Los hermanos Coen, el dúo consanguíneo con más talento fílmico de los últimos años, comparten temáticas y geografías comunes en tres de sus obras portentosas: No es país para viejos (2007), Sangre fácil (1984) o el noir (filmado en blanco) de Fargo (1996). Sean desiertos de arenisca o moquetas de nieve, sus páramos aparentemente tranquilos participan del relato que descansa en un equilibrio frágil, más cerca de lo indómito que de lo cívico, donde la línea entre el bien y el mal se desdibuja para estos habitantes ariscos, sobre todo cuando entra en escena el factor del dinero y la codicia. Ese fajo de billetes que se aparece como por arte de magia  —como en esa clase de espejismos donde todo es demasiado bueno para ser verdad— y que los protagonistas “toman prestado” por las excusas más altruistas que puedan inventarse. Ese maletín, esa caja fuerte al alcance de cualquier mano adiestrada, que se ve, se desea y se roba intencionadamente con ayuda de un plan tan ingenuo como desastroso.

Escrito por Pablo Cristóbal y Miguel Cristóbal Olmedo
Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

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Arriba: No es país para viejos (Hermanos Coen, 2007). Abajo izquierda: Sangre fácil (Hermanos Coen, 1984). Abajo derecha: Fargo (Hermanos Coen, 1996).

De este modo, y en la tradición de tantos personajes bajo la batuta de otros directores, los protagonistas alcanzan brevemente sus sueños, como en Un plan sencillo (Sam Raimi, 1998), La cosecha de hielo (Harold Ramis, 2005), Labios ardientes (Dennis Hopper, 1990) o Giro al infierno (Oliver Stone, 1997), para despertar con la sensación de que todo se va a la mierda.

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Derecha: Giro al infierno (Oliver Stone, 1997). Izquierda: Labios ardientes (Dennis Hopper, 1990).

Y, en efecto, todo se va a la mierda.

La codicia es el motor de las grandes fortunas y también de los grandes crímenes. Es, para la mayoría de los mortales, un falso hatajo emponzoñado en sangre y carroña. Es el alimento necesario de las historias, el denominador común para que los personajes (y la Historia de la humanidad en general) arranque hacia algún lado, para que se den las guerras, las persecuciones, los juegos de seducción y las celebraciones en los clubs de striptease, para que existan los padrinos, los tahúres, los estafadores, los asesinos a sueldo… El dinero ilícito sirve para que todo se ponga en movimiento, es la visible diana que portan los que lo poseen: ese dinero maldito suele llevar a previsibles situaciones de vida o muerte, celos y engaño, a sembrar la desconfianza entre maridos y mujeres, hermanos y primos, abogados y clientes. Y celebrar sus asesinatos.

La bolsa de deporte en No es país para viejos, la maleta en Fargo o la caja fuerte en Sangre fácil, el capital —a juicio de los Coen— es un contratiempo peligroso.

Razón no les falta a dos cineastas que necesitan la ayuda de grandes productores para poner en marcha sus películas, obras maestras las más, que aspiran como casi siempre a la Palma de Oro en Cannes pero también se venden por todo el mundo como cine de relato independiente a pesar de una producción absolutamente dependiente.

Los hermanos Coen nunca condescendieron a filmar The Matrix (hermanos Wachowski, 1999), El libro de Eli (hermanos Hughes, 2010), Aliens vs. Predator 2: Requiem (hermanos Strause, 2007) o Capitán América: El Soldado de Invierno (hermanos Russo, 2014), fieles a sus curiosidades y obsesiones, tampoco se embarcaron en el estilo de los hermanos Dardenne para ganarse a la crítica más snob. Los Coen denuncian abiertamente la avaricia como el primer gran pecado capital —el resultado de tanto sueño americano que no es otra cosa que el consumo desproporcionado y la cosificación del hombre en medio de la producción— y lo hacen con sutileza y convicción en dos secuencias clave de No es país para viejos: la primera, en la que el personaje interpretado por Josh Brolin compra una chaqueta a unos jóvenes —por un precio desorbitado, fruto de su necesidad— para pasar la frontera entre Mexico-EEUU sin llamar la atención. También les pide una cerveza, a lo que el más pícaro del grupo le pregunta cuanto estaría dispuesto a pagar por ella. Otro de los jóvenes, reconociendo la situación de abuso que se está produciendo, reprende a su amigo: “no seas capullo, dale la maldita cerveza”.

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No es país para viejos (Hermanos Coen, 2007)

La segunda secuencia donde se pone de manifiesto esta idea del dinero como detonante de la mezquindad congénita en el ser humano es cuando, tras un fortuito accidente, Bardem, símbolo de la amoralidad mercenaria, debe improvisar un cabestrillo y para ello recurre a la ayuda de dos niños. Uno de ellos está dispuesto a ofrecerle su camisa altruistamente pero el villano de la película no acepta ese gesto de caridad sino que se la compra dándole un billete manchado de sangre, el mismo billete, podría pensarse, que le ofrecen a Nicolas Cage en Snake Eyes (Brian de Palma, 1998) para comprar su silencio y complicidad. En cuanto los niños reciben el pago puede escuchárseles discutir sobre la repartición de las ganancias.

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No es país para viejos (Hermanos Coen, 2007)

El conflicto recuerda al de esos dos hobbits emparentados en árbol genealógico que, pescando tranquilamente, encuentran el famoso anillo de poder y corrupción, y uno de ellos —el sibilante Smeagol—, termina asesinando a su propio primo, recreando el mito de Caín y Abel —porque la envidia y la avaricia suelen ir de la mano aunque no sean necesariamente lo mismo—.

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El señor de los anillos: El retorno del rey (Peter Jackson, 2003).

Pero, dentro del campo de la inmaterialidad también hay una maldad precursora a esta codicia, una maldad primigenia que se expresa corpóreamente en la figura de actores como Javier Bardem, Billy Bob Thorton o Peter Stormare y que no parece estar tan interesada en el dinero como en la psicopatía pura y dura.

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De izquierda a derecha: Javier Bardem, Billy Bob Thorton y Peter Stormare.

En No es país para viejos la mirada enajenada de Javier Bardem como el psicópata Anton Chigurh va un poco más allá de la mala uva que transpiraban sus papeles en Perdita Durango (Alex de la Iglesia, 1997) o el archienemigo de James Bond en Skyfall (Sam Méndes, 2012), su enfermizo y demonizado personaje en No es país… es, básicamente el mismo agente del mal que interpretara Billy Bob Thorton en Fargo, la serie (2014-); y a su vez comparte fobias con el villano de cartoon Leonard Smalls (Randall ‘Tex’ Cobb) de Arizona Baby (hermanos Coen, 1987) que arrasaba con todos los animales que se cruzaban en su camino —uno, subido a su moto lanza granadas a las liebres que merodean cerca del asfalto; el otro, dispara desde su coche a un águila posada plácidamente en el arcén—.

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Randall ‘Tex’ Cobb en Raising Arizona (Hermanos Coen, 1987).

También existe una correlación entre dos personajes recientemente interpretados por Bardem —Silva en Skyfall y Anton Chigurh en No es país…— con dos de los más famosos villanos que pueblan la fauna de Gotham City. Hablamos de los dos enemigos del hombre murciélago cuyas continuas apariciones por sus viñetas han dado dos versiones cinematográficas tan conocidas como desiguales: El Joker (Nicholson/Ledger) y Dos Caras (Tomy Lee Jones/Aaron Eckhart). Así, la maldad de Bardem en Skyfall —a priori presentado como un Julian Assange maléfico según Juan Carlos Monedero en su libro Cuando las películas votan— termina finalmente por delatar un trasunto del Joker ya que: 1) Descubre su verdadero rostro con una amarga y monstruosa sonrisa al quitarse la prótesis dental que mantiene su cara uniforme. 2) Se deja atrapar como parte de un plan maestro mayor. 3) Es un terrorista. 4) Revela su atracción homosexual hacia su oponente. 5) Hay un claro dualismo entre “hermanos” criados por una misma madre o una misma urbe, Gotham o la agente M (Judi Dench) son niños perdidos que establecen una rara vis filial. 6) Bardem se convierte en el mayor antagonista de esta nueva saga de James Bond, al igual que no ha habido enemigo comparable en toda la saga de DC al trabajo de Heath Ledger en The Dark Knight (Christopher Nolan, 2008).

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Javier Bardem en Skyfall (Sam Méndes, 2012).

Ahora, en la película de los Coen —Anton Chigurh (Bardem) al igual que Dos caras (Tomy Lee Jones/Aaron Eckhart) lanza una moneda al aire para decidir su propia suerte pero también la que correrán las personas que encuentra a su paso— tenemos la misma filosofía del azar (no hay bien ni mal ni correcto ni incorrecto, no hay acción y consecuencia, sino el baile aéreo de la moneda).

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No es país para viejos (Hermanos Coen, 2007) y El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008).

En No es país para viejos los actores Josh Brolin y Tomy Lee Jones (que hiciera el peor Dos Caras filmado, jugando a estar a la par con el histrionismo de Jim Carrey) coinciden en una película donde nunca aparecen juntos ni en un mismo plano ni en ninguna secuencia.

El mal siempre aventajando al cansado y decepcionado paladín de la justicia, que ya no entiende, que ya no quiere involucrarse en un mundo donde el crimen es tan arbitrario como un accidente de tráfico. El horror que el coronel Kurtz (Marlon Brando) invocaba en Apocalipsis Now (Francis Ford Coppola, 1979) ya no está en la guerra lejana de selvas rociadas en napalm, sino en nuestras propias almas, en el mensaje que digerimos a diario en la publicidad omnipresente. Luchar por mantenerse apartado es también pelearse con la propia sociedad, con su raíz ancestral e inamovible que los hermanos Coen denuncian de forma admirable, sacando las tripas al paciente y dejándolo expuesto para que abominemos de nuestras propias entrañas.

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