Tenemos que hablar (de Kevin)

Imagine que decide, no sabe muy bien por qué, tener un hijo. Puede que no esté convencida del todo. Que eso de la maternidad le resulte un tanto ajeno, que la hinchazón de su vientre, mes a mes, le preocupe más que ilusione… Porque no va a tener un hijo. Va a dar a luz su propio calvario. En vez de tener un bebé, parirá un auténtico hijo de puta. 

por Doxa Grey

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Imagine, por un momento, que es una mujer de éxito. Una mujer que disfruta con su trabajo, que consiste en viajar y empaparse de los usos y costumbres de Tombuctú, Calanda o alguna que otra ciudad de la China. Imagine que su pareja no solo la comprende y la valora sino que además complementa su trabajo, su vocación y su vida.

Imagine que decide, no sabe muy bien por qué, tener un hijo. Puede que no esté convencida del todo. Que eso de la maternidad le resulte un tanto ajeno, que la hinchazón de su vientre, mes a mes, le preocupe más que ilusione y que el azul turquesa con que han pintado el cuarto del futuro bebé le inspire más bien desazón y un temor culpable.

Porque no va a tener un hijo. Va a dar a luz su propio calvario. En vez de tener un bebé, parirá un auténtico hijo de puta. Su útero de editora, impregnado del semen de un fotógrafo, va a expulsar entre estertoresa un satanás que no hará otra cosa que llorar en sus primeros meses de vida, sólo porque es lo único que está a su alcance para joder al prójimo al que está más vinculado. A la única que parece darse cuenta de que no es un niño normal sino el mal puro. La mujer que a lo mejor no tenía tantas ganas de ser madre y, efectivamente, se lo plantea cada vez que ese niño se caga encima sin dejar por un instante de clavarle esos encantadores ojos negros.

Tenemos que hablar de Kevin, la última película de la británica Lynne Ramsay y basada en una novela de Lionel Shriver, es una película que se enquista como un mal sueño. El talento de una directora se sirve de un pulso tembloroso para generar una pesadilla febril de sangre, muerte y escarnio que va contagiando al espectador mediante flashbacks, haciéndole anticipar unos hechos que tienen mucho de cainismo y que juegan constantemente con esa culpa que padece el personaje interpretado a la perfección por una correctísima y desbordada Tilda Swinton. Como en la escena en que Kevin salpica de pintura las paredes del cuarto que su madre ha elegido como “lugar especial”, también, los colores espesos de enfermedad y muerte van impregnando poco a poco los ambientes limpios, a veces casi asépticos, de la casa familiar, en la que se suceden la mayor parte de las escenas que tienen la virtud de hacer sentir al espectador una incomodidad insana.

Porque Kevin se comporta con aparente normalidad con su padre (el siempre magnífico John C. Reilly), con su hermana y con el resto del mundo. Hasta que todo estalle en la pesadilla que se va desvelando en el transcurso de la película, el niño crecerá con una máscara de belleza serena que solo se deforma cuando madre e hijo se encuentran solos, frente a frente, reflejándose las miradas en los ojos del otro. El efebo que interpreta un jovencísimo e intenso Ezra Miller elige los códigos de la madre para subvertirlos y devolvérselos en forma de flechas empapadas en veneno. Y le hace creer que es ella quien se las ha facilitado. A ella es la única a la que le desvela que nada es por accidente, provocándole una culpa compartida y una complicidad tan necesaria como forzada que se esparce en diferentes momentos de la película hasta el diálogo huidizo que mantienen en el reformatorio del que Kevin, con el pelo corto y la mirada casi cansada, está a punto de salir.

Es verdad que puede acusarse a la película de recrearse casi en exclusividad y de forma reiterada en esta idea y en esta relación que se ve siempre marcada de una forma u otra por una línea invisible que les distancia. Que se trata un ejercicio de estilo que puede resultar hasta cierto punto redundante. Pero es precisamente eso lo que hace que permanezca, como una flecha insidiosa y certera, clavada, bien hondo, en las entrañas.

Madrid, 10 de abril de 2012

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