Cuentos de adúlteros desorientados

y cada uno de estos lugares es como una burbuja en cuyo interior flotan dos personas que durante unas horas lograrán escapar a la determinación del espacio y del tiempo

Y es que ahora mismo, mientras usted acomete la lectura del segundo párrafo de este prólogo, se están cometiendo en el mundo millones de adulterios en los lugares más convencionales que quepa imaginar, pero también en los más raros. Hay adúlteros de tarde y de mañana y de noche y de madrugada, de fin de semana y de día laborable. Los sitios en los que se consuma la infidelidad son de lo más variado también, desde los apartamentos con olor a cebolla a hoteles de tercera, pasando por sótanos, automóviles, cuartuchos de fotocopiadoras o palacios. Y cada uno de estos lugares es como una burbuja en cuyo interior flotan dos personas que durante unas horas lograrán escapar a la determinación del espacio y del tiempo. Los adúlteros fornican, hablan, se pelean o lloran en el interior de un compartimento estanco al que lo único que llega de la realidad es el oxígeno. (…)

No hay estadísticas fiables sobre el número de adulterios que se cometen en el mundo cada hora, cada minuto, cada segundo, pero son tantos que casi estamos a punto de afirmar que la base del matrimonio es el adulterio. Más aún: la base sobre la que se sostiene la realidad es el adulterio. Los adúlteros y las adúlteras que en este instante, mientras usted lee el último párrafo de este prólogo, llevan a cabo su trabajo febrilmente, sea en el interior de un coche, en la habitación de una fonda o junto a la fotocopiadora de una oficina, crean una red sobre la que se apoya el resto de las contradicciones que conforman la realidad.

Juan José Millás, Cuentos de adúlteros desorientados, 2003



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