El escritor y el cine Francisco Ayala

es el demonio de la carne, el espíritu de la carne

 


Greta Grabo es un alma ardiente como la nieve.

Descendió de las tierras blancas -inocentes y crueles, igual que ella- y aún no sabía, perdida en intentos líricos cuál era la raíz dramática de su sangre y de la raíz de su pelo.

Sólo cuando -a la luz cruda de esos quirófanos que son los estudios de cine- se descubrió en ella la presencia terrible de una fatalidad, pudo advertirse tan exacto paralelismo entre los desiertos blancos y el riguroso -también blanco- Sáhara.

Fue la luz azul -fria, perfilada- de los estudios la que puso a flote esa dualidad por la que sabe darse y negarse a un tiempo mismo, tácita, como si jugase con su sombra.

Juego desvelado, atroz, y mudo forcejeo, en que su sonrisa egipcia, glacial, levanta sueños de rugiente calentura; vendavales de arena que sacuden el árbol de coral de las venas y queman como la lluvia los botones de fuego.

Circe nórdica, conserva en su pecho el rumor gemelo de dos caracolas: vibración, pura transpariencia, pura irrealidad. Porque en Creta la carne es también espíritu. Uno: el suyo. Como las contorsionistas de circo asoman la cabeza -arañas prisioneras- por entre los muslos, así ella sonríe, milenaria y sedienta, desde su inteligencia hecha carne, en trance idéntico de transposición.

Es el demonio de la carne, el espíritu de la carne.

A su mirada, azul y traidora cristalera, asoma la calma de una fatalidad a la que no puede -ella menos que nadie- sustraerse. Ella continua inocente, víctima.

En Greta Garbo cuaja de manera definitiva el mito cinematográfico -y eterno- de la mujer fatal.

Francisco Ayala, El escritor y el cine, 1975, Primera parte 1929, Figuras, Greta Garbo.

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