Un Dios salvaje

Se saludan, se tratan con cordialidad, comparten un delicioso bizcocho casero y un café y, sobre todo, hablan. Pero hay algo en sus rostros que anticipa una emboscada. El cuchillo con el que se sirve el bizcocho parece tener dos filos. Las palabras empiezan a cargarse poco a poco de dobles y triples sentidos.

por Doxa Grey

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Me siento a ver Un dios salvaje sabiendo que voy a pasar, como poco, un buen rato. Recientemente pude disfrutar del montaje que Tamzin Townsend presentó en Madrid, sobre el texto de Yasmina Reza, y aún recuerdo el pulso amistoso y ácido de unas excelentes Maribel Verdú y Aitana Sánchez Gijón y cómo, a cada chorro de bilis literal y literaria, echaba por tierra esos constructos socioculturales en los que nos encontramos tan cómodos como en un sofá de cuero y tan resguardados como en un apartamento de clase media con vistas a la ciudad, lejos de la mínima barbarie. Aparentemente. Hasta que esa barbarie aparece en medio de un parque bajo la forma de un niño armado con un buen palo con el que sacudirle a otro tres dientes.

Obra de teatro de “Un Dios salvaje” por Tamzin Townsend

Hay mucho de esa acidez y de ese ritmo en la versión de Polanski supervisada por la dramaturga. Juega a la sobriedad del teatro realista burgués y no sale del espacio del apartamento en el que los padres del niño injuriado acogen la disculpa cívica y obligada de los del agresor, y que constituye el núcleo y el conflicto principal de un tour de force que llevan, apoyados por el peso invisible de los hijos, los cuatro progenitores.

Con una educación esmerada fruto de incontables visitas a los reductos de cultura y cultivo del espíritu y de relaciones verbales, se tratan, en principio y en apariencia, con una corrección aplastante. Jodie Foster, Kate Winslet, Christopher Waltz y John C. Reilly se saludan, se tratan con cordialidad, comparten un delicioso bizcocho casero y un café y, sobre todo, hablan.

Pero hay algo en sus rostros (especialmente en el de una siempre misteriosa y llena de matices Jodie Foster) que anticipa una emboscada. El cuchillo con el que se sirve el bizcocho parece tener dos filos. Las palabras empiezan a cargarse poco a poco de dobles y triples sentidos. El matrimonio que ha venido a disculparse parece no poder marcharse nunca por más que el personaje de Waltz no pare de recibir llamadas impertinentes, y hasta la inocente madre de John .C. Reilly termina llevándose algo de la culpa. Hasta los tulipanes de Holanda dejan de parecer inocentes adornos.

Y entonces llega el momento en que la cultura se viene abajo: la edición limitada de Kokoscha recibe la vomitona de la Winslet y la vaharada de aire caliente y perfume barato que más que salvarla, solo afirman su inutilidad en una situación en la que priman los instintos atávicos. Porque a partir de ese momento, cada personaje se muestra como lo que es y vomita lo que el corsé de la educación y las formas no dejaban ver sobre las convenciones sociales, el matrimonio, la cultura o la educación de los hijos. Los personajes se quitan las máscaras y enseñan, por fin, los dientes: ellos también, como los africanos que mitifica el personaje de Foster, creen, siempre han creído, en ese antiguo dios de la matanza.

Río, por supuesto, a cada puntilla que un personaje da a la frase del otro. Me maravillo de la capacidad de los cuatro para cederse la presencia en los momentos cumbre, me dejo llevar por la cadencia del texto y por la simpleza y efectividad de las acciones (un teléfono que suena, el café, la copa) y cómo se van invirtiendo para terminar tan despedazadas como los inocentes tulipanes holandeses.

Un dios salvaje es una magnífica obra de teatro llevada al cine. Pero le falta precisamente eso: la calidez final de los aplausos que la convertirían en algo, aparte de bueno, vivo.

Madrid, 8 de diciembre de 2011

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