Con los dos volúmenes de Nymphomaniac, Lars Von Trier ha desarrollado una de sus obras más irónicas, inteligentes y polimórficas. Este incomodador de masas crea todo un juego con el espectador, una interpretación más perversa del pacto ficcional. Si el porno fue el cebo comercial con el que seducir a parte del público, el sexo como definición del ser humano es realmente el tema de este díptico provocativo y antierótico. En su discurso, el sexo es algo tan natural como misterioso. Al igual que Freud, defiende que los seres humanos estamos atrapados dentro de nuestra propia sexualidad, y eso es lo que nos determina. 

Joe (Stacy Martin/Charlotte Gainsbourg) es el hilo conductor de toda un fluir de sentimientos caóticos que son narrados en una polifonía de perfecta armonía y coherencia (pese a su discutible final). Si en la primera parte el sexo es una cuestión de lo más natural y cercana, en la segunda se convierte en algo oscuro y cruel. De las historias genialmente cómicas (incluyendo escenas dramáticas convertidas en esperpentos divertidísimos), pasamos a la perturbación psicológica y la desesperanza, a todo un espejo incómodo y decadente.

Lars von Trier tampoco es el mismo. La usual simbología de su cine se muestra más explícita; el montaje es más inmediato, atractivo y absorbente. Su protagonista, en esta ocasión, no es una víctima, sino una amazonas que, en cierto modo, se enfrenta contra todos los roles con los que la sociedad intenta someter a la mujer. A través de todo un diálogo moral entre sus intérpretes principales, nos relata una historia sin moraleja. 

El loco Lars aún tiene mucho que decir en su carrera audiovisual. Nos queda la espera de poder revisar esos 90 minutos robados de los que tanto se hablan y que pueden arrojar más luz (y semen) a este tenebroso callejón nevado con olor a sexo y aflicción.

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