James Bond, 50 sombras de Grey, Expediente X: LÍNEAS COLOMBINAS

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Leonard Nimoy

Escrito por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

El regreso de Expediente X

Existen personas y personajes aunque haya extremos que no hagan divisiones. Por ahí supimos, a raíz de que estirase la pata Leonard Nimoy, que había escrito dos biografías, una de 1975 y otra de 1995, una distanciando su vida privada de su alter ego Spock (“Yo no soy Spock”) y otra abrazando su legado (“Yo soy Spock”) hasta el punto de disolverse en el lenguaje de su propio personaje. Nunca averiguamos quién era en realidad la marioneta en manos de quién, si Nimoy de Spock o viceversa. Durante esos veinte años de diferencia entre una biografía y otra, está el aprendizaje resignado de que ciertos papeles nos persiguen más allá de nuestras tumbas y también son responsables de hacernos inmortales. Nimoy regresó como Spock para la nueva franquicia de J.J. Abrams, dando su bendición al relevo generacional, vanidad generosa de artista que conoce que Nimoy no será olvidado mientras haya un impostor haciendo de su Spock en la pantalla.

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Zachary Quinto

Dicen que la vida es corta pero en realidad es algo monótono y largo, una línea recta que se estira, nacemos aquí y morimos tres pasos más allá, y la distancia entre un punto y otro es nuestra existencia, trufada de promesas incumplidas y horas muertas de televisión. Por eso los actores, esos portales entre lo ficticio y lo real, están hechos de otra pasta, están ahí para reconciliarnos con la pantomima de nuestros empleos, desempleos, falsos amigos de infancias olvidadas y matrimonios en dique seco.

Los actores, al contrario que nosotros, llevan vidas circulares porque son sus personajes quienes llevan realmente el timón. Ellos se pasan la vida defendiendo su derecho a ser aburridos o a hacer papeles dramáticos pero no les sale. Los personajes les conjuran antes o después, aun cuando ellos afirmen haberlos desterrado de sus vidas. A los actores les ocurre como a uno con los padres, que se van pareciendo cada vez más a sus personajes aunque no quieran, y así pasa que un actor está obligado a hacer las paces con su pasado si quiere rentabilizar su futuro. Les pongo un ejemplo, ¿quién hubiese podido interpretar Indiana Jones aparte de Harrison Ford? Se lo ofrecieron a Tom Selleck (el detective de frondoso bigote en Magnum) y a John Travolta, y pasaron; lo intentó Michael Douglas en una versión donde la codicia por una piedra conocida por el corazón verde sustituía al interés arqueológico, pero se dio por vencido tras la segunda entrega. Finalmente Harrison Ford tuvo que repetir hasta una cuarta vez aunque fuese carne de geriátrico y los alienígenas le echasen una mano, en una entrega donde los críticos echaban la pota sobre sus asientos tomándolos por la astrosa chupa de cuero del aventurero talludo.

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Harrison Ford

Heroes, 50 sombras de Grey

Lo mismo le sigue pasando a Masi Oka (¿Masi quién? nos preguntaríamos comprensiblemente) y es que este actor no llegará más lejos de ser el viajero en el tiempo, geek y metepatas, Hiro Nakamura para la serie Heroes, que anuncia regresar por trece episodios más en un intento de aprovechar el tirón de los súperheroes en pantalla grande. Lo mismo le sucedió a James Gandolfini, que no ha dejado de ser Tony Soprano, o a Christopher Lambert, que desde Los inmortales (Highlander, 1986) pasó a llamarse Connor MacLeod y no paró de descabezar enemigos.

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De izquierda a derecha: Masi Oka, James Gandolfini y Christopher Lambert.

El personaje que te concede la vida nunca la abandona del todo, aun cuando tuvieses un hiato de 13 años como es el caso de David Duchovny y Gillian Anderson con Expediente X. David Duchovny intentó ponerse trascendente con el cine pero cada vez que aparecía, la gente exclamaba gozosa, “Mira, el agente Mulder”. Duchovny, dando carpetazo a su personaje de escritor crápula en Californication, ha aceptado reanudar la serie de su gloria y encasillamiento junto a su antigua compañera de reparto, Gillian Anderson, a la que le plantó el asesino del que andaba detrás en la serie The Fall para convertirse en una celebridad en el papel del seductor multimillonario Christian Grey, obseso de la parafernalia de cuero y de la hija de Don Johnson y Melanie Griffith.—Hubo un tiempo, ahora recuerdo, en que Don Johnson era un chuleta que le hubiese partido la cara a Christian Grey, es decir, a Jamie Dornan, sólo por respirar cerquita de su hija, pero ahora se conforma con negarse a ver la película y rezar por que no siga la franquicia compuesta de dos películas más, o tres si quieren estirarlo a la moda de Peter Jackson. Es curioso que aun cuando 50 sombras de Grey (2015) ha producido tanto dinero, parte del equipo implicado esté dispuesto a renunciar a una secuela. La primera en abandonar el barco de verdad ha sido su propia directora Sam Taylor-Johnson, en parte, harta de tratar con los delirios de grandeza de la autora del libro, en parte, para enderezar sus caminos en pos de la grandeza artística, regresando a sus retratos de actores en trance de llorera como Tim Roth, Gabriel Byrne, Ryan Gosling, Philip Seymour Hoffman, Laurence Fishburne, Woody Harrelson, Michael Gambon, Jude Law, Ben Stiller, Ryan Winston, Dustin Hoffman, Robert Downey Jr., Paul Newman, Ed Harris….

Su protagonista masculino Jamie Dornan también ha hecho el amago de rechazar el personaje en la siguiente aunque luego hayamos sabido que fue una maniobra para ganar más pasta. Y así siguen los rumores en este tira y afloja que tiene más de dinero que de cine, de culebrón empresarial que de arte—. Como sea, Scully y Mulder, los dos agentes televisivos vuelven al redil que les supuso hacer nueve temporadas y dos películas de lo mismo, en seis nuevos episodios dirigidos a la nostalgida de miles de frikis inspirados a buscar la verdad ahí fuera aunque todo quedase en matar la noche visionando Cuarto Milenio.

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Gillian Anderson y David Duchovny.

El adiós de Jennifer Lawrence a Mística

Por contra, Jennifer Lawrence, la nueva novia de América como lo fueron Julia Roberts y Audrey Hepburn tras hacer de putas en Pretty Woman (1990) y Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961), sigue tratando de mantener su imagen de joven suavemente chabacana, ingenua, pizpireta, parlanchina y torpe que despertaba nuestras simpatías tropezando en los escalones de la ceremonia de los Oscar o sobresaltándose cuando el viejo sátiro de Jack Nicholson asomaba desde su espalda. El tegumento elástico de Jennifer se ha endurecido, sin embargo, como si llevase por encima una capa extra de piel que paparazzis y fans son incapaces de traspasar. El romance intermitente entre ella y la bestia de los X-Men, Nicholas Hoult, dejó sus secuelas en forma de fotografías filtradas con Jennifer en cueros y sonriendo a la pantalla de su smartphone. Entre unos escándalos y otros le ha dicho adiós a Mística tras su última aparición en X-Men: Apocalypse (2016). El suyo fue un romance muy corto porque su personaje no significó para ella más que dinero y, desde luego, no quiere caer en la trampa de quedar asociada para siempre a la súpervillana de un cómic que tampoco le resultaba simpática, pues Mística no ha pasado de ser un demonio azul voluptuoso que confunde su mirada agresiva con una mirada lasciva. Jennifer ya es la actriz sólida y amargamente consolidada (porque todo lo que se establece y echa raíces tiene tendencia a anquilosarse y morir), es una emperatriz que ya no juega a la ciencia ficción y aguarda junto a otras jóvenes de edades aproximadas a que la generación que las antecede y hace sombra durante las nominaciones —Streep, Blanchet, Mirren…— se jubile o se escoñe en algún rodaje y les permita abrir el baile a ellas.

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Jennifer Lawrence

La reaparición de dos Sherlocks

Benedict Cumberbatch con esa cara de tío raro vacilando entre el homosexual mortificado de Descifrando Enigma (Imitation Game, 2015) y el célebre adicto a la resolución de crímenes, apenas festejados los oropeles nupciales, anuncia compartir agenda de trabajo con Martin Freeman, que ya ha terminado sus andanzas por la Tierra Media, para recrear sus papeles emblemáticos de Holmes y Watson. Será para un especial navideño que no guarda relación con las dos anteriores trilogías y por eso los guionistas se han dado el gustazo de hacerlos regresar al siglo XIX del Sherlock original, en los días en que ambos vivían amancebados en Baker Street, sin mujeres horadando su relación de solteros ociosos. Que sea un episodio alternativo, deja la puerta abierta a todo tipo de expectativas donde se baraja un estimulante desafío con Jack El Destripador —a quien ya le vimos enfrentando a Holmes, personalizado por Christopher Plummer, en Asesinato por decreto (1979)— hasta que uno de sus protagonistas (o ambos) lleguen a palmarla para gozo de sus espectadores, porque nada es tan disfrutable como ver morir a nuestros personajes predilectos a sabiendas de que no habrá consecuencias más allá de ese episodio y los volveremos a encontrar rebosando salud en el próximo, como también pasa en los sueños.

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Sherlock Holmes regresa por partida doble, con la piel arrugada de Magneto y Gandalf, es decir, de Ian McKellen, el único viejo que resulta tan creíble en papeles increíbles. Este es un Sherlock retirado del mundanal ruido, dedicado a la contemplación de las abejas y cuyo último y más grande misterio es el de su propio pasado, o eso promete el tráiler, anticipando dulzonas indagaciones en cuadros de familias rotas con anhelo tardío de reconciliación; un Sherlock inverosímil más aún cuando Watson, su fiel compañero y cronista (o Conan Doyle, el escritor de tanta peripecia detectivesca) ya se refería a su ocaso en uno de los últimos relatos cortos. Lo ilustraba como alguien abstraído bajo la capa de la droga, desganado y aburrido de todo. Así que Sherlock, el auténtico, es decir, su antaña ficción, envejeció mal, así como todos los grandes personajes envejecen mal o no envejecen en absoluto y mueren en la flor de la vida para dejarnos constancia de su eterna juventud y eterna desdicha. El director es Bill Condon quien ya nos había emocionado con Dioses y monstruos (1998) otro retrato de las indignidades de la senectud, y a quien también hacemos responsable de las horripilantes películas de Crepúsculo. El detalle simpático lo pone el cameo de Nicholas Rowe quien hizo del Holmes de nuestras infancias en El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985).

La incansable franquicia de los James Bond

Hay actores que ya no resultan verosímiles haciendo de otra cosa que no sea del personaje que los hizo millonarios. Hubo un tiempo en que Daniel Craig podía permitirse el lujo de hacer villano secundario, como en Camino a la perdición (2002), pero Craig ya no persigue una carrera artística tanto como perseverar en ese negociado levantado entre James Bond y sus partidarios incondicionales. El mismo cebo parece haber atraído a Sam Mendes, que porfiaba haber dado todo lo que podía dar al personaje en Skyfall (2012) pero a quien encontramos repitiendo, como también le pasó al director John Glen, incapaz de escapar de esa telaraña, en una nueva entrega donde se promete más de lo mismo y, como siempre, un poco más a lo grande. Dicen que el Bond de Mendes es el mejor Bond y también que no es realmente Bond sino una adaptación necesaria del paradigma impuesto por la saga Bourne. En cualquier caso, ya tenemos estreno en noviembre de este año para celebrar con fanfarria la nueva aventura respaldada de tíos serios como Ralph Fiennes y Christoph Waltz y de bellezas como Naomie Harris y Monica Bellucci, que tiene el privilegio de ser la muchacha Bond con más edad de toda la franquicia.

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Volviendo a lo de los círculos, quizás haya exagerado un poco eso de la existencia rectilínea. Quizás nuestras vidas sean, más que rectas, líneas colombinas, que terminan por morder el extremo del que comienzan, así como uno vierte su melancolía en los primeros amores, así como la cuna conspira con nuestro ataúd y por eso llaman a la vejez la antesala de la nueva infancia. Quizás nos enamoramos de ciertos personajes porque cada uno de ellos representa la clase de círculo que encierra una obsesión con la que uno se identifica de forma privada, como un trozo de papel higiénico adherido a nuestro sexo.

Shenzhen, 28 de marzo de 2015

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