Camisea, 19 / 4 / 81 (Domingo de Pascua)

Walter regresó ayer, había volado a Oventeni y de ahí a Satipo, donde había cinco campas en el hospital. El accidente ha tenido consecuencias más graves de lo que supusimos en un principio. Es casi seguro que Nico, uno de los caciques, quede paralítico: se rompió dos vértebras. Había que recoger a otros 150 campas y, comprensiblemente, ahora ninguno se anima a volar. Los hermanos de Nico intentaron suicidarse de inmediato. El ambiente es extremadamente tenso. Un campa que pudo escapar del avión caído se ató con la cushma el brazo roto, que le colgaba, y huyó a la selva. Alto, le gritó alguien al fugitivo. Que todo estaba en orden, respondió el herido y se adentró en la maleza de lianas, donde habría muerto si no lo hubieran sacado arrastrándolo por los pelos. Nico estuvo atrapado en el avión largo rato. El piloto también se lastimó unas vértebras y la cara le quedó seriamente desfigurada; todavía no se sabe si también quedará inválido. Por sugerencia del médico, W. llevó a Nico en avión a Lima e hizo que también transportasen allí al piloto. Esto es lo que cuentan del accidente: cuando el avión iba a despegar, una rama dura se enredó en la cola y lo bloqueó. Por eso el aparato se elevó con mucha inclinación y, tras hacer medio loop, se precipitó a tierra. El piloto, con pulso firme, había apagado el motor y, al caer en picado, volvió a arrancar rápidamente para reducir el ángulo de choque. Recuerdo que mi madre me habló de un accidente similar que le sucedió a una unidad de elite durante una demostración aérea. La escuadrilla volaba a baja altura para realizar un loop invertido ante un buen número de espectadores, pero el comandante midió mal el ángulo de viraje y la formación completa cayó a toda velocidad y en perfecto orden geométrico sobre un campo de cultivo. ¿Será que la desgracia ha encontrado su hogar con nosotros? Siento una gratitud absoluta hacia los días discretos, sin desgracias. La tala de la madera resuena desde muy lejos a través de la selva. El río, ahora tranquilo, se repliega cada vez más sobre sí mismo.

Larga conversación con Kinski sobre Paganini; ha traído unos casetes con piezas para violín que a petición suya hemos puesto a todo volumen en mi porche. El hijo de Paganini gastó una gran parte de la fortuna del padre en los cuarenta años que estuvo intentando enterrarlo. El violinista no era bienvenido en ninguna parte, cada entierro era provisional y el muerto era enviado de cementerio en cementerio. K. me ha dado su guión, seiscientas páginas; quiere que yo dirija la película. Con un vistazo queda claro que el proyecto no tiene arreglo. Durante media página se folla y en la otra media se toca el violín, se folla y se toca el violín, y así durante seiscientas páginas. Todo se resume en el egocentrismo de K. Lo va a tener que dirigir él.

El texto de las hormigas y las mariposas está escrito en la parte interior de la corteza de los árboles; por mimetismo, queda allí un trazo fiel. Luego, de pronto, los árboles se han desvanecido, han desaparecido. Y con ellos han desaparecido los insectos, y sólo atrapados en ámbar quedan los documentos y las pruebas de un tiempo de mayor abundancia. Y además esto: hojas de árboles caídos hace miles de siglos flotan, se mecen aún hoy en la nada. Sobre la tierra sin árboles quedan hoy cuatro monjes que, con la sotana levantada, montan por detrás a unas campesinas incautas en un campo de remolachas casi totalmente cosechado. La imagen proviene, creo yo, de K., que por lo visto piensa en él y en mí en plural.

La Semana Santa no significa para mí otra cosa que la infancia en Sachrang. Una vez, un otoño, por la época de celo de los ciervos, un macho agresivo atacó a un ciclista de noche en una carretera solitaria. El ciclista buscó refugio en un paso subterráneo bajo un puente, donde había varias latas de conserva. Sólo el ruido de las latas ahuyentó al ciervo. También me acuerdo de que en la granja de los Sturm había un ternero muerto en la nieve, a la vera del bosque, y los cuervos le arrancaron los ojos y seis o siete zorros empezaron a devorarlo. Al acercarme, los zorros fueron los primeros en salir huyendo, luego los cuervos. El ternero ya casi no tenía cara. Cuando estuve más cerca, un zorro asustado salió de repente del abdomen abierto del ternero, bajó un momento las patas traseras, como si esperase recibir unos golpes, y huyó a grandes saltos, siguiendo a los otros zorros. Yo me largué corriendo en la otra dirección.

El año pasado un indio aguaruna se me pegó a los talones, finalmente me interceptó y quiso a toda costa cantarme una canción. Cantó, en español, lo bonito que era el sábado; era un Adventista del Séptimo Día y, por lo visto, para ellos el sábado es sagrado. Quería convertirme. No paraba de sonreír, de manera muy efusiva, para darme a entender que era feliz.

Tengo el dedo medio bastante hinchado y está supurando, me lo corté al resbalarme en el pongo. Al atardecer, con la última luz, vamos a rodar el momento en que los campas pisan el barco por primera vez. Rabieta de K. por las fotos de la escena que rodamos ayer, durante la cual se nos acabó la luz. K. insistió en hacerlas él, pero se puso increíblemente furioso porque creía que en una de las cientos de tomas el obturador se había accionado en el momento equivocado. A oscuras, después, el resto de la escena 106 con Huerequeque y los dos muchachos, McNamara y el Comandante. Los tres lo hicieron muy bien. Tricky Dick Nixon le arrancó a McNamara un mechón de pelo.

Conquista de lo inútil, 2009, Werner Herzog

Ahora te toca a ti, vive un poco. ¿Qué te ha parecido este artículo? Déjanos tu opinión o comentario: