hombre en la mesa reflejan su carácter trabajando, o, dicho con palabras del mundo Coppola: un gentleman delante de una pieza de carne, seguirá siendo un gentleman cuando esté rodando. Aunque Salles y Coppola no se estrecharan las manos verdaderamente hasta unos meses después, con sus notarios, abogados y representantes haciendo la ola para el momento de la foto, el destino fílmico del famoso libro de Kerouac fue resuelto con el eco del agua reponiendo la cisterna vacía de los inodoros.

 

Salles conocía el libro de oídas, así que hizo un lectura rápida antes de pasárselo a su amigo y guionista José Rivera, con el que ya había trabajado para adaptar Diarios de motocicleta (2004). Rivera es un gran entendido en la literatura anglosajona y, pese a sus raíces, un gran ignorante en la literatura latinoamericana. Con Diarios de motocicleta había probado a rescribir el viaje de Guevara en clave de odisea griega, convirtiéndolo en algo mítico y universal para que las ideologías políticas de aquel futuro guerrillero no perjudicasen la recaudación en los cines.

Dch. Walter Salles y José Rivera izq.

Pero En el camino era otra cosa. Él conocía muy bien la novela, o al menos las consecuencias sociales que emanaron de su publicación sobre la epidermis dura y conservadora de Norteamérica. Digamos que Kerouac le había dado una lección a los jóvenes yanquis de cómo pasárselo bien. Desde entonces, cada vez que un chaval se graduaba del instituto o la universidad, se le ofrecía la posibilidad beat de recorrer Europa o viajar por las carreteras de los viejos Estados Unidos como parte de su formación humanística.

José Rivera se había entregado a largas sesiones de marihuana con el sonido de los bongos en la habitación de su cuarto mientras, en el salón de la planta de abajo, su familia hacía una lectura colectiva de la Biblia. Se había acostado con su primera chica escuchando a The Grateful Dead -“y ella olía a manzanas verdes”, se sinceró en una entrevista-. Había sido un pseudo hippie cuando lo hippie no se llevaba más. Y aquel árbol genealógico de trotamundos y subversivos se extendía hasta los primeros padres de los beatniks: cuatro tipos diferentes y atrevidos, drogadictos, homosexuales, conquistadores, delincuentes, intelectuales, retratados en las páginas del libro en vías de adaptación. Antes del famoso sexo, drogas y rock and roll, estuvieron esos muchachos de los 50 haciendo sus propias piruetas al margen del resto del mundo.

La novela, sin embargo, era un hueso duro de roer. Una lectura superficial puede dar la impresión de no ser más que un puñado de anécdotas viajeras cosidas juntas para dar la cohesión de un solo relato. Coppola y su hijo Roman ya habían pergeñado un boceto de guión que debería servir como brújula para el trabajo de Rivera. Y, por supuesto, enseguida asomaron los problemas. Roman todavía se sentía el responsable inmediato del guión aunque hubiese abandonado el proyecto años atrás y ahora le demandaba al padre el traspaso de galones para hacerse cargo de la producción de esa película. Rivera escribía y retocaba bajo la sombra de orangután de la familia Coppola, que hacía las veces de hada madrina y bruja mala. Salles tampoco le ofrecía mucho consuelo y lo visitaba a su casa para hacerle continuas preguntas. Rivera le hacía el trabajo sucio, se metía de lleno en las hemerotecas y seguía el rastro a los pocos sobrevivientes de esos años para que Salles se lanzara a entrevistarlos, filmándolo todo como parte de la promoción de la película.

Tachando líneas y líneas de su adaptación, Roman lo acosaba: Eso no se puede hacer así, señor Rivera, le decía, es demasiado para el público. Nada de tíos dando por culo a otros tíos, nada de tríos; y drogas, las justas. Y Rivera se esforzaba por ofrecer soluciones de compromiso mientras a sus espaldas iba creciendo el fragor de la lucha de egos.

 Afortunadamente Walter Salles, cada vez más enamorado del proyecto – y cuya eterna desconfianza hacia los tipos cejijuntos abarcaba hasta al propio Roman, ejemplar característico de hijo nacido entre masajes de colonia-, hizo el típico ultimátum con golpe en la mesa incluido para que se oyera, a través de la videoconferencia, en la casa, los baños y los presuntos subterráneos abastecidos de prostitutas de la mansión Coppola.

-Negarse a todo eso que decís, es negarse a aquello que hizo de los beats tan fascinantes.

Etcétera. Es posible que la pugna no acabase allí y que aún continúe dentro de sus cabezas cuando echan un vistazo a las críticas insípidas que han recibido. ¿De quién ha sido la culpa que la peli no sea un exitazo? ¿De Salles? ¿De Rivera? ¿De la producción de Roman? ¿Del público que ya no se siente ligado a la novela? En última instancia, ¿pueden ser los beatniks responsables de que la película no haya sintonizado con su audiencia?

Porque ¿quién era Neal Cassady? ¿Por qué resultaba tan fascinante? ¿De qué forma la estrella maldita y esplendorosa de los primeros beats había terminado por languidecer?

 

II: Al final del camino.           

Neal Cassady (alias Dean Moriarty, alias Cody Pomeray, alias Speedless Limit) murió poco antes de cumplir los 42, a poca distancia del Verano del Amor y el apogeo hippie, todavía al comienzo de la mejor fiesta generacional de la historia, que él había apadrinado en cierta manera y ahora se perdía después de convertirse en una de las figuras claves de la contracultura.

Cassady se marchó solo después de atender a la celebración de una boda en San Miguel de Allende, en Guanajuato, México. Nadie se ofreció a llevarle, nadie le preguntó adónde iba, se despidió desganadamente, sin llamar la atención que estaba acostumbrado a robarse, demasiado cansado, demasiado mayor, demasiado viajero parar detenerse a cada rato despidiéndose de la gente. Dicen que iba borracho de vino, sobre lo que su viuda discrepa, porque Cassady odiaba el vino y en esa parranda fue todo lo que sirvieron. Kensey, tardío camarada suyo de viajes y autor de la novela Alguien voló sobre el nido del cuco, lo imagina en uno de sus relatos contando las traviesas del tren cuando sufre el colapso. En realidad, ninguno sabemos nada.

Se propuso caminar las quince millas que lo distanciaban de la ciudad más próxima, pertrechado solamente por una camiseta y unos vaqueros, bajo la lluvia y el frío de las noches del desierto, como el Superman de los beatniks que creía ser, con su efigie de emperador romano: nariz aguileña, rostro alargado, mandíbula cuadrada, entradas pronunciadas, cuerpo forrado de músculos. Alto y furioso. Iba a ser escritor. Empezó algo así como su testamento literario (publicado en Anagrama como El primer tercio) que dejó inacabado -alguien se llevó el resto de los papeles, justificaron sus herederos-, y constituye una novela demasiado mala, que no hace honor al nombre, porque al fin y al cabo Cassady era incapaz de sentarse en una silla que no fuese el asiento de un vehículo. Lo esencial era seguir en movimiento.

Fue su último viaje. A la mañana siguiente encontraron su cuerpo desplomado al lado de las vías de tren que lo servían de brújula, ya en estado de coma irreversible, para morir en el hospital unas horas después, el 4 de febrero de 1968, probablemente a causa de una sobredosis de secobarbital.   

Un año después, 1969, murió Jack Kerouac vomitando sangre en la bañera de su casa. El alcohol le había propinado la estocada fatal: una hemorragia masiva a sus 47. Pero el Kerouac de los itinerarios polvorientos y la ensoñación se había terminado mucho antes. Sus amigos coincidían en que el tipo llevaba años hecho una mierda absoluta, parapetado detrás de sus botellas de Jack Daniels, su soledad y elaborando un lento suicidio.

Dalí afirmó que era uno de los hombres más apuestos que jamás hubiese conocido. Tenía, es verdad, el físico rotundo de uno de esos actores con hombros guarda perchas de los cincuenta, la barbilla de oro de un boxeador, los ojos profundos, azules, el gesto tímido.

Jack Kerouac

 Engordó deprisa. En sus últimas apariciones llevaba el pelo grasiento y alborotado, el rostro enrojecido e hinchado y el andamiaje de sus espaldas se le iba viniendo abajo. “Chicos”, anunció a sus admiradores, “se acabó el camino”. Y la peregrinación compuesta por chicas con la mochila gastada a las espaldas y de chavales de pelo largo y pantalones estudiadamente sucios, se desperdigaba en su regreso a casa, que es siempre el viaje más difícil de todos. Kerouac les miraba perderse como puntitos de roña bajo las uñas, componiendo su sonrisa beoda, repantingado en su depresión de alcohólico con toques de sabiduría zen.

 El flujo impetuoso de su mecanografía literaria fue desacelerando hasta el punto en que ya no era un escritor disfrazado de borracho sino un borracho a secas. 

-Me gusta Eishenhower -dice en una entrevista para asombro de la audiencia, que lo aplaudía como un hombre liberal de izquierdas, valiente y hermoso, y encontraba en su lugar una versión republicana y odiosa, como uno de esos reflejos deformes de la calle del Gato. Aburrido, triste, despreocupado de su imagen pública, resoplando, ocultaba a veces su rostro inflado en el cuenco de las manos, como para echarse a llorar en secreto.

-Desconfío de los hippies porque hay entre ellos mucho comunista -era una de sus nuevas líneas favoritas. Sentía el aliento entrecortado de una juventud que lo miraba atónita. Él no podía evitar sonreírse, disfrutando de su propia travesura. Se había pasado la vida tratando de hacerse comprender como escritor, sufriendo por las invectivas que le hacían desde el Washington Post o el Atlantic Monthly, y ahora por fin le había llegado la hora de la venganza, dirigida no solamente contra los demás sino hacia sí mismo.

Tomó la senda fácil del alcoholismo virulento y la autocompasión, sintiendo que su obra le daba carta blanca para evadirse o reaparecer en los estudios de televisión con su aliento cargado de ginebra. Kerouac no necesitaba escuchar las preguntas. Él tenía su propio discurso. Se reclinaba contra la entrevistadora porque fingía no oírle bien o para hacerle la corte, y ponía caras estrafalarias hacia el público que empezaba a reírse como respuesta espontánea a la sorpresa y la indignación. Cuanto más se reían, menos se esforzaba Kerouac. Eso era lo bonito de ir cayendo en picado, poder al fin ser ajeno a todo menos a su desorden mental, pensando en no sé qué amigo muerto, no sé qué tormenta eléctrica, no sé qué congresista republicano católico al que iba a votar, valorando entre otras cosas el extraordinario parecido entre un Niño Jesús regordete y un Buda con la cabeza pelada.

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Peter Orlovsky y Allen Ginsberg

¿No son todos lo mismo? Jesús, Buda, la Virgen María, teddy boys, beatniks, diggers, beatlemaníacos, rollingmaníacos, productos de un coño cósmico que escupe en la misma dirección, los mismos muchachos perdidos y furiosos, desdoblados en una misma repetición de ideas, frustraciones.

-Lo que llaman generación beatnik no es más que un invento de Ginsberg. Nosotros sólo éramos cuatro muchachos que nos juntábamos para pasar un buen rato, y con cuatro muchachos no se hace una generación. Beatnik es una etiqueta de Ginsberg. No hay beatniks. ¡Es un invento tuyo, Ginsberg! -le acusaba a su antiguo compañero desde un estudio de televisión mientras Ginsberg le sonreía con condescendencia, y ya en su casa, cerraba la puerta con llave y se dejaba consolar por su novio Peter Orlovsky.

 

 

Allen Ginsberg

Allen Ginsberg aprendió a hacer las paces con la muerte mucho antes de que le esta se presentara en forma de cáncer de hígado en 1997, gracias al budismo y a sus maratonianas sesiones de meditación. Más trabajo le costó aceptar su estado homosexual y su imparable calvicie que intentó paliar con extrañas cremas que le traían sus amigos de regreso de las selvas latinoamericanas, dejándole un persistente aroma a frutas en la corona de la cabeza. Disfrutaba de largos y felices periodos de sodomía y, de cuando en cuando, intentaba rehabilitarse, culpando a su madre o a las instituciones psiquiátricas de su condición de homosexual. Cuando al fin acepta que lo suyo no es la desviación sexual producto de una niñez problemática o de una mente pervertida (convenientemente cuando ya forma pareja estable con otro poeta beatnik), pasa a ser, como todo converso tardío, uno de los proselitistas más fervorosos en la causa del amor libre.

 

Allen Ginsberg y Neal Cassady

Muchos jóvenes, que se acercan tentados por la leyenda de los viajes de Kerouac y la santidad de Ginsberg, la inteligencia de Burroughs y la energía de Cassady, son seducidos por las maneras atentas y místicas de Ginsberg y follan y se dejan follar como parte de su iniciación espiritual y artística. Allen es feliz rodeado de jóvenes impresionables, se atusa su barba ensortijada y canosa complacido con que sus seguidores vean más allá de la diferencia de edad y la odiosa calvicie con olor a jarabe de papaya. La edad es sólo una convención social falsamente estamentada. Los hombres libres no tienen edad. Y ellos le creen porque son jóvenes en busca de padre o gurú, porque son los descarriados, porque están en edad de experimentar, y porque no conocen el episodio entre Ginsberg y Burroughs.

Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Neal Cassady y William Burroughs.

Los amores rotos de sus días de falsos estudiantes en la universidad de Columbia habían embrujado sus vidas desde entonces: Ginsberg estaba enamorado de Kerouac, quien nunca le dejaba saber qué pensaba del asunto, y, por supuesto, de Cassady, que era un chute paranormal de serotonina; a Kerouac le gustaba Cassady y todas las novias de Cassady; a Cassady le gustaba todo el mundo de forma intermitente pero no estaba enamorado más que de sí mismo. Entretanto Burroughs observaba sus idas y venidas sin participar, sus visitas a la cama, sus pequeñas fiestas que desencadenaban una orgía inocente, en la que Ginsberg era siempre la tercera rueda, el cuerpo interpuesto entre los dos amantes, porque la carencia de amor en su infancia habían hecho de él un monstruo insaciable del calor humano. Los años pasaron y la relación Burroughs/Ginsberg se mantuvo en el lado de las ideas a través de una correspondencia epistolar. Burroughs, cada vez más bujarrón, especialmente después de librarse de su mujer accidentalmente -poniéndole una bala en la cabeza durante un número de circo que se les fue de las manos-, regresó a Nueva York buscando asilo al apartamento de Allen en el 206 East 7th Street, enamorado del culo blanco y suave de Ginsberg, que por entonces ya no tiene su melena rebelde, ni es el chico dócil, tímido, amanerado y vulnerable, que se deja querer a veces por Burroughs, en aras de una relación entre maestro y alumno (Bill tenía por entonces treinta años y Allen sólo dieciocho).

William Burroughs y Allen Ginsberg

Era el año 53 y la producción de Burroughs iba a empezar a despegar en ese mismo apartamento con libros como Yonki y Las cartas de la ayahuasca, publicado diez años después. Ginsberg le recibe como un hijo a un padre y eso enfurece a Burroughs que ya va entonces casi por los cuarenta y es un drogadicto impenitente. Se produce una escena violenta en la que éste trata de someterlo verbalmente, en su papel de antiguo mentor, y Ginsberg le espeta: “¡No quiero tu polla fea y vieja!”. Ginsberg más adelante recordará sus palabras arrepentido, hasta el punto de transigir al menos una vez con las demandas imperiosas de Burroughs, casi como regalito de Reyes, porque además Allen no fue una persona de noes, nunca lo había sido, y el rechazo era una doctrina demoledora y frustrante que le había tocado padecer en sus propias carnes.

Ginsberg, el espiritual, no gustaba de andar con hombres más mayores que él y esa es la historia jamás contada a sus nuevos acólitos, quienes también veían acercarse su polla fea y vieja, pero no se quejaban pues al fin y al cabo era una polla mística y llena de amor, y era el gran Allen Ginsberg y no otro viejo pervertido cualquiera.

Cuando Allen Ginsberg dejó de respirar no olía a muerte sino al fruto de las selvas en estado pre-adámico, cuando no había Serpiente, no había mal ni bien y, por consiguiente, no había pecado, y los primeros padres de la civilización andaban desnudos y libres, montándoselo entre ellos mismos y con los animales bonachones que les rodeaban. Amado, respetado y admirado, con  cánticos y mantras budistas repitiéndose de fondo, se agolpaban alrededor de su cama mortuoria su novio, sus amantes ocasionales, colegas y camaradas espirituales, sin que le hubiese crecido un solo pelo nuevo. Ginsberg por fin había superado su complejo de calvo.

 

William Burroughs muere el 2 de agosto de 1997, cuatro meses después del fallecimiento de Ginsberg. El más mayor del grupo resulta ser el más longevo, ironías de la vida, tras una existencia castigada por el abuso de las drogas. En su casa no se encontró ninguna fotografía a la vista de sus viejos amigos. Dicen que la única fotografía que de verdad parecía importarle la llevaba en el bolsillo de sus holgados pantalones de franela pero nadie sabe a ciencia cierta quién sale en ella.

En el 76 Francisco Umbral escribiría: “El escritor es lobo estepario que ha de crearse su soledad entre los demás o a solas”. Eso va también por William. Era un hombre fascinante, que oscilaba entre el animal académico y el criminal, apartado en general de las fiestas organizadas por otros -a veces en su nombre-, porque no creía en el ser humano per se -pero ya quién cree-.

William Burroughs y Jack Kerouac

El miedo siempre ha sido la clave de los republicanos y la derecha conservadora de todos los países para mantenerse en el poder. Burroughs lo sabía y nunca claudicó en su libertad, elaborando planes que incluían el cultivo de la marihuana en unos años en los que la gente percibía la silueta del demonio detrás del humo de esos cigarrillos cargados. Los bajos fondos le atraían como una forma de sustraerse al entorno universitario, plúmbeo, y acomodado en el que se había criado desde niño. Se aficionó a la morfina ya en los años 40. Burroughs era el tipo peligroso que atrae a las chicas buenas, sólo que a él nunca le interesaron las chicas salvo aquella a la que mató.

William Burroughs

 En su retiro de Tánger, escribe cartas furiosas a Ginsberg con la imaginación desbordada de los drogadictos. En ese tiempo de adicciones y relaciones tumultuosas con jovencitos prostitutos sin edad de tener novia, concibe en forma de retazos su libro fundamental, hoy leído y recitado en las universidades más prestigiosas: El almuerzo desnudo. Cuando regresa a Estados Unidos, tras su largo autoexilio africano y europeo, es recibido como un héroe. Todos ya le han perdonado sus pequeños disparates con las armas, las agujas y sus perversiones sexuales que nadie se toma en serio porque es sólo un anciano con tendencia a esconderse de la atención mediática.

 Murió a consecuencia de un ataque cardíaco. Al más cínico de los beatniks, lo mató precisamente el corazón.

Helsinki, 25 de septiembre de 2012

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