Brave, indomable

Cuando yo era niña, tenías que elegir: o historias con chica de la que pensar “yo puedo ser ésa” o historias sin chica, con aventuras, pero a las que le faltaban ese ingrediente mágico que es para un crío la identificación con el protagonista. Y a nosotras, qué remedio, nos tocaban las princesas.

Por Doxa Grey


PhotoYo tenía seis años y quería ser princesa. Eran guapas, guapísimas, listas, hablaban suave (pillé la época del doblaje en Latinoamérica), tenían los vestidos más maravillosos del mundo, y, lo más importante, los novios más guapos.

Yo era una niña. No veía raro soñar con mi primer beso o lo que demonios pensara que era aquello y no tenía sino vagas ideas sobre qué pasaba después de esas bodas en la que los vestidos de aquellas preciosidades se volvían incluso más maravillosos

Y esperaba que, por analogía con las películas que había visto hasta entonces, en todas las aventuras, el bueno y la chica se casaran. Porque así tenía que ser. Porque las chicas tienen que casarse con el guapo. Al menos, eso es lo que te enseña Disney antes de que descubras que en la vida nadie habla tan suave y que los problemas reales no son que tu papá te quiera juntar con el visir de la Corte, que encima es el malo y más feo que Picio. Las aventuras de las chicas Disney, antes de excepciones como Mulan, se veían relegadas al ámbito amoroso y hogareño, y como mucho, alguna bofetada anecdótica al malo o al esbirro del malo: una pequeña concesión que te permitía pensar “mira, es una chica, pero también pega si la enfadan”.

Cuando yo era niña, tenías que elegir: o historias con chica de la que pensar “yo puedo ser ésa” o historias sin chica, con aventuras, pero a las que le faltaban ese ingrediente mágico que es para un crío la identificación con el protagonista. Y a nosotras, qué remedio, nos tocaban las princesas.

Las cosas han cambiado en Disney. Brave, la última coproducción de Disney-Pixar, es una magnífica muestra de cómo, efectivamente, nos hemos plantado en el siglo veintiuno. Y lo que se aventuraba en Los Increíbles, aquí queda bien claro: En Pixar, al fin, han aprendido a animar personajes humanos. Y de qué manera.

Merida, la protagonista, es una heroína atípica. Hija del jefe de un clan escocés y educada para ser princesa en un reino de castillos oscuros, bosques húmedos y magia en los rincones, Merida busca su propio destino mientras su madre se empeña en hacer de ella la perfecta dama casadera. Como una Atalanta celta, lucha por su libertad con rebeldía adolescente, topándose por el camino con un hechizo no deseado, una antigua leyenda y muchos, muchos entuertos que deshacer mientras el tiempo corre en su contra.

El resultado es un verdadero hechizo codirigido por Mark Andrews y Brenda Chapman, que han elegido sus protagonistas con bastante buen tino. Y es que los herederos de los celtas son un filón cómico poco explotado. Fanfarrones, belicosos, torpes, amigos de la bebida, de los retos y de las vanaglorias, es imposible no reírse con sus barrabasadas.

Tampoco puede dejarse de lado la tríada de diablillos que campa por el castillo haciendo de las suyas, ayudando o estorbando, pero siempre por dos razones: la diversión o la gula. Merida también. Es una adolescente, con todo lo que eso conlleva, y se comporta como tal, con inseguridades y miedos y dudas. Tiene pocas cosas claras: que su magnífica melena tiene que quedar tan libre como ella, que nadie puede decirle lo que tiene que hacer y que le encantan los pasteles sin que le preocupe lo más mínimo si aumenta una talla de vestido.

Estamos de acuerdo en que no es una joya como fue Los Increíbles. Pero tampoco lo necesita. Es una historia sencilla, resultona, que deja muy buen sabor de boca y una sonrisa en la cara. Una película que permite disfrutar del acento escocés de estrellas como Emma Thompson.

Entrar al cine a ver Brave es como refrescarse con el agua de una cascada en medio de la naturaleza más salvaje. Y no les reviento la película si les digo que al final no hay boda. Vayan a verla. A ser posible, sin saber nada. La historia les sonará. Pero a quién no le suenan las peleas con los padres. Y las tonterías de los hermanos. Y esos momentos en que sientes en la cara la brisa de la libertad. Y para qué necesitamos un príncipe, si sabemos apuntar mejor que él.

Shanghai, 18 de septiembre de 2012

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  • Las primeras películas Disney tienen mucho de oscuras, sólo que por sugerencia. Parte del imaginario de Walt Disney se basaba en el cine de terror vanguardista que se rodaba en Alemania y USA en esas fechas. No son películas tan inocentes, es sólo otro lenguaje para niños de hace muchas décadas atrás. De hecho las películas Disney de su época era alabadas y examinadas por los cineastas de arte y ensayo.

    • Doxa Grey dice:

      Ya, ya lo sé. Blancanieves es un cuento de terror, prácticamente. O Alicia, que es casi tan lisérgica como Dumbo.
      Pero no estoy hablando de esto. Estoy hablando no de la oscuridad sino de un mensaje que venía repitiéndose y que hasta las últimas películas (y estoy hablando ya de segundas partes de clásicos, por ejemplo), hechas por gente se supone que de una época moderna, seguían perpetuando esa idea que ni siquiera conservaba la belleza de las que ahora son clásicas.
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