SHAME: de desazón y pudores

No importan las mujeres que se tira Brandon en ese descenso a los infiernos tan aséptico como un preparado macrobiótico. No nos asombra que consuma pornografía, sino que nos fijamos en lo poco que disfruta con ello. Paga por un placer que no es capaz de alcanzar y cubre casi con resignación los gastos de una decadencia inofensiva. Disfraza el vacío con la máscara del depredador sexual.

por Doxa Grey

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Mientras veo Shame no sé si extrañarme por no sentir miedo, asco o temor. El tráiler y las críticas parecen prometer un filme plagado de sexo explícito abanderado por la controversia de un director ya curtido en estas lides desde la anterior y atrevida Hunger (2008). Shame, el segundo filme de Steve MacQueen, es, sin embargo, un ejercicio actoral de contención y elegancia, aparte de un excelente retrato deshumanizador de la sociedad en que vivimos.

McQueen presenta a sus personajes y los hace deambular por el espacio en un juego errático plagado de claroscuros en el que prevalecen los tonos fríos. Y lo hace prescindiendo casi totalmente de la historia. No nos importa lo que le pase a ese treinteañero neoyorkino, del que casi lo primero que conocemos es un apolíneo desnudo frontal. Nos importa él. Nos importa su hermana y, en menor medida, su jefe. No nos asombra, como a esa compañera de trabajo que cena con él en un restaurante de moda, que su relación más larga haya durado cuatro meses.

De Shame no importan las mujeres que se tira Brandon en ese descenso a los infiernos tan aséptico como un preparado macrobiótico. No nos asombra que consuma pornografía, sino que nos fijamos en lo poco que disfruta con ello. Brandon paga por un placer que no es capaz de alcanzar y cubre casi con resignación los gastos de una decadencia inofensiva. Disfraza el vacío con la máscara del depredador sexual, del triunfador, del macho alfa que deja a su jefe y amigo como el patán inútil en esos afterworks que son cacerías a ritmo de Chic o Blondie y en los que parece reinar con facilidad acodado en la barra.

De Shame sobrecoge la fragilidad de sus personajes. Sobrecoge Sissy (una Carey Mulligan desbordada) cantando con voz rota que quiere amanecer en la ciudad que nunca duerme. Sobrecoge en la versión prodigiosa de una canción antigua a la que aferrarse en este mundo donde han ido diluyéndose los valores y al que solo le queda una dorada melancolía vintage.

Sissy, cantante de apariencia libre, alocada y errática, se cuela en la vida de su hermano dejando así que el espectador viaje por las emociones de un hombre prisionero de una vida tan ordenada y armónica como los preludios y fugas de Bach y que intenta en vano huir de su propio cuerpo, ya sea masturbándose o corriendo sin pausa ni rumbo por esa ciudad insomne y constelada de neones. McQueen nos hace observar casi a escondidas la intimidad que revelan poco a poco tanto Carey Mulligan como, sobre todo, ese Michael Fassbender en estado de gracia que consigue inundar la pantalla de dudas con una sola mirada. Fassbender sabe hacer transparente su coraza cuando resulta sorprendido, cuando algo en su vida se sale de esa partitura barroca a varias voces que le encarcela. Sabe dejar aflorar el miedo a ser descubierto incluso ante su propia hermana, a la que se sabe incapaz de proteger en ese mundo hostil tan lejano de la utopía del New York, New York.

Durante el tiempo de metraje se van apreciando poco a poco las facetas y matices que se intuyen ya en los primeros minutos. La tensión de esos trayectos de metro en que, con una sola mirada, se espesa el aire en triunfo efímero de presa que huye cuando se abren las puertas. Podemos saborear esa sonrisa de cazador satisfecho que se relame y al que después otros lobos van a pegar una paliza. Podemos sentir la desesperación sorda que no traspasa las paredes de un apartamento que más bien se siente jaula o nicho.

En Shame no parece haber final, ni principio, ni una historia. No la necesitamos. No necesitamos que nos digan qué va a ser de Brandon y de su incapacidad para confiar en nadie o qué va a ser de la bomba de relojería que son los estallidos depresivos de su hermana, ni a dónde pueden ir a parar cualquiera de los dos miembros de esa familia que se abrazan en el sofá muy lejos de casa y sobre todo, muy solos.

Y no lo necesitamos porque nos basta que nos lo sugieran. Y eso es lo que consigue la película con creces: generar con sus imágenes una atmósfera que envuelve y que provoca en quien la ve una especie de desazón. De congoja.

Madrid, 13 de marzo de 2012

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