el rostro tenía el tostado del pollo asado y el pelo estaba teñido de negro

Rex Gildo

Hacía poco que me habían expulsado del instituto y, ante la insistencia de mis padres, iba a colocarme de aprendiz (…) Las entrevistas se desarrollaban en un ambiente opresivo y torturante (…) El gerente probablemente quería asegurarse de que yo sabía hablar y formar frases coherentes. Seguí en mis trece, no despegué los labios. Miré al gerente a la cara pero miraba detrás de él, hacia el exterior. Al fondo había un gran ventanal que daba a una calle concurrida. Allí, en aquel momento un hombre empezaba a pegar un cartel sobre una valla publicitaria. Era un cartel inmerso y multicolor que anunciaba un nuevo chocolate entre dulce y amargo, “semiamargo”. No había pasado medio minuto y ya me hallaba sumido en la palabra “semiamargo”. Vi con claridad que yo también me encontraba en una situación semiamarga y que el cartel me ayudaba a comprenderla. De pronto sentí gratitud por esa ayuda inesperada.(..)

Fuera se acercaba un descapotable de color crema con asientos de cuero granate, casi como en el musical. Rex Gildo bajó, levantó ambos brazos y saludó en dirección a la tienda de discos. (…) Detrás de él iban unas jovencitas que rodearon a Rex Gildo ya en la acera. Rex Gildo era poco mayor que yo. El rostro tenía el tostado del pollo asado y el pelo estaba teñido de negro. Había amas de casa que le tendían al mismo tiempo tres discos.  (…) Contemplé a Rex Gildo, que firmaba a velocidades vertiginosas. De pronto estaba convencido de que, en aquella habitación, cada signo y cada movimiento eran una falsificación. Ni siquiera el autógrafo de Rex Gildo era auténtico. Era una línea ondulada, anodina e indiferente, que lo mismo podía significar Erich Huber que Gritz Müller. Pero las jovencitas estaban felices con su línea ondulada y se inclinaban entusiasmadas sobre ella. Yo anhelaba una instancia que no me engañara. De pronto supe por qué me avergonzaba. Me sentía envilecido. Sólo quedaba por aclarar si me envilecía directamente el evento o si yo me envilecía a mí mismo por participar en el evento. Pero no me resultaba posible averiguar el origen de mi bochorno. El envilecimiento general de la realidad y mi sensación interior de envilecimiento estaban entrelazados mutuamente y de manera inseparable. En esos momentos me trajo la salvación una mirada al exterior. Exactamente donde estaba aparcado el descapotable de Rex Gildo (en el que en aquel momento sólo había un chófer esperando), divisé una señal de tráfico. En esa señal había tres palabras: “ATENCIÓN APARCAMIENTO LIMITADO”. En lugar de “APARCAMIENTO LIMITADO” leí “pensamiento limitado”. Esa palaba me ayudó al instante. “ATENCIÓN PENSAMIENTO LIMITADO”. Claro, yo vivía en la zona de la pobreza de pensamiento.

Eine Frau, eine Wohnung, ein Roman. Una mujer, una casa, una novela. Wilhelm Genazino, 2003.

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