Black Mirror: a Brave New World?

Somos el sistema. Un sistema que lo absorbe todo y para el que nos atamos a un ordenador o, como a los protagonistas de 15 Million Merits, el capítulo central de la serie, a una bicicleta estática que genera la energía que lo mantiene.

por Doxa Grey

Photo Si no estuviera ya filmado, el Times are changing de Dylan podría formar parte de los créditos de Black Mirror, la nueva serie que el británico Charlie Brooker, creador de Dead Set, estrenó en Channel 4 británica el pasado 18 de diciembre. Podría serlo si se tratara de una producción al uso como esas joyas que nos ha regalado la televisión, sobre todo la americana pero también la británica, con actores soberbios luciendo las pieles de otra época y unas tramas tan elegantes y turbias como un buen old-fashioned con hielo.

Pero Black Mirror, como lo fue Dead Set para el género, es otra cosa. Black Mirror es nosotros. Por eso el formato es el de una miniserie de tres capítulos autoconclusivos, quizá excesivamente autoconclusivos, que se subdividen a su vez en partes de no mayor minutaje que el de un vídeo normal de Youtube. Y es ese ritmo y esa intuición de la capacidad de atención del que se va a sentar a verla lo que hace que el espectador no pueda dejar de mirar esa pantalla. Porque es un espejo de aumento en una habitación de la que no sabemos aún las dimensiones y que nos devuelve un reflejo que perturba, que intriga y que nos puede sacar una sonrisa irónica, pero también un escalofrío helado.

Y es que la distopía de Black Mirror no es un 1984 con el mundo en guerra, ni se ven bomberos quemando libros, ni está poblada solo y exclusivamente por mayores de treinta años a causa de alguna epidemia. No es un mundo ajeno, sobrevigilado como en los totalitarismos que se auguraron en los ochenta y que remitían a muros y a hilos políticos. Aquí no hay héroes ni elegidos. No hay misiones que cumplir. Solo la de vivir en un mundo en el que las redes sociales se han convertido en la nueva arena de un circo en el que (The National Anthem) se debate como trending topic la dignidad de un hombre o, incluso, la vida.

Un mundo en el que la información va más deprisa que las mentes, y en el que nada se borra del todo sino que se queda como un hueco en la línea temporal de unos recuerdos que quién nos dice que no podrían almacenarse en un pequeño microchip (The Entire History of You) del que elegiríamos qué mostrar, qué rebobinar y con qué atormentar al otro en las discusiones de pareja.

No suena tan atroz. Aún quedan disidentes, pero raro es si en una mesa cualquiera de un bar no se tiene aún un perfil y una biografía escrita a base de fotos propias y de otros y del que no podemos huir tampoco si no es dejando una larga cadena de huecos temporales.

Somos el sistema. Un sistema que lo absorbe todo y para el que nos atamos a un ordenador o, como a los protagonistas de 15 Million Merits, el capítulo central de la serie, a una bicicleta estática que genera la energía que lo mantiene. Y esa energía con que se alimenta un sistema conformado de avatares y luces parpadeantes ofrece a través de las pantallas que emiten sin un momento de descanso el consumo algo cada vez más irreal.

En ese mundo, en el que lo único tangible es tan efímero como una pieza de origami hecha de papel de estraza, no cabe el cambio. No cabe más música que la que emiten las atronadoras pantallas. No cabe hablar de rebelión. No contra un sistema que transforma los discursos de Tyler Durden (El club de la lucha) en eslóganes publicitarios y que deja las decisiones a los espectadores de este circo virtual que alzan o descienden el pulgar a un ritmo vertiginoso.

Si algo de esto les suena, intenten conseguir Black Mirror. Siéntense una tarde a verla. Y disfruten si, como en mi caso, desde ese mundo que no parece tan lejano consiguen erizarles el vello de la nuca.

Madrid, 11 de enero de 2012

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