Una prueba evidente de que Aronofsky es uno de los narradores más interesantes del cine norteamericano actual. Desde unos parámetros racionales, la mayoría de sus películas resultan algo irregulares y excesivas, pero la cuestión es que no son películas racionales, sino que este director ha creado su propia visión del mundo, donde la pesadilla y la demencia conviven con la realidad, donde la historia de cualquiera se convierte en una vida al borde del abismo.

Escrito por Carlos Cristóbal

“Anoche tuve un sueño muy raro. Era el de una chica que se convierte en cisne y necesita el amor para romper el hechizo. Pero el príncipe se enamora de otra, y ella se suicida”. Así resume Nina esta versión del ballet El lago de los cisnes. Ya desde el comienzo de la película nos situamos en el plano de la tragedia.

Luz y oscuridad

Nina Sayers (Natalie Portman) es una ingenua, virginal y dulce bailarina de danza clásica. Su madre (Barbara Hershey) es una bailarina frustrada en su juventud que dedica todos sus esfuerzos al perfeccionamiento y realización de su sueño proyectado en su propia hija. La vida de Nina discurre entre su hogar y los ensayos en el teatro, entre un ambiente opresivamente maternal y otro competitivo. Es por ello que Nina desde un principio comienza a desarrollar una personalidad psicótica y obsesiva relacionada con la falta de afecto y de libertad en su vida.


Thomas LeRoy (Vincent Cassel) es el director y coreógrafo de una importante compañía de ballet de Nueva York que decide escoger a Nina para interpretar a Odette y Odille, el Cisne blanco y el Cisne negro de su nueva adaptación de El lago de los cisnes de Chaikovski. Thomas confía en los atributos de Nina para desempeñar el papel del Cisne blanco, que representa la pureza y la inocencia, pero duda de su capacidad de interpretar adecuadamente al Cisne negro, símbolo de la lujuria y la perversidad. Lily (Mila Kunis), una compañera de ballet de personalidad rebelde, liberal y seductora, y Thomas intentarán ayudarla con sus propios métodos para que consiga despertar el Cisne negro que hay en ella, para romper con su inocencia.

Es aquí donde comienza la pesadilla de Nina, una metamorfosis kafkiana llevada a un plano psicológico. La transformación de su personalidad motiva el aumento de su enajenación, perdiendo en ocasiones el sentido de la realidad. Nina engendra una propensión autodestructiva cercana a la de Beth MacIntyre (Wynona Rider), la agresiva y resentida estrella de ballet a la que empujaron a abandonar la compañía debida a su tardía edad. Las visiones se mezclan con su vida cotidiana. La desconfianza y el rencor se apoderan de ella. Su personalidad comienza a desdoblarse.

En un momento del film, Thomas sentencia que “la perfección no solo es mantener el control, sino también perderlo”. Y eso es precisamente lo que ha intentado Darren Aronofsky en Cisne negro. Se trata de una película salvaje. Pura intensidad. Un orgasmo audiovisual. Una mezcla entre demencia y astucia. Un viaje asfixiante a un mundo bipolar, presentada de forma bipolar y creando igualmente una opinión bipolar. El film resulta excesivo y en ocasiones incluso absurdo. Pero no deja de ser hipnótico y adictivo, droga pura que no puedes dejar de inyectarte. No puedo dejar de pensar que he visto una maravilla y, desde otra perspectiva, una valiente extravagancia.

Como nuestra visión occidental nos impide aceptar un hecho u objeto como contradictorio, no sentenciaré que es brillante a la vez que un disparate, sino que será mejor que entremos a analizarla.

Dejarse la piel

Ésta es de esa clase de películas de las que no puedes dejar de plantearte un mensaje lapidario. Una lectura moralista explicaría que Cisne negro nos recuerda una vez más aquello de que la obtención de nuestros sueños más deseados acaba por convertirse en nuestra peor pesadilla. Una visión más poética vendría a decir que lo que Aronofsky nos está mostrando es el sacrificio personal que supone toda búsqueda de creación de arte. Una tercera impresión incluso iría más allá defendiendo que la búsqueda de la perfección del arte (de cualquier expresión de un discurso) sigue un camino que tan solo conduce a la autodestrucción, como nos han demostrado tantos pintores, escritores y músicos a lo largo de la historia.

Bien podrían ser ciertas las tres perspectivas. En cualquier caso la película habla del sacrificio del artista. Y es que si hay algo que nadie puede negar a Cisne Negro es que en ella todos se dejan la piel. Empezando por Natalie Portman. Su interpretación es soberbia, de un talento impresionante. Su locura se convierte en nuestra locura. Su sufrimiento en el nuestro. Es imposible no ver en Nina algo de Natalie Portman, y viceversa. Cuando vemos a Nina no podemos dejar de recordar a aquella niña que prometía tanto en sus primeros papeles, como León, el profesional (1994, Luc Besson), Heat (1995, Michael Mann) y Beautiful Girls (1996, Ted Demme), y que en estos últimos años nos ha regalado personajes más oscuros y ambiguos, como en Closer (2004, Mike Nichols), V de Vendetta (2005, James McTeigue) y el cortometraje Hotel Chevalier (2007, Wes Anderson). Con esta interpretación la infante de blanco ha terminado su metamorfosis en el ya mencionado ave oscuro y ha logrado el clímax de su carrera.

Igualmente el resto del reparto borda su papel y sus personajes no dejan de ser prolongaciones de los propios actores. Mila Kunis (Paso de ti, la serie de Aquellos maravillosos 70) es realmente una joven rebelde y sensual que está comenzando a ser descubierta por el cine/ballet. El pequeño e importante papel de Wynona Rider recuerda a su escandalosa y conflictiva vida actual, lejos de sus primeras películas de cuentos de hadas (Eduardo manostijeras, Mujercitas, Beetlejuice). Vincent Cassel, como en sus mejores papeles (Irreversible, El odio), tan fascinante como desagradable. Barbara Hershey (Retrato de una dama, Un día de furia) es igualmente en ambos lados de la pantalla otra gran actriz que por desavenencias del destino no ha tenido demasiada suerte en sus últimos años en el cine.

Lo que nos cuenta Cisne negro no es de demasiado diferente del argumento de la anterior película de Darren, El luchador (The wrestler, 2008), y de lo que expresó Mickey Rourke. Rourke fue un carismático actor y símbolo sexual cuya carrera parecía conducir al éxito. Pero en lugar de la gloria, solo encontró el fracaso y la terrible espalda de Hollywood debido a su adicción a las drogas y el boxeo. En los 90 se produjeron sus primeros castigos en la taquilla de sus películas, quizás por ello decidió abandonar el cine (donde su inestable personalidad comenzaba a provocar la ira de diversos productores) y cumplir uno de sus sueños de infancia: convertirse en boxeador. No duró demasiados años en el ring, las heridas neurológicas y la desfiguración que se estaba produciendo en su rostro, debido a aquellos golpes que era incapaz de esquivar, le llevaron a abandonarlo. Nada volvió a estar en su lugar desde entonces.

Randy “The Ram” Robinson (el personaje que interpreta en The wrestler) es el propio Rourke exponiéndose a todo el mundo. Un tipo demente, grotesco y decadente donde solo se siente vivo en el ring practicando lo que aquí conocemos como pressing-catch. Lo que para muchos solo es una ilusión, como parece el propio el cine, para sus responsables es sacrificio, su vida, ellos mismos. No importa lo que puedan suponer las heridas del combate, la lucha en el cuadrilátero lo es todo. Al igual que Roberto Bolaño, Aranofsky concibe la creación del arte como pura enfermedad.

Igualmente el tipo que ha derramado todas sus vísceras de ingenio y valor en el Cisne negro es Darren Aronofsky. Este director norteamericano vive sus trabajos como nadie, y éste especialmente.

Su ciudad natal, Nueva York, es una de las ciudades más importantes en lo que respecta al desarrollo de compañías de ballet como el New York City Ballet (creada por George Balanchine) y el American Ballet Theatre. Por lo tanto, podemos deducir que no es casual que Aronofsky se interesara por el ballet y que haya sido capaz de interiorizarlo de una forma tan precisa.

Darren se sumerge con decisión en la sombría historia de Nina. La dirección de la película consta de la madurez que ya demostró en sus dos anteriores películas (The wrestler y The fountain), ya que vuelve a sustentarse en la historia que relata sin renunciar ni perderse en una postura estética determinada. Una estética marcada por la intensidad de la mezcla de imagen y música, un sonido impetuoso, una definida e inquietante oscuridad, los juegos de espejos y una coreografía del plano secuencia maravillosa en el que las cámaras y nosotros mismos bailamos junto a Nina.

Para conseguir todo ello ha vuelto a echar mano de la fotografía de Matthew Libatique (responsable de Requiem por un sueño, The fountain, Última llamada y Número 23) y, por supuesto, del compositor Clint Mansell. Y es que la música es otra pieza fundamental de esta obra (y de todas los films de Aronofsky). Mansell es el músico de todos los trabajos Aronofsky (donde caben destacar sus partituras para The Fountain y Requiem por un sueño) y de la fantástica Moon (2009, Duncan Jones). En Cisne negro, Mansell se desdobla para, por un lado, conducir la compleja historia de Nina y, por otro, intentar meterse en la piel del maestro ruso Piotr Ilich Chaikovski para reproducir, homenajear y crear variaciones de su apasionada obra. La música de Chaikovski cobra vida con una grandiosa energía y no podemos más que envolvernos en ella.

Obsesión + intensidad + osadía

Cisne negro es una prueba evidente de que Aronofsky es uno de los narradores más interesantes del cine norteamericano actual. Desde unos parámetros racionales, la mayoría de sus películas resultan algo irregulares y excesivas, pero la cuestión es que no son películas racionales, sino que Aronofsky ha creado su propia visión del mundo, donde la pesadilla y la demencia conviven con la realidad, donde la historia de cualquiera se convierte en una vida al borde del abismo. Hay quién confunde (sobre todo sus plagiadores) la potencia de sus imágenes con efectismo hueco. Por mi parte no lo creo y, si aún así fuera cierto, en esta sociedad dominada por los zombis (y no solo en la pantalla del cine), la aparición de creadores tan apasionados, como el ya mencionado, no puede dejar de revivir nuestra ilusión por el cine.

La visionaria mirada de Aronofsky es capaz de levantar una película con un argumento casi anecdótico. Un claro ejemplo es su película más conocida hasta la fecha, la brutal e impactante Requiem por un sueño (2000). En ella no se trata más que de cuatro drogadictos intentando realizar sus propios sueños; sueños que, de nuevo, acaban por transformarse en pesadillas.

Harry (Jared Leto), su novia Marion (Jennifer Connelly) y su amigo Tyrone (Marlon Wayans) sueñan con enriquecerse vendiendo droga y reinvertir ese dinero para abrir su propio negocio. Pero el egoísmo de los personajes y su inevitable adicción a su material les impide conseguir el suficiente dinero. El sueño obstinado de la madre de Harry (Ellen Burstyn) es aparecer en su concurso televisivo favorito y, para ello, recurrirá a las técnicas de adelgazamiento y de aparente rejuvenecimiento que sean necesarias. Ella se convierte en otra evidente yonqui desquiciada de las drogas legales.

Otra vez una historia de fracaso y paranoia relatada de forma psicotrópica. Y es que es la narración una de las claves más interesantes de Aronofsky, en los efectos dramáticos que consigue con la extrema aceleración o ralentización del ritmo de las imágenes, las repeticiones, planos cenitales giratorios, los efectos de sonido y la música, el uso del gran angular, las tomas desde cualquier tipo de ángulo, la yuxtaposición de imágenes y un uso tan espléndido de la SnorriCam (la cámara situada sobre un soporte que se sujeta al cuerpo del actor, de modo que la cámara se desplaza al mismo tiempo que el actor y es el fondo de lo único que aparentemente se mueve), que propiciaría su extensión internacional. Una serie de efectos que de una u otra manera seguirá empleando en el resto de sus películas pero de una manera más suave.

A poco que revisemos su filmografía, observamos que Aronofsky nos suele hablar de lo mismo. Similar a otros directores como Werner Herzog y David Lynch, a Darren le encanta analizar la psicología del desequilibrado. Una locura usualmente producida por la obsesión.

Ya su primera película, Pi: fé en el caos (1998), consta de una percepción precisamente lynchiano, cercana a Cabeza borradora (1976). En este caso, la obsesión del brillante matemático Max (Sean Gullete) es descifrar el valor del número Pi y así descubrir el patrón numérico que rige el aparente caos del mercado de la bolsa. Como si de un personaje de Borges se tratara, la decodificación del número Pi adquiere un carácter transcendentalmente metafísico. Si “las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza”, con la resolución de éste enigma demencial, Max cree poder descifrar el propio mundo. Otra película paranoica donde, como reza el tráiler, “no habrá orden, solo caos”.

En la valiente e infravalorada La fuente de la vida (The fountain, 2006), Aronofsky aborda la cuestión de la muerte.

Se trata de la odisea obsesiva de un hombre, Tom (Hugh Jackman), a través del tiempo (desde la España del siglo XVI, pasando por el tiempo presente, hasta un profundo espacio futurista inverosímil) para salvar a la moribunda mujer que ama, Izzi (Rachel Weisz). Para vencer a la muerte, Tom intentará encontrar, física y metafóricamente, el árbol de la vida (de nuevo un elemento borgiano), un legendario árbol que otorga la vida eterna a aquéllos que beben de su sabia.

Una película entre lírica y filosófica que, sin duda, es la más personal, atrevida y madura de Aronofsky. Por ello es la más desconcertante.

Con cierta percepción oriental, Aronofsky nos habla no sólo de la aceptación (y no resignación) de la muerte, sino de la muerte como acto de creación [Una idea que, relacionándola con otros trabajos ya comentados, podría hacernos pensar también, al menos a los que revisionando sus obras nos sentimos como si hubiésemos ingerido LSD, en la muerte con en un acto de creación artística].

De esta manera, la estrella moribunda en la nebulosa Xibalba (central en los diálogos de Izzi para convencer a su marido de que acepten su camino) se renueva y se convierte en un elemento más del ciclo de la vida.

De nuevo su discurso es mostrado con una intensidad visceral en las imágenes y en la resolución de este cíclico film.

Todos nos sabemos la historia…

Hasta ahora todo han sido alabanzas. Pero hay que aclarar que el argumento de Cisne negro es seguramente el más irregular de los filmados por Aronofsky. El guión de John McLaughlin y Mark Heyman no presenta nada nuevo, pero eso es lo de menos.

El mayor problema de la historia es su tono más cercano al thriller que al drama (al contrario que en sus anteriores trabajos). El impacto psicológico que pretende transmitir al espectador se pierde demasiado en el susto y el intento de sorprender.

Por otro lado, los personajes secundarios resultan demasiado secundarios. Todos deseamos saber más de los personajes, a veces planos y reiterativas, que rodean el mundo de NIna: Thomás, Lily, su madre, las otras compañeras de ballet… Tenemos demasiado a Nina chupando cámara y prácticamente nada de los demás.

Precisamente uno de los puntos más creíbles del argumento es el reflejo de la vida de las bailarinas: obsesivas en su búsqueda de perfección, con poco tiempo libre, acostumbradas a un clima de competitividad, con facilidad para derrumbarse ante el fracaso, sobreprotegidas por sus padres… Con respecto a todo ello, la película tiene el acierto de mostrarnos alguno de los peligros de la sociedad moderna, donde la familia, la amistad y el compañerismo parecen extinguirse debido al egoísmo, la competencia y la frialdad del mundo que estamos creando.

Como comentamos, la historia no presenta nada especialmente original, pero sí que se nutre de buenas influencias. Ya citamos a Lynch, en cuyo caso más claro sería Inland Empire (2006), donde la percepción de la realidad de una actriz (Laura Dern) se ve progresivamente distorsionada a la vez que se desfigura la propia linealidad y narración del film. Una enfermiza locura en la que el espectador y el actor se encaran para crear una compleja metáfora de cómo la ficción cinematográfica alimenta los sueños del espectador (o por lo menos esa es una de sus múltiples interpretaciones).

Pero las influencias más claras proceden de mucho antes, de otras películas que también son metáforas de la creación artística a la vez que declaraciones de amor al baile, al teatro, a la música…

La referencia más antigua es el drama musical Las zapatilla rojas (1948), escrita y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburguer. En esta película se mostraba igualmente de una bailarina (Moira Shearer) que intenta interpretar a la heroína del ballet Las zapatillas rojas, basado libremente en el cuento de Hans Christian Andersen, donde se narra la historia de una inocente joven dominada por unas zapatillas embrujadas. Debido a sus problemas personales, su divido amor por dos hombres diferentes y por su empeño en interiorizar el papel, el argumento del ballet se mezcla con su vida real que va volviéndose insoportable y acaba en una exagerada tragedia.

En Noche de estreno (Opening night, 1977), John Cassavetes nos narra la historia de una exitosa actriz de teatro en Broadway (Gena Rowlands) que, debido a la excesiva identificación con el nuevo personaje al que interpreta y tras ser testigo del trágico atropello de una de sus más fieles seguidoras (secuencia que Pedro Almodóvar homenajeó, dirían unos, o plagió, dirían otros, en Todo sobre mi madre), comienza a enfrentarse al torbellino de su propia vida personal y a experimentar paranoias y alucinaciones. Mucho más cerca del drama que del thriller, Opening night sienta las bases en toda una serie de películas de índole similar.

Por citar alguna de las más recientes e igualmente efectistas (y más cercana al thriller psicológico que al drama), no podemos olvidarnos de Perfect blue (1998), obra de animación del maestro japonés Katsuhiro Otomo y, en mayor medida, del recientemente fallecido Satoshi Kon.

Mima es la cantante de un famoso grupo musical japonés que, debido al fracaso de ventas de sus últimos discos y al aumento de su fama, su mánager decide apartarla del grupo e introducirla en el cine. A partir de sus primeras decepciones con el mundo audiovisual y con los acercamientos y mensajes de un peligroso fanático perturbado que parece vigilarla, Mima cae una profunda crisis paranoica en la que confunde sueño y realidad e incluso empieza cuestionarse su propia identidad. Una potente y demente historia que te mantiene pegado al sofá hasta el último minuto.

Y hasta aquí podemos leer. Con una historia original o no, irregular o no, efectista o no, esperaremos con ansia el próximo trabajo de Aronofsky, profeta audiovisual al que le quedan muchos años de sorpresas y maravillas.

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