Para mucho y malo, para adulterar el gusto, para dirigir a la audiencia, para adormecer conciencias e inquietudes. Sirven para hacer ciudadan@s menos libres al restringir las oportunidades de elección. Los Oscars sirven, y mucho, a los grandes estudios, para que se acepte sin rechistar su modelo productivo a base de engrandecer egos y establecer competiciones de vanidad entre actores y espectadores.

Cambien “Oscars” por “Goya”, “César”, “Donatello”, “BAFTA”, es lo mismo, el modelo se repite hasta la extenuación. No es una fiesta del cine, ni del arte, ni un reconocimiento a lo mejor del año, es espectáculo y capitalismo de la mano.

Oscar, Gala, Premios, Capitalismo
Escrito por Miguel Martín Maestro
Edición gráfica por Pablo Cristóbal

Mientras ustedes hablan de los premios, se sulfuran porque han perdido los “suyos” y no entienden lo que ganan “los otros”, burócratas engominados hacen caja. Cada tweet, cada mensaje, cada espectador que haya trasnochado, ha cooperado al mantenimiento de perversas conexiones entre el dinero y los cánones que interesan a la industria y a los orientadores de opinión. Este tipo de premios solamente busca la reafirmación de un sistema que produce dinero; el espectador quiere que sus gustos sean reconocidos porque así se siente más reconfortado sabiendo que su opinión es la mayoritaria, un experimento sociológico tan antiguo como la historia de la humanidad, que demuestra cómo el individuo no soporta sentirse diferente y presume de seguir la corriente mayoritaria. Por otro lado el mundo del cine se siente complacido porque un día al año se les haga sentir importantes, fiesta de egos y palmitos, invitados a un espectáculo obsceno a la par que hilarante por vergüenza ajena, sonrisas blanqueadas por odontólogos enriquecidos ante tanto narcisismo y poses femeninas absolutamente artificiales.

En el medio, orquestando y frotándose las manos, las multinacionales de la comunicación, empeñadas, y consiguiéndolo, que la exigencia del espectador sea cada vez menor, que las películas mayoritarias estén ausentes de compromiso, que no hagan un retrato real de la sociedad mezquina en la que el cine debería volcarse, buscar la crítica en vez de no hacer pasar por real lo que no deja de ser una ficción inexistente.

Ryan Gosling, julie andrews, mary poppins

Hablar de fábrica de sueños no es más que situar al espectador como un borrego dispuesto a dirigirse hacia donde le marcan, como en el plano inicial de Tiempos modernos, da lo mismo que sean trabajadores o espectadores, todo el mundo agacha la cabeza y se encamina hacia lo que los medios de comunicación, en manos también de los mismos que diseñan las campañas electorales y los mensajes subliminales de series y películas mayoritarias, señalan como “la mejor obra del año”, frase que se repite puntualmente todos los meses, de tal manera que se aseguran una docena de estrenos que “romperán” la taquilla partiendo del falso silogismo de que se trata de un producto soberbio porque todo el mundo habla de él.

Confundiendo publicidad con calidad arrasamos con los cánones estéticos hasta dejarlos con un coeficiente intelectual que se acerca a la deficiencia mental.

People, Cinema, 3D glasses

El canon en la historia del arte ha servido tanto para situar una corriente dominante como para convertirse en el referente a romper para crear algo novedoso, ahora el canon ha desaparecido en lo audiovisual porque el referente es lo televisivo y las historias a vender han de servir para el mismo tipo de público, el de la sitcom, el del programa de cotilleos, el del informativo convertido en página de sucesos y de climatología. Los guiones pasan a considerarse superfluos y vale más un rostro bonito que un sentido en la imagen, películas como goma de mascar que se transforman en mariposas refulgentes durante un par de semanas y después se olvidan por parte de los mismos que las han ensalzado. Siguiendo esa corriente, los mismos que han defendido el “bla, bla, bla” hueco, mentiroso e irritante de La, la, land ahora cambiarán de bando y defenderán las virtudes inexistentes de Moonlight, de la que no habían hablado nada elogioso porque había pasado de puntillas por España, sin relevancia en la cartelera porque apenas había sido publicitada. Ni una ni otra, ni muchas de las seleccionadas, merecería estar en ninguna de esas listas que a finales de año se repiten y proliferan en publicaciones rigurosas o en meros blogs personales, de hecho dudo mucho que en EEUU no se haya hecho cine mejor a lo largo de 2016, podría apuntar algún título, pero algun@ atacaría este desahogo por la anécdota, en vez de por la categoría.

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Cine sin originalidad, cine sin compromiso, cine caducado, historias repetidas, películas como globos que se deshinchan sin necesidad de agujas, que no resisten un análisis riguroso pasados unos días.

Cine sensiblero, que no sensible, cine cobarde ante la homosexualidad, cine vacío y ultraconservador revestido de estrellitas y música escasamente trabajada, pensada sólo como melodía pegadiza, cine estético donde la imagen se nota tanto que te das cuenta de que por sí sola no dice nada, porque es la forma de la imagen la que te llama la atención y no para qué sirve esa imagen. No hablo sólo de gustos personales, sino de inexistencia de variedad en la propuesta oficial, algo que, absolutamente premeditado, se introduce en los espectadores, que asumen que no existe otra manera de contar ni de imaginar, es más, ni tan sólo pueden presumir de ver el mundo real ante sus ojos, porque su mundo es muy limitado gracias a los modelos generalistas de exhibición. Un cine maniatado y domesticado, al servicio de un objetivo perverso y en crecimiento, excluir el pensamiento en el arte, convencer al espectador de que el cine no es una palanca de cambio, que el arte es superfluo, que sólo sirve para entretener y olvidar los problemas reales.

No sé si alguna vez hubo espectadores exigentes, si sé que, al menos, hubo cine exigente en las salas con facilidad. Ahora este territorio se ha desplazado al del mundo virtual, es en internet donde el cinéfilo puede rescatar el cine del pasado y comprobar la inmundicia intelectual y política de la inmensa mayoría del cine que se proyecta en las salas comerciales.

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Una fiesta como la gala de los Oscars significa el grado de incultura generalizado que se propaga desde las instancias oficiales para conseguir ciudadanos lobotomizados, nada inquietos culturalmente, acostumbrados a lo que les dan sin cuestionarse si existen otros parámetros.

Se nos vende lo cultural como si fuera un show y, como show, prescindible y superfluo, pero la cultura es la base de nuestra existencia como sociedad civilizada, la cultura es la base de una hipotética libertad cada vez más amenazada, por eso hay que hacer de la fiesta una cultura para confundir al espectador, no sea que a un conductor de autobús le dé por escribir poemas sobre la realidad de su barrio, hay que evitar exigencias, reclamaciones, que no se luche por los derechos, porque a lo mejor alguien se da cuenta de que no necesita tutelas gubernamentales para decidir con quién vivir y acude a los tribunales para reconocerse su igualdad, el poder quiere evitar ciudadanos que piensen porque son molestos e incómodos y puede que decidan asaltar los bancos que nos han robado para conseguir una mínima compensación poética ante tanto abuso consentido y amparado.

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L@s espectador@s se sientan delante de una pantalla digital y disfrutan con un espectáculo donde ni las joyas son verdaderas ni propiedad de quien las lleva, donde los vestidos son alquilados, donde muchos de los que presentan apenas consiguen llegar a final de mes por pretender vivir del arte.

Por eso no es de extrañar que, entre tanta mentira, el espectáculo premie a las dos que quería, una para limpiar su conciencia, la otra porque es la que omite cualquier capacidad de pensamiento y lobotomiza al espectador ante su inexistente encefalograma; leer un premio para la película que no corresponde, y a continuación leer el correcto, es el mejor ejercicio de mercadotecnia teledirigido de la historia, es la forma perfecta de engañar al espectador y contarle al mismo tiempo que dos películas merecían la guinda del pastel. ¡Mejoren eso en la era Trump!. Ah, y de paso, sin decir los títulos, les he hablado de tres películas no premiadas que son mejores que las que sí lo han sido, hay más, pero tendrán que molestarse en buscar si les interesa el cine y la cultura, no se lo van a poner fácil, han venido para quedarse y no piensan ponerlo fácil, hay que extender la incultura en todos los ámbitos, el cine no iba a quedar exento.

Escrito por Miguel Martín Maestro autor de Nos hacemos un cine

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