nunca hubiera sospechado que en los besos de una niña de quince años pudiera haber tanto fuego

 

Mike apostó ahora veinte dólares, pero los perdió. El príncipe —sin interrumpir su canturreo— cogió el billete con los dos dedos a manera de pinzas, y se lo llevó.


Ya no quedaba nadie en la salita excepto los jugadores abismados en el juego, y la menuda rubia. Estaba sentada plenamente sola en su rincón, fumando pitillo tras pitillo, de un finísimo tabaco, en una larga boquilla verde, y no se cansaba de pedir nuevas copas de whisky.

Tras el humo de su cigarrillo, me lanzaba miradas sobre cuyo sentido no me podía equivocar. Hice acopio de todo valor, y fui a sentarme junto a ella. En seguida me ofreció un cigarrillo de su Pitillera de oro, y me preguntó qué quería beber. Estaba visiblemente embriagada. En su rostro, en sus párpados, los afeites se habían disuelto y amasado en gruesos grumos, pues en el local reinaba un calor extraordinario. En sus manos, que recordaban algo a las garras de un pájaro brillaban enormes sortijas de brillantes, y llevaba las uña alargadas, en forma de conchas, pintadas de carmesí.

Tras breve conversación, me preguntó si me vendría bien acompañarla a casa. Salimos, sin mirar siquiera a los jugadores. Ante la puerta, la esperaba su coche, con un chófer enfundado en un gran abrigo de pieles, que dormitaba profundamente junto al volante.

Al llegar ante su casa, quise despedirme, pero ella me invitó a subir para tomar otra copa de licor.

Permanecí en su casa hasta la tarde del día siguiente, en que desperté de un largo y profundo sueño. Nunca me he mostrado orgulloso de esta aventura. Al contrario, me daba asco a mí mismo, hasta cierto punto, por haberla aceptado.


A los pocos días, Mike llegó al restaurante húngaro en un coche morado novísimo, con carrocería cerrada. Llevaba, además, un flamante traje nuevo.

Me contó que aquella noche había ganado más de tres mil dólares a los dados. Yo le pregunté asombrado:

 —¿Cómo te has arreglado?

En vez de contestarme, hizo un guiño. Y se rio.

Aquel guiño y aquella risa parecían ser la confesión de que había hecho trampa. Por lo menos a mí me producía este efecto.

 […]

Jennifer acababa de cumplir los quince años. En su traje nuevo, me hacía el efecto de que como por arte de encantamiento, de la noche a la mañana, se hubiese transformado en una muchacha mayor. Me acuerdo aún hoy exactamente de aquel traje. Era de color leonado, con cuello azul ceniza, estriado, con unas negras líneas onduladas. Su talle, inverosímilmente esbelto, estaba ceñido por un cinturón. En el paño de color leonado, aparecían unas manchas tejidas muy hábilmente, de color marrón. Aquella armonía sencilla, discreta y, sin embargo perfecta, me hacía pensar en el plumaje del perdigón, que siempre me encantaba.

Es muy posible que no hiciera en aquel entonces más que fantasear: el largo cuello de Jennifer a los quince abriles su fina cabecita, la ligereza de sus gestos y ademanes, la elasticidad suave de su cuerpo, sus hombros, su cintura, sus amplias caderas, todo eso, en su conjunto se parecía desde luego bastante a mi ave preferida que yo había tenido siempre por la viva quintaesencia de la perfecta armonía entre la elegancia y la sencillez.

Me turbé un poco cuando presenté mi regalo a Jennifer y, sin saber por qué, estaba conmovido. Cuando la muchacha desplegaba el papel de seda y abría el estuche de dóngola, se olvidó repentinamente de que ya vestía de largo. Como si de golpe y porrazo hubiera vuelto a sus diez años. Su mirada abrazó con una curiosidad mal contenida el obsequio, y sus dedos, olvidándose de todo, hasta de mi presencia, se alargaron hacia las tijeras y el dedal. Era encantadoramente infantil, y expresó su entusiasmo con unas frases atropelladas en voz muy alta.

Luego me miró pestañeando, y haciendo una mueca cómica, me sonrió, no sin coquetería.

Tras un instante de vacilación le dije:

—¿Me permites que te dé un beso?

Proferí esta frase con suma sencillez, casi en un tono paternal. Durante un instante, pareció meditar mi proposición, con pueril suficiencia, y por fin, con repentina decisión, casi transportada, musitó:

Yes…

Cerró los ojos, tendiéndome su mejilla izquierda. Yo la besé en la boca. Era un beso ligero y blanco, apenas más que un suspiro. No sentí ni el sabor de sus labios.



Sin embargo, al volver ella a abrir los ojos, me costó reprimir la risa. ¡Era tan cómico ver reflejarse en su cara y en sus ojos, el susto y la sorpresa! Como si le pareciera incomprensible que, después de esto, las paredes no se derrumbaran, la casa no se hundiera crujiendo, y no salieran llamas del suelo. El pasillo oscuro permaneció tan silencioso como antes. Tan sólo el aspirador de Betty silbaba tristemente encima de nuestras cabezas, en el piso superior.

Pero hasta aquel sonido desprovisto de todo peligro era suficiente para que Jennifer se apartase de mí, con un ademán infantil.

Al día siguiente, volvimos a encontrarnos. Y a partir de aquella fecha, todos los días. A las cinco en punto. El distribuidor de periódicos no sabía que cuando colocaba el diario sobre el picaporte, nos proporcionaba una señal secreta para dos seres jóvenes que él nunca había visto, escondidos detrás de dos puertas cerradas. De haberlo sabido, hubiera llegado minutos antes, para abreviar nuestros prolongados tormentos de espera.

Nos besábamos cada vez con mayor furia, y nos pasábamos siempre más tiempo en el pasillo. Una vez ocurrió que la madre de Jennifer se había quedado en casa, y no pudimos salir al pasillo. Aquel día, yo me sentía como sí hubiesen retirado algo del régimen normal de mi organismo, cocaína o morfina, algún dulce veneno. Caí enfermo de esta privación; no llegué a pegar los ojos en toda la noche, una extraña nerviosidad ponía mis nervios de punta y tenía la sensación de que, en mis sienes, las venas despedían llamas.

Nunca, nunca hubiera sospechado que en los besos de una niña de quince años pudiera haber tanto fuego.

Una vez, la cogí por el brazo, empujándola hacia mi cuarto. Pero Jennifer afirmó su pie contra el quicio de la puerta, me miró con unos ojos en los que se leía el ruego, el reproche y la ira, mientras luchaba conmigo con la expresión de alguien que quisiera dar gritos y se ve obligado a callar.

Por fin, vencí. Jennifer estaba en mi habitación. No pensaba ni por un instante atentar contra su pudor; en el ser de Jennifer había algo tan infantil que, en último instante, me hubiera desarmado siempre. Sin embargo, asaltaba su cuello, sus hombros y sus pequeños senos que se escondían púdicamente, con ardorosos besos.

Quedé convencido de que no volvería a verla nunca más.

Sin embargo, al día siguiente, entró por sí misma en mi habitación. Eran aquellos unos cuartos de hora de locura que se sucedían día por día, semana por semana.

Jennifer era una niña; no hacía más que jugar con el fuego. A lo mejor, ni comprendía el sentido de nuestros retozos. Y esto parece confirmado por el hecho de que una vez más precisamente en el momento más encendido, me apartó de sí con un gesto brusco y dijo:

—Oye, ¿quieres decirme qué es esta adivinanza? Redondo como la galleta, y aplicado como la abeja…

Se llevó una mano a la boca y colocó uno de sus dedos entre sus dientes, mirándome en este ademán, por detrás de su palma entornada, con sus dos grandes ojos verdes plateados, que parecían ocupar todo el ancho de su cara, y en los que en aquel momento se escondían unas llamitas de expectación muy maliciosas. Hice como si me sumergiera en profundas cavilaciones, con el único fin de verla mantenerse todo lo posible en aquella actitud, deleitándome con su visión.



 —¡Golondrina! —dije, de repente, a guisa de solución.

—No.

—Entonces, algún pescado.

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué?

—Un reloj de bolsillo.






Y soltó una carcajada; una carcajada sabrosa y argentina, de satisfacción por esta adivinanza tonta que acababan de explicarle aquel mismo día en el colegio. En el pasillo, como en todas las casas americanas de esta índole, había un grifo de agua, con una manguera larga y comprimida en forma oval. Nuestras entrevistas silenciosas y violentas no nos satisfacían por completo, pues por la excitación y el miedo, no nos atrevíamos a hablar en voz alta. Decidimos carteamos, y aquella manguera nos pareció un excelente buzón. Por las mañanas, al salir para mi trabajo, siempre encontraba entre las arrugas de la misma una carta de Jennifer, en una hoja arrancada de un cuaderno escolar. En vez de la suya, le dejaba yo otra mía.

Ya no me acuerdo muy bien del texto de nuestras cartas. Para decir verdad, no acepté la idea de aquella correspondencia, sino porque Jennifer insistía. Para mí, la redacción hasta de la más pequeña carta significaba un esfuerzo mental excepcional. Ya hacía nueve meses que vivía en Nueva York, pero mis conocimientos del idioma inglés no bastaban para una correspondencia amorosa digna de mí. Las cartitas de Jennifer eran muy pueriles. A veces, contenían palabras que yo no entendía.

Una noche, nunca lo olvidaré, oí llamar a mi puerta. Era un ruido suave, como en sueños. Hacía tal vez unos diez minutos que había apagado la luz, pues velaba hasta muy tarde, leyendo en la cama. Estaba medio dormido. No encendí la luz, y entreabrí la puerta. Era Jennifer, en el pasillo en penumbra, vestida con su pijama verde mar, con unas babuchas adornadas con plumas color de naranja, con el pelo en desorden y cara de sueño, tal como nunca la había visto.

—¿Tú… eres tú? … ¿Estás loca? —musité asustado.

Entró con una risita sofocada, como una niña traviesa. Saltó en mi cama, y se cubrió con la ropa hasta la coronilla. Luego, sacó un ojo debajo del embozo, a la vez que se reía de manera extraña. Y daba vueltas y más vueltas bajo la ropa.

Todo ello apenas duró unos segundos. Jennifer de un salto se puso en la puerta otra vez. Desde allí me sacó la lengua, me hizo unas orejas de burro y desapareció.

Como si sólo desease tomar un baño, o sumergirse en la ola más cálida del pecado, de las cosas prohibidas y del peligro. O como si se propusiera torturarme a mí, revolcando mi alma y encendiéndola.

El alma se apaga, Lajos Zilahy, 1932.





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