Atalayas: nuevos horizontes de autodescubrimiento. Parte II

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En la lectura grupal del testamento de Suso, éste (desde la distancia), libre de todo prejuicio y con la tranquilidad de aquel que sabe que ya no tiene nada que perder, les invita a luchar contra el inconformismo, a reaccionar con rabia contra el veneno de la resignación; en definitiva, a voltear una vida que claramente no es como la habían soñado todos ellos en su juventud.

Por Simón Prado

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Numerosos grandes películas han abordado la descripción y superación del sentimiento de insatisfacción y alienación que surge en todo aquel incómodo con la falta de sentido de su existencia. El cine español, por supuesto, no ha sido menos, y, de una forma tan modesta como sincera, ha plantado una semilla de rebelión en el imaginario colectivo, generando una sutil tendencia de cambio en los estados de opinión de ciertos círculos, sobre todo progresistas, de la sociedad española.

Así, desde el cine más personal e independiente, pasando por la comedia más popular, la actual cinematografía española logra hablar de sus atalayas, de las diferentes formas de encontrar respuestas a las dudas generadas y encontrar diversos caminos a trazar en busca de una felicidad que no parece tener cabida en la sociedad actual.

Por ello, y en deuda con el injustamente denostado cine que se hace dentro de nuestras fronteras, analizaremos la multiplicidad de enfoques que aborda nuestro cine, a través de diferentes obras y directores, para traspasar nuestros límites personales y sociales.

Eduardo Chapero Jackson: una visión diferente

Tras sus dos primeros largos, Verbo (2011) y Los mundos sutiles (2012), Eduardo Chapero Jackson demuestra, a través de sus imaginativas historias –a veces crípticas, pero estimulantes–, ser uno de los directores más interesantes de la cinematografía actual española, radiografiando con eficacia los venenos de la sociedad, desarrollando una gran sensibilidad y afecto hacia los personajes desorientados, llenos de dolor espiritual, que no encuentran un sentido último a su existencia y que desean escapar ante una vida que no les hace felices.

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En Verbo, su director se empeña en guiarnos a través de un onírico y personal mundo (trufado de elementos deudores de la estética transgresora del hip-hop), por el difícil camino de una adolescente de quince años hacia la felicidad. Sara (Alba García), la desnortada protagonista de esta historia, siente la carencia de ciertas piezas como para poder completar el puzzle de su vida, como si de un corte de rap se tratase, “siente que su vida no rima”.

Sara no es feliz, se siente débil y percibe la incomprensión de su grisáceo entorno en el extrarradio de la ciudad; lo cree furioso y hostil. Sólo encuentra placer imaginándose su propia muerte. En un momento de su vida, opta por la traumática decisión de morir o vivir figurando alegóricamente una realidad paralela, en la que encontrar la pieza que pueda completar su particular puzle, y así calmar el dolor.

“Vive, vive mientras puedas, eres el tiempo que te queda”, le dice a Sara uno de los personajes mágicos que crea su imaginación, mientras lucha por evitar una muerte que presagia cercana. “Anímate a cambiar el mundo”, le dicen sus metafóricos asideros, encarnados en guerreros de la oscuridad, cuando la protagonista cree que ya nunca podrá encontrar el motivo por el que seguir luchando en una vida carente de sentido.

Finalmente Verbo logra enviar a su protagonista a un desesperado acto catártico y, así, sus propios fantasmas terminan por ofrecerle la solución que llevaba años esperando: “Ayuda a los que no son comprendidos a comprender el mundo, ayúdales a buscar su lugar en el mundo”.

En Los mundos sutiles –una de las mejores películas españolas del año 2012, que en realidad es un pseudo documental sobre la obra de Antonio Machado, a través de la mirada de una joven que realiza un trabajo académico sobre la vida del melancólico poeta–, Chapero Jackson relata las fragilidades y angustias personales del genial autor que encontró el camino hacia la redención en el refugio de su arte, que, a modo de barrera, le ayudaba a crear una burbuja personal e impenetrable a los quebrantos y sinsabores que se sucedían sin cesar a su alrededor.

Los mundos sutiles es una intensa película-documental que acierta a reflejar los sentimientos del autor de Campos de Castilla; una persona frágil y genial, al mismo tiempo, que en su permanente desdicha logró encontrar los asideros necesarios para soportar los embates de una vida que siempre termina por revelarse en la peor de sus posibles versiones.

Así, Sira (Amaia Pardo), la estudiante del conservatorio de danza que tiene que preparar una pieza de fin de curso, escoge profundizar a través de su arte en la vida de Machado. Sira, como Machado, percibe pronto la exigencia y crueldad de su entorno, el cual, aunque no lo comparte ni acepta, logra captar con milimétrica exactitud, gracias a su exacerbada sensibilidad hacia los detalles. Ambos se mimetizan, logran una conexión tan íntima como extraña, y acaban entendiendo que a través del arte pueden desarrollarse los mecanismos idóneos para alejarse del mundo lo suficiente como para que no termine devorándote. 

Otras miradas y percepciones

Al punto, la vida de Machado recuerda a la de la protagonista del film de Caótica Ana (2007), del fascinante y personalísimo Julio Medem. Ana (Manuela Vellés) se refugia en el arte (en este caso la pintura) para tratar de huir de una realidad tan caótica como inconfortable, y adentrarse en un mundo diferente, rayando en lo onírico, perspectivando su existencia desde un ángulo novedoso, balsámico e ilusionante.

Insistiendo en la obra de Medem –director al que parece agradar dar segundas oportunidades a sus personajes en lugares o con personas distintas y distantes–, en otra de sus magníficas y crípticas cintas, La ardilla roja (1993), su protagonista (Emma Suárez) finge tener amnesia, tras un accidente, para explorar una vida diferente a la suya. Su amnesia le sirve de pretexto para cambiar sus parámetros, simulando ser la persona que no es y experimentando una existencia que, hasta ese momento, no había sido vivida como la hubiese deseado.

La ardilla roja no es una película más al uso, sino otra obra al más puro estilo Medem: radical, desconcertante y diáfana al mismo tiempo; un director, siempre genial e incómodo, que adjetiviza como pocos las constantes que enturbian a sus doloridos y extraños protagonistas. En definitiva, según el autor, arte y amnesia, creación y olvido, son instrumentos imprescindibles para subvertir un presente que nos angustia, y así alcanzar un futuro más esperanzador.

En otra modesta y estimulante propuesta (al igual que Terrados), sorpresa mayúscula del festival de Valladolid del año 2010 y del panorama nacional –pero injustamente tratada en los premios Goya de ese año, ¡viva el oficialismo!–, Aficionados, de Roberto Dueñas, nos habla de la soledad, de la falta de confianza en nosotros mismos y, sobre todo, de la carencia de recursos suficientes para afrontar la vida y la inutilidad de la sociedad a la hora de proporcionárnoslos con eficacia. La obra traspasa la frontera de la ficción para hablarnos, desde la perspectiva real de sus propios protagonistas, de todos los sinsabores del día a día, del paso del tiempo y las expectativas no cumplidas. 

Así, los protagonistas del film (actores no profesionales) deciden crear un grupo de teatro. Simulando ser lo que no son y disfrazados de lo que les gustaría ser, aparentando y recreándose en la ficción, consiguen encontrar el aliento necesario para decir todo aquello que guardaban en su interior pero no se atrevían a expresar. A modo de metáfora, y gracias a su afición por el teatro y el baile de disfraces –tras el que se parapetan para sentir lo que siempre habían deseado–, traspasan la cualificación inicial de aficionados, logrando deconstruir la realidad para convertirse en profesionales de sus vidas.

De esta forma tan simple, Aficionados, a través de sus protagonistas, nos invita a variar el rumbo de nuestra existencia, a disfrazar los problemas para sugerirnos distintas formas de confrontarlos. Nos cuenta, con el pretexto de la representación y falsificación de los estándares sociales, que otra vida no sólo es posible sino incluso deseable.

 

Julio Wallovits, en la producción del año 2006, La Silla, también nos habla de la insatisfacción vital, de la degradación y el cansancio físico y psicológico tras una vida henchida de frustraciones. En su película describe, sutilmente y con un estilo minimalista, la decepción de los hombres y mujeres que no terminan de encontrar sentido a su existencia y de la necesidad instintiva de buscar razones para vivir.

Wallovits retrata la rutina de la vida cotidiana y el agobio que produce la densidad de ciertas ciudades, la desazón del fracaso social y cómo poco a poco nos sumergimos en una espiral complaciente de soledades y retiros autoimpuestos.

En La Silla vivimos la rutina de un hombre de cuarenta años y cómo, en un momento de su vida, y a modo de metáfora, encuentra en una simple silla el motor de cambio necesario para poder observar su vida de una manera distinta, sin las telarañas propias de aquél que es incapaz de reconstruir sus ideas y cuestionar sus propios planteamientos.

Así, Julio Wallovits novela un kafkiano viaje iniciático hacia el absurdo, hablándonos sobre la certidumbre y trascendencia de nuestros actos, por nimios y carentes de sentido que en un principio pudieran parecer.

El director nos cuenta una nueva versión del conocido “efecto mariposa”, de la importancia de los detalles y del huracán que se puede despertar tras un leve aleteo en la parte opuesta del mundo. Nos habla, en definitiva, de cómo pequeñas pinceladas pueden alterar de forma irreversible los gruesos trazos con los que acostumbramos a ver la realidad que nos imponen.

Incluso La Torre de Suso (Tom Fernández, 2007), muy ligera en su tono y con un humor sencillo, familiar y reconocible, nos habla acerca de la necesidad de cambiar la perspectiva formal con la que solemos –y, sobre todo, nos obcecamos– ver el mundo que nos rodea. En ella, un grupo de amigos cuarentones, en plena crisis de identidad y sumidos en la frustración de una vida cuyo camino se ha extraviado hace años, vuelven a reunirse para asistir al entierro de uno de ellos, Suso –el único que había decidido no resignarse ni conformarse con una existencia que le disgustara–.

En la lectura grupal del testamento de Suso, éste (desde la distancia), libre de todo prejuicio y con la tranquilidad de aquel que sabe que ya no tiene nada que perder, les invita a luchar contra el inconformismo, a reaccionar con rabia contra el veneno de la resignación; en definitiva, a voltear una vida que claramente no es como la habían soñado todos ellos en su juventud. Suso les propone, sutilmente,  la construcción de una gran torre (su atalaya) para que puedan abrir sus mentes, observando su entorno desde un punto de vista distinto al asumido, y destruir sus viejas creencias.

Suso, gracias al cambio de perspectiva que se logra desde la altura de la torre, ayuda a sus antiguos compañeros a superar sus problemas, a cambiar sus prioridades y, sobre todo, a alejarse de la tiranía que la sociedad impone con sus absurdas normas de autoaceptación social.

Corolario

El cine, en este caso el español –aunque bien podríamos abordar otras cinematografías–, puede ser un remedio, un catalizador de frustraciones, un ingenio con el que volcar futuras esperanzas; un elixir con el que calmar la situación de angustia y desazón que atemoriza y sangra al hombre moderno; un contrapunto intelectual a la tiranía de la imposición social. Así, el cine, desde la objetivación de sus diferentes ópticas, desde la multiplicidad de enfoques formales y conceptuales, tiene la inexcusable responsabilidad de enriquecer el panorama cultural y, por tanto, la salud intelectual de la sociedad –lástima que ese cine enriquecedor sea tan minoritario y esquivo–.

Desde una miríada de enfoques con los que contemplar todas las posibilidades que se ciernen sobre nuestro horizonte, el cine puede y debe ser instrumentalizado como una de esas herramientas con las que el hombre se anime a relativizar todo lo que rodea y preocupa. Y, lo más importante, el cine tiene la obligación de servir como vehículo a la reflexión, a distanciarnos de lo obvio, formal y cotidiano, e impulsarnos a desarrollar otros puntos de vista que hayan permanecido desguarnecidos. El mundo del cine tiene, finalmente, que trascender; izar la mirada para comprender nuestro mundo desde diversas miradas, desde un puesto elevado, desde su privilegiada atalaya.

Edición  por Carlos Cristóbal

29 de marzo de 2014

Imagen de “Lucía y el sexo” (Julio Medem, 2001)

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