Mickey Rourke Fisonomía de un caradura sin cara (III) // Eran buenos tiempos o tenían que haberlo sido. Su salario astronómico le permite costearse su vida disoluta. Paga las facturas que le genera la gran casa, la esposa bonita y su círculo de amigos noctámbulos. Nueve semanas y media le había convertido en el Follador de Hollywood por antonomasia. “¿Cuántas mujeres tuviste?”, quiere saber el entrevistador pajero y envidioso. Mickey se sonríe, finge modestia, pero sigue sonriendo: “Suficientes”. Y el entrevistador se limpia el sudor de la frente y quizás piense: “Suficientes… La hostia”. Porque “suficientes” es un número imposible.

Escrito por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición por Alicia Victoria Palacios Thomas

VI: El Ángel emprende su descenso

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Mickey Rourke

Mickey Rourke puede presumir de serlo todo. Los críticos le llaman Brando y su audiencia, que transpira sobre las butacas de cine y deja un rastro de fluidos, lo considera aun más guapo. Nueve Semanas y media lo sitúa en la cima del éxito pero Rourke no tiene prisa en continuar trabajando. Entretanto los periodistas lo pescan de la mano de modelos y aspirantes a actriz, Debra Feuer, su esposa, pasa más tiempo sola en su burbuja de yoga y meditación. Mickey hizo su rap con Bowie y siguió posponiendo todo lo demás en un letargo inexplicable para el resto de los mortales.

El hervor de su estómago le dictaba caminos nuevos.

Ya había descubierto (a las malas, que es como se aprende todo) que el cine era más negocio que arte, pero aun no podía sobreponerse a la decepción. A pesar de las chicas, el dinero y la fama, le seguía faltando algo que lo conectara todo. Mickey soñaba con la autenticidad. No valía con fingir las cosas delante de una cámara, junto a sus compañeros de profesión solipsistas. De ese tiempo son más sonadas las películas en las que rechazó participar que aquellas en las que tomó parte. Tom Cruise no podrá agradecerle lo bastante que pasase de hacer Top Gun y Rain Man.

El mismo Dustin Hoffman le había pedido que trabajase con él para esta última y Mickey ni se molestó en devolverle la llamada, demasiado ocupado escribiendo su propia película. Pudo haber protagonizado Los Intocables en el papel de Eliot Ness, que tanto ayudó profesionalmente a Kevin Costner, y haber sido cabeza de cartel en la película de Los Inmortales, franquicia que permitió al actor Christopher Lambert seguir viviendo del cuento. Su desidia, no hay duda, ayudó a fabricar la siguiente constelación hollywoodiense de los noventa.

“Estaba fuera de control y no pensaba que la fiesta pudiera terminarse. Podía estar en cualquier hotel, comprar todo lo que quisiera y llevar a mis colegas a cenar (…) Mi hermano y yo teníamos seis motocicletas cada uno”. En una ocasión compró seis Cadillacs en efectivo y los regaló inmediatamente.

Mickey solo quería participar en obras maestras y siguió rechazando personaje tras personaje hasta que las facturas de sus fiestas y descalabros, los obsequios a las amantes y especialmente el alquiler de su gran casa en Beverly Hills, le estrangularon financieramente. Por esta razón y no otra accedió a rodar El corazón del Ángel. Prometió a Alan Parker comportarse como un buen chico, llegar a tiempo al rodaje y evitar peleas.

Esta es su mejor película, aun por encima de El Luchador, y Christopher Nolan la cita como motivo de inspiración para su estupenda Memento.

Sin embargo el rodaje no fue demasiado fácil y Alan Parker, cansado de que estropease sus escenas dándole la barrila con sus improvisaciones, tildó a éste de “pesadilla”. “Es peligroso en el plató porque nunca sabes qué va a hacer”, siguió diciendo con rencor acumulado.

El argumento de El corazón del Ángel es traicioneramente sencillo como pasa con la mayoría de los clásicos: Un detective busca a una persona desaparecida y en su investigación se va tropezando con un montón de cadáveres. Mickey Rourke es Harry Ángel, detective afincado en Brooklyn, de la calaña de Sam Spade o Philip Marlowe (más Spade que Marlowe). Junto a su gabardina gastada, la barba de tres días y el pelo aceitoso, participa del estereotipo romántico de investigador privado que se ha abandonado a sí mismo y vive de forma casi improvisada durante la década de los 50, aureolado por una especie de resaca que no acaba nunca.

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El corazón del ángel con Mickey Rourke y Robert De Niro

Robert De Niro es el hombre misterioso, luciferino, rico, bien trajeado (en contraposición a Harry) que le contrata para descubrir el paradero de un cantante melódico que responde por el nombre artístico de Johnny Favorite. Su investigación le lleva desde el invierno de Nueva York a la tórrida Nueva Orleans (la coincidencia de los nombres no es ninguna coincidencia) y a salpicarse del mundo de magia negra del vudú. Por el camino se encuentra con Charlotte Rampling y Lisa Bonet, ambas mujeres seductoras y seducidas. La atmósfera, sensual y decadente se yuxtapone a una historia que pasa a alejarse definitivamente del género negro para zambullirse en el horror.

Desgraciadamente, la atención mediática por la película se concentró en la escena de cama entre Mickey y Lisa (varios segundos tuvieron que ser cortados del montaje para el estreno en Estados Unidos) y a muchos se les pasó que estaban viendo una obra maestra de género además de una estimulante secuencia de sexo. Lisa Bonet por ese entonces hacía de Denise, la hija inquieta y universitaria en La hora de Bill Cosby, una serie con risas enlatadas y humor entrañable que ofrecía al final de cada episodio una moraleja familiar.

Mickey Rourke y Lisa Bonet en El corazón del Ángel

Lisa tuvo que pedir permiso a Bill Cosby antes de filmar la escena de marras, habiendo firmado de antemano unas cláusulas morales extensivas al resto de sus actividades profesionales. Si bien se mostró comprensivo, el escándalo de la secuencia sumado a una sesión de desnudos fotográficos para una revista, marcó el principio del fin de su relación con la serie y un spin off que protagonizaba. La ironía es que Bill Cosby afronta a día de hoy innumerables demandas por acosos sexual y violación, de los tiempos donde Cosby era ese cómico entrañable publicitándose como un honrado jerarca de familia con la receta de una vida perfecta.

La hora de Bill Cosby

El corazón del Ángel apenas recaudó poco más de lo que se gastaron en el presupuesto pero ya para entonces Mickey se sentía de vueltas de todo. Recogía su cheque, daba las gracias, seguía el camino sin mirar hacia atrás. El éxito era un chulo caprichoso que dictaba la agenda de los demás. Y Mickey no era la puta de nadie.

VII: El escritor borracho, el terrorista arrepentido, el boxeador moribundo y el santo en pelota

La guita ha dejado de ser lo de antes y Rourke se embarca en una serie de proyectos que lo ayuden a crecer como actor y lo hacen fracasar como estrella, frente a la intolerancia de un público que lo exige interpretar el papel de siempre: macho seductor con corazón blando. Hace de un escritor borracho para Barfly: El borracho, de pistolero para el IRA en Réquiem por los que van a morir y de San Agustín en una película dirigida por Liliana Cavani, que andaba buscando la polémica pero solo acaparó bostezos.

En Barfly, Mickey encarna a Chinaski, el alter ego del famoso poeta y escritor Charles Bukowski, encargado además de escribir el guión. Al principio ni Bukowski ni Rourke congeniaron. Rebeldes en sus disciplinas, guardaban diferencias irreconciliables. Mickey mantenía fuertes reservas hacia el tipo de hombres que ensalza la bebida, porque había perdido a su abuelo y a su padre a causa de ella, y Bukowski no se fiaba de alguien incapaz de emborracharse en su compañía.

Barfly

Bukowski estaba empeñado en que la protagonizase Sean Penn, otro de esos chicos malos de Hollywood, y no aquel guaperas un poco siniestro, con cara de no haber roto suficientes platos. Así las cosas, en el documental Born Into This, Bukowski lo tilda de sobreactuado y lo convierte en un personaje de su novela biográfica Hollywood, donde se despacha con todos de la experiencia decepcionante que supuso su incursión en el mundo del celuloide. Mickey Rourke es Jack Bledsoe en el libro, un actor extravagante y consentido, con dificultad para largar sus líneas, que se pasa todo el tiempo en el interior de su trailer donde ha hecho construir un periscopio para anticiparse a las visitas de productores indeseados.

No bebe otra cosa que largos vasos de 7 Up (y esto es una forma de insulto para Bukowski) junto a su pandilla de motoristas con pose afectada de machos.

Bledsoe/Rourke se niega a dejarse entrevistar por críticos que hayan sido destructivos con sus trabajos anteriores. Bledsoe/Rourke exige que le lleven al estudio en un coche de lujo. Bledsoe/Rourke tal y cual, otra estrella mimada que juega a la autodestrucción bajo el amparo paternalista de los estudios. Hasta ahí lo que escribe, y sin embargo, el trato entre Bukowski y Mickey siguió de manera discontinua durante los años siguientes. Bukowski, antojadizo en gustos y simpatías como cualquier bebedor consumado, escribiría posteriormente una carta ensalzando el trabajo de Mickey Rourke y la dimensión que aportó a su personaje.

Charles Bukowski junto a Faye Dunaway y Mickey Rourke

Barfly es una película irregular, trufada de diálogos muy sabrosos que prolongan el interés por seguir revisándola.

Bukowski, aun como esbirro de Hollywood, sigue brindándonos buena mierda, y en la película en cuestión se permite hacer un cameo en la escena donde Rourke y Faye Dunaway se encuentran. La cinta abunda en los temas propios del escritor. Rourke hace de un borracho pendenciero y poeta que frecuenta tugurios donde la luz natural sólo asoma por el orificio de la puerta cuando salen y entran los alcohólicos habituales.

De Barbet Schroeder, su director, Mickey, cuando le agarra la nostalgia, no tiene palabras más dulces que estas: “Es un gilipollas y un capullo”. Ajena a todo, su companera de reparto Faye Dunaway se pasaba una hora al teléfono con su psicólogo antes de filmar una escena. Bukowski aparecía en el rodaje para verle las piernas y alababa su interpretación con esa esperanza subsconciente de llevársela al catre. Aquello, como siempre, era un manicomio y, pese a todo, el New York post usaría una foto de Mickey Rourke interpretando a Chinaski para el obituario de Bukowski en 1994.

Charles Bukowski

Ya sea en los tinglados del cine como en los tinglados de la vida, uno sabe que no debe morder la mano que te da de comer. O lo saben todos menos el propio Rourke, que mandó a tomar por saco, públicamente, a demasiados productores de los Ángeles afincados en las colinas embrujadas del cine. Se sentía intocable o ya estaba de vuelta de todo y creía que su destino iba por otra parte. Le salió mal y la cagó bien. Pero así pasa con tantos valientes. En realidad, su opinión virulenta y soez no era nueva ni extravagante, y tirando por elevación, probablemente piensen lo mismo todos los trabajadores del gremio.

El quid estaba en que a Mickey le daba por expresarlo en las narices de los implicados.

Unos creen que valen algo y solo son palillos desechables. Los disidentes del sistema son un montón de astillas para prender la hoguera.

Ya se sabe, en América siguen haciendo quema de brujas aunque no haya brujas; a falta de unas, siempre van a sobrar inquisidores. Allí estaba Rourke para el cierre del telediario, entre las rechiflas sobre famosos y la sección de deportes.

Llamó al productor Sam Goldwyn Jr. “mentiroso y escoria” a raíz de la película Réquiem por los que van a morir. El resultado final, en efecto, es un asco: Alan Bates (tan convincente y centrado en joyas como Zorba el Griego y El Grito. hace de mafioso estereotipado de sonrisa bobalicona; Rourke, de virtuoso del órgano y terrorista arrepentido; Liam Neeson, en un papel sin auténtica importancia, pone gesto taciturno y poco más. Bill Hopkins es el cura monsergas y de pasado militar, con una nieta hermosa e inocente, que además de ciega es rematadamente estúpida y sirve como instrumento para reblandecer el corazón de Mickey en uno de esos romances sacados de la manga. Los diálogos son ridículos y sus personajes, caricaturescos y solemnes.

Réquiem por los que van a morir

Mickey se tiñe de caoba tirando a pelirrojo (porque, claro, todos los irlandeses son pelirrojos) y tiñe su acento hasta hacerlo ininteligible al consentido oído norteamericano, de modo que le toca suavizarlo por imperativos de taquilla. La película es tan mala que el personaje de Martin Fallon, el terrorista que buscando su redención permanece con la misma expresión atribulada el resto de la cinta, monta a su novia ciega en una noria durante su primera cita. ¿Se lo imaginan? Una ciega en lo alto de una noria. Ya uno puede suponer el resto.

Pero el disparate más grandioso no fue el film en sí sino lo que Mickey Rourke hizo de él después. Empezando por romper la regla de oro de la camaradería: si no te gusta la peli, mejor te callas porque no solamente torpedeas tu trabajo sino a todo el equipo que ha participado en ella. Si la peli se hunde, también lo hacen sus currículos. Y después vino esa declaración que hizo presumiendo de haber dado un millón y medio de libras esterlinas a una organización afín al IRA. Se le prohibió la entrada al Reino Unido y hay quien lo señala como enemigo público. Mickey se tiene que disculpar. Mickey tiene que desdecirse, suavizar sus palabras, jugar a la ignorancia. Pero esa bocota le seguirá dispensando problemas y asombros.

Mickey no puede refrenar a Mickey.

En estos tiempos termina de rodar una peli que escribe y protagoniza, su sueño de muchos años atrás, cuando solamente era un extra, un nombre al final de todos los créditos. Homeboy es la historia de un boxeador con derrame cerebral que sigue peleando mas allá de su momento de retiro obligatorio. Se inspira en sus propias experiencias y en un luchador que coincidía en el mismo gimnasio. Se rodea de gente en quien confía como Christopher Walken y su mujer Debra Feuer, con la que ya no compartía cama. Homeboy tiene la ambientación de una canción de Springsteen, con personajes tocados por ese halo de desencanto y tristeza resignada, almas trabajadas por los surcos de una vida sin suerte que les aúna en sus soledades. Son de esos que pagan en los supermercados con el suelto de los bolsillos.

Homeboy

El Rourke de Homeboy es un maromo cachas con la cara angulosa, más bien absorbida por su falta de muelas (como le pasaba al mismo Rourke cuando no los camuflaba con una prótesis).

Es un cowboy silencioso que esconde su introversión en largos tragos al vaso y una carrera en el ring. Con sus piernas arqueadas, sus botas altas, jeans raídos, sudoroso de lluvia y sudor de gimnasio y un brillo juvenil en los ojos, como si le bailase un chiste que no comparte con nadie. Se enamora fatalmente, a destiempo , cuando solo le queda una sombra de vida, y le toca elegir entre una existencia larga y anodina o salvar el carrusel de su novia gastando su último aliento en una pelea imposible.

Falto de disciplina, compulsivo en sus odios y pasiones, parco, enemigo de la autoridad, rodeado de escoria por compañía. A nadie se le escapa que personaje y actor están entreverados, que Mickey se reconoce en esa historia y en ese boxeador. Será precisamente rodando en las secuencias de peleas, que a veces improvisa en aras del realismo, donde vuelva a sentir el gusanillo de su oficio frustrado, la autenticidad y no toda esa mierda teatral hollywoodiense de la que participan esos “niñatos dentro de una burbuja”, que es como piensa de sus compañeros de reparto. A partir de entonces, todavía sin anunciárselo a nadie, se plantea regresar al boxeo.

Durante el desenfreno bacanal de su vida, curiosamente, se aviene a hacer de San Francisco de Asís, Francesco un hombre que se desprende de todas sus riquezas para seguir una vida humilde y espiritual. El biopic es aburrido y no tiene más relevancia que el desnudo de Rourke, revolcándose en la nieve, con un físico deslumbrante, ya más cerca del boxeador que de la estrella.

Mickey Rourke en Francesco (Liliana Cavani,1989)

Mickey es una promesa rota (y un hombre roto, pero eso no lo sabe nadie, ni él mismo todavía).

Gasta mucho, insulta mucho, se cree un dios y sus pelis se hunden miserablemente. Los prebostes de Hollywood tienen mala memoria depende de para qué. Pueden pasar por alto a homosexuales discretos, mujeriegos de fanfarria, macarras a saldo, activistas de causas contrarias, mundanos enfermos por contagio sexual, antisemitas ocultos y ciento y un dolores más de lo profundo de sus cloacas. Sin embargo Mickey Rourke es peor que eso: Mickey Rourke es un mal negocio. Y en Hollywood puedes tocarle las narices a un judío pero no su cartera.

Poco después Debra le pide la separación. Su primer gran amor, su compañera de reparto. Rourke, sabiéndose responsable del divorcio, le ofrece mas de lo que ella reclama y arroja en el lote su casa de Beverly Hills. Hubo un tiempo en que siempre iban de la mano, hubo un tiempo en que él sabía que iban a casarse con solo cruzar las miradas. “Tuvimos buenos años, ¿no, cariño?” le pregunta en tono de ruego, “¿Qué nos pasó?” Se hablan con una cercanía artificial. Recuerdan su pasado como si hubiese sucedido decenas de años atrás. ¿Fue por las otras mujeres? “No, no fue por ellas”.

Debra Feuer y Mickey Rourke

Debra sabía que esos ligues empapados de alcohol y con escapes de orina no importaban o tal vez sí pero no hirieron tanto su orgullo. Las mujeres fueron el síntoma. Quizás la fama, esa zorra indigerible, fuese la responsable de terminar con su amor para siempre. Pero no era solamente eso. Debra no quería decírselo: ¨Fuiste tú, tu alma podrida de inseguridades y ambiciones¨. Lo mismo que le decía su hermano Joe, con la herida constante de la quimio: “Es el otro Mickey el que te fastidia la vida”.

Quedaría una amistad nostálgica con poco de realidad común, sustentada por llamadas de teléfono solitarias de una ciudad a otra. Debra le pedirá dar el visto bueno a su nuevo marido y Mickey les dispensará su bendición. El tiempo no lo cura todo pero ayuda a anestesiarlo. Aun el amor, aun la culpa. Y por eso Rourke no llega a aprender su lección. Al contrario, ahora es totalmente libre para estrellarse felizmente, sin ataduras ni responsabilidades que vayan más allá de pagar las facturas del hospital de su hermano Joey, que sufre la remisión de un cáncer que va a terminar matándolo. Puede gastar más, puede salir con más mujeres, puede prenderle fuego a sus propias fiestas.

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