On the road – Jack Kerouac, 1951

¿por qué tienes colgada ahí esa cosa tan fea?


Tenía clavada en la pared una fotografía de una vieja casa muy fea de Cape Cod. Sus amigos le decían:
– ¿Por qué tienes colgada ahí esa cosa tan fea?
– Me gusta precisamente porque es fea -respondía Bull.
Toda su vida seguía esta línea. Una vez llamé a la puerta de su casa en la calle 60 en los bajos fondos de Nueva York y me abrió llevando un sombrero hongo, un chaleco sin nada debajo, y unos pantalones a rayas totalmente destrozados; en la mano tenía un cazo lleno de alpiste y estaba tratando de liarse unos pitillos con él. También experimentó calentando jarabe de codeína para la tos hasta convertirlo en una masa negra… pero no funcionó excesivamente bien. Pasaba largas horas con Shakespeare -“El Bardo Inmortal”, como él le llamaba -sobre las rodillas. En Nueva Orleans había empezado a pasar horas con los códices mayas sobre las rodillas y, aunque hablara, el libro seguía allí abierto todo el tiempo.
– ¿Qué será de nosotros cuando muramos? -le pregunté en cierta ocasión.
– Cuando uno muere se muere, eso es todo -respondió.
En su habitación tenía una colección de cadenas que decía utilizar con su psicoanalista; experimentaban con el narcoanálisis y descubrieron que Bull Lee tenía siete personalidades diferentes; cada una de ellas iba empeorando progresivamente hasta que finalmente sería un idiota rabioso que necesitaría ser sujetado con cadenas. La personalidad de más arriba era la de un lord inglés, el summum de la idiotez. Hacia la mitad estaba un viejo negro que esperaba su turno y decía:
– Unos son hijoputas, otros no lo son, eso es lo que hay.

Jack Kerouac, En el camino, Segunda parte VI, 1951.


 

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