Ancestro Eastwood buenas intenciones mal empedradas


Si el buen cine debe o no ir acompañado de una moral es una pregunta tan sencilla como discutible, lo que no rebatiremos como síntoma de una obra interesante es que el cine, como arte, arroje la formulación de algunas preguntas. Las respuestas deben ser cuanto menos meditadas por el espectador pero la postura del director estará condicionada, quiera o no, y en pleno derecho de ser juiciosamente pedagógica cuando no maliciosamente demagógica…

Ancestro Eastwood… buenas intenciones mal empedradas

por Pablo Cristóbal
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Ante los recientes sucesos de violencia acontecidos en Barcelona con la vaga excusa del deporte nacional no podemos sino publicar esta crítica del cineasta, actor, productor y compositor en relación con sus últimos proyectos.

“El destino de una nación se decidirá de alguna forma a través de un partido de Rugby”.

Este punto de partida tan irrisorio como de sobra conocido por el público -que mama día tras día peores argumentos- se fusiona con el año 1995, tras la llegada de Mandela y el inicio de un nuevo futuro que debe dar la espalda, sin rencores, al no tan pasado Apartheid sufrido por el pueblo africano.

Objetivo: albergar una paz sin precedentes.

Tras esto reiteraremos la noción de que un partido de rugby llegará a ser epicentro del guión de Invictus acercándose peligrosamente a lo que podríamos denominar como el MacGuffin de una película catalogada no sólo de enternecedora sino también de inspiradora.

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La inserción de un valor social en el metraje de una película no siempre puede redimir al cineasta; porque Clint Eastwood sólo podrá expiar los remordimientos de su vida republicana y conservadora mediante la ejecución del buen cine, nunca con una descarada moralización de cuento infantil y qué decir que menos aún con la muestra de un suicidio de tintes mesiánicos dentro del celuloide, ya se nos presente en forma de un Harry el Sucio avejentado y arrepentido (como presenciamos hace un par de años con su Gran Torino, 2008).

Desde aquí podríamos realizar un estudio analítico del guión de Invictus para hacer notar al espectador de a pie esa vorágine de tópicos en el que reincide una y otra vez. Pero no será necesario atormentar aún más, si cabe, al lector con determinados diálogos lacrimógenos (alejados de un paroxismo eficaz) que obligan a cuestionarnos si la piratería es realmente un delito o una obligación de la ciudadanía para con la industria, esa industria de precios abusivos en cartelera y baja calidad narrativa e intelectual, industria inquebrantable que se ha vuelto ociosa desde su fortaleza impenetrable y usa el comodín de la estereoscopía en 3D para alimentar a un pueblo hambriento de emociones.

Si el buen cine debe o no ir acompañado de una moral es una pregunta tan sencilla como discutible, lo que no rebatiremos como síntoma de una obra interesante es que el cine, como arte, arroje la formulación de algunas preguntas. Las respuestas deben ser cuanto menos meditadas por el espectador pero la postura del director estará condicionada, quiera o no, y en pleno derecho de ser juiciosamente pedagógica cuando no maliciosamente demagógica. En eso, Clint Eastwood debe ser un maestro puesto que la crítica lo aclama y tilda como el relevo vigente del cineasta clásico John Huston y nadie pone en duda su puntería aunque orine en taza ajena. Películas tan maniqueas como Cartas desde Iwo Jima, Gran Torino o Invictus certifican su defunción en vida, suicido expiatorio, que registra la maestría “in memory of” uno de los últimos ilustrados cinematográficos y perdonándosele esos pecados que solemos obviar a los muertos.

Algunos mitómanos y vendedores de humo ya están frotándose las manos ante la idea del entierro de ese anciano que, años atrás fue actor fetiche del spaghetti western, interpretó a Harry Callahan y nos regaló su propia visión del cowboy decadente en Sin perdón, 1992.

Más allá de la vida (Hearafter, 2010), el más reciente film de Eastwood, nos confirma la teoría de un intento- fallido o no- de perdurabilidad. Una película de catástrofes reales, de videntes, de fantasmas, de personas que no conectan con la vida por su estrecho vínculo con la muerte. Una fábula esperanzadora, al fin y al cabo pero con un happy end realmente peligroso que nos deja un regusto a nada, como comer un embutido sintético, la sensación de estafa se acrecienta cuando la única secuencia que retiene nuestra red neuronal consiste en la espectacular recreación de un tsunami. 

Nada que ver con la elegancia de M. Night Shyamalan en su posible mejor trabajo, El protegido,2001 o esa melosa tragicomedia de blockbuster llamada Ghost,1990.

Más allá de la vida no sabe dónde apearse: nada entre una realidad fría y distante para acabar sumergida en un dramatismo fácil y vulgar, pues ya desde su inicio nos instruye con una banda sonora que conmina a los pucheros de guardería, a los testimonios acompañados de lágrimas de cocodrilo, al más cutre lloriqueo.

La falta más virtuosa de este candidato a Santo no es su reiterativa música de acordes amputados, sino esa distinción tan apabullante y obvia que forja entre seres humanos bondadosos y villanos completamente deshumanizados. Estos últimos, como en el viejo cine clásico se le antojan como seres faltos de carisma, villanos a la vieja usanza desubicados en un contexto actual, realista. Así lo podemos apreciar en el contraste de personajes: Kevin Costner y su ejecutor, aquel deleznable francotirador sediento de sangre -y acosador sexual nato- de A perfect World, 1993; Jeff Daniels a modo de psicópata y archienemigo anónimo del héroe Eastwood en Blood Work, 2002; Marcia Gay Harden viuda y descompuesta ante esa ladina sonrisa que porta Laura Linney en el escandalosamente fallido final de la excepcional Mistic River, 2003;

Lucia Rigker como la traicionera boxeadora que incapacita de por vida a Hilary Swank sin mostrar un ápice de arrepentimiento o la misma familia de la víctima que nos empuja a los propios espectadores si no a la eutanasia al menos a pensamientos matricidas y homicidas en Million Dollar Baby, 2004; también tenemos soldados rasos que portan el honor y la valentía junto a sus tiranos generales que se muestran como la personificación de la cobardía en Letters from Iwo Jima, 2006; la cansina pose de tristeza contenida del empalagoso rostro de Angelina Jolie junto al monseñor Malckovich emprendiendo, ambos, una cruzada contra el corrupto cuerpo policial de Los Angeles en pos de la verdad para encontrarnos con la encarnación del mal en un psichokiller interpretado por Jason Butler Harner en The Changeling, 2008; la familia koreana que se instala en la propiedad vecina versus las bandas violentas y raciales que circulan por los barrios bajos en su Gran Torino, 2008. 

En Invictus, el ancestral Eastwood muestra esta distinción dualista, villano-héroe a través de la bondad flagelante y racista del hombre blanco con el héroe Mandela, excesivo amante de la virtud, la compasión, la poesía… La comparación del continente Sudafricano con esta nueva Norteamérica gobernada por el que puede ser la última esperanza del nuevo y viejo mundo, Barack Obama, es inevitable e Eastwood ya no sólo se ve a sí mismo como el derrotado John Wayne de Centauros del desierto al que se le revelara algo tan impensable como que un Winchester cargado no es manera de arreglar el mundo, sino que da un paso más allá en su afán de heroísmo. Como ya hiciera Robert Rodríguez con su justiciero El Mejicano (portando una banda con los colores de su nación) el héroe es un instrumento del pueblo para un cambio de conciencia, incluso de paradigma.

Invictus

Desde una figura política de reminiscencias mesiánicas encabezada por la figura paterna de un sabio y conmovedor Morgan Freeman (Cadena Perpetua, Danny the Dog, The Dark Knight) pretende vendernos una visionaria pero muy ilusoria idea de perdón y reconstrucción en un mundo barnizado con sangre y pólvora, despertar conciencias extremadamente aletargadas y llegar a un público masivo, los demás sólo podemos aplaudir por lo políticamente correcto del mensaje o escribir textos para expresar la indignación ante tamaña simpleza de integridad.

Sólo resta decir que, aunque las intenciones son buenas, esta vomitiva versión de Evasión o Victoria (Victory, 1981) de John Huston y deudora de Ali (Michael Man, 1991) nos llama a la emotividad tanto como un anuncio de cerveza en el entretiempo de un partido de fútbol.

Película - Evasión o victoria

Esperemos que lo nuevo de Eastwood sea de mayor interés y no se convierta en una “suerte”, entre comillas, de Woody Allen que realiza película por año y a cada cual de mayor dudosa calidad.

Warner, volviéndose hacia Penn. “Si tengo que ir a mear es porque la película es una mierda”…Al final de la proyección. Las luces se encendieron, bañado en un tenue resplandor los Renoirs y los Monet que colgaban en las paredes. Silencio absoluto. “¿Qué coño es esto?, preguntó Warner. Silencio.“¿Cuánto ha durado esta película?” Hill Orr, su yerno, le dijo:“ Dos horas y diez minutos, coronel.”Warner replicó: “Han sido las dos horas y diez minutos más largas de mi vida. Esta película da para tres meadas”.

–Moteros tranquilos, toros salvajes.

Alcalá de Henares, 18 de junio de 2011

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