SHARON TATE: Helter Skelter, la noche de los cuchillos de caza. Parte II

Pero tanta felicidad también atrajo una atención indebida. A Roman Polanski y a Sharon Tate les colgaron el sambenito de satánicos. Los guiones que le llegaban a Roman giraban en torno a los mismos argumentos sobre brujería y ocultismo.

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IV: Los vampiros pierden los colmillos

Escrito por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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Robert Evans

compañía de una bancarrota inminente, le telefoneó con la propuesta de una historia sobre esquiadores que le ayudaría a cambiar de aires. Polanski aprovechó la reunión para desahogarse con Evans el cual le escuchaba con la amabilidad propia que lo había hecho ascender tan deprisa, cruce entre gigoló y mayordomo —y a quien Dustin Hoffman imitó décadas después para construir su personaje en La cortina de humo (Wag the Dog, Barry Levinson, 1997)—. A su vez Evans admitió que Downhill Racers era sólo un pretexto para atraerlo hasta su despacho con otra oferta (la película sobre deportistas, en efecto, iría a manos de Michael Ritchie, que por entonces no era más que un director irregular de series de televisión).

 

—Me gustaría, en su lugar, que leyeras esto.

Le pasó las galeradas de un libro a punto de entrar en la imprenta de un tal Ira Levin, titulado Rosemary’s Baby.

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La primera reacción de Polanski fue pensar que era un culebrón barato sobre un matrimonio joven que se muda a un vecindario usurpado por una comunidad entrometida. Pero unas páginas más adelante ya no se pudo detener. El embarazo casi milagroso de Rosemary, su protagonista, se carga de connotaciones demoníacas desde el mismo momento en que el niño es engendrado —durante una noche cuyo recuerdo está empañado por visiones terroríficas—. A la mañana siguiente, Roman accedía con entusiasmo infantil a rodar la película.

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Ira Levin, autor de la novela Rosemary’s Baby, 1967.

Entretanto Sharon Tate, cuya carrera estaba despegando vertiginosamente, le mostraba durante sus temporadas libres el lado californiano de América, con breves excursiones al Big Sur y al cañón de Topanga.

Celebraban fiestas a diario y su casa era un santuario consagrado al divertimento con amigos y oportunistas entrando y saliendo con total impunidad. Sharon cocinaba grandes platos sureños para todos y Roman ponía sus viejos discos en la sala de estar. Fumaban marihuana, bebían champán. Pese a la inminencia de su éxito, Sharon estaba cansada de sus papeles estereotipados y disfrutaba más cuidando de Roman, cortando su pelo —destreza que había aprendido de Jay Sebring—, o ayudándolo a hacer las maletas en cada uno de sus viajes. Si Roman le hacía notar que le gustaba un vestido en particular, ella compraba inmediatamente una docena más del mismo estilo en colores diferentes.

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Roman Polanski y Sharon Tate.

Gozaban además de un amor sin restricciones sexuales: ambos eran libres de acostarse con quien quisieran (“No quiero asfixiarte. Solo quiero estar contigo. Ya sé cómo eres y no quiero cambiarte”, le decía ella). Sus amigas a veces malmetían entre ambos chivándose a Sharon de las indiscreciones de su novio, pero ella les aclaraba: “Roman me miente y yo finjo que le creo, pero son sus infidelidades parte de lo que hacen de él el Roman que todos conocemos”. En efecto, Polanski siempre fue franco con su promiscuidad. El problema no estaba en los cientos de polvos que se estaba echando con chicas de discoteca, sino en los cientos de miles de polvos que no había podido echarse en sus años de estudiante de cine en Lodz y así, claro, las matemáticas seguían sin hacerle justicia.

Había una anécdota que Sharon contaba de forma divertida sobre la vez en que Roman, conduciendo su Ferrari a lo largo de Sunset Boulevard, le había gritado a una chica que caminaba delante de él: Señorita, tiene usted un culo pre-cio-so. Sin darse cuenta, hasta que ella se giró en su dirección, de que la persona pegada a ese culo era su propia novia. Polanski lo resumía así ante las hambrientas libretas de los periodistas:

“El amor convencional no es interesante. Puedo asegurarles de que es increíblemente aburrido”.

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El fuego de su relación lo avivaban las temporadas de ausencia que sus agendas incompatibles los obligaban a tener. Terminado el rodaje con Polanski, Sharon empezó a trabajar inmediatamente después en Don’t make waves (Alexander Mackendrick, 1967) una comedia picante, en donde hacía de antagonista con bikini de Claudia Cardinale en un triángulo sexual completado por el bronceadísimo Tony Curtis. Roman le escribía cartas largas y apasionadas y Sharon no podía reprimirse de contarle todo por teléfono. Al fin había vencido su manía de morderse las uñas y le informaba en una nota muy breve que sería capaz de rascarle la espalda la próxima vez que se vieran.

El baile de los vampiros se estrenó con 20 minutos menos de metraje, las voces dobladas en inglés norteamericano para el oído poco flexible de la audiencia estadounidense y se añadieron algunas desoladas explicaciones con cartones escritos acerca de los vampiros al comienzo de la película. Roman era inconsolable, el trabajo de edición que habían realizado desde MGM había sido una puñalada trapera. Pidió que retirasen su nombre de los títulos de crédito y protestó por lo que habían hecho con su película en una entrevista para Variety, pese a las amenazas de los productores que finalmente, alegando diferencias creativas, accedieron a romper con él su contrato para las dos películas siguientes. Pero Polanski obtuvo su venganza porque El baile de los vampiros fue un fracaso de taquilla y unos años después pudo estrenar su propia versión llevándola a convertirse en un título de culto.

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Roman Polanski y Sharon Tate.

Entretanto Sharon y Roman disfrutaban de las fiestas entre Beverly Hills y Bel Air, acompañados de grandes estrellas y un séquito de parásitos.

Iniciaron un excitante peregrinaje alquilando distintas mansiones dentro de Hollywood, sin deseo de asentarse definitivamente, un poco como gitanos, o aún mejor, como hippies. “Siempre deseé casarme con una hippy”, le decía elogioso Roman a su mujer, besándola en la planta del pie; entretanto los auténticos hippies o aquellos que lo fueron antes de transformarse en una sombría secta —abasteciéndose de comida en los contenedores de los supermercados, robando coches y allanando las casas de millonarios bajo las órdenes de su líder mesiánico—, no se encontraban muy lejos de allí. El círculo de la fatalidad estaba a punto de completarse.

V: Los niños perdidos

A la vez que Manson merodea en los alrededores desérticos de Los Ángeles con su comparsa de mujeres drogadas, Janis Joplin graba su propia versión de Summertime, una canción reinterpretada de guitarra en guitarra tras sonar en los escenarios de la costa este y cuyo enardecido aplauso traía a todos recuerdos de una infancia rota. Summertime es una nana, una canción de consuelo para el desconsuelo de lo que vendría después, algo que las comunidades hippies de finales de los 60, a pesar de su ostracismo familiar, seguían añorando. Al fin y al cabo eran niños perdidos, aun habiendo renegado de sus familias y de los valores de una sociedad que los ahogaba en aburrimiento y dolor. Y ahora, tras su éxodo voluntarioso a San Francisco, algo así como la capital del amor y también un campo de concentración hippy, volvían a sentir la necesidad de una figura paternal o mística. La realidad seguirá frustrando sus expectativas. Si al principio los jóvenes se preguntaban antes qué demonios hacían pasándose la vida mirando fijamente los anuncios de la televisión, ahora, en pleno florecimiento hippy —y que no era sino el mismo movimiento beatnik reciclado, el rastro idealizado de Jack Kerouack y Neal Cassady—, mirando los desconchados de humedad de una casa abandonada donde alguna vez había estado un televisor, padeciendo hambre y gorroneando un poco de hierba, se decían que aquello tampoco era lo que habían venido a buscar.

En esos años donde se prestaba más atención al rock de los transistores japoneses que a las amonestaciones de los padres, todo el mundo, sin embargo, se hallaba en busca de su propio gurú, de ese estado de seguridad y consuelo que Janis Joplin les hacía recordar antes de que un disparo de heroína en la vena cerrase su boca para siempre.

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Janis Joplin, cortesía de Susan Green, Critics at large.

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Charles Manson

En el 67 Manson conoce de nuevo la libertad. Y su problema, el problema de siempre, es qué hacer con ella. Tiene vagos sueños de convertirse en un músico reconocido pero también sabe que para ello necesita contactos y dinero. Termina en el enloquecido Haight-Ashbury de San Francisco, donde los niños descarriados, disfrazados de colorines, le ofrecían flores repitiendo su mantra de amor y paz. Charlie, avezado en la vida de criminales y estafadores, sabe mudar de piel para que vean en él otra alma gemela. Se deja crecer la barba y la melena. Su mensaje, en consonancia con el de la época, versa sobre el amor libre y las drogas. Sus modestas composiciones musicales hacen de él una compañía atractiva para las adolescentes de clase media que cumplían con su cuota de rebeldía fugándose de sus casas y haciendo el amor con maravillosos desconocidos. Manson se justificaría después: “Estos son vuestros hijos pero los habéis echado y yo soy quien los ha acogido”.

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Izquierda – fotografía de William Klein. Derecha – Haight Ashbury, San Francisco, Hippies.

Para cuando Charlie llega a San Francisco el espíritu hippy se está descomponiendo atrozmente. Los jóvenes siguen acudiendo a la ciudad esperando encontrar un santuario de tolerancia, pero las calles han sido tomadas por traficantes y drogadictos. Los hombres de negocio y futuros yuppies bajan al Haight-Ashbury porque las hippies “sí que follan”. Algunas chicas se ven empujadas a prostituirse para costearse comida y drogas. Se producen casos de violaciones masivas, donde las víctimas, bajo los efectos del LSD, se encuentran impotentes. Los alucinógenos van siendo reemplazando por estimulantes. La hierba y el ácido dan la bienvenida al speed y la heroína.

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Lynette Alice Fromme

Lynette Alice Fromme —o “Squeaky” como luego la apodaron— fue una chica retraída y un espíritu artístico durante la primera parte de su vida. En casa sufrió continuos maltratos debidos a la intolerante actitud de su familia. Su padre, por ejemplo, pasó tres años sin hablarle a causa de un desacuerdo ínfimo. La tarde que conoció a Manson estaba sentada en la curva de la acera de Venice California, congelada por la incertidumbre tras haber sido expulsada de casa. Un viejo autobús escolar se detuvo a su altura; saltando fuera de él Charlie le hizo una reverencia que pretendía pasar por solemne pero a ella le resultó graciosa:

—Tus padres te han echado, ¿verdad? Pues vente con nosotros— mostró con una mano el interior espacioso donde sólo había otra chica, la primera recluta de Manson, asistente de biblioteca en la universidad de Berkeley.

Ella pensó que Manson debía de ser una especie de genio telépata, sin advertir lo fácil que habría sido adivinar su situación —centenares de jóvenes migraban de sus ciudades natales por una historia semejante—. Aun así apenas se atrevía a moverse y Manson no tuvo la paciencia de esperar unos segundos. “Mira, chica, no puedo decidir por ti”. Regresó al autobús, encendió el motor y siguió adelante. Lynette echó a correr detrás de ellos, abrazada a las pocas cosas que llevaba consigo. Se convertiría en su adepta más obstinada.

Charlie comenzó a atraer a un grupo de seguidores, compuesto exclusivamente por mujeres muy jóvenes con desequilibrios emocionales, que a su vez funcionaban de pantalla para reclutar a otras chicas impresionables y desilusionadas.

Tocando la guitarra en la casa de la playa de unos amigos fue como se lo encontró Patricia Krenwinkel, para quien sus compañeros de clase sólo era un fardo peludo de carne. Sufría de baja autoestima y había considerado hacerse monja en los tiempos en que daba clases de catecismo. La misma noche que se conocieron, Charlie y ella hicieron el amor. Él la sostuvo entre sus brazos y le dijo que no podía creer lo hermosa que era. Patricia se puso a llorar porque nadie le había dicho una cosa así. Se enamoró de Manson instantáneamente y por él se entregó a una vida nómada.

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Izquierda: Patricia Krenwinkel. Derecha: Leslie Van Houten.

Tanto Krenwinkel como Leslie Van Houten —que era todo lo contrario: hermosa, atlética y jovial—, compartían el sufrimiento por el divorcio de sus padres en unos años en que no se les daba a los niños la oportunidad de asimilarlo. Ambas tomaban alcohol y drogas y se rodeaban de amistades que no las cuestionaban por eso. Pero el pasado de Susan Atkins era aún más desgarrador: una niña dulce, una popular niñera, capitana del equipo de natación, que nunca se repuso a la muerte de su madre por cáncer. Además, a su biografía había que añadir un padre alcohólico y sucesivos abusos sexuales por parte de su hermano mayor y sus amigos “que sólo practicaban con ella para saber cómo se hacía”. Los problemas en casa sumados a los problemas escolares la hicieron abandonar el instituto y ponerse a trabajar a tiempo completo. Era una muchacha sensual, de gran elasticidad, que se buscó la vida como bailarina de striptease en locales indecorosos.

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Susan Atkins

Amor les faltaba y amor fueron a buscar tanto en San Francisco como en California, atraídos por los cantos de sirena de la música rock. En lugar de eso, encontrarían algo así como un sucedáneo basado en drogas, sexo y la doctrina que Manson iba improvisando cada día, basada en viejos dichos de sus compañeros de celda y en los libros pseudo religiosos de la biblioteca de la prisión. Podían haber sido una comuna de tantas de no ser porque estaban en manos de lo que ellas consideraban un profeta.

Manson a día de hoy sigue negando su responsabilidad: “Soy un convicto, un rebelde, no un profesor de una escuela dominical. Ellas querían ver en mí al Charlie bueno y dulce pero yo soy un tío desagradable y peligroso”.

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Charles Manson

En la primavera de 1967, durante la cresta hippy, Manson y sus apóstoles salieron de San Francisco por la autoestopista del Pacífico rodando en el viejo autobús escolar pintado completamente de negro. Se trasladaban continuamente de lugar para mantener al grupo entretenido, aunque cada vez pasasen más tiempo en Los Ángeles y sus inmediaciones conforme a los planes de Manson de convertirse en ídolo musical. “Las chicas de Charlie“, como ya eran conocidas, se infiltraban en otras comunas y hogares de conocidos ganando prosélitos para su sociedad utópica. El sentimiento de pertenencia y hermandad era apabullante. Camaradería, unidad. Amor, nosotros. Los jóvenes pensaron que dentro de esa nueva pandilla encontrarían verdaderos hermanos y nunca volverían a estar solos. Tras la máscara de tolerancia, por supuesto, estaba la voluntad única de Charles, enmascarada por el humo de su predicación. Manson era una persona incapaz de entablar un diálogo entre iguales, siempre hambrienta de atención, con los pies sobre un estrado imaginario. Él adoctrinaba, bailaba a tu alrededor, deslumbraba. Y sus acólitos, alienados y perdidos, se dejaban manipular, con sus conciencias derretidas en el crisol del ácido y el Evangelio según Manson.

VI: El bebé de Sharon

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Sharon Tate

Sharon fue elegida para trabajar en El valle de las muñecas (Mark Robson, 1967) en un papel de mucha más enjundia que en sus anteriores películas pero como parte de una historia con muy poco interés. Aun cuando ella misma admitía en el documental promocional All Eyes on Sharon Tate que lo suyo no era declamar a Shakespeare, tampoco podía evitar sentirse minusvalorada, encarnando personajes que eran más que nada un cuerpo bonito. “Tú eres el artista. Tú eres la mejor mitad”, le decía a Roman. En El valle de las muñecas, como era de esperar, sus apariciones estelares incluían escenas de cama o posados en ropa interior.

Se casaron unos días antes de que Sharon cumpliera los veinticinco.

Roman estaba dispuesto a dejar atrás su miedo a los compromisos, que no venían tanto por la falta de libertad sino por el riesgo de necesitar a alguien y verlo desgajarse de su vida. Su padre, un apasionado pesimista, le había advertido varias veces contra la felicidad. “Cuando te sientes satisfecho, viene alguien y gasea a tu esposa”.

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Boda de Sharon Tate y Roman Polanski, 1968. Pulsa sobre la foto para un video.

La noche antes de la boda Víctor Lownes, mano derecha de Hugh Hefner en sus asuntos en Inglaterra, administrador del Club Playboy en Londres y ya gran amigo de Roman, apareció en el umbral de la puerta, con su eterno peinado de raya a un lado y el traje a medida que cambiaba cada día, insistiendo en organizarle una despedida de soltero “a la inglesa” que resultó ser una orgía por todo lo alto a la que también asistieron Terence Stamp y Michael Caine.

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Sharon Tate y Bruce Lee.

Ese mismo año Sharon se enfrascó en el rodaje de La mansión de los siete placeres (The Wrecking Crew, Phil Karlson, 1968), cuarta y última entrega de la saga del espía Matt Helm, una parodia de James Bond interpretado por Dean Martin, y que serviría de inspiración a Mike Myers para su exitosa trilogía con el personaje Austin Powers. Una vez más ella participaba como carnaza erótica, meneando caderas y ataviada con minifaldas que dejaban al descubierto la hermosa longitud de sus piernas, además de lanzar alguna que otra patada. El estudio había encontrado a un instructor para darle lecciones de kung fu y coreografiar las peleas. Sharon le contó a Roman que su profesor era un tipo estupendo con el que se llevaría muy bien. Así fue como Polanski conoció a Bruce Lee, que por entonces era un aspirante a actor sin mucha fortuna y se ganaba la vida dando clases de artes marciales y asesorando sobre secuencias violentas para películas de Hollywood. Polanski, muchos años después, le homenajearía al incluir una secuencia de Operación Dragón (Enter the Dragon, Robert Clouse, 1973) la película que lo iba a hacer famoso en Estados Unidos pero no pudo ver terminada, para su cinta El quimérico inquilino (Le locataire, 1976) durante una escena en la que Isabelle Adjani y Polanski se magrean en la penumbra de un cine.

Los proyectos de Polanski lo obligaban a volar varias veces a Londres. Sharon le llamaba desde L.A. para contarle cómo iba la búsqueda de una nueva casa. Por entonces, inseguros a la hora de comprar, preferían divertirse alquilando en diferentes lugares. Su primera residencia contaba con una escalera que trazaba una curva elegante hacia el piso de abajo y por la que podía haber descendido la propia Gloria Swanson para acudir a la piscina. Decían que el lugar lo había mandado construir Cary Grant. Las casas en las colinas de Hollywood parecían salidas de un decorado de cine de los treinta. No era una coincidencia: por entonces, las estrellas y directores encargaban a los directores de arte de sus películas el diseño de sus propias mansiones. Polanski prefería una casa más pequeña y moderna, pero aquella caricatura de una mansión hollywoodiense pondría más de una sonrisa en la cara de sus numerosos invitados. Así como Manson, los Polanski tampoco deseaban establecerse definitivamente, viviendo de fiesta en fiesta, rodeados de gente hermosa.

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Mia Farrow en el papel de Rosemary Woodhouse durante una escena de Rosemary´s baby, 1968.

Polanski esperaba que Sharon Tate pudiese protagonizar La semilla del diablo (Rosamary’s baby, 1968) pero Robert Evans sugirió a Mia Farrow inmediatamente (de quien Polanski no sabía otra cosa salvo que era la mujer actual de Frank Sinatra), y Polanski, tras el rechazo de Waren Beatty y Robert Redford, propuso a John Cassavetes —un actor con reputación de difícil, el cual dividía su tiempo protagonizando películas convencionales de estudio y dirigiendo sus propios proyectos de bajo presupuesto, con actores que eran amigos o parte de su familia, como en el caso de Gena Rowlands, su mujer—. Durante la preproducción ambos estrecharon lazos que se disolverían en cuanto empezaron a rodar. “No es un director. Ha filmado algunas pelis y poco más. Cualquiera podría coger una cámara y hacer lo que hizo con Shadows.”, diría Román sobre él, sintiéndose harto, poco tiempo después.

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Shadows,1959 de John Cassavetes (derecha).

El rodaje, como cabría de esperar, se fue alargando más de lo planificado en aras del perfeccionismo de Polanski.

“Cuando trabajo en una película creo completamente en que va a ser un éxito y por eso le pido a la gente con la que trabajo todo tipo de cosas que normalmente no me atrevería a pedirles”.

En vez de decir, “corten”, el reparto estaba acostumbrado a oírle decir: “Otra vez más”. A Polanski le gustaba contar con muchísimas tomas, a veces de forma innecesaria, para ampliar sus opciones en el cuarto de montaje. Su retraso en el rodaje motivó la famosa pelea entre Sinatra y Mia porque aquél tenía que empezar a trabajar en El detective (Gordon Douglas, 1968)cuyo libro secuela, que no llegó a filmarse, sería transformado veinte años después en el guion de La jungla de cristal (Die hard, John McTiernan, 1988)— y contaba con Mia Farrow para hacer de su contrapartida femenina. Le ordenó que dejara de una vez “al polaquito idiota que no podría encontrar ni con las dos manos su propio culo” y Mia acudió a Evans para decirle que abandonaba la película, porque todo lo que quería “era a Sinatra“.

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De izquierda a derecha: Frank Sinatra, Mia Farrow, y Polanski y Farrow en una escena de Rosemary´s Baby,1968.

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Mia Farrow, Rosemary´s baby, 1968.

Si bien no quiso apartarse de la novela, fue idea de Polanski confundir deliberadamente al público para que no supiera si los miedos de Rosemary se correspondían a una amenaza real o al producto de una neurosis. Conforme el niño crece en su interior, las pesadillas se suceden y los vecinos la van acorralando con un comportamiento aún más extraño. Como sucedió con Repulsión (1965), una de sus primeras películas, Polanski juega con la ambigüedad y la psique femenina. Intuimos el peligro pero no sabemos a qué. Del miedo a lo real también participa el miedo a lo imaginario. Roman lo sabía muy bien porque le había costado perder de vista a sus fantasmas de uniforme nazi.

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Catherine Deneuve en el papel de Carol durante una escena de Repulsión, 1965.

La película fue un gran éxito, superó con creces la recaudación de El detective —estrenada el mismo día—, salvó a la Paramount de la bancarrota, hizo de Mia Farrow una estrella divorciada y confirmó la promesa de Polanski como el gran director exportado de la vieja Europa. Roman califica ese breve periodo de tiempo como el más feliz de su vida: primero había llegado Sharon y ahora las preocupaciones económicas se habían disipado completamente. Todo el mundo quería trabajar con él, todos querían ser sus amigos, le surgían amantes sin necesidad de solicitarlas. Pero tanta felicidad también atrajo una atención indebida. A Polanski y a Sharon les colgaron el sambenito de satánicos. Los guiones que le llegaban a Roman giraban en torno a los mismos argumentos sobre brujería y ocultismo. Empezó a recibir amenazas de muerte, incluyendo alguna especialmente gráfica que decía que iba a cortar tanto su cabeza como la de toda su familia. Pese a su éxito financiero, las grandes producciones hollywoodienses dejaron de pasar por sus manos proyectos más jugosos debido a la mala prensa. Roman era ese polaco que presumía de poner los cuernos a su mujer y de mantener buenas relaciones con el Diablo.

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Sharon Tate, 1969.

El embarazo de Sharon Tate fue considerado de “casi milagroso” por su ginecólogo de Los Ángeles —casi como le había sucedido a la Rosemary de la película—.

Por aquel entonces Sharon usaba el DIU aun cuando había expresado en más de una ocasión su deseo de tener hijos. Tate ocultó su embarazo a Roman durante los primeros cuatro meses, temerosa de que le hiciera abortar. Sin embargo Polanski, aun cuando sus devastadoras experiencias en el gueto de Cracovia le habían hecho perder las ganas de traer ninguna vida al mundo, se hizo fácilmente a la idea de convertirse en padre. Los recuerdos, como el de un oficial nazi disparando a una mujer por la espalda y su cuerpo tendido en la calle mientras le manaban burbujas de sangre, iban haciéndose más borrosos. Quizás ya fuera hora de dejar de pensar en lo terrible que las cosas pueden acabar siendo y enfocarse en lo hermosas que eran ahora. Finalmente Roman empezaba a creer que la felicidad era posible. Y eso, para un vagabundo fugitivo de las miserias y la carnicería de la guerra, era un acontecimiento aún más sobrenatural.

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Helsinki, 21 de marzo de 2013

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