Ambas películas son magníficas. La veneración y el favoritismo por una u otra obra dependerá simplemente del paladar del espectador. Si los remakes hollywoodienses tuvieran siempre un resultado tan interesante, muchos dejaríamos de echarnos las manos a la cabeza cada vez que anuncian pletóricos la producción de una nueva revisión.

por Carlos Cristóbal Olmedo

DÉJAME ENTRAR: sangre opuesta, almas semejantes

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No somos pocos los que estamos cansados de que Hollywood solvente su falta de ideas y carencia de buenos guiones echando mano de viejos clásicos o éxitos europeos actuales para realizar remakes torpes, evidentes e innecesarios. Cogiendo obras que resultaron genuinas para adaptarlas a la fórmula habitual, con sus terribles concesiones al público más fácil de engañar – y a veces ni a ellos consiguen convencer -. Aparte de lo irritante que resulta que el público norteamericano necesite su propia adaptación audiovisual para digerir material europeo o de hace unas décadas. Pero también es cierto que de vez en cuando algún productor honesto, uno que ame el cine de calidad tanto como al dinero – y pueden imaginarse que son bien pocos –, confía estos remakes en las manos de un auténtico cineasta para llevar a cabo una nueva lectura, a veces tan estimulante como la original.

Y el caso al que nos remitimos es Déjame entrar. Dos miradas audiovisuales, tan diferentes como efectivas, de una misma novela publicada en 2004 por el escritor sueco John Ajvide Lindqvist.

Recordemos la historia. Nos situamos en la década de los ochenta, en Estocolmo (Suecia). En un suburbio de Blackeberg vive Oskar, un solitario niño de doce años atormentado por el reciente divorcio de sus padres y por las palizas que recibe por parte de sus compañeros de clase. Todas las noches, para desahogarse, sale al parque de enfrente con un cuchillo y se imagina asestando golpes mortales a sus acosadores. En una de esas bucólicas noches conoce a Eli, una pálida y misteriosa niña de su misma edad a la que parece no afectarle el frío y que sólo sale de casa al ocaso. Ambos, personajes aislados y taciturnos, entablan una particular amistad que se tornará en una compleja historia de amor preadolescente. Abrumados por la nostalgia y el frío, sólo encontrarán calor en su relación. Mientras se conocen, se suceden una serie de asesinatos; Oskar pronto comenzará a sospechar lo evidente: que ella es un vampiro.

La aparición de este libro conmocionó al mercado literario. Lejos de la pusilánime y deleznable moda de Crepúsculo, Déjame entrar mostraba una revisión del género de vampiros con una de las historias de amor adolescente de lo más inquietante. Tan realista como terrible, es un relato crudo y original sobre la soledad, la dependencia afectiva, las relaciones de poder y algunos de los aspectos más oscuros de la sociedad, como son la prostitución, la violencia, las drogas y la pedofilia.

Bésame, monstruo

Let the right one in es la adaptación a la gran pantalla que apareció en 2008. Realizada por el también sueco Tomas Alfredson, quién recientemente nos sorprendió con El topo (Tinker Tailor Soldier Spy, 2011), esta obra ahonda en la historia de esos dos corazones desubicados con el estilo propio del cine nórdico. Una historia donde los silencios y los gestos hablan por sí mismos, un admirable tono realista sin huir de cierto humor negro, una puesta en escena elegante y una narración de lo más lírica. Alfredson consigue transmitirnos la sensación de abandono y soledad de esta joven pareja (interpretados magníficamente por Kare Hedebrant y Lina Leandersson) con una narración pausada, e intimista. Sin ser una película de terror, consigue un resultado perturbador y brutal. La música de Johan Söderqvist y la fotografía de Hoyte Van Hoytema hacen lo propio, introducirnos al frío de los países nórdicos y a la belleza que se subyace en este tenebroso relato.

La adaptación no es de lo más fiel y evita algunas de las cuestiones más polémicas de la obra original – me morderé la lengua con la cuestión del travestismo – sin dejar de resultar una película de lo más cruda, pero nadie puede negar que resulte de lo más acertada.

Uno de sus rasgos más característicos es la sutileza con la que nos conducen a través de este romance platónico. Incluso ambiguo. La historia deja sin respuesta muchas de las cuestiones que tan solo se sugieren implícitamente, algo que en ciertos momentos resulta de lo más estimulante. Por ejemplo, que no sepamos respondernos a nostros mismos si la relación entre Oskar y Eli es un idilio amoroso o un caso de un niño claudicando a convertirse en esclavo de un monstruo sanguinario.

También tenemos el caso del protector de Eli (interpretado por Per Ragnar), el asesino que le consigue sus víctimas. No sabemos si es realmente su padre (con inclinaciones incestuosas), un viejo pedófilo u otro amante y cautivo – aunque en los tres casos siguen siendo igualmente esclavos – del que se enamoró y/o sometió a sus encantos.

Rápidamente la película sueca se convirtió en una obra de culto. A nadie le sorprendió que al poco tiempo Hollywood le echara el guante para hacer su propia adaptación. En 2010 apareció Let me in, la revisión de Matt Reeves, al que todos conocemos por la irregular Monstruoso (Cloverfield, 2008). Su película respeta escrupulosamente la atmósfera y el tono de la anterior obra, tomando algunos de sus aciertos y explorándolos por otros senderos. Como viene a hacer el cine norteamericano con los thrillers, es más fluida y explícita, con un ritmo trepidante, pero no por ello vacía o superficial, sino que consigue hacerla más terrorífica, violenta y visceral, aparte de un mayor uso de efectos visuales. Te introduce aún más debajo de la piel de los protagonistas. De esta manera, nos llevamos la misma sorpresa que tuvo el exigente crítico Carlos Boyero: “Insólito: un remake que tiene alma”.

Evidentemente la obra de Reeves no tiene el mismo mérito que la sueca, ya que él partía de una obra audiovisual anterior sin necesitar de una exigente revisión de la novela original. Pero a nivel visual podemos resaltar que su resultado es también brillante e incluso más efectivo – aunque también es más artificial -. Este joven director consigue crear una atmósfera de lo más opresiva, la fotografía consta de una virtuosa riqueza visual (gracias a Greig Fraser) y la banda sonora de Michael Giacchino resulta hermosa a la vez que funcional – por muy reiterado que sea el uso de la música en las narraciones norteamericanas -.

El reparto también es estupendo, aunque en este caso las caras resulten conocidas: Kodi Smit-McPhee (The Road, 2009) interpreta al niño, esta vez llamado Owen, Chloe Moretz (Kick-Ass, 2010) da vida a la pequeña, aquí Abby, y el veterano y eterno secundario Richard Jenkins (el padre de la serie A dos metros bajo tierra) es el protector de Abby. Además Reeves consigue cambiar el contexto de la obra, tanto dentro como fuera del plano. Él mismo señala: “Sabía que tenía que haber una forma de poder tomar la esencia de su historia y trasladarla al entorno americano que conocía de mi infancia”.

“Mejor no hablar de remake sino de relectura (…) Lo que en la primera película era poesía, aquí es inmejorable prosa, un relato de trazo claro y elocuente sobre el bien y el mal” (Salvador Llopart: Diario La Vanguardia)

Al trasladarlo a los años ochenta de Norteamérica, con los discursos del presidente republicano Ronald Reagan reavivando la paranoia del conflicto nuclear contra los rusos, se incrementa ese clima de confusión que afecta tanto a la madre como al niño. Un crío que sabe que está invitando a casa al enemigo, no de los americanos, sino directamente de la raza humana. Haciendo amistad con su depredador.

Owen: –Tú matas personas.
Abby: –Sí, pero yo lo hago por necesidad, sin embargo tú desearías hacerlo.

Aquí la conexión entre ambos niños es tan patente que ni siquiera es necesario que el pequeño invite a la vampiresa, sino que al aceptarla en su propia vida ya está realizada la invitación.

Otro acierto, sin convertir en desacierto la adaptación sueca, es ahondar aún más en la violencia ya innata en el propio Owen. Lo que hace Abby es alentar al perturbador demonio que ya llevaba dentro.

Algo que caracterizaba la primera mitad de la película sueca era el empleo que se hacía del plano general para mostrar las escenas más violentas. Pero en la versión americana lo que resalta en la primera parte es un contante y confuso uso del plano detalle; incluso se desenfoca los objetos que más nos interesan reconocer, potenciando la sensación de asfixia y desconcierto. La incomunicación entre Owen y su madre se expresa acertadamente con una madre fuera de plano o de foco. El comienzo es el ejemplo más esclarecedor, con esa ambulancia custodiada por la policía en la que se encuentra un tipo agonizando, sin reprimir sus gritos de angustia.

El protagonismo que gana el personaje del policía (interpretado por el canadiense Elias Koteas) es uno de los muchos elementos que incluye para aumentar una desasosegante tensión y acercarnos al horror desde afuera, donde no hay belleza alguna.

En esta adaptación todo resulta más explícito, pero la emoción emitida no nos hace echar en falta la sutilidad sueca. Las alusiones sexuales resultaban necesarias en este relato erótico-pubescente. La historia del protector y amante de Abby nos es revelada, y adquiere una dimensión más romántica y trágica: no se trata de un pederasta sino del amante y protegido que le ha acompañado desde la adolescencia, adquiriendo la obra y la vida de Abby un carácter dramáticamente cíclico.

En definitiva, ambas películas son magníficas. La veneración y el favoritismo por una u otra obra -¿y por qué tenemos que elegir?- dependerá simplemente del paladar del espectador.
Si los remakes hollywoodienses tuvieran siempre un resultado tan interesante, muchos dejaríamos de echarnos las manos a la cabeza cada vez que anuncian pletóricos la producción de un nuevo remake. Más bien todo lo contrario, nos alegraríamos de tener la oportunidad de contemplar y examinar la riqueza de las diferentes miradas que nos pueden aportar una y otra época o, como es el caso, entre uno y otro continente

Madrid, 23 de abril de 2012

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