Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

ESTACIÓN DE MÄKÄRÄS [1 ]

Jamie Harley Alcoholic’s Hymn Koudlam / Mondo Cane

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Laura Makabresku

Lo único que tenían en común las tres generaciones de hombres de la familia Korhonen, aparte del apellido, era La Enfermedad. Así, por lo menos, se referían las mujeres de la casa a su alcoholismo. Durante años se bastaron ellas solas en la diminuta ciudad de Haapajärvi; luego Tanja, la madre, volvió a casarse con otro hombre que juraba no beber sino “divertirse demasiado”. Helmi, la hija mediana, no entendía cómo alguien podía repetir el mismo error. Quizá por falta de opciones, quizá por resignación. Después de la boda, recuerda, se sentó en el embarcadero del lago y se puso a llorar porque sabía que ahora ese hombre horrible también formaba parte de sus vidas.

 

Krista, la mayor, escapó cuando pudo a Helsinki; vive en el piso que ha dejado vacante su abuela Elina tras ingresar en una residencia donde atienden a enfermos de Alzheimer. Krista apenas llama ni devuelve las llamadas. Tiene su novio, tiene su vida, ha cambiado de acento y se da por Facebook un aire cosmopolita, como si no hubiese visto una vaca en su vida.

Así que a Helmi le tocaba el papel de hermana mayor y madre muchas veces. De su auténtico padre, que murió cuando era muy pequeña, sólo guardaba el recuerdo pavoroso, inadecuado por ser el único, de un hombre corriendo en su dirección, con el rostro congestionado, sin pantalones. En casa no se hablaba de él aun cuando la tía Hanna estuviera empeñada en contarle cómo fue, quisiera o no.

—Era un borracho tu padre, un borracho. Qué suerte para todos que se muriera tan pronto y no te jodiera la infancia.

Jamie Harley Alcoholic’s Hymn Koudlam / Mondo Cane

La tía Hanna no sabía que el padrastro era otro borracho. Esta vez la madre había conseguido mantener el secreto.       

Por ahí tenían un álbum de fotos viejas, al que le faltaban muchas; parecía más bien un álbum lleno de silencios o de pausas en blanco, un álbum desmemoriado como su misma abuela. El padre de Helmi era un hombre guapo. Sonreía en todas las fotos. Llevaba una barba dorada, cuidada, era ancho de hombros y alto, muy alto, porque a su madre, que medía un metro ochenta, le sacaba una cabeza. Helmi imaginaba que se encontraban en una fiesta, se gustaban y él la sacaba a bailar un tango. Pero cuando murió no era el mismo. Se estaba quedando calvo y muy gordo. De esos días no quedan fotos o las arrancaron, pertenecen a uno de los silencios del álbum, donde la historia se interrumpe porque resulta demasiado dolorosa. Eso se hace en su familia, callarse en el momento en que las cosas se vuelven inaguantables, callarse para resistir, como mujeres acostumbradas a capear tormentas.

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Durante el lakkiaiset, su fiesta de graduación del instituto, se presentó Pekka, el hermano pequeño de su padre, y prometió llevarle a España. Pekka es así, enérgico y caprichoso, un niño que sigue defendiéndose de las obligaciones de la edad, y también una persona tocada por La Enfermedad. Trabaja como operador de grúa torre en Jyväskylä y se jacta de haber ayudado a construir cinco o seis ABC! [2] de las inmediaciones. Pekka apareció de nuevo en el escenario de sus vidas y tras una larga conversación a puerta cerrada, la madre se avino a que llevara a Helmi a Madrid.

—¿A Madrid precisamente? Si no tienen mar. ¿Por qué no a las islas?—rezongó Helmi. Sonaba incompatible irse tan lejos y regresar sin lucir un moreno.

—Es el viaje que a tu padre y a mí nos hubiese gustado repetir. ¿Sabías que los dos nos fuimos a Madrid en las navidades del 83?—y como veía que negaba con la cabeza, él le decía, casi susurrando—: Yo te voy a enseñar quién era tu padre, pero tiene que ser allí, ¿de acuerdo?

Salieron un viernes por la mañana y regresaron el miércoles a la noche.

Hablaron mucho de la infancia del padre durante el trayecto en avión. Probablemente fuese todo lo que Pekka planeaba que hicieran pero las cosas se torcieron muy pronto. Para empezar no quería gastar ni un poco más de lo debido y durmieron en un hostal de mochileros. Su habitación la compartían con un par de ingleses y un alemán. Helmi y su tío hablaban en finés y era lo mismo que si estuvieran solos. Pero cuando el alemán se empeñó en compartir su whisky, Pekka se quedó con ellos. Helmi salió a dar una vuelta, se encontró con los neones de Gran Vía y los escaparates de diseño de las tiendas que ya habían cerrado. Miró su propio reflejo atravesado por los haces de los coches.

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Su tío bebió toda la noche y por la mañana se levantó todavía borracho. Helmi sabía que los hombres en su familia pueden pasarse fines de semana enteros dándole a la botella y decidió hacer turismo sola. Su padre bebía encerrado en una auto caravana, con la única compañía de la radio, a veces ni con la radio, mirando por la ventana en dirección a la casa. Helmi se preguntaba qué cosas se le pasarían por la cabeza, qué vería realmente cuando miraba hacia la casa.

Pekka le dijo que su padre era un hombre muy jovial. Cuando entraban en los sitios, Pekka se autoproclamaba como el más guapo y a su padre como el más simpático. Se vinieron a Madrid en diciembre del 83 porque era un país barato, que recién salía de una dictadura y donde todo lo que tenía que pasar, pasaba precisamente allí.

—Todos tenemos que luchar contra nuestros demonios, lo que sucede es que los demonios de tu padre eran más fuertes y se lo llevaron. No por eso fue un mal hombre. Recuerdo que llevaba un diario en el que escribía sobre sus cosas cuando estaba sobrio. Me dijo que le ayudaba a centrarse, a mantenerse alejado del “huerto”.

Esa anécdota ya la conocía Helmi: cuando su padre salía a dar una vuelta alrededor de la casa, “a oler las flores”, como él decía con guasa, era para buscar el Koskenkorva [3] que plantaba en alguna parte del huerto. Probablemente aún permaneciesen escondidas un par de botellas.

Jamie Harley Alcoholic’s Hymn Koudlam / Mondo Cane

—Si alguna vez encuentras su diario, ¿me avisarás para que yo también lo lea? –le hacía prometer el tío y Helmi le decía que sí, porque se trataba de una promesa inútil: quién sabe dónde andaría ese diario, quizás también enterrado junto a las lombrices, como la mayoría de las cosas que le pasan a su familia, entre los auringonkukka [4] y el alcohol.

El sábado Helmi paseó por el centro y fue de compras con los ingleses. Al anochecer su tío le pidió que se arreglase porque iban a una disco. Seguía oliendo a borracho pero caminaba como una persona serena.

—Aquí es—sintió que Pekka le decía muy despacito—aquí dentro pasó, aunque ya no sea el mismo sitio.

Pekka se quedó mirando solemnemente la entrada a la discoteca por la que se dejaba sentir la percusión de la música house.

—Aún huele a carne quemada, ¿no te das cuenta?

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Sucedió el 17 de diciembre de 1983. Daban vacaciones en las facultades madrileñas. Todo el mundo salía para celebrar algo. Durante la madrugada, la discoteca de moda Alcalá 20, sufrió un gran incendio. Murió muchísima gente, la mayoría asfixiada o aplastada, luchando por sobrevivir entre la masa humana y las llamas. Pekka se lo contó esa noche, junto a la barra de la discoteca reformada, señalando la pista como si pudiese ver a los muertos. Tanto su tío como su padre estuvieron allí. Se las vieron cara a cara con la muerte, enfrentando pasillos sin final, pasando por encima de cuerpos contraídos. Las luces de emergencia jamás se encendieron. Se buscaron y se perdieron varias veces en un humo irrespirable. Alguien rompió una claraboya y Pekka logró salir por ella, extenuado, a punto de perder el conocimiento, cubierto de cristales y sangre. Pero no encontró a su hermano.

—Se quedó en el fuego— le dijo—. Es decir, vio el fuego en las melenas de la gente, convertidas en una especie de… no sé, yo no vi nada pero lo vi todo en sus ojos. Salió convertido en un zombi. Le abracé y parecía hecho de piedra.

Eso no explicaba nada, no lo eximía de ser un borracho, de haber muerto tan temprano. Pero era algo: su padre transfigurado por el fuego.

—Y luego nos prometimos que un día volveríamos para ver qué quedaba de este lugar y reconciliarnos con la pesadilla.

Pekka siguió bebiendo y Helmi se acercó a la pista de baile decorada con espejos que reflejaban las luces estroboscópicas del techo. Un chico de pelo rizado y ojos negros le preguntó en un inglés torpe cuál era su nombre. Cuando se lo dijo, él se puso a repetirlo, dijo que le gustaba mucho y quiso saber de dónde venía un nombre tan bonito. ¿Finlandia?, dijo después de habérselo gritado al oído, ¿en qué lengua habláis los finlandeses? ¿Inglés? Para él era solamente un país que le sugería frío. Esa noche su padre y Finlandia eran una especie de fantasma, algo de lo que uno ha oído hablar y sin embargo no conoce. El padre era una sombra perpetua que atravesaba los hielos del misterio, así como Helmi, sus hermanas, su madre, cruzaban tormentas.

El chico, entretanto, se empeñaba en que bailaran agarrados para poder sobarle el culo. Le preguntó si estaba sola. Le dijo que su novio estaba mirando.

—¿Quién es?—preguntó desafiante, como si no se lo creyera.

—Ese de ahí—y mandé un saludo a su tío, que destacaba por encima de las otras cabezas.

—Es un poco mayor para ti. Podría ser tu padre, ¡ja, ja!

Helmi no le rió la broma y se desembarazó de él porque Pekka ya le había advertido de los españoles, especialmente de los españoles de ojos negros.

Estaba en la sala de baile y le costaba imaginarla llena de cadáveres, y a su padre allí en medio, incapaz de salvar a nadie. Su padre en el fuego.

disco-lights

 Se sintió flotando a la deriva durante varias semanas, como le pasó al viejo Wainamoinen [5] hasta que llega herido, cansado y desorientado a orillas del Pohjola. [6] Repasó una y otra vez la escena de su noche en la disco: Pekka discutiendo con alguien que le había derramado la copa. Los gritos, el sonido de la violencia, los chicos de seguridad sacándolo a golpes y ella detrás, chillando que le dejaran en paz. Su tío llorando, apartado entre vacías cajas de embalaje y cubos de basura. En ese rincón oscuro donde todo olía a infancias rotas y aliento de perro

A su tío ya no le quedaban lágrimas (en esa familia, todos son de ojos secos) y sin embargo no podía detenerse. Helmi tenía que tranquilizarlo si quería que algún taxista los recogiese.

—Íbamos a regresar aquí y reírnos de todo. Pero todo ha salido mal. Tendrían que haber construido un monumento para los muertos y en su lugar hay otra puta discoteca.

Mientras le limpiaba las heridas con saliva y un pañuelo, Helmi le contó algo que él no sabía. Durante años, el único recuerdo de su padre había consistido en la imagen de un hombre que corría en calzoncillos en su dirección. Pero entonces su madre le había explicado que probablemente se correspondiera al día en que la cocina empezó a arder. La madre había salido un momento al jardín, y Helmi estaba en el porche. Su padre, borracho en la auto caravana, fue el primero en divisar el humo que salía por las ventanas y las junturas de la pared. Empezó a gritar. Echó a correr hacia donde estaba Helmi, la transportó en brazos al lado de su madre, y luego se metió dentro de la casa, buscó a tientas el extintor.

Laura Makabresku

—Volvió a enfrentarse al fuego, ¿verdad?—se dijo Pekka a sí mismo, sorbiéndose los mocos—. Al menos le ganó esa mano al diablo.

Eso fue todo lo que Helmi tendría que contar del viaje a Madrid y de su padre. Al regresar a casa preguntó por su diario. Contra lo que esperaba, su madre le dijo dónde estaba, advirtiéndole de que no había nada que ver. En efecto, el diario de su padre era un cuaderno donde había garabateado algunas cosas, la mayoría, listados de la compra. En una de las hojas de en medio —y esta era su última anotación— había puesto: “estación de mäkäräs”. Semanas o días después de haber escrito eso, falleció. Se fue a practicar pesca de invierno, atravesó la niebla matinal en dirección a la placa de hielo en que se había convertido nuestro lago, y ya no regresó. Helmi intentó infructuosamente encontrar un significado más profundo a la frase. Su tía Hanna le ha dicho que usaba el cuaderno para aplastar mosquitos.

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Helsinki, 13 de octubre de 2013

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

[1] Mäkärä: mosquito pequeño que muerde. Se dan sobre todo al norte de Finlandia, cerca de Laponia, en la época de junio y julio.

[2] Cadena de gasolineras que suelen constar de restaurante y tienda de kiosco. Muy populares en Finlandia, son de las pocas que cierran pasadas las doce de la noche.

[3] Bebida finlandesa similar al vodka.

[4] Girasoles.

[5] Wainamonen: personaje principal de la saga finlandesa KaleVala, literatura fundacional del país.

[6] Pohjola: lugar mítico inexistente pero que se sitúa geográficamente en Laponia.

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