Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

Charles Manson y mis vecinos

Por Miguel Cristóbal Olmedo

 Estos días los paso con las manos enjabonadas de sangre, escribiendo sobre Charles Manson y los crímenes que instigó. Estoy mirando las fotos de las víctimas, las miradas drogadas de los asesinos, pero sólo me hace falta girar la cabeza hacia la ventana de mi izquierda para encontrar a mis vecinos jugando con los niños.

Ellos, claro, no sospechan el horror que emana de mi portátil. Lo diferente que son las historias de un lado al otro del cristal. Unos viven en un eterno jardín de infancia y otros con la cabeza metida en la mierda ajena.

Solemos coincidir a la entrada del portal o en el parque de tierra que hay enfrente. Nunca hablamos, porque en Helsinki es innecesario saludar a tus vecinos. Yo los observo un poco con envidia, desde la ventana: tienen dos hijos y se pasan este mes jugando con ellos todo el tiempo. A veces, muy pudorosos ellos, se besan cuando ven que no hay nadie (o eso creen).

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De vez en cuando les visita un violinista desgarbado, que fuma cigarrillos en soledad, meditabundo. Me cae bien este violinista. Quizás porque parece triste y al mismo tiempo no parece importarle.


Hoy he vuelto a coincidir con mi vecina y el violinista. Ella, por primera vez en muchos meses ha decidido romper la barrera del silencio y se ha presentado, estrechando mi mano sin fuerza, siempre desde el proverbial distanciamiento nórdico. Luego se ha vuelto hacia el violinista y ha dicho: “Y este es Matti, mi esposo. Es músico, toca en la orquesta y da clases en el Musiikkitalo (el edificio de la música)”. Me lo dijo sonriente, orgullosa, la cabrona.




Los dos nos miramos, sin simpatía ni asombro. No era más que otro infeliz en un país de cinco millones y medio de cornudos.






Esta mañana me ha despertado su música de violín. Me he asomado y no le he visto: andaba dentro, practicando una melodía lacónica, que repetía como si fuese el estribillo de una tonada infantil. Fuera estaba la vecina, su amante y esos niños que todavía no entienden que la serpiente ya anda envenenando todos los árboles de su infancia.

Laura Schmitt

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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