– El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada.

Tras siete años de trabajo, Truman Capote revolucionó el mundo del periodismo y sus posibilidades literarias con la publicación de A sangre fría  (1966). La cinta homónima que Richard Brooks  firmó un año más tarde es una demostración de que, en ocasiones, se pueden hacer grandes películas sin necesidad de ser absolutamente fieles al libro original. 

Al ritmo de jazz, dos jóvenes ex presidiarios algo perturbadas marchan a la deriva en su coche buscando cualquier oportunidad para sacarse unas perras. Con un tono áspero e incómodo, el maestro Richard Brooks nos muestra ese fallido robo en el que estos dos muchachos, encabezados por un tipo sin escrúpulos e incapaz de sentir empatía por el sufrimiento ajeno, asesinan sin motivo ni sentido alguno a la familia Clutter en un pueblo de Estados Unidos.

Más allá de la crónica policial o del thriller, es una cinta que te deja helado. Ni siquiera el ajusticiamiento de los asesinos alivia nuestra terrible percepción del mundo y de quienes lo pueblan. Y es que incluso los crímenes más horribles nos hacen recapacitar sobre la pena de muerte.

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