Juego de tronos, Mad men, Sex and the city, Espartacus, Alfombra roja y escaparate de maniquíes: UNA CASA CON DEMASIADAS VENTANAS

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Madmen (Matthew Weiner, 2007)

El cine no es solamente cine, sino también chismorreo y moda. La ceremonia de los Oscars, un coñazo aun para sus invitados, pasaría inadvertida si no fuese por su pasarela en la alfombra roja. O miren cómo se lo montan en Cannes y en qué se ha convertido. Mad men, Juego de tronos, Espartacus, Sex and the city…

Escrito por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

Alfombra roja y escaparate de maniquíes.

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Todo esto, en el terreno del cine, para contarles que ni se imaginan las razones peregrinas que llevan a las películas y series de televisión a triunfar o hundirse: a veces es una cuestión de calendarios o estrenos que coinciden, escándalos guarros, cobertura mediática morbosa, una franja horaria mala, un embarazo en camino, un rodaje conflictivo, un noviazgo semiclandestino dentro y fuera del plató. El cine no es solamente cine, sino también chismorreo y moda. La ceremonia de los Oscars, un coñazo aun para sus invitados, pasaría inadvertida si no fuese por su pasarela en la alfombra roja. O miren cómo se lo montan en Cannes y en qué se ha convertido. ¿A quién le importa lo que suceda en esas cavernas de Platón donde nos obligan a guardar silencio mientras se proyectan películas? El espectáculo está en otra parte: desvíen la mirada hacia esas piernas sin final, esa espalda descubierta, esos zapatos tachonados, esa chaqueta, esos escotes enjoyados, ese Armani, ese Vera Wang, ese desfile de marcas que son las que realmente apadrinan todo ese pifostio del séptimo arte. Por ahí saludan los artistas, esos maniquíes glorificados vestidos por sus mecenas, agitando la mano, adoptando expresión de foto, anticipando la ametralladora caliente de los flashes.

A un lado ese escaparate de trajes a precios imposibles y de este otro, nosotros, restringidos a permanecer detrás del cordón (policial) con el resto de los pobres mortales. Eso es cine.

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Los actores metidos en la industria, saben, así como los políticos, que cuando tratamos con la audiencia, el público o la masa, también estamos tratando con borregos. Así que sus asesores de imagen les obligan a esconder sus propia personalidad o sus estimulantes perversiones para no causar la estampida del rebaño. Al actor, que es un producto, una marca, le toca morderse la lengua para no malograr su próxima película, que no es solamente suya sino de un montón de gente que ha puesto su alma en ella para que luego venga la estrella de turno y lo eche a perder todo en una interviú cualquiera. No es de extrañar que los actores parezcan gilipollas cuando se dejan entrevistar en su gira de promoción. Deben de estar acojonados: si dicen algo que se sale de los márgenes de la conveniencia social, le puede costar miles de espectadores, léase borregos, a la taquilla. Los periodistas, que también son grandes actores, aguantan el tipo escuchando toda esa mierda: “Oh, sí, mi personaje es muy interesante” (aquí el actor cambia a una pose intelectual), “yo creo que XXX es una mezcla de… Además, he tenido la oportunidad de trabajar con YYY, del que soy un gran fan, es el mejor director con el que he trabajado y ha sido tan paciente” (aquí se le humedecen los ojos, pero sin lágrimas, para que no se le corra el maquillaje) “y también quiero agradecerle a mi compañero de reparto ZZZ, por su generosidad. He aprendido tanto a su lado. Hemos sido una gran familia”.

Sexo y violencia en la pequeña pantalla: Espartaco versus Juego de tronos.

Uno ya sabe que un rodaje es como ir a la guerra y que la gente pierde los nervios y hay grandes peleas, donde unos se retiran a llorar a su caravana, otros amenazan con renunciar, otros sufren infartos. Los periodistas deberían hacer boicot a tanta sandez, levantarse de sus sillas y dejarles con la boca abierta. Para escuchar toda esa cantidad de falsedad aduladora, uno puede quedarse en su casa y escribir las respuestas por ellos.  Pero ni unos ni otros tienen narices de hacerlo, unos por salvar su entrevista y otros por salvar la película. Todo es cuestión de imagen. ¿Seguro que estamos hablando de cine?

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Vincent Chase (Adrian Grenier)

Les decía que el triunfo del cine tiene menos que ver con el cine que con todo lo demás. ¿Recuerdan ese capítulo de Entourage (“Un día en el Valle” segundo capítulo de la tercera temporada) en el cual Vincent Chase (Adrian Grenier) pasa un día lleno de angustia porque no sabe cuánto dinero va a hacer la película que protagoniza en el primer fin de semana? Su reputación está en juego en esa guerra de números condicionada, o eso temen, por unos apagones de luz que se han venido dando en las salas de cine a causa de la ola de calor.

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Izquierda: Los Soprano (David Chase, 1999-2007). Derecha: Spartacus: Sangre y arena (Steven S. DeKnight, 2010-2013)

La HBO, como buena cadena de pago, aprendió a ganarse su audiencia gracias a repetidas concesiones gráficas al desnudo y la violencia. Así en Los Soprano, se gozaba del Bada Ding, el típico club de striptease para mafiosos y de las amantes ocasionales de su protagonista. Pero la HBO sólo era una novicia mirándose las bragas. Después vino la serie Espartaco (Steven S. DeKnight), que fue más allá con tres temporadas y una miniserie, admitiendo hacer entrega de un guión cochambroso escrito para chavales con espinillas. Nunca escondió cuáles eran sus reclamos, que reposaban sobre la entrañable fórmula del sexo y la violencia. Casquería digitalizada y cuerpos en pelotas dando rienda suelta a su pasión superlativa. Eso era Espartaco, divertimento sin límites, los guionistas se inspiraban con la portada de la Playboy y leyendo los cómics de Conan. Nadie discutía la verosimilitud de sus argumentos porque un pezón es irrebatible, una espada esparciendo sangre es irrebatible. Su público no quería aprender historia ni le importaba el realismo de las heridas. Disfrutaban de su vídeo juego.

Por eso cuando la HBO propuso hacer Juego de Tronos (David Benioff, D.B. Weiss) que era una empresa ambiciosa y sin visos de triunfar como lo ha hecho, arrancó de forma timorata, jugando sobre seguro, ofreciendo desnudos en cada episodio para mantener el interés en una serie cuya temática shakesperiana gira alrededor de la codicia y el poder.

A sabiendas de que un buen guión no es suficiente. Nunca lo es.

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Juego de Tronos (David Benioff y D.B. Weiss, 2011)

Es interesante hacer notar que sus escenas picantes han ido disminuyendo poco a poco a lo largo de las temporadas, conscientes de que a sus seguidores más entregados les causaba un poco de risa ese despliegue de erotismo facilón, con diálogos sostenidos en mitad de una cabalgada sexual para querer justificar la inmodestia de tanta piel al aire (¿y quién diseña estrategias políticas mientras folla? Seamos serios. Es como si la parienta se pusiese a hablarte de los chavales en el cole mientras se abre de piernas). Lo que la HBO ha ido aprendiendo, y nosotros un poco con ella, es que una cosa es hacer una serie adulta y otra intercalar contenidos adultos. Dicho en plata, en la junta directiva habían llegado al acuerdo de que no querían solamente una serie que invitase al onanismo sino para recoger un Emmy y agradecérselo a la madre.

El pasado vergonzoso de Sex and the City.

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Sexo en Nueva York (Darren Star, 1998-2004)

Sex and the City o, como lo llamábamos por aquí, Sexo en Nueva York, era, como ambos nombres indican, una inteligente radiografía de la vida sexual y la vida en pareja de un grupo de amigas neoyorquinas, pero lo que su público femenino demandaba eran más historias de Manolos, Loubotines y Chaneles, zapatos o sandalias de exhibición que no sirven para andar con ellos. La serie también recurría a escenas jocosas de sexo donde el hombre era cosificado al punto de ser aun menos que un pene, simplemente una billetera abierta y un bulto en la bragueta.

La mujer, presumiendo de independencia económica, seguía siendo una persona incompleta, obsesionada con la idea de encontrar su media naranja para sentirse validada.

Pero una cosa era Sex and the City y otra la precuela que quedó esbozada en dos temporadas (no aguantó más, no aguantamos más). Eso ya podía considerarse una desvergüenza para Michael Patrick King, la mente maestra criminal de la serie original, que se valió del estandarte feminista para hacer de sus protagonistas modelo de conducta de la generación homosexual. Lo de El diario de Carrie fue la excusa para hacer algo más de pasta meándose encima del legado de otros. O así lo vio él. “Mi Carrie Bradshaw empezó a los 33 y la llevé a los 43 -ni siquiera sé quiénes son los padres de Carrie Bradshaw-… la idea de volver hacia atrás y hacer de ella algo menos evolucionado, es algo que no me imagino haciendo. No tengo ninguna conexión con esa precuela”. Si en las últimas películas uno sentía ese hedor de quien está por estirar la pata por culpa de esas escenas en las que olvidaban la trama para auto homenajearse,  la precuela, aun más bochornosa, remató cualquier posibilidad de continuidad. Lo cual nos parece bien porque hay cosas que si permanecen muertas, duran mucho más tiempo.

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Sexo en Nueva York (Darren Star, 1998-2004)

El diario de Carrie se basa en el supuesto de que una idea no envejece si sus actores se renuevan. A veces ha dado resultado, como en X-Men y otras no tanto como en el Asombroso Spiderman. El relevo generacional en El diario de Carrie ha obligado a bajar la barrera de la edad de su público, que es como decir que ha puesto el listón de inteligencia más bajo, con lo que ya no tenemos las complejidades de una mujer adulta y cínica en sus líos de pantalones, sino a una mocosa de instituto cocinada en los tópicos romances de instituto, en la línea del Club Disney.

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Adam Driver y Lena Dunham en Girls (Lena Dunham, 2012)

Para encontrar vida más allá, es decir, un producto digno que repita la mezcla del pijerío, el amor, la sexualidad y Nueva York, prueben mejor con Girls (Lena Dunham), que tiene una estupenda primera temporada, y donde también se hizo famoso Adam Driver en camino de hacer de villano para la nueva entrega de Star Wars.

Orígenes y finales de Mad Men.

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Don Draper en Madmen (Matthew Weiner, 2007)

Mad Men ofrecía aun menos, ni pezones, ni disparos, ni mafiosos ni aliens, y sin embargo es una de las cinco mejores series de la historia de la televisión.

En ella se nos cuenta las vidas desquiciadas de un grupo de publicistas asentados en la Nueva York de la década de los 60. Es un retrato de época y asimismo una historia acerca de la búsqueda truncada de la felicidad, esa promesa y esa mentira que los creativos de la agencia propalan para vender su producto y en cuyas redes caen ellos mismos, pasando de cómplices a víctimas en el tejemaneje consumista. Especia su discurso con las continuas crisis de identidad de su protagonista Don Draper (Jon Hamm), sus encrucijadas morales y el vacío existencial de turno. Y aunque vaya de todo eso, nosotros sólo oiremos comentar los trajes de sus protagonistas durante la sesión de fotos para el estreno de cada nueva temporada. Aquello que la HBO no podía prever cuando le ofrecieron y rechazó un producto de tanta calidad pero sin atractivo de masas, es que su fórmula del éxito para durar estas siete temporadas no estaba en un argumento que adolecía de atractivos comerciales, sino en el glamour de sus personajes, en la moda sesentera que iban a exportar, en los vestidos, en el aspecto saludable de sus secretarias, en el rostro cerúleo y hermoso de January Jones, en el porte de Jon Hamm, en la sensualidad voluptuosa y bien vestida de Christina Hendricks.

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De izquierda a derecha: January Jones, Jon Hamm y Christina Hendricks. Madmen (Matthew Weiner, 2007)


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Matthew Weiner

Por las galerías del rechazo, que son las más complicadas de andar y las más solitarias aun cuando todo el mundo deba recorrerlas para llegar a alguna parte, los gerifaltes resabidos de las grandes cadenas lo miraban  llegar desde su apoltronamiento oficinista. Se decían: “aquí viene el tío rarito, ese que escribía sueños muy largos en Los Soprano” y hacían limpiar el polvo de los pósteres enmarcados que colgaban como títulos de medicina, recordando las series que tenían circulando y el dinero que generaban. “Muy bueno, todo muy bueno pero… ”. ¿Pero a quién coño le importa tu historia? Querían decirle y no se atrevían para mantener buenas relaciones con un escritor que les serviría para pulir sus otros guiones. “Necesitaríamos crear una base de fans con esta serie y ahora mismo… En fin, buena suerte.” o “Lo siento, es demasiado bueno para producirlo. Nadie va a verlo”.

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Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008).

Los únicos interesados fueron el modesto canal AMC (American Movie Classics), donde emitían viejas pelis norteamericanas.

Aceptaron el guión de Weiner porque estaban deseando crear sus propios contenidos y hacía muy poco les habían quitado de las manos la posibilidad de filmar la versión de la novela Revolutionary Road, que fue a a manos de Sam Mendes en su lugar. Mad Men guardaba muchas similitudes con el libro de Yeats, que es una mirada impasible sobre las contradicciones y demonios de un matrimonio suburbano a mediados de los 50. Desde entonces AMC ha ido aprovechándose de lo que la HBO no se atrevía a producir y le ha puesto como punta de lanza en el panorama televisivo. A día de hoy han producido cosas como Breaking Bad y The Walking Dead.

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Izquierda: Breaking Bad (Vince Gilligan, 2008-2013). Derecha:  The Walking Dead (Frank Darabont, 2010).

Mad Men, es verdad, al principio sólo se hizo popular entre los articulistas del medio pero de una forma u otra ese prestigio le ayudó a sobrevivir a la espada de Damocles que pendía sobre su cabeza. Ante su incierto futuro, Matt Weiner nos ofreció tentativas de tres finales, en la primera, segunda y cuarta temporada, por miedo a que su contrato no fuera renovado. Eran capítulos que cerraban un arco argumental pero uno no sabía distinguir si se trataba de un desenlace feliz o amargo, había que dejar pasar tiempo, antes de tomar partido, para que las emociones se aposentaran.

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Madmen (Matthew Weiner, 2007)

El 17 de mayo termina la serie y sabremos absolutamente toda la historia. ¿No es extraño poner fecha tan precisa al final de una curiosidad? Mad Men sigue siendo uno de esos ejemplos de talento que sigue sin tener detrás el reconocimiento de la masa por eso de que el rebaño no va tras los mejores pastos sino a por la plasta de caca más fresca. Pese a todo, quién iba a esperarlo, el secreto de su éxito (humilde, claro, pero éxito) estaba como siempre en los detalles más frívolos. De esta forma el número de televidentes que no pasaba del millón ha triplicado su cifra aunque sea nada más que para comentar sobre los vestidos en la peluquería.

No hay moraleja. Para hacer cine vale cualquier excusa y el cine es una excusa para otros fines si se quiere. Este negocio es un queso gruyer, con todos esos agujeritos y ventanas donde no se sabe si el gruyer es el queso o la ausencia intencionada del queso es el gruyer.

                                                                                  Shenzhen, 14 de abril de 2015

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