Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

Neil Craver

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Un buen amigo de aquí, de Helsinki, un argentino exiliado, que a ratos es anarquista, a ratos socialista, a ratos un hipster inspirado (según la dosis de cerveza) me invitó a la fiesta de graduación de su novia, en un kesämökki o casa de campo en los alrededores de un lago prístino y colosal. La celebración fue estupenda, la comida y el alcohol no se acabaron nunca. Siempre había alguien que reaparecía de la bodega abrazado a un surtido mágico de bebidas. A decir verdad, todos eran capaces de comer y beber cien veces más rápido que yo (siempre he sido un tipo de digestión lenta y con un par de tragos se me hinchaba el estómago).

A última hora de la tarde, cuando en otras latitudes el sol se pone -aunque aquí en verano no lo haga casi nunca-, los jóvenes corrieron en desbandada a la sauna. ¿Dije todos? Un alboroto entusiasta de chicos y chicas, cuyos cuerpos hermosos celebraban el esplendor de su edad, se desnudaron al unísono, apiñándose en un cuartucho de madera donde la estufa y las piedras calientes ya estaban listas. Me invitaron a entrar, riéndose de mi pudor. Se me hizo un nudo en la garganta y otro en la polla. ¿Cuándo había sido la última vez que me había desnudado frente a una mujer sin intenciones sexuales? En mi infancia, claro, con mi madre lavándome cuando yo no sabía que las manos también servían para limpiarse el culo.

Apimanias, Quintan Ana Wikswo

Los chavales, en esa sauna diminuta y promiscua, atestada de coños vivificantes y pechos firmes, de penes de tamaño formidable aun estando en reposo, charlaban y reían con desenfado, acostumbrados a ese despelote general. Yo era el más viejo de todos (aunque decir “viejo” a mi edad sea una auténtica burrada). Me fui quitando la ropa sin prisas. Hacía frío. Hasta los mosquitos desertaban. Miraba disimuladamente mi rabo, que presentaba un aspecto minúsculo. ¡Tenía el pene de un niño pequeño! Y todos lo iban a mirar, aunque se esforzaran en no hacerlo. ¿Cómo iban a dejar de echar un vistazo a la que, conjeturo, sería su primera polla española? Yo quería explicarles que no había nada que ver, disculparme por ello, pero solamente fingí una sonrisa.

The secret history of mermaids, William Bond

Después saltamos al lago. En esa procesión de siluetas esbeltas, yo era un miserable bicho bola. Ellos eran ángeles, vivían en otra dimensión. El agua estaba helada pero la usé para esconderme. Viéndoles jugar, en la inocente sencillez de su nudismo, me acordé del cuento que figura al comienzo de la Biblia, con Adán y Eva paseando desnudos, bañándose en el río y probablemente disfrutando también de su buena sauna. Luego, claro, la cosa se torció, como en todos los cuentos, y la pareja tuvo que salir por patas del Edén a causa de su ridícula desobediencia. Al pobre de Adán, alicaído, le salió tripa cervecera, le asomaron pelos en el culo y se acabó transformando en mí. Dice el cuento que Dios puso unos querubines con espadas de fuego custodiando la entrada de aquel jardín de ensueño. Allí estaban, eran ellos los querubines, sí, aquellos malditos finlandeses, cuya presencia me expulsaba de la orilla.

No quería que me vieran salir del agua, con un rabo tan minúsculo que los peces confundían con una lombriz, así que nadé (mi única virtud de ese momento) hasta que sus gritos se volvieron murmullos y pude vislumbrarlos en la distancia, sin acordarse de mí, encendiendo su primer fuego, formando un círculo inexpugnable de belleza y amistad, cantando, bailando, conmemorando su noche sin luna. Seguí nadando; seguí nadando; seguí nadando, siempre en dirección opuesta. Me alejaba del Paraíso otra vez y eso hizo que me sintiera un poco menos triste.

Aught #swimmer

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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