Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

NANA DE LA ISLA MISTERIOSA

Lynne Sachs Your day is my night

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Mi abuelo murió luchando. Algunas noches despertaba afiebrado por el cáncer y gritaba que no quería morirse como podía hacerlo un niño para encontrar los brazos de su madre al final de la pesadilla. Mi abuela nos lo contó después del funeral y a mí, que tenía doce años, me pareció una revelación terrible.  Murió luchando, nos dijo mi padre, intentando corregir la versión de sus últimas noches. Murió como un Haapanen. Y ese es el mantra que me repito mucho después, con mi hijo en el regazo, que tose, protesta y se niega a capitular aunque los médicos le hayan desahuciado.

Narelle Autio

Yo era bueno buceando, hasta donde recuerdo era el mejor de mi pandilla de amigos. Ellos echaban carreras a nado para ir de la orilla hasta la isla que hay en medio del lago, una isla solitaria que reaparece en verano y se sumerge a partir del otoño. La Isla Misteriosa, la llamábamos en recuerdo de los libros de Enid Blyton. Mis amigos, decía, echaban carreras hasta la isla y yo pasaba por debajo y veía sus piernas chapoteando histéricas, como gallinas intentando volar. Les adelantaba suavemente, sin hacer ruido (o haciendo el poco ruido que puede percibirse dentro del agua, el de las burbujas saliendo de mi nariz). Iba dejando atrás el eco de sus golpes torpes y me olvidaba de que no podía respirar, de que tampoco yo pertenecía a ese elemento. Porque cuando buceaba, lo dejaba atrás todo, hasta el recuerdo de mi abuelo gritando que no se quería morir. Llegaba el primero a la Isla Misteriosa y me adentraba por ella descalzo. Era, por algunos momentos, su único habitante. Me mimetizaba con sus árboles, con las ortigas de la espesura, con las lombrices de la tierra; yo no era persona, ni ave, ni pez, era isla.

Herbert Bayer

Si mi hijo hubiese conocido a mi familia entonces, habría pensado que éramos felices. Éramos de lo más normal: con dos hermanas peleonas, una madre responsable y una figura paterna distante pero afectiva. Podría decirse que estábamos llenos de posibilidades. De hecho, puedo recordar la fecha en que todo empezó a estropearse. Estaba sentado o más bien echado en el sofá de papá, con la cabeza de Jenna reposando sobre mi estómago, y mirábamos la televisión. Era octubre de 1986. Me acuerdo porque los componentes de Dingo anunciaban la separación del grupo. La chica que los estaba entrevistando parecía a punto de echarse a llorar, pero con su agitación sólo transmitía la respuesta emocional del país. Nos sentíamos como debieron hacerlo nuestros padres con la disolución de los Beatles. Y entonces algo en la química de mi cuerpo cambió.

DINGO

          Jenna y yo, 1986. (Dailymail Reporter)

Hasta entonces todo había salido bien y resultaba aburrido. Jenna era mi novia de toda la vida. Daban por hecho que nos casaríamos pronto. Pero si  Pertti Neumann era capaz de dejar atrás un grupo como Dingo, una estabilidad como Dingo, yo también estaba en disposición de abandonar a Jenna y abordar mi propia ambición en solitario. Y así fue. En 1986 pasé a ser otra persona. Por lo demás, no era el único, todo el mundo corría hacia algún lado. Todo era transitorio, todos estábamos de paso. Era una época turbulenta. Escribíamos postales que se acababan perdiendo. Viajé mucho, a veces ya ni me acuerdo de cuánto viajé. Iba dispersándome en trabajos poco remunerados y curiosidades cada vez menos necesarias.

 

Me enamoré de Luisa, una inmigrante argentina. Nos conocimos en el guateque de alguien. Luisa había estado presumiendo de haber probado todo tipo de drogas y de haberlo hecho todo. Según ella, me escuchó decirle:

 

—No importa a dónde se vaya, seguimos trazando los mismos círculos en la vida.

No me imagino diciendo algo así. Ambos estábamos borrachos. Así que Luisa cayó bajo el embrujo de una frase que podía haber dicho cualquiera menos yo, y se vino conmigo. El hechizo le duró dos años. Un día se despidió de mí. Por entonces llevaba gafas de sol incluso en los días nublados, para que nadie le viese los ojos estropeados por sus desvelos drogadictos. Dijo que ya era hora de empezar algo verdaderamente suyo. Que el amor es un contrato que vence a los dos años.

—Dos años es mucho tiempo, me dijo—. Una crece, se desarrolla y muere en dos años. Por eso tengo que irme.

Nan Goldin

Y lo hizo, sin darme tiempo a reponerme de la sorpresa. Yo no sabía que estaba embarazada, y que ese proyecto suyo era nuestro hijo, que no quería compartir conmigo. Dejé que se marchara. Tenía muchas razones para hacerlo. Una amante, por ejemplo, una chica de Karelia, que trabajaba de cajera en el supermercado al que íbamos. No creo que Luisa se haya enterado nunca, pero ese no es el caso. Luisa se fue a seguir trazando sus círculos de descontento, creyendo que cuanto se distanciase de su hogar, más a salvo estaría de sí misma. Y yo corté con la chica de Karelia muy poco después, porque quizás estar solo era lo que merecía y necesitaba.

Pertti Neumann, solista y compositor de la mayoría de las canciones de Dingo, nació en Pori, tres años antes que yo, en una calle adyacente a la mía. Me gusta pensar que Pertti y yo nos cruzamos muchas veces sin saberlo. Que los dos llevábamos melena rubia y salíamos a pasear por las playas de arena fina de Yyteri. Que los dos nos enamoramos y fuimos rechazados por las mismas chicas. Pertti trabajó lavando platos, llevando cartas y limpiando. Luego se hizo marino. En cierta manera así también fue mi vida, sólo que Pertti compró con sus ahorros un micrófono y un altavoz y se hizo famoso.

Pertti Neumann

En 1994 Dingo reapareció en las discográficas pero no era lo mismo. Ninguno de los que les escuchábamos éramos los mismos. Luisa tenía razón y el amor tiene una fecha de caducidad. Perdí la pista de Pertti, que jamás se sobrepuso a sus años en Dingo.

Pertti Neumann afirmó en una entrevista que sus canciones le fueron inspiradas por una sirena. Yo he buscado la fuente infructuosamente. Cierto o no, da igual, a mí me parece una explicación maravillosa. La música nace del canto de una sirena, así como nosotros nos realizamos a través de las nanas de nuestras madres. Sirenas y madres, mujeres imposibles porque jamás dejarán que nos fundamos de vuelta con ellas para amarlas completamente. Supongo al chaval que fue Pertti limpiando la herrumbre del casco, pintando, ayudando en la cocina, o mirando desde la cubierta el mar de todos los días, el mar que los demás han aprendido a ignorar, y en el que ve algo que nadie más es capaz de ver. Y entonces toma una decisión que le cambiará la vida cada minuto después de ese instante, sólo que él todavía no puede saberlo.

Nan Goldin

A veces conducía una hora para ver a mis padres. Mis dos hermanas se habían ido a vivir al extranjero y sobre mí recaía la responsabilidad de echarles un ojo. Mi padre, que era un hombre duro y callado, andaba ahora con ataques de nostalgia y se le nublaban los ojos:

—¿Te acuerdas de niño cuando querías ser Tex Willer? Todavía te guardamos los cómics, por si aún te apetece leerlos. O para cuando tengas un hijo.

Tex Willer por Gian Luigi Bonelli y Aurelio Galleppini.

Se ponía en un plan imposible. Yo no tenía hijos y tampoco una pareja; en cambio, mis hermanas, que enviaban e-mails con fotos adjuntas apoyadas al costado de su nuevo Audi A6, no se quedaban en cinta porque estaban demasiado encaprichadas de su figura y del dinero. Los maridos de ambas son los típicos empresarios alemanes que sueñan con una jubilación anticipada en las islas Canarias. Mamá no decía nada, no quería nada, no esperaba nada de ninguno. Constituíamos cuatro amargas decepciones, porque también incluía a mi padre. Vivía dedicada al huerto y a segar la hierba del jardín. Hace dos semanas le pidió a mi padre que cortara con la sierra eléctrica el balancín en el que jugábamos de niños. Estaba ya viejo y despintado pero mi padre de cuando en cuando reemplazaba las maderas podridas por otras nuevas. Ese balancín iba a ser parte del legado generacional que iban a recoger nuestros futuros vástagos. Los sueños de todos empiezan a morir.

Mi hijo había cumplido doce años cuando lo encontraron desmayado, humeando sudor. Luisa, que estaba rehabilitándose, fue de una consulta de médico a otra. Hasta que las caras ensombrecidas se negaron a darle más esperanzas. El corazón del niño no era lo bastante fuerte y su tiempo se había terminado. Entonces Luisa lo secuestró del hospital. Fue una tontería. En el camino se dio cuenta de que no tenía fuerzas para verle morir, que necesitaba un chute más que cualquier otra cosa.

—Iba a devolverlo de nuevo al hospital pero me acordé de ti, y pensé que al menos deberías conocerle. ¿Quieres que te diga cómo se llama?

No, no quiero, le dije telepáticamente, mientras entrábamos en el desorden de su casa. Odiaba a Luisa por haberme negado esos doce años con él, pero sabía que el destino de ella iba a ser más terrible a partir de ahora, así que la besé en la coronilla y me fui hasta el dormitorio donde se escuchaba el silbido de una respiración. Me entregó a mi hijo para que por lo menos sintiera la levedad de su peso. Luisa se quedó sólo un instante bajo el quicio de la puerta, mirándome acunar a nuestro hijo; después se dio la vuelta y fue al salón.

Käthe Kollwitz Schmidt

Y aquí estoy con mi hijo, a oscuras, como si fuese una cita secreta. Seguramente no puede oírme ni yo sé qué decirle.  Sólo me quedaba contarle una cosa antes de que sus ojos cerrados se cierren de verdad, hacia dentro: la historia de cómo no me convertí en Pertti Neumann, o de cómo dos hombres pueden llevar vidas paralelas y perderse en abismos diferentes.

¿Y por qué no soy Pertti Neumann o Tex Wyler, ya que nos ponemos?

Pienso en estas cosas y en muchas otras mientras reposo mi cabeza sobre la frente mojada del niño, que tiene los pulmones encharcados y se ahoga poco a poco. Puedo sentir sus latidos débiles a través del pijama, marcando un ritmo triste y pausado contra la palma de mi mano. Son esos latidos como las burbujas que salían de mi nariz cuando buceaba hacia la Isla Misteriosa. Y esta noche, mientras cierro los ojos, lucho al lado de mi hijo contra la tristeza de verlo morir.

Ya no buceo, pero antes buceaba. Mi hijo y yo hemos emprendido un nuevo viaje submarino, que vamos a continuar contra todo pronóstico. Dejaremos atrás el dolor y los días en el hospital, seremos los  primeros en llegar a la Isla Misteriosa donde plantaremos nuestra bandera para que nadie más la invada, y cuando en agosto regresen las lluvias y en noviembre el agua cubra la copa del último árbol, nosotros resistiremos, no como personas, ni aves, ni peces, ni como estúpidos Haapanen que acaban muriéndose en trance de pesadilla. Regresaremos de debajo del agua, donde sólo se escucha el canto de las sirenas de agua dulce, que son las sirenas más hermosas y cantan canciones que no envejecen ni pasan de moda. Duerme, pequeño mío. Despliega los brazos, siente el soplo fresco del agua. Ya tú, igual que yo, estás transformándote en isla.

Narelle Autio

Helsinki, 04 de julio de 2011

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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  • Alicia virginia Fernandez Balboa dice:

    tODO LO QUE TU ESCRIBES ME PRODUCE UNA SUERTE DE ” AVANZO” , PORQUE SE QUE ME VOY A QUEDAR CON EL ALMA LLENA DE SITUACIONES REALMENTE CIERTAS Y DECADENTE PERO BRILLANTE YA QUE LAS RELATA CON LOS HUEVOS Y ESPECIALMENTE PORQUE ESTÁ TAN BIEN TAN BIEN ESCRITAS

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