SEXO, MENTIRAS y HOLLYWOOD El Miramax de Bob y Harvey Weinstein

La finesse nunca formó parte del arsenal de Harvey Weinstein.

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Peter Biskind

Escrito por Peter Biskind

Véase su historial: arrancaba los teléfonos de las paredes y los tiraba al suelo; cerraba siempre de un portazo y volcaba las mesas; todo lo que se encontraba a su alcance podía convertirse en un arma arrojadiza: ceniceros, libros, cintas, las fotografías familiares enmarcadas que tenía en el escritorio y que Harvey lanzaba a la cabeza de algún desafortunado ejecutivo para contemplar luego cómo se estrellaban contra la pared, se hacían añicos y despedían metralla de cristal, porque, en realidad, rara vez, por no decir ninguna, daban en el blanco. Era puro teatro: teatro de la crueldad. Entre el personal la broma era: ponte en el camino para que te hagan a un lado y te paguen para que te vayas. Recuerda Hart: «Yo me he sentado fuera de esa sala de reuniones y he visto temblar esas paredes de cristal cuando Harvey blasfemaba.» Los empleados de vez en cuando lo reconvenían: «¿Cómo puedes tratar así a la gente? Conseguirías más cosas si la trataras bien, aunque no te guste.» Harvey suspiraba y decía: «Sí, lo sé, lo sé, pero no puedo evitarlo. Lo intento, pero es inútil. Tengo muy mal genio.»

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David Dinerstein

Si alguien les caía bien, la vida en Miramax tenía su lado familiar.

David Dinerstein vivía en el Upper West Side, en la Ciento Uno con Amsterdam. Allí había una pista de baloncesto, enfrente de las viviendas de protección oficial. Pese a ser un judío bajito, Bob era muy buen jugador; de vez en cuando los hermanos se hacían llevar en coche al norte de la ciudad para un partido improvisado contra los chicos negros del barrio. Harvey prefería el softball pero como atleta no se lo podía comparar con su hermano; él simplemente disfrutaba un rato, luego se hacía reemplazar por un suplente y se llevaba al softball al bateador titular. Bob capitaneaba un equipo; Harvey, el otro. Entre ellos competían como fieras. Una vez, Bob le ofreció cien dólares a una empleada que jugaba de bateador si llegaba a la primera base. La chica llegó y Bob pagó. Otro día despidió a un empleado porque se le cayó la pelota —el pobre desgraciado estuvo a punto de echarse a llorar—, y volvió a contratarlo media entrada más tarde.

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Mark Urman

Con todo, eso no era un picnic, ni siquiera para los pocos favorecidos. «En Miramax la cultura era temible», señala Mark Urman, publicista que de manera intermitente trabajó durante años para Miramax y que ahora es jefe de distribución para Estados Unidos en Think Film: «Todo eran agresiones. Nada estaba nunca lo bastante bien, nada era nunca suficiente.» A los Weinstein les gustaba Myrna Chagnard, que trabajó cinco años en un pequeño despacho de Los Ángeles. Era una mujer dura que no se dejaba maltratar, pero al final, también explotó. «Tuve una crisis nerviosa», recuerda Chagnard. «Ya no podía soportar el estrés, no podía oír a Bob decirme: “¡Estás despedida!” Cogí mis cosas y bajé a buscar el coche; luego volvió a llamarme. Empecé a perder peso, estaba de mal humor, deprimida; el ambiente casi me destrozó. Obtuve una baja por enfermedad contraída en el trabajo y me mantuve alejada tres o cuatro meses. Era un caso perdido.» Y recuerda Eleanor Reznikoff, que en esos días era publicista en el despacho de Los Ángeles: «Trabajar allí se parecía, a pisar brasas. Todos tenían historias terribles que contar, todos vivían muertos de miedo. Mi primera experiencia con Harvey la tuve un día en que él salía a toda prisa para un estreno. Normalmente llegaba el mismo día de la Proyección, llamaba desde el avión y decía: “Cuando mi avión aterrice, te despediré si no tengo en la mano veinticinco entradas.”»

Si alguien no les caía bien, la vida en el búnker de los Weinstein Podía ser un infierno.

Alto y fornido, Jeff Rose parecía sacado del banco genético de los Weinstein; durante un tiempo fue uno de los mimados, otro «tercer hermano», y llegó a acompañar a Harvey cuando fue a visitar a su abuela moribunda. (Rose esperó en el coche.) «Al final, ahí no había nada de ese rollo del tercer hermano», dice ahora, y añade: «Una vez, en Cannes, en la suite de Harvey, tuvimos una reunión de personal a las siete y media de la mañana; creo que Harvey apareció envuelto en la toalla y dijo algo acerca de un trato. Yo dije que no estaba de acuerdo, y él, en lugar de decir que lo haríamos a su manera porque era el jefe y punto, agarró una mesa que estaba preparada para el desayuno y me la tiró encima.» A partir de ese momento Rose ya no levantó cabeza. En los seis meses siguientes, adelgazó, y se lo veía demacrado, hasta que al parecer tuvo algo que podría calificarse de crisis nerviosa. Rose se niega a hacer comentarios; sólo dice: «Me llevó al límite, y me marché.»

Había personas sencillamente demasiado buenas para trabajar allí, y los Weinstein las torturaban.

Como Harvey, Mark Silberman también tenía la complexión de un oso, pero, a diferencia del jefe, era un trozo de pan. El despacho de la calle Cuarenta y ocho estaba tan cerca de la Quinta Avenida que el día de San Patricio, en marzo de 1988, parecía que los manifestantes habían decidido desfilar justo delante de la oficina. De repente, se oyó un gran alboroto; tal era el ruido que los empleados supusieron que eran unos juerguistas borrachos que pasaban por la calle. Recuerda Lipsky: «Se oían gritos de miedo, alguien que gritaba: “¡Llamen a la policía!”; unos minutos después, Mark entró en mi despacho con un aspecto que tenía algo de sobrenatural. Nunca había visto nada igual y nunca volví a verlo.» Se había producido un incidente. Poco después, y sin explicación alguna, Silberman se marchó. Es posible que no sea casual que a finales de los años noventa el motor de la empresa fuera la serie de Scream, con su premisa argumental —las víctimas mortalmente arponeadas, una a una—, una metáfora cada vez más apta para describir la vida en Miramax.

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Paul Webster

Los empleados discutían sobre cuál de los dos jefes era peor, si Bob o Harvey.

Dice Paul Webster, jefe de producción a mediados de los años ochenta: «Para mí, Bob es el que da miedo. Lleva mucha furia dentro, mucha rabia.» Brantley coincide. «Bob me daba mucho más miedo», dice. «Los primeros tres meses ni siquiera entré en su despacho. Ahí la atmósfera era siniestra.» Y añade alguien que conoció bien a los hermanos en aquellos días: «Si bien se podía considerar que Harvey era el suave, Bob era el misterioso. Nunca he caminado por el corredor de la muerte, pero algo parecido a eso era lo que sentía cuando estaba cerca de Bob. Espeluznante.» Se dice que, años más tarde, Tina Brown dijo bromeando: «Bob es el único que no ha sido adiestrado.»

Sin embargo, a otros era Bob el que les caía mejor. En opinión de Eamonn Bowles, ex ejecutivo de márketing: «Nadie quiere encontrarse con Bob cuando tiene un mal día. Pero es mucho más persona que Harvey. Bob perdía el control, se cabreaba, pero normalmente tenía un motivo.» Y añade Dennis Rice, ex jefe de márketing: «Cuando algo se revolvía dentro de Bob, era por asuntos de trabajo. No era nada personal. Simplemente no le gusta que lo puteen.»

Para otros, era Harvey el que les revolvía el estómago, el que les provocaba la inesperada excursión al lavabo.

De una manera u otra les hacía saber que, cuando perdía el control, era capaz de cualquier cosa. Dice Brantley que cuando Harvey se enfadaba, «parecía como si se hinchara, como si la presión barométrica hubiese cambiado; creías que iba a explotar. Y a veces explotaba. Se le ponía la cara roja, literalmente, y como de piedra. No era que fuese a tirar sillas, más bien pensabas que iba a por ti, a estrangularte.»

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Harvey y Bob Weintein.

Prosigue Bowles: «Soy realmente susceptible cuando la gente intenta adularme, y Harvey puede ser la persona más encantadora que hayas conocido en la vida. Si pasaba con él tres cuartos de hora, pensaba: Vaya, qué tío más estupendo. Pero dos minutos después era la persona más temible que hubiera conocido jamás. Da más miedo que el diablo.» Y Lipsky: «Cuando Harvey [arremete contra alguien], quiere hacerle daño. Tiene momentos en que realmente pierde el control; se mete tanto en lo que sea que está haciendo, que no piensa como una persona cuerda. No hay una sola mujer en esos despachos a la que no haya hecho llorar. Por cualquier cosa, hasta por un diseño de márketing. Una vez lo vi increíblemente desconcertado y tan molesto, estaba gritándole a una mujer, reprendiéndola más allá de lo creíble, pero la llamaba por un nombre de hombre. Ni siquiera sabía a quién estaba hablándole. Con Harvey es raro, porque no quiere ser el padrone, un viejo magnate de Hollywood. Pero cuando te ataca, lo hace con malevolencia. Y es personal.»

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Eamonn Bowles

A algunos empleados de Miramax, la cólera de Harvey les parecía más calculada que espontánea.

Prosigue Bowles: «Es evidente que tiene mal genio, pero sinceramente pienso que hay casos en que es puro montaje; acorrala a alguien en un despacho y lo castiga verbalmente. Siempre trata de descubrir qué es lo que más fastidia a alguien. O qué le motiva. Va probando ámbitos para ver si uno se pica, y luego utiliza lo que averigua.» Safford, que trabajó para Miramax a mediados de los noventa, coincide con Bowles y añade: «Sus emociones están perfectamente calculadas. Yo diría que no hay que dejarse desanimar por su ira, es sólo una estrategia. Pero tampoco hay que dejarse engañar por sus cumplidos, porque también son una estrategia.» ¿Es Harvey un tipo amable que no sabe controlarse? «No creo que sea un tipo amable», añade Safford. «Creo que es un mal bicho que no sabe controlarse.»

Los Weinstein aprovechaban su inestabilidad, la convertían en el numerito del poli malo y el poli bueno que utilizaban para mantener a sus subordinados atemorizados y temblando.

«Volvían locos a todos», dice Lipsky. «Desde que los conocí, su modus operandi consistía en pisotearte; luego te ayudaban a levantarte. Primero pasaban de ti y después se disculpaban.» Se podría producir una película modesta con el dinero que Miramax debió de gastar en flores para disculparse por algo que Harvey no quiso hacer. Como dice Rice: «Algunos días Harvey te maltrataba verbalmente; otros días te acariciaba verbalmente y regalaba chucherías, una especie de bonificación para reparar el daño. Resultado: te tenía atrapado. Para mí era la analogía del gato y el ratón. El ratón piensa que está escapando, pero enseguida el gato le da un zarpazo en la cola y lo detiene.» Dice una fuente: «Uno de los Weinstein tiraba cosas, te echaba a patadas del despacho, te despedía. Luego el otro te decía que volvieses y te decía: “Oh, ¿eso ha hecho mi hermano?”, como si quisiera echarte una mano. “Mi hermano no quería hacer eso. Vuelve.” No había ganador.»

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Algunos empleados pensaban que contraatacar era una buena táctica. Lipsky recuerda haber provocado la ira de Bob con una «horrible» película australiana llamada The Quest (1986), con Henry Thomas: «Les había prometido [a los productores] que compraríamos diez mil dólares de espacio televisivo porque era la única manera de conseguir la película. Dos días antes del estreno, Bob vino a verme a mi despacho y dijo: “Fuera la televisión.” Le torturaba la idea de gastar ese dinero cuando sabía que la película recaudaría menos que nada. Y le dije: “No. Ya me he comprometido y ahora vamos a hacerlo.” Bob se me plantó delante, muy duro, y juro que extendió la mano hacia una caja de lápices que había en el escritorio y empezó a sacar lápices y a romperlos. Yo me puse a reír y le dije: “Pero, Bob, ¿qué haces?” Salió del despacho y nunca volvió a tocar el tema. Pero no gastaron los diez mil dólares.»

Sin embargo, mantenerse firme o devolver el golpe podía a menudo empeorar las cosas, provocando a los hermanos a soltar la rabia.

«Vacilas a la hora de hacer ondear una bandera roja delante de Harvey, simplemente porque se pondrá de los nervios y hará las cosas irracionalmente para lastimarte», dice Safford. Y añade Bowles: «Si entrabas con ellos en un terreno emocional, estabas condenado a perder, estabas muerto. Ellos siempre tenían más combatividad que cualquiera.»

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Edward R. Pressman y John Schmidt

Los blancos, anglosajones y protestantes pensaban que los judíos lo tenían más fácil. Los judíos pensaban lo contrario. Dice John Schmidt, director financiero a principios de los años noventa: «En los malos tratos sí que aplicaban la no discriminación. Si querían machacar a alguien, no importaba nada ni la raza ni la religión ni el origen étnico ni el color.» Sin embargo, casi todos coinciden en que los Weinstein eran más duros con los empleados de sexo masculino. «Siempre me dieron más pena los hombres, porque, aunque no se tratase de un problema concreto, con los hombres Harvey se ponía como un perro que está a punto de morder», recuerda Brantley. «Siempre estaba poniéndolos a prueba. Lo único que quería era hacerles saber que el duro era él.» Hasta cierto punto, Harvey y Bob mimaban a los empleados con competencia en ámbitos desconocidos para ellos. Si, por el contrario, uno tenía la mala suerte de trabajar en márketing, el ámbito que Harvey consideraba su fuerte, estaba condenado a que lo microgestionasen, a que le cuestionaran todo lo que hacía y lo acribillaran con críticas. Lo peor de todo era que uno gastaba el dinero de ellos, y si eras un hombre dedicado al márketing, estabas en la zona cero y ya podías ir haciendo las maletas. Una vez, enfadado por un anuncio mal puesto en el New York Times, Harvey le gritó a Dinerstein: «¡Voy a tirarte por esa ventana, mamón, ahora mismo!»

Con todo, trabajar en Miramax era emocionante.

Dice Rice, haciéndose eco de un sentimiento tan a menudo expresado por antiguos empleados que parece un consenso: «La gente detesta trabajar allí, pero ama lo que Miramax representa, ama la magia que los Weinstein han creado en el mundo del cine independiente. Es una sensación muy embriagadora y adictiva, por eso siempre se encontraba una manera de hacer la vista gorda, de pasar por alto lo que hacían y de olvidarse de los que caían en el camino.» Añade Fowley: «Tenían una energía nuclear, y atómicas eran también las broncas, pero no había nada comparable a estar ahí, con ellos.»

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