Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

ELINA

cuddly carrots

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Aino Ackté

Elina siente que le arde la mano pero no se atreve a protestar. Se la aprieta de forma inconsciente una mujer que camina a su lado y la está guiando por Tullisaari, un parque donde prevalecen las colinas tomadas por bancos de madera con vistas al Báltico y a sus embarcaciones de color esmalte. Es el lugar perfecto para sacar de paseo al perro o a la pareja y fotografiar la casa solariega de Aino Ackté, la primera cantante de ópera finlandesa de talla internacional. Los caminos de tierra son recorridos por deportistas, niños y enamorados que vienen a imaginar una vida mejor en el interior de las antiguas villas y casas de campo de los ricos, pero Elina y la mujer no han ido allí para hacer nada de eso. En realidad Elina no sabe a qué han venido.

—Camina bien, deja de arrastrar los pies —le ordena con hastío.

Elina finge obedecerla. Le gusta el sonido de las piedras rodando bajo las zapatillas. Se sientan frente a dos columpios que balancea el viento fantasmagórico, con un tobogán al lado y una casita de madera, para que los pequeños jueguen en su interior, al otro. Se quedan mirando el campo de recreo, ahora completamente vacío, como en un museo. Elina desearía llegar hasta lo más arriba de las escaleras del tobogán. Siempre le dieron miedo las alturas, hasta las alturas insignificantes. La mujer se vuelve hacia ella, se cerciora de que la cremallera del abrigo rojo esté subida del todo, y para distraerla susurra una nana. Elina repite los estribillos de los que consigue acordarse:

Laura Makabresku

 Mistäs tunsit meidän portin?

Siitä tunsin uuden portin:

haka alla, pyörä päällä

karhun talja portin päällä

La sintonía del teléfono saca a ambas de su ensueño. Ya es casi de noche aun cuando no sean más de las seis de la tarde. La mujer responde y se aleja unos pasos, para que Elina no la escuche.

—No puedo ir ahora. Sí, estoy con ella, ¿y? Pues a que la dé un poco el aire, no iba a dejarla toda la semana allí encerrada.

La mujer se muerde la lengua mientras le llegan las recriminaciones egoístas del otro lado de la línea. La hierba está húmeda y llena de hojas pegajosas, como si el arco iris, ese pacto anti diluvios, se hubiese caído en pedazos. La mujer camina nerviosa y cuando al fin cuelga y deshace el paseo que ha realizado inadvertidamente, no encuentra a Elina. Hace frío, de esa clase que uno apenas es capaz de percibir hasta que ya es demasiado tarde y se ha introducido debajo de tu piel, en tu propia alma. El sol se escabulle y los árboles parodian con su mecimiento los gritos de la mujer que corre, no sabe hacia dónde, pero sabe que necesita correr.

Murray Mitchel

Elina y el viejo borracho la espían detrás de las ventanas empañadas de la casita. El borracho  le ha cubierto la boca a Elina y se ríe sin hacer un sonido, como si masticase un chicle en sueños.

—Mírala, ¿no es patética? —Levanta los brazos, dice en un susurro—: Eh, señora, estamos aquí, aquí. Ja, ja, ja.

La mujer se aleja en dirección al mar.

—Me parece que nadie va a rescatarte por ahora —le dice el viejo—. O no quieren. ¿Vienes del palvelukoti Sofía? Por aquí vienen muchos de esos. Siempre escoltados y en grupo. Yo les llamo el pelotón de los fusilados.

Elina niega con la cabeza, tranquila, sin entender realmente de qué lugar está hablando. Se ha sentado en un taburete manchado de ceras rojas. El hombre está reclinado sobre el contrachapado de la pared. Tiene una lata de cerveza en la mano, que no suelta, aunque ya no quede cerveza.

—No es una casa acogedora, ¿eh? Luego vienen esos críos llorones y sus padres me obligan a desalojarla. El privilegio de la edad. Esos cabroncetes van primero. El gobierno les regala casas para mearse dentro y yo no tengo un lugar para evitar morirme de frío. Toca emigrar.

— ¿Quién eres? —le pregunta Elina.

—Pregúntate más bien quién es esa mujer que iba contigo.

—No lo sé.

—Me lo figuraba.

El borracho se ríe y abre mucho los ojos.

—No puedes dejar que te encuentre. ¿Crees que es tu amiga? ¿Esa de allí? Los amigos no se andan diciendo todo el tiempo las cosas que no se deben hacer. Apuesto a que esa niñata es todo lo que hacía. Este es un lugar de prohibiciones. La gente a la que le gusta prohibir está llena de miedo. ¿Tú tienes miedo?

—A veces… —dice Elina con timidez—… las cosas cambian de sitio solas… Me pierdo.

Sergey Zarva

— ¿Y las drogas? Os dan un montón, ¿eh? ¿Llevas alguna contigo? Déjame ver.

Elina se queda rígida mientras el viejo le manosea por encima de la ropa. El borracho hace un amago de disculpa:

—Es por la gente, ¿sabes? Me duele el cuerpo por culpa de la gente.

— ¿Dónde te duele?

—Aquí —se toca la garganta—. Aquí —se toca la cabeza—. Aquí —se señala el pecho—. Y aquí —se toca la entrepierna.


A Elina le gustaría cantar. Ella canta cuando está nerviosa o no sabe cómo reaccionar. Su madre y su tía siempre le están enseñando nanas, pero ahora no están.

El viejo se arrastra cerca de Elina:

— ¿Sabes qué es esto? Seguro que en vuestro mundo todavía lo recordáis.

Se saca de entre los pantalones oscuros de chándal un cuchillo pequeño con el filo de sierra para cortar tomates. Se lo acerca a la cara y después lo deja en el suelo, muy cerca de él.

— ¿Cómo te llamas? —le pregunta a Elina y Elina a punto de llorar le dice que no lo sabe.

El borracho le da unas palmadas en el hombro. Le pide que se calme. Le dice que hace mucho tiempo que está solo y necesita compañía femenina, aunque sea con alguien como ella. Le pregunta si será capaz de perdonarle. Elina lo mira ensimismada. El borracho se baja los pantalones hasta las rodillas, con cierto esfuerzo. Ella aparta la mirada porque le asusta, más que ese viejo pene  como de hace cien años, el vientre hinchado y caído que prácticamente lo oculta. Ese cuerpo de bolsa vacía de supermercado. La tristeza de esos ojos hundidos y patas de gallo, las arrugas y manchas en la piel, el poso de furiosa resignación que de pronto también le recuerda a algo de ella. Y Elina no soporta mirar de frente tanto dolor. Se deja abrazar y percibe el olor grato y violento del alcohol. El viejo se pega a ella como si fuese un árbol, como si más que abrazarla, deseara que lo sostuviesen. Están allí unos segundos, resoplándose en los oídos, puede que menos de unos segundos en una postura ridícula porque sus cabezas tocan el cielo de la casa.

De la oscuridad regresa una voz, entre la súplica y la amenaza, repitiendo Elinaaaaa.

Elina no se sobresalta, no se reconoce en el nombre, pero el borracho la suelta, la empuja a un lado, sale gateando por la puerta y ella le tiende las manos porque se siente incapaz de levantarse.

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El hombre echa a correr, subiéndose los pantalones y la mujer que acompañaba a Elina reaparece, va en su dirección: ¡Eh, tú! ¿Qué hacías allí? Entonces ve a Elina en la casita de juguete, con su abrigo rojo y su mirada confundida.

Pero Elina se pregunta si el viejo tiene razón: ¿quién es toda esta gente?

Cierra la ridícula puerta de madera, se echa hacia atrás. Se muerde la mano. El cristal rayado y sucio del cristal le ofrece una silueta borrosa y horripilante. Se escucha un aullido. Elina recoge el cuchillo para cortar tomates, lo blande frente a la puerta. Está sangrando pero no sabe dónde.

Ella tenía una casa como esta. Pero no era su casa. ¿De quién entonces? Ella nunca entraba dentro. Allí jugaban sus hijos.

Sabe que al otro lado hay alguien. Escucha que llaman a la puerta, suavemente.

— ¿Sí? —dice ella con un hilo de voz.

—Soy yo, mamá, soy Tanja.

Elina se echa a llorar:

— ¿Eres Tanja? —y se siente aliviada, se olvida de la sangre, del cuchillo y le parece escuchar fuera los lloros y la euforia gritona lejana de unos niños. Se siente aliviada aun cuando no sepa la razón. No recuerda quién es Tanja..

A mi abuela Pepita.

Mika Hirsimäki

Helsinki, 6 de octubre, 2013

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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