«A nadie le interesa el pirata enfermo ni el Ulises que se abraza a su esposa. A Ulises se le niega la felicidad convencional, el amor convencional. Está abocado a una larga tragedia que dura cuanto se extiende su vida y va a ser celebrada con versos y canciones por tipos canallas como Joaquín Sabina y Espronceda

 

Escrito por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

Ulises malditos, Ulises, Alicia Victoria Palacios Thomas, revista de cine, crítica de cine, relatos de cine, relatos cinematográficos, miguel cristóbal olmedoUlises es el arquetipo del hombre que se hace a la mar y no vuelve, o vuelve cuando menos importa, cuando su nombre ha perdido valor y su esposa está en disposición de aceptar a otros pretendientes. Ulises tiene varias vidas (y muertes) y lo que importa realmente es su travesía, que no acaba nunca, aunque de pequeños nos contasen mal el cuento y dijeran que después de tanta adversidad vinieron las perdices y la calma. Los griegos lo describieron como un tipo astuto obligado a participar en esa guerra absurda en la Troya de las leyendas y la arqueología, motivada por un supuesto asunto de cuernos y honor ultrajado.

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Penélope y Ulises por Francesco Primaticcio, 1563.

Ulises (como los romanos le llaman) tenía una mujer, Penélope, que lo esperó no solamente durante los diez años que duró la guerra sino otra década más durante su imposible viaje de regreso (porque uno no regresa del todo después de una ausencia tan larga). Entretanto Ulises no evitó el canto fatídico de las sirenas ni el abrazo de la siniestra hechicera Circe ni la compañía de varios años de la ninfa Calipso, que lo mantuvo “cautivo” (con las comillas bien puestas) a fuerza de follárselo y tratarle a cuerpo de rey. Los dioses se encargaron de ponerlo de vuelta en casa, donde le esperaba un reino desbarajustado, una mujer que tejía y destejía un sudario y un hijo criado casi como bastardo. Hasta ahí el fragmento más popular de su historia aunque lo cierto es que Ulises, pasado un tiempo, volvió a sentir la picazón del aventurero y siguió viajando y embarazando a otras mujeres cuando sus auténticas hazañas habían concluido.

Su sino estaba en el movimiento. Su mirada, más allá del abrazo de una mujer, se posaba en la línea del horizonte azul y plateada con su disfraz de infinito.

Como le pasa a Jordi Mollá en Son de mar (Bigas Luna, 2001). La mirada azul de Mollá en el espejo azul del agua móvil y desafiante.

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Jordi Mollá en Son de mar (Bigas Luna, 2001)

Mollá interpreta a un Ulises castizo y extraviado en un pueblo de Valencia donde no es monarca sino un humilde profesor de literatura, blandengue y algo timorato, que “no sabe ganar dinero”.

Se enamora de Martina (la imponente Leonor Watling), una chica simple y bien construida, porque los hombres de letras necesitan desvivirse por sus opuestos. Martina se entrega con la devoción de Penélope y la lascivia de una mujer enamorada. Se acuestan con el mar de fondo (que sirve de reclamo erótico y advertencia aciaga). Ulises le recita siempre los mismos versos de la Eneida, sorben jugo de naranja, hacen el triqui triqui, y con todo esto Martina se queda en cinta. El matrimonio por penalti y el hijo que viene después son las zancadillas que se le ofrecen a la inquietud de Ulises, un hombre de muchas lecturas y pocas experiencias que ansía algo más.

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Son de mar (Bigas Luna, 2001)

Su historia es la misma de tantos cuyo desenfreno amoroso se pudre en letargo rutinario. Sentimos a Ulises distraído, aburrido de tener sexo con Martina (y cómo puede uno aburrirse de Leonor Watling, dirán algunos, pero uno se puede aburrir de todo, hasta de sus propios sueños onanistas). Martina le es fiel, resiste a un pretendiente millonario, pero a Ulises se le van los ojos detrás del vestido rojo de una mujer anónima. La mujer en sí no importa. Importa que Ulises siente nostalgia por las expediciones que no ha realizado y las vidas que no ha tenido. La mujer es solamente una de las múltiples encarnaciones de su anhelo viajero. Ulises promete pescarle un atún a Martina mirando con dolor y arrepentimiento la alianza que deposita en la mesilla de noche. Se hace a la mar al día siguiente. Hay una tormenta y las olas llevan a la orilla los pecios de su barca.

Todos le dan por naufragado y muerto. Claro, no lo está. El espectador lo intuye porque no puede quedarse sin su historia, pero los personajes deben esperar cinco años más para saberlo.

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Leonor Watling y Eduard Fernández en Son de mar (Bigas Luna, 2001)

Ya por entonces Martina no es la misma chavala inocente y apasionada sino la mujer cínica de un empresario que andaba detrás de ella aun antes de conocer a Ulises.

El empresario, un tal Sierra, (Eduard Fernández, siempre estupendo), dueño de una constructora que lleva su apellido contundente, es la antítesis de su primer amor malogrado: si el profesor de instituto era un hombre austero que sabía contar historias, Sierra tiene dinero pero poca profundidad humana, al menos en apariencia. Sierra es el villano ante nuestros ojos solo por el convencionalismo de la trama, ya que en realidad también es capaz de amar y perdonar casi incondicionalmente. No aspira a acostarse solamente con Martina sino que la corteja cuando es viuda, paga por el funeral sin cadáver de su primer esposo, se casa con ella y adopta al hijo que tuvo con Ulises. Mima, sobreprotege y colma de lujos a su adorada mujer, que por supuesto no le ama ni le amará jamás pero transige con las comodidades de una vida hecha, quizás para brindar a su vástago una infancia protegida. Sierra es un buen marido y un buen padre. Esto a veces no basta. Le toca jugar el papel del hombre despechado, que ama sin remedio lo único que no puede comprar.

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Eduard Fernández en Son de mar (Bigas Luna, 2001)

Entonces suena el teléfono en esa falsa arcadia de egoísmos disimulados, y a través de su cordón serpentino, Ulises, la voz de Ulises, el muerto regresado:

—Martina, he cruzado todos los océanos de este mundo para saber que no puedo vivir sin ti.

¿Qué puede hacer Martina? El corazón se le sale de angustia con esa llamada que debe ocultar mientras Sierra le pide su ración de sexo conyugal. Suponemos que Martina nunca se ha sentido tan puta, tan usada, mientras acepta en su pecho los lametones voraces del hombre que no ama, a sabiendas de que su Ulises está ahí, cerca, y vivo. Y que la necesita.

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Leonor Watling y Jordi Mollá en Son de mar (Bigas Luna, 2001)

Martina confronta a Ulises, lo abofetea y lo besa, le dice que no es nadie y fatalmente se acuestan juntos.

Podría ser el final pero la vida es más complicada que eso. Ulises viene a reclamar algo que ha dejado de ser suyo: Martina es la mujer de otro y su hijo lleva el apellido de ese hombre. Ulises no tiene absolutamente nada que ofrecer salvo su boca llena de cuentos y una polla. Ella quiere retenerlo para sí, aunque sea en secreto, y de esta forma el amor vuelve a tomar la forma original de una cárcel poderosa y antigua, donde el amado espera a la amada encerrado en una habitación con las persianas echadas, sin nada que hacer salvo alimentarse de la espera y el sonido de los tacones de Martina, reverberando por las escaleras que sube para visitarlo. Ulises, el viajero de todos los océanos, vive, ama y sufre en un encierro solitario.

—Hace… mil años, una princesa se enamoró de un viajero que había llegado hasta su reino desde una región desconocida —le cuenta un día, hastiado de su vida prisionera—. Ella, temerosa de perderlo, lo encerró en el sótano de su palacio y cada tarde lo visitaba, y lo iba devorando de amor. Aquella mazmorra no tenía ni puertas ni ventanas y la única forma de escapar era seguir amando a la princesa… como si fuera la muerte… Yo ya no puedo seguir amando a la princesa. No puedo seguir aquí. Voy a marcharme. Si quieres, ven conmigo.

El mal de Ulises es que se va, regresa y vuelve a irse. No existe la paz para el nómada, solo el viaje. Y el viaje es una forma de existencia misteriosa, ambigua, sin ataduras y por lo tanto en soledad.

Sierra, el esposo burlado, quiere a Martina, con la desesperanza de los millonarios que han basado su vida y su carisma en la ambición, y Martina quiere a Ulises, con la pasión del primer amor, el que más duele y reclama como suyo la herida que nunca se cierra y menstrua de cuando en cuando.

¿Y Ulises a quién quiere? Dice que ama a Martina, dice que ha vuelto por ella, pero uno sospecha que su piel es más gruesa y su corazón, elástico, como recita Sia en la canción Elastic Heart. Ulises ama el mar, ama el viaje, repite que quiere a Martina aunque el mar contiene todas las mujeres y sus promesas rotas. El mar es lo posible y lo imposible y la gran mentira y la hazaña sin final del romántico de bragueta abierta. Cuidado con el hombre enamorado del horizonte y no de la cama en que se acuesta. Porque la pasión no es justa, ni moral ni equitativa, se burla de todo, hasta de la propia vida.

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Son de mar (Bigas Luna, 2001)

Ese tipo de viajeros no sueñan con un destino sino con un desconocimiento. No buscan la felicidad sino el misterio, lo ambiguo. Su plenitud está en lo que les falta y no en lo que encuentran. Por eso todos sus puertos son transitorios, todo sus amores son capítulos pasajeros de un libro que no escriben.

El carácter antojadizo de la vida está también en la forma en que sus huellas son tragadas. No dejarán hijos ni fortuna, posiblemente ni un testamento literario que vaya a rescatarlos del olvido. Se mueven de un ecosistema a otro, con la curiosidad como brújula. Sienten lujuria por la vida, pero no por la que lleva el resto de los mortales sino por esa existencia contenida en todos los libros y sueños. Desaparecen un día y nadie sabe de ellos, ni por Facebook (son un hueco en la almohada, unos pasos muriendo en la distancia). O claudican, la vejez los vuelve débiles y menos osados y un día se conforman con cualquier cosa para pasar el resto de sus días en la falsa paz de los enfermos. Decía Pacino en Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, Brian de Palma, 1993) : “No cambiamos con el tiempo, solamente perdemos fuerza”.

Esos Ulises, esos malditos. Su vida transcurre partida en dos orillas, como le pasaba al tal Oliverio, el superhéroe poeta, con los faldones de su abrigo negro levantados por el viento en forma de capa, dividido entre la costa de Argentina y la costa de Uruguay, conversando con la muerte, buscando a su amor de puta, su amor imposible, su amor que vuela en El lado oscuro del corazón (Eliseo Subiela, 1992):

—¿Cuándo vas a dejar de ser un chico? —le preguntaba su ex mujer entre la lástima y la censura.

—¿Para qué? —Es la respuesta magnífica de Oliverio.

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El lado oscuro del corazón (Eliseo Subiela, 1992)

Crecen estos antihéroes sin asiento pero no como las plantas que lo hacen hacia arriba. Estos exploradores del abismo, por robarle el término a Vila-Matas, se expanden pero no desarrollan sus raíces. Y de sus vidas se alimentan las historias. A nadie le interesa el pirata enfermo ni el Ulises que se abraza a su esposa. A Ulises se le niega la felicidad convencional, el amor convencional. Está abocado a una larga tragedia que dura cuanto se extiende su vida y va a ser celebrada con versos y canciones por tipos canallas como Joaquín Sabina y Espronceda.

Recordaba Francisco Umbral en su libro Las ninfas, que anhelando escapar de su ciudad de provincias para forjar en Madrid su gloria literaria, renunció también a la novia (siempre la trampa toma las formas sinuosas de lo erótico):

“—¿Vas a casarte conmigo?

No esperaba eso de ella. Guardé silencio.

—Me gustaría casarme contigo —insistió (…)

Pero al joven poeta maldito de guantes amarillos no le apetecía convertirse en el marido (y seguramente el contable) de una joven pescadera.  (…) Pero, sobre todo, yo no quería mi empleo, ni otro mejor, sino mi destino de poeta solo y solitario (…)

—Ya no me quieres, ¿verdad? —dijo.

Afirmé con la cabeza.

—Pero ya sabes que no me voy a casar contigo. Comprendo que ésta sería la ocasión, ahora que te quedas sola…

—Por favor, no me expliques cosas.

—Tienes razón. Perdona.

Volvimos al silencio, inmóviles.

—Te quiero —dije—, pero no quiero esta ciudad, esta vida, este trabajo que tengo. Voy a hacer algo. Voy a irme…

—No te irás nunca —me cortó, no sé si despectiva o fatalista.

—Quizás no me vaya nunca. Soy cobarde. Pero, en todo caso, no quiero unirme a nada, a nadie. Ni siquiera a ti. Por lo menos, quiero estar libre para tener la ilusión de que puedo irme en cualquier momento.”

¿Se siente Ulises finalmente completo en el viaje? Ni siquiera entonces.

La paz es para los que encuentran o se conforman con no saber, no mirar, no hacer nunca preguntas que solamente pueden volverte loco. Y como un chiste de dos locos es ese famoso párrafo entre Neal Cassady y Jack Kerouac del libro En el camino:

“—Tenemos que irnos y no detenernos hasta “que lleguemos allí”.

—¿Dónde vamos entonces?

—No lo sé pero tenemos que ir.”

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Así que Ulises nunca llegará a Ítaca, su reino, porque Ítaca no existe realmente, es una ensoñación idealizada de su mente, y él es como esos escritores sin casa que llevan su máquina de escribir itinerante como arma para defenderse del mundo aunque el mundo no les escuche.

Hará y deshará su viaje muchas veces, y es posible que reaparezca en ese pueblecito de Valencia para bailarle el agua a Martina, pero unos años después le volverá a nacer esa cosquilla mal curada, esa curiosidad, ese hambre, esa injusticia que deshace todos los nudos, y recomience la singladura dejando solo una vez más a alguien con los ojos arrasados de lágrimas proyectados en el hueco de la ventana. ¿Puede Ulises permitirse que le quieran? ¿Puede dejar de darse al amor el hombre que ama demasiado y todo a la vez? Como un lejano tambor de guerra, como la llamada de lo salvaje de esa novela de Jack London, hay un perfume, una forma de tormenta, un gusto de salitre en la boca, y el hombre honrado y fiel se vuelve un caminante pendenciero, atravesando la medianoche y aullando como un lobo.

¿Será su última frontera la soledad total?

Miguel Bosé, después de haber interpretado tantas canciones sobre novias fallidas, basculando entre  lo hortera y lo estupendo, tiene ese tema Libre ya de amores, en el que presume de estar de vuelta de todo:

Por mucho que en pasado nos

Jurásemos sagrado lo que fuera

De todo lo pasado

Cuánto queda, cuánto sirve y para qué

Será que con los años me he hecho inmune

A casi a todos los pecados

No armarme de pereza, ir al infierno

Si entro y salgo a diario de él

Tal vez a estas alturas

Ya no existan las alturas de lo amado

(…)

Y de repente no sé cómo

Nada siento

Y caigo en cuenta

Que estoy libre de temores

Libre ya de amores

Revivo, tomo aire

Y el mundo me responde

Otra vez

Lo cierto es que esos Ulises malditos no renuncian a empezar de nuevo. Levantan hogares y los derriban porque la inquietud prosigue más allá del humo de su chimenea. Son solitarios en secreto pero se rodean del calor de la gente, aceptan que les inviten a banquetes y cuentan sus hazañas brindando con la copa en alto.

El fardo de su mochila no queda demasiado lejos de su radio de visión. No aman a una sola persona y eso les cuesta el amor. Aman con plenitud, aman con el conocimiento de que todo se acaba y, por lo tanto, la desidia no manchará su recuerdo. Decía Julio Cortázar que la mujer que uno realmente desea siempre está sentada en otra mesa. Es mentira que sean suicidas potenciales, que el fuego de la vida prenda con poca fuerza en ellos, lo que pasa es que reclaman a la vida más de lo que está dispuesta a darles, más de lo que nadie será capaz de perdonar.

La revisión existencialista de The Gambler con un Mark Wahlberg que se empeña en perpetuar la imagen de seductor macarra aun interpretando a un profesor de literatura con adición al juego, nos brinda otro ejemplo de viajero desnortado. En este modelo, los casinos, las apuestas y su gusto morboso por perder, son parte de su forma de lidiar con una depresión, más literaria que real y basada en motivos que a un ciudadano de una nación menos acaudalada harían llorar de risa. La película, gracias a esos diálogos sobrecargados de inteligencia y simbolismos, resulta interesante  (más interesante de lo que Wahlberg suele ofrecernos de todos modos). Y si bien el personaje de profe de facultad privada en The Gambler no es la misma clase de inconformista que el maestro de instituto público que nos ofrece Jordi Mollá (Mollá ama las infinitas bifurcaciones de la vida y Wahlberg se siente hastiado de la mediocridad de todas las existencias, incluyendo la suya), los paralelismos resuenan durante la perorata que suelta Wahlberg a una estudiante impresionable.

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Mark Wahlberg en The Gambler (Rupert Wyatt, 2014)

—Lo veo todo en términos de victoria y muerte, y no simplemente victoria pero una victoria total. Es verdad. Siempre ha sido así. Si no es victoria, ni me molesto. Lo único que merece la pena es lo imposible, ¿verdad? Todo lo demás es jodidamente gris. Naces como un hombre con los nervios de un soldado y la comprensión de un ángel, por decirlo de algún modo, pero nada de eso tiene ningún puto valor. ¿Aquí? ¿Para qué sirve? ¿Estás hecho para ser un filósofo o un rey o un jodido Shakespeare y esto es todo lo que te dan? ¿Esto? ¿Qué es? ¿Veinte años raros de escuela, con todas sus instrucciones para ser ordinario? Te joderán vivo, vaya si lo harán. Y luego está la carrera que no es lo mismo que una existencia, así que… Quiero cosas ilimitadas. Lo quiero todo. Un puto amor de verdad, una puta casa de verdad, una auténtica puta cosa que hacer cada día. Y preferiría morir a no conseguirlo.

No hay términos medio, se lo juegan todo a un solo número que no sale casi nunca pero tiene que ser ese número.

Entre los años 2005 y 2006, Martin Gore ofrecía en sus conciertos con Depeche Mode una hermosa versión de su canción Shake the disease que se puede disfrutar en el cedé o DVD Touring the Angel: Live in Milan. El significado de la canción sigue siendo interpretado de muchas maneras, pero desde la primera vez que la escuché, recién mudado a Madrid y en pleno proceso de divorcio, entendí en ella las palabras que Ulises soñó con decirle a Martina antes de fugarse con el mar. Las que el primer Ulises, ya en su reino y con su amada que lo ha esperado veinte años, siente naciéndole desde su pecho acongojado. Su disculpa, su declaración de amor y la admisión de algo que no puede cambiar. Es alguien que le habla a la única persona que realmente lo conoce y, sin embargo, todavía es incapaz de entenderle.

La “enfermedad” a la que se refiere es su incapacidad de atarse a una sola persona, a un solo continente, es el anhelo de aquel que tiene varios corazones y quiere llevar varias vidas simultáneas.

No me voy a poner de rodillas

suplicando que me adores.

¿No puedes ver que esto es una miseria

y una tortura para mí?

Cuando me malinterpretes,

intenta tanto como puedas,

intento tanto como puedo

hacerte ver

lo importante que es esto para mí.

Aquí tienes mi petición de mi corazón al tuyo.

Nadie me conoce tan bien como tú.

Sabes lo duro que es para mí sacudirme de encima la enfermedad

que se apodera de mi lengua en situaciones así.

Compréndeme

Compréndeme

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Dangerous Liaisons (Stephen Frears, 1988)

¿Qué le dice Sebastián Valmont (John Malkovich) a Madame de Tourvel (Michelle Pfeiffer) cuando rompe su relación con ella de una forma cruel y repentina en Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, Stephen Frears, 1988)? ¿Cuál es su disculpa? En castellano, sentíamos su desesperación repetida: “Lo siento, no puedo evitarlo”. Y en inglés, concretaban: “Está en mi carácter”. Valmont perderá a la mujer que realmente ama para seguir siendo él mismo, en aras de una apuesta ridícula y una reputación de mujeriego. Valmont romperá el corazón de la única persona que puede redimirlo, y a cambio, sepultado por los remordimientos, se dejará matar en un duelo, desangrándose sobre la sábana impoluta del invierno. El carácter, esa forma de resistencia, de destino o fatalidad, es algo que escuchamos en forma del famoso cuento del escorpión que se ofrece a la rana cruzar el río, en la película Juego de lágrimas (Neil Jordan, 1992). Mi padre suele decirme:

—Puedes cambiarlo todo menos tu carácter.

Hay esa otra canción titulada apropiadamente como Home (Hogar) del grupo Austra. La chica (pongamos que es Penélope o Martina o la reina Dido cuando sorprende la embarcación de su querido Eneas desplegando velas) le canta al ausente, a esa figura que se aleja sin razones concretas, contra toda lógica, traicionando no solamente el amor sino una vida dichosa y ordenada.

Sabes que me duele cuando no vuelves a casa de noche.

Mi cuerpo no puede descansar a menos que duermas a mi lado.

Sabes que me duele cuando permaneces lejos toda la noche.

¿Qué es lo que te retiene allí?

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Le Grand Bleu (Luc Besson, 1988)

Ulises malditos. Almas que se extravían a propósito de los senderos convencionales, y prefieren el peligro y el exotismo a un cuerpo caliente y hermoso a su costado. Montañeros, expedicionarios, atletas, artistas, viajeros. Y locos. En Le Grand Bleu (Luc Besson, 1988), Jacques Mayol, el profesional de buceo libre (interpretado por Jean-Marc Barr, que muchos años después encarnaría a Kerouac mejor que nadie en Big Sur) deja a su novia (Rosanna Arquette), recién estrenada en la cama y sumida en el sueño postcoital, para irse a jugar toda la noche con un delfín que sirve de emisario de ese otro mundo falsamente azul, falsamente silencioso, en el vientre del océano. Su novia quiere entender esa obsesión por el mar que le mantiene apartado de ella. Jacques es incapaz de llevar una vida de humano y prefiere la de los anfibios. Se lo trata de explicar a su novia como en un cuento que a ella le parece bonito pero no sabe lo que quiere decir.

—¿Sabes que es lo que se supone que debes hacer para encontrarte a una sirena? Ve al fondo del mar donde el agua ya no es azul y el cielo es solamente un recuerdo, y flota allí en silencio. Y mientras estés allí, decídete a morir por ellas. Solo entonces empiezan a salir. Vienen y te saludan y juzgan el amor que sientes por ellas. Y si es sincero, si es puro, se quedarán contigo y te llevarán para siempre.

Su novia desea niños, atenciones, perros, casas y estabilidad, no entiende la pasión desorbitada y trágica de su pareja.

—¿Por qué? —Le pregunta ya en un hilo de voz derrotado varias veces. Y cuando no obtiene respuesta, cambia la forma de la pregunta a otra más apropiada—: ¿Qué se siente cuando buceas?

Porque esa es la clave. No hay que preguntarle a uno por qué se va sino lo que siente cuando se va. Y el buceador al fin contesta:

—Es el sentimiento de estar durmiendo sin caerte. Lo más difícil es cuando llegas al fondo porque tienes que encontrar una buena razón para volver. Y me resulta cada vez mas difícil encontrar una.

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Rosanna Arquette y Jean-Marc Barr en Le Grand Bleu (Luc Besson, 1988)

—Tengo que ir y ver.

Y ella explota:

—¿Ver qué? No hay nada que ver, Jacques. Allí abajo está oscuro y hace frío. Estarás solo y yo estoy aquí. ¡Soy real! ¡¡Existo!! Jacques, te quiero. Jacques, estoy embarazada.

Pero el rostro del buceador apenas se inmuta, con sus ojos clavados en el abismo acuático de debajo de sus pies. Todo lo demás no es que no le importe, pero le importa menos. No es que no la quiera, pero quererla no es suficiente. Es el vértigo de la existencia o de la inexistencia, invocándole desde lo profundo como una canción de sirenas. Es el paseo de los locos por la cornisa de la azotea.

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Le Grand Bleu (Luc Besson, 1988)

Las antiguas leyendas del oeste sabían cómo despedirse sin arrancar demasiadas lágrimas de los pueblos que habían salvado. Se tocaban el ala del sombrero a modo de saludo y cabalgaban hacia el horizonte, hacia la puesta de sol, hacia el desierto, porque el desierto es la metáfora de lo inabarcable y lo inhumano, así como los puertos grises de El señor de los Anillos son la última frontera a la que se aventuran elfos y hobbits para perderse en esa niebla de la que no hay retorno, donde la muerte escenifica otra clase de viaje, un viaje imposible porque no lleva a ninguna parte y nos distancia de todo definitivamente. Tenemos la clásica silueta de John Wayne entrevista en el umbral de una puerta abierta. Más recientemente, en Appaloosa (Ed Harris, 2008), las palabras de Viggo Mortensen, en pos de nuevas aventuras, se añaden a ese evangelio compartido por otros Ulises, corsarios rebeldes que toman el golpe del agua en la quilla por el calor de unos besos, que generan su propio viento montados en la grupa de los moto-taxis asiáticos, que se pierden en las desolaciones nórdicas, que ponen su vida en peligro a cambio de nada, que inspiran e infunden sueños a otros y los abandonan a su suerte. Solo queda, cuando el dolor por su partida y su traición haya amainado, agradecerles por el tiempo que pasaron entre la adocenada muchedumbre de mortales que son mayoría, prestando cierta luz a su tedio, y compadecer su suerte siempre solitaria, más allá de la felicidad y la infelicidad, un destino de personajes y no de personas reales de carne y hueso, abocados a decir adiós a lo que aman por aquello que aún no conocen, a dejarlo todo a cambio de un instante que se apaga inmediatamente.

“En cuanto a lo impredecible, bueno, estaba allí fuera esperándome. Me dirigí directamente hacia el sol de poniente y cabalgué al oeste a ritmo moderado. Iba a ser una larga cabalgada y no había razón para darse prisa”.

Shenzhen, 10 de julio, 2015

A todos los amores que he defraudado y seguiré defraudando.

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