«Metrópolis» La película más necia | H. G. WELLS

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Metrópolis

LA PELÍCULA MÁS NECIA.  —¿ CONVERTIRÁ LA MAQUINARIA A LOS  HOMBRES EN AUTÓMATAS ?   He visto recientemente la película más necia que puede imaginarse. Creo que no es posible hacer otra cosa más tonta. Y como la tal película pretende mostrar «cómo marcha el mundo», juzgo que en estos artículos míos puede muy bien hacer referencia a esa obra cinematográfica. Se titula «Metrópolis», procede de los grandes talleres «Ufa», de Alemania, y se da a entender al público que el coste de su obtención ha sido enorme. Presenta en turbulento resumen casi todas las tonterías, lugares comunes y trivialidades posibles acerca del progreso mecánico, y muestra el progreso humano en general, servido con una salsa de sentimentalismo completamente peculiar.

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H.G. Wells

Es una película alemana, y, ciertamente, ha habido películas germánicas magníficas antes de que comenzaran a dar malos productos amparados por el sistema proteccionista. Esta película a que me refiero ha sido modificada, adaptándola al gusto anglosajón, y es muy posible que haya perdido mucho en esta adaptación; pero aun haciendo en este sentido todas las concesiones posibles, queda en ella lo bastante para convencer al observador inteligente de que la mayor parte de su estupidez es cosa fundamental de la obra. Acaso me desagrada tan confuso torbellino precisamente porque encuentro flotando en él, acá y allá, mustios fragmentos de mi juvenil trabajo «El dormido despierta» («The Sleeper awakes»), escrito hace ya treinta años. Los Robots de Capek surgen de nuevo, sin permiso ni excusa, y aquel desalmado monstruo mecánico de María Shelley, que ha servido de patrón para tantas invenciones alemanas, alienta una vez más en medio de la confusión. Originalidad, ninguna. Independencia de pensamiento, nada. Cuando no hay quien imagine algo para ellos, los autores de la película caen sencillamente en las cosas contemporáneas que vemos y tocamos. Los aeroplanos que vagan sobre la gran ciudad no muestran ningún adelanto o perfección sobre los tipos actuales, aunque a todo ese material se le podía haber dado un aire extraordinario de progreso con unos pocos helicópteros, y movimientos verticales inesperados. Los automóviles que aparecen son modelos de 1926 o anteriores. No creo que haya una sola idea nueva, un solo momento de creación artística, ni aun de un vaticinio inteligente, desde el principio hasta el fin de todo el pretencioso pisto. Acaso se me haya escapado algún rasgo de novedad; pero lo dudo, y aunque esta falta de inventiva ha de aburrir a todo espectador inteligente, tiene, en cambio, la ventaja de que sirve para medir o calibrar el círculo de ideas, la mentalidad de sus autores.

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El dormido despierta, por H. G. Wells. Ilustración por H. Lanos.

La palabra «Metrópolis» (título de la película) «es por sí misma»—dice el anuncio de ésta—«símbolo de grandeza».

Lo cual sólo nos muestra cuán prudente es consultar el diccionario antes de hacer afirmaciones acerca del significado de las palabras. Probablemente, al adaptador de la película al gusto inglés es a quien se debe la elección del nuevo título en el arreglo. La palabra alemana «Neubabelsburgo» es mucho más propia y podía haberse traducido «Nueva Babel». Se nos explica en la obra que se trata de una ciudad cual será  dentro de un siglo, y se representa muy alta, inmensamente alta,  y todo el aire puro y la felicidad están arriba, mientras los obreros, al  igual de los serviles trabajadores con uniforme azul en «The Sleeper awakes», viven abajo, muy abajo.

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Fotogramas de Metrópolis de Fritz Lang y La torre de Babel por Pieter Bruegel.

Pero ahora estamos ya muy lejos del buen año de 1897, cuando yo escribí mi libro, y entonces pudo haber sido excusable simbolizar las futuras relaciones sociales de tal modo. Los autores de la película no se han dado cuenta de que han transcurrido treinta años desde entonces, y que en ese transcurso han intervenido muchas ideas nuevas, y la experiencia ha mostrado también orientaciones nuevas. Ahora sabemos ya que el desarrollo de la ciudad futura en sentido vertical es  muy poco probable. Aun en urbes como Nueva York y Chicago, donde la demanda por espacio en las áreas centrales es excepcionalmente grande, solamente en la región en que se encuentran las oficinas y teatros es donde se excava el suelo y se escala el cielo, y la misma presión centrípeta que lleva a la explotación extremada del valor del sitio en la proporción central rechaza el industrialismo y el trabajo hacia áreas más baratas, y la vida residencial hacia espacios más abiertos y aireados. Todo esto se ha discutido y escrito ya antes del 1900. De modo que, cerca ya del 1930, el genio y la inventiva de los talleres «Ufa» presentan como perspectivas futuras lo criticado en el libro «Anticipations», escrito hace un cuarto de siglo. Los censos británicos de 1901 prueban claramente que la población de las grandes urbes tiende a extenderse en sentido centrífugo,  y que toda facilidad y mejora en el tráfico horizontal aumenta la distribución de los habitantes, ensanchando las ciudades. La estratificación de la vida social en capas superpuestas verticalmente es ya cosa rancia; de modo que, lejos de representarnos una ciudad de aquí a cien años, «Metrópolis», en su disposición y forma, es, como posibilidad, una ciudad retrasada ya un tercio de siglo.

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Fotogramas de una maqueta de Metrópolis.

Pero su disposición y forma no es lo menos anticuado. Se supone que la gran ciudad surge y es dominada por la acción de una sola y prepotente personalidad. En la versión inglesa se le llama John Masterman (Juan, el Hombre-Amo); de modo que no puede haber duda acerca de su calidad y condición. Trabaja con un inventor, un tal Rotwang, y se dedican a hacer máquinas. Figuran además otros individuos ricos, y los hijos de éstos aparecen durante una orgía retozando con muchachas medio desnudas en un invernadero muy parecido a un «jardín de invierno» de un hotel alegre de 1890. El resto de la población se halla en un estado de abyecta esclavitud, trabajando en tandas de diez horas, misteriosamente distribuidas, sin dinero que gastar, ni bienes que poseer, ni libertad que disfrutar. Las máquinas producen riqueza; pero no se dice cómo. Aparecen largas filas de automóviles, todos exactamente iguales; pero los obreros no pueden poseerlos y los «hijos de los ricos» no quieren. Cosa rara, porque actualmente hasta las clases medias desean tener automóvil propio. Probablemente, Masterman, en «Metrópolis», construye «autos» sin cuento para divertirse con ellos.
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Se pretende, pues, que el espectador admita que las, máquinas de Masterman se ocupan sin descanso en producir en grande escala cosas que nunca se usan, y que, sin embargo, Masterman se hace cada vez  más rico siguiendo con este sistema. Tal es la esencial falta de sentido que hay en todo ello. Si la masa de la población no consume o gasta fuerza no hay posibilidad de riqueza en una civilización mecánica. Una enorme población esclava, sin dinero, puede  ser necesaria para obtener riqueza donde no haya producción a  máquina en grande escala; pero no si la gran producción mecánica existe. En China se encuentra aún tal clase de verdadero proletariado; existió igualmente en las grandes ciudades del mundo antiguo; pero no se encuentra en los Estados Unidos, país que tanto ha avanzado en la industria mecánica, y no hay la menor razón para suponer que exista en lo futuro. El lema de Masterman es «eficacia», y en la película se da a entender que ésta es una palabra atroz. Los productores de este idiótico espectáculo se hallan en la más completa ignorancia respecto a todo el trabajo que se ha realizado merced a la eficacia industrial, y así representan al obrero trabajando con su máquina hasta agotarse, de modo que cae rendido, la máquina estalla y el operario perece abrasado. Se ve en la película a obreros que atienden a las máquinas en pleno y continuo tormento, moviendo palancas en respuesta a señales determinadas; trabajo que podría hacerse más eficazmente por un autómata. Se hace mucho hincapié en que los obreros son seres sin espíritu, cosas sin valor, que trabajan a la fuerza y mecánicamente.

Pero los autores de «Metrópolis» no saben que a una civilización mecánica no le sirven esos obreros que ellos pintan. Cuanto más perfecta y eficaz es su maquinaria, menos necesita trabajar el que la dirige.

La fábrica defectuosa, ineficaz, es la que necesita esclavos; las minas mal organizadas son las que matan hombres. La fase del trabajo humano en que apenas tenía valor la vida del obrero ya pasó. Con cierta especie de maligna estulticia, la película «Metrópolis» contradice estos hechos.

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La tendencia corriente de la vida económica es la de suprimir por completo los obreros no calificados y, al mismo tiempo, reemplazar el trabajo manual hábil y diestro por maquinaria perfectísima en manos competentes, aumentando así la  proporción relativa de operarios de mediana destreza y de campo algo más amplio que el operario manual muy  especializado.  Esto puede, ciertamente, ser causa de que masas de obreros queden temporalmente sin trabajo, y en «The Sleeper awakes» se presentaba, en efecto, muchedumbre de trabajadores bajo la amenaza del paro. Esto fue escrito en 1897, cuando la posibilidad de restringir el aumento de grandes masas de población apenas alboreaba en el mundo. Era, pues, razonable entonces vaticinar un mundo sobrecargado de gente improductiva. No se sabía entonces cómo evitar el conflicto. Pero hoy ya no hay excusa para que quede sin solución.  Y lo que la película profetiza no es el paro, sino el empleo de obreros no calificados, precisamente lo contrario de lo que está sucediendo.

Los fabricantes de «Metrópolis» no se han enterado de que sus máquinas suprimen esa clase de obreros.

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Set de Metrópolis.

«Eficacia» significa producción en grande escala, servil y el alma esclava. Pero esto, evidentemente, es considerado como muy terrible e impresionante por los autores de la película, que están completamente al lado del «alma»,  del amor y sus análogos. Me sorprende que no anhelen almas para los relojes despertadores, timbres de alarma, etc. Masterman, persistiendo en no dejar solo el mal, persuade a Rotwang para que cree a Robot a imagen y semejanza de María, de modo que pueda promover una insurrección entre los obreros y, éstos destruyan las máquinas merced a las cuales viven, y así aprendan que es necesario trabajar. Muy intrincado es todo esto; pero debe tenerse en cuenta que Masterman es un hombre diabólico, lleno de orgullo, de eficacia, de modernismo y de todas esas cosas tan horribles.

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Y ahora viene la imbecilidad terminal de la película: hacer que Robot  aparezca a imagen y semejanza de María. Se entiende que el inventor Rotwang ocupa una vieja casita, enclavada en la modernísima ciudad, ricamente decorada con pentágramas y otras reminiscencias de antiguas fábulas germánicas, de las cuales ha sido tomado el tipo del inventor, propietario de aquella morada.

Se percibe a ratos cierto tufillo de Mefistófeles, de suerte que aun en los talleres «Ufa» puede Alemania continuar siendo la antigua y querida Germania amante de la magia.

Acaso ese país no se vea nunca libre del Brocken. Sin duda, por algún procedimiento abominable, ha conseguido Rotwang acomodar en su casita un vasto laboratorio bien equipado a la moderna. El laboratorio es mucho mayor que la casa donde está montado; es decir, que el contenido es mucho mayor que el continente, por donde se ve  que, indudablemente, Rotwang ha ido mucho más lejos que Einstein en las maravillas de la relatividad. El diabólico inventor tiene que atrapar a María, encajonarla dentro de una máquina trasluciente, da a las vasijas donde se mezclan y agitan los componentes de un «cok-tail», y allí someterla a un complicado tratamiento pirotécnico, a fin de que se pueda transferir a Robot su imagen  y semejanza. Evidentemente, no se le ha ocurrido al ingenioso autor de la película que hubiera sido mucho más  sencillo que Rotwang crease simplemente a Robot igual a María en su aspecto. Robot aparece envuelto en halas vagos y ondulantes; el local del laboratorio se ve surcado por rayos repetidos; las materias contenidas en Multitud de frascos y bombonas son agitadas violentamente, y se producen serias explosiones y descargas. Rotwang dirige las operaciones con manifiesta inseguridad, y, finalmente, con evidente alivio y ansiada satisfacción, logra obtener la semejanza buscada, y todo se va calmando. La falsa María, entonces, hace un guiño a los espectadores y marcha dispuesta a lanzar los obreros a la rebelión. En efecto, la acción sigue su curso. Hay algunas magníficas escenas en el agua en el mejor estilo cinematográfico, violencias de las turbas, máquinas rotas y otros destrozos, y últimamente, de un modo confuso, el espectador se entera de que Masterman ha recibido una lección y de que obreros y patronos se reconcilian por amor.

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Set de Metrópolis.

No hay un solo detalle verosímil en todo el desarrollo de esta insulsa representación; no hay escena alguna que sea divertida o convincente en toda esta monótona serie de forzados acontecimientos.

Todo ello es inmensamente pesado y fatigoso. No hay nada que alegre o entretenga. No hay un solo personaje que sea simpático o gracioso. En realidad, no hay ambiente para actuar bien o como un ser racional en medio del la interminable sucesión de absurdos y de vaciedades. Se advierte en toda la película la pretensión, que resulta vana, de decir algo serio y extraordinario. En realidad, no tiene relación con ninguna de las cuestiones sociales o morales que actualmente preocupan al mundo, ni con las que se concibe que pudieran surgir. Estoy asombrado de la tolerancia con que ha sido juzgada esta película por muchos críticos de ambos lados del Atlántico. Su coste, según dice «The Times», de Londres, se ha elevado a seis millones de marcos. No puedo imaginarme cómo se ha hecho todo ese gasto. La mayor parte de los efectos podrían haberse obtenido con modelos sin grandes dispendios.

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Lo sensible es que en esta película, incoherente, falta de imaginación e imbuída de un sentimentalismo absurdo, se malgasten sin fruto preciosos elementos.

Mi creencia en la fecunda iniciativa alemana ha sufrido un tremendo desencanto. Me he quedado estupefacto ante la pereza intelectual que revela. Pensé que los alemanes, por lo menos, ya que no crear, podrían trabajar bien; que podrían resolver el problema de ser modernos industrialmente. Es en extremo interesante esa película acerca de la marcha de la invención mecánica y de las reacciones positivas de la invención sobre las condiciones del trabajo. En vez de  plagiar lo dicho en un libro de hace treinta años, de resucitar el vulgar sentimentalismo de principios del  período victoriano, hubiera sido casi tan fácil, no más  costoso y mucho más interesante haberse tomado la molestia de reunir las opiniones de unos cuantos brillantes investigadores jóvenes y de arquitectos e ingenieros ambiciosos, llenos de espíritu moderno acerca de la tendencia y curso de las invenciones del día, y desarrollar después artísticamente las ideas que sugirieran. Cualquier escuela técnica hubiese suministrado con mucho gusto bosquejos y proyectos para la aviación y transporte terrestre en el año 2027. Se ha escrito ya una enormidad acerca de la organización del  trabajo con el máximo de eficacia, y de ello se podrían haber obtenido útiles extractos a muy poco coste. La cuestión del desarrollo del régimen industrial, la relación entre éste y el régimen político y el sentido en que estas cosas se orientan en los Estados modernos son asuntos de interés palpitante. Al parecer, en «Ufa» no conocían estas cuestiones ni querían saber nada acerca de ellas. Cualquiera diría que el personal allí es muy torpe para averiguar cómo estos problemas pueden ponerse en contacto con la vida actual y hacerlos interesantes para todo el mundo. Es decir, que aferrados a las peores tradiciones del campo cinematográfico; llenos de su propia satisfacción y suficiencia; convencidos del poder inmenso del anuncio al poner las cosas ante el público, sin que se les ocurriese lo que el análisis crítico pudiese manifestar acerca de su obra; inconscientes de pensamiento y de conocimientos más allá de su limitado horizonte, las gentes de «Ufa» se pusieron a trabajar en sus inmensos talleres para producir tira tras tira de este ignorante y anticuado disparate, destruyendo el mercado para toda buena película que sobre asuntos análogos pudiera presentarse aprovechando los maravillosos efectos del cinematógrafo.

 ¡Seis millones de marcos! ¡Qué derroche!

Cuando fui a ver esta película, el teatro estaba completamente lleno. Supongo que todos los espectadores acudieron llevados por la curiosidad de ver cómo sería la ciudad de dentro de cien años; la promesa de mostrar cosa tan interesante tiene que atraer a mucha gente. Creo que el público no quedó muy conforme con el espectáculo. No oí comentarios. No puedo decir, por el talante de los espectadores, si creían o no que «Metrópolis» era realmente un pronóstico posible de realizarse. No puedo afirmar si juzgaron, en general, que la película era decididamente necia, o si lo sería la humanidad futura. Pero estoy seguro de que tuvieron que pensar una de las dos cosas.

17 de abril de 1927

CÓMO MARCHA EL MUNDO, Cap. XVI

H.G. Wells

Cortesía de Daniel L. Serrano Canichu el espía del bar

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