Sólo los mediocres se excusan con que todo está hecho. Esa tiene que ser nuestra lucha, con cámaras como fusiles y palabras como balas, para disparar la inquietud y la necesidad, cualidades imprescindibles en un artista. No podemos perder la cualidad política, intrínseca en la condición humana, ni mucho menos si estamos ante la difícil de crear. Debemos, al igual que Godard y Cortázar, ser sinceros con nosotros mismos y con nuestra sociedad, y desde esa verdad nuestra, liberar de todo letargo a los otros seres humanos.

Por Giulio Vita

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas y Pablo Cristóbal

 

Julio Cortázar revolucionó la literatura desde el juego y la perspectiva del lector. En toda su obra analizó lo lúdico y lo puso en práctica, dándole una importancia tal que llegó a hacer filosofía con sus conceptos y creó matices, tanto en la forma de su literatura como en el contenido, que no se habían descubierto antes que él. Hasta el final de su vida, cada cuento, cada novela, fueron una tesis de lo que se podría llegar, intentando buscar los límites de la literatura y desenredarlos a su antojo, en esa búsqueda insaciable por la forma. Los sesenta fueron años decisivos para la humanidad, gracias a que estuvieron llenos de revoluciones y contrarrevoluciones, de marchas de paz y de guerras por todo el globo, y más allá de eso, por primera vez, el ser humano actuó como un colectivo sincronizado inconscientemente: los estudiantes de todos lados del mundo se hicieron la idea que podían cambiar las cosas tomando las calles. Estos ideales fueron iguales en todos lados a pesar de que las luchas eran por diferentes razones en Estados Unidos, México, Francia, Italia, entre otros. Esta época de gran ebullición despertó a sus artistas coetáneos a preguntarse si ellos también podrían salir a la calle, si ellos también podrían ir en contra de lo establecido con sus áreas de interés, de crear la revolución que soñaban con el oficio que amaban.
Por un lado el boom latinoamericano sacó del pensamiento colectivo que en esa parte del mundo eran todos selváticos, sin por esto traicionar a sus raíces y gracias a las plumas de García Márquez, Vargas Llosa, el recién fallecido Carlos Fuentes, Julio Cortázar y muchos otros autores que han dedicado a través de la forma, una literatura diferente y maravillosa, como la Amazonia misma.
De todos ellos, para mí Cortázar fue aquel que aportó más al lenguaje cinematográfico, precisamente al arte del montaje. Fue Cortázar quien buscó en la forma crear siempre ambigüedad y jugar con el lector para enriquecer el subtexto y la experiencia misma de la narrativa, logrando en su obra capital, Rayuela, el mayor juego narrativo entre escritor y lector, gracias al nexo íntimo que crea desde el principio.
 
Jean-Luc Godard dio su primer paso en la industria cinematográfica como crítico en la mítica Cahiers du Cinema, donde conoció a sus colegas que luego, cuando se cansaron de criticar considerando que era hora de demostrar, serían considerados la Nouvelle Vague, un movimiento que buscó romper todos los moldes que vivía el cine de la época y explotar todo el potencial que contenía el cinematógrafo.
En este sentido, fue Godard quien respetó más estos ideales, quizás por su carácter reaccionario e inquieto, siempre a la búsqueda de más límites que destrozar. Todo el trabajo de Godard, desde su À bout de souffle hasta Film Socialism es una tesis cinematográfica tras otra, estudios filosóficos que utilizan la luz para apaciguar la inquietud de un hombre que busca, sin otra necesidad que la de buscar.
De hecho, muchas de las decisiones dentro del cine de Godard no están estudiadas con antelación sino que recoge lo que le ofrece el momento y así busca darle un sentido. Bajo esa misma dirección revolucionó el cine, sobre todo a través del sonido y del montaje, olvidándose de lo correcto y lo incorrecto, jugando con las imágenes y la reacción que producían juntas.
París era un punto de encuentro para escritores, artistas plásticos, cineastas y demás famas. Fue allí probablemente donde Godard conoció al imaginativo de Cortázar y habrán compartido ideas maoístas que tan de moda estaban entre los intelectuales de la época.
Sea como sea, a partir de este encuentro, Godard decidió insertar en su trabajo el de Cortázar, y rueda en Week-End un maravilloso plano secuencia de cinco minutos con el que retrata La autopista del sur, y así, cineasta y escritor, crecen, compartiendo, queriendo o no, en sus trabajos, imágenes, nombres de pintores, ideales, cantantes de jazz, y sobre todo esa necesidad, esa angustia perceptible por seguir buscando.
Godard también utilizó al juego y al amor, con chistes a veces demasiado personales para que todos accediéramos. En Week-End, por ejemplo, los personajes encuentran a Emily Bronte, y la queman con sus encendedores, dándonos a pensar en una crítica a la literatura, pero algo así no se repite en toda la cinta, y los personajes siguen yendo por situaciones que parecieran inconexas hasta que nos adentramos en esta rayuela que nos propone el director.
Cortázar, por su parte, también utilizó la agresividad política de Godard en su última novela El Libro de Manuel, donde juega con la metaliteratura, en una especie de novela/documento político de la época, un gran periódico izquierdista de aquellos años que recopilaba la situación actual en Europa y América Latina. Muy parecido a 2 ou 3 choses que je sais d’elle, de Godard, obra política y radical, tanto por la temática como por la forma de metaficción y muchos recursos del documental. Así que en esos maravillosos años, cada uno aportó al otro de alguna forma, y lo único que pesa es que no se hayan sentado nunca a crear una obra en conjunto, aunque quizás habría sido una traición.
Rayuela pasa a través del lector como una película, no en el sentido moderno de esta descripción, surgido sobre todo cuando el escritor tiene más que ver con lo visual que con la literatura, decepcionando bastante al lector, sino por su manera de montar. Cortázar, con su manivela desafiante, corta y pega de manera arbitraria, ejercitando la atención del lector, retándolo, invitándolo a entrar y una vez que lo tiene dentro, plantarle dudas, para que al final de la novela se queda con un montón de preguntas que satisface con otro montón de sensaciones maravillosas que sólo se pueden alcanzar en plenitud cuando estamos ante una obra maestra.
Lo mismo ocurre con Godard en sus trabajos, más precisamente en Le Mepris o Vivre sa vie, trabajos en los que Godard utiliza su pretensión de escritor con diálogos irreales que sirven en contraposición a imágenes que narran otra cosa, y así juntas, explican el todo y también abren la duda al espectador, un espectador que, como describiría Cortázar, tiene que ser igual que un “lector macho”, involucrado en la experiencia de la película y con sus sentidos desmenuzando tanto el discurso de la forma como el del contenido. Y así Godard corta y pega sus fotogramas aleatoriamente, sonriendo satisfecho al lector/espectador, saboreando la victoria de plantar dudas sin responder, esperando que desde la butaca empiece el debate y que siga en los cafés por semanas.

Por eso las obras de estos dos personajes no sólo siguen siendo actuales sino también novedosas y rompedoras. Estas películas y libros tienen la capacidad de no ser devoradas por los movimientos posteriores. El cine no debe desglosarnos todo ni limitarse a retratar. Mucho menos la literatura. En estas artes maravillosas y necesarias, el autor tiene la tarea de poner su punto de vista ante el espectador/lector y no dejar nunca la búsqueda, porque las posibilidades son infinitas. Sólo los mediocres se excusan con que todo está hecho. Esa tiene que ser nuestra lucha, con cámaras como fusiles y palabras como balas, para disparar la inquietud y la necesidad, cualidades imprescindibles en un artista. No podemos perder la cualidad política, intrínseca en la condición humana, ni mucho menos si estamos ante la difícil de crear. Debemos, al igual que Godard y Cortázar, ser sinceros con nosotros mismos y con nuestra sociedad, y desde esa verdad nuestra, liberar de todo letargo a los otros seres humanos.

 

Join the discussion 3 Comments

  • jariknoah dice:

    El placer se multiplica por infinito cuando coges un simple objeto e intentas ir más allá para convertirlo en algo más complejo. Eso es imaginación y creatividad. Los niños lo hacen muy bien. Cortázar y Godard lo hacen de puta madre.

  • Jose Robles dice:

    julio invento el corta y pega pero inteligente

  • Jose Robles dice:

    cortazar es un pez con la nariz pegada a un escaparate donde para el siempre hay algo nuevo ,el mira mejor,el se detiene en lo que a ti te pasa desapercibido porque te ibsesionas en escribir como él.

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