Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

THREE STEPS TO HEAVEN

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Por Miguel Cristóbal Olmedo

¡Alerta, gente, esta es la canción! Leena sube el volumen de Eddie Cochran cantando Summertime Blues, aunque hayamos hecho el esfuerzo de callarnos. ¡Sí, podríamos ir a España! chilla uno de nosotros (¿quizás yo?). Alcohol barato y tapas. Que le den por saco a Talín. El brandy estaba bailando en mi cabeza. A todo estábamos de acuerdo. Y por eso seguimos celebrando en el after improvisado de la casa de Antti.

Por la mañana (aún no habían dado las seis) nuestra expedición atravesaba la niebla que cubre el suelo del bosque como la alfombra voladora de un cadáver. El escenario perfecto para una peli de terror, de esas que hacían los de la Hammer antes de que George Romero llegara y se cargase el género. En el paisaje se intuye el advenimiento del frío, las sacudidas eléctricas del follaje.

Hacemos un alto para tomarnos un café en la estación de servicio donde también hay uno de esos restaurantes de diseño hortera de ABC!. Leena sale fuera a respirar aire fresco. (Todos la estamos mirando. Todos nos hemos tomado un momento para recuperarnos de ese culo y esas piernas.) Marco y Antti despliegan el mapa, dibujan con el dedo un recorrido imposible. Vamos a cruzar mares. Vamos a ir hasta el otro lado de las líneas enemigas. Je, je, je. Nadie ha avisado a la oficina. Ni siquiera nos hemos dignado en poner una excusa.

Postcards I never sent / One river media blog

Leena mira las montañas (es broma, no hay jodidas montañas aquí, no hay nieve ni duda como enseñó el San Manuel, Bueno de Unamuno, sino planicies de vidrio, que así es como llamamos a los lagos. Y yo odio los lagos desde que una gitana profetizó que me ahogaría en uno. Puede que lo dijera en serio o sólo porque me estaba riendo. Ni siquiera era una gitana auténtica sino una vieja con un pañuelo anudado a la cabeza).

Antti todavía tiene la herida de un accidente de caza o, según la versión, según el día, la secuela de una noche con una mujer de cabello oscuro. A todos nos falta algo. No vale con rascarse. Es cuestión de conformarse o seguir viendo pasar los letreros en nuestro viaje por esas montañas imaginarias en las que un día terminaré ahogándome.

El aire en el coche está viciado por los pedos que nos echamos a causa de la cerveza de ayer. Escuchamos taciturnos las canciones que nuestros padres bailaban en tiempos de rebeldía. Todo iba a cambiar. Y luego, es verdad, cambió pero no como habían imaginado. Cambiaron ellos y nos legaron su decepción, su modo oportunista de tomarse la vida. Crece y aprenderás, habían dicho. Crecimos y no aprendimos nada.

taillin cruise

Así que estamos un grupo de amigos intentando escapar de todo esto en coche. Llegaríamos hasta la última frontera, embarcaríamos en uno de esos cruceros de dos horas que más bien parecen una licorería. No haríamos caso del mapa, cruzaríamos un territorio tras otro hasta salirnos del dibujo, aun cuando Colón demostrase que no hay más allá: todo acaba donde se empieza. Para conocer la longitud del cuello, no hay más que intentar olerse el culo. 

La revolución somos nosotros, dice Marko, pero Marko siempre dice esa clase de cosas cuando no sabe qué decir. Antti asiente mecánicamente, rascándose la herida vieja y brillante.

Kohei Yoshiyuki

Leena y yo habríamos propuesto un alto para hacer el amor entre los árboles. Marko habría relevado a Antti al volante. El olor a alquitrán fresco nos revolvería el estómago. Hubiésemos canturreado rock and roll, vislumbrando más allá de la niebla, aunque más allá de la niebla no hay nada distinto de este otro lado. Sólo hay un hoy y un nosotros y hasta eso se nos escurre entre los dedos.

Además todo es mentira (y lo que no es mentira da igual). Después del brandy de la fiesta no hubo ningún viaje. No hubo Talín ni hubo España. A la mañana siguiente despertamos con dolor de cabeza, desayunamos sin ganas pizza fría, pusimos la televisión para no tener que hablarnos, hicimos turnos para entrar en el baño, tomamos caminos opuestos. No era culpa de nadie.

Kerouac ha muerto, Eddie Cochran ha muerto, Salinger ha muerto, Ziggy Stardust ha regresado a las estrellas, Leena se ha casado. No voy a hablar de mí. Estoy gordo y anticuado. Los niños me señalan. La vida no se parece en nada a la VIDA.

Leena y yo habríamos hecho el amor entre los árboles, de pie, como fantasmas, y Antti se habría sobrepuesto a la herida. Pero ahora vamos por nuestra cuenta, consagrados a tareas vulgares, faltando pocos pasos hacia la oscuridad.

 

Jyväskylä, 21 de septiembre del 2010

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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