No es fácil salvar al mundo. Hemos hablado de deudas de sangre. Hemos hablado de que el mundo no quiere ser salvado. Por eso los altruistas están condenados al fracaso. Quienes instigan a los esclavos a deshacerse de sus cadenas están sentenciados. Los esclavos, al fin y al cabo, sólo saben de cadenas. 

LOS ALTRUISTAS NO CAEN DE PIE (IV)

por Miguel Cristóbal Olmedo

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Sabemos que la vida es una cuestión de fuerza y no de voluntad. Sabemos que el pez grande se come al chico. ¿Podemos cambiar algo de eso? ¿Podemos cambiar la naturaleza del mundo? Ahí tenemos esas pequeñas excepciones, victorias casi pírricas de David contra el gigante que el cine made in Hollywood reproduce y exagera. Es mejor dejar la sala con la impresión de que las cosas acaban resolviéndose por una especie de azar o justicia cósmica, que desasosegados y resentidos, temiendo ver los hilos de los que colgamos. Precisamente Michael Cane en la película A shock to the system o, como tradujeron con una rima fácil y odiosa, Ejecutivo ejecutor (Jan Egleson, 1990), brinda el ejemplo, en tono gamberro, de un tipo codicioso que apelando a la mentira y al asesinato asciende por los peldaños del poder sin que nadie sea capaz de detenerle.

Que los males endémicos subsisten en la raíz de nuestro sistema y por eso están condenados a repetirse, es parte del estribillo cantado durante años por la serie de televisión The Wire – Bajo escucha (David Simon, 2002-2008). La ley es una cosa caprichosa y no responde por los más desfavorecidos. En Los intocables de Elliot Ness (Brian de Palma, 1987) un grupo de policías libra la batalla perdida contra el alcohol. Ness (Kevin Costner) tiene que vérselas simultáneamente con la banda de Capone y con un sistema policial corrupto que abarca tanto a los polis de a pie que participan en las redadas como a los jueces que emiten el veredicto. Los hombres pragmáticos se inclinan al lado del poder, venga de donde venga, y perduran. Los hombres como Ness se condenan a sí mismos y a sus familias al peligro.

No es fácil salvar al mundo. Hemos hablado de deudas de sangre. Hemos hablado de que el mundo no quiere ser salvado. Por eso los altruistas están condenados al fracaso. Quienes instigan a los esclavos a deshacerse de sus cadenas están sentenciados. Los esclavos, al fin y al cabo, sólo saben de cadenas. Eso lo entienden muy bien sus señores feudales (algunos de los cuales solemos admirar en las revistas de las portadas) y por eso su ataque no va dirigido a las masas complacientes sino a las personas que empuñan la bandera, la pluma o el altavoz. El líder de la revuelta será crucificado, como pasó en Espartaco (Stanley Kubrick, 1960). Los finales felices y las historias donde la justicia triunfa son patrimonio del cine solamente. Hemos dicho que soñar no es gratis y el precio que se cobra una utopía suele ser demasiado alto.

El espadachín más romántico, soñador y pendenciero lo he encontrado en la versión de 1990 de Cyrano de Bergerac (dirigida por Jean-Paul Rappeneau e interpretada por Gérard Depardieu) –la primera que vi y aprendí a amar- en donde encontramos un Cyrano capaz de pelearse con el mundo ya no por amor sino por orgullo, es decir, por convicciones morales. Esa es la única cosa que jamás me podrán quitar, dice agonizantemente, sintiendo al fin el peso de la venganza que su manera de vivir independiente le había granjeado. Tanto en Sommersby (Jon Amiel, 1993), como en El Crisol (Nicholas Hytner, 1996), la identidad y el honor están asociados al nombre. Negarse a perderlo o vilipendiarlo sólo les ofrece la alternativa de la horca.

En Darfur (Uwe Boll, 2009) sobrevive un bebé. También en La misión (Roland Joffé, 1986) precisamente, siguen siendo los niños los que recogen el testigo de una raza en peligro de extinción. En el agua del río, sobre la que flota lo poco que quedaba de la utopía jesuita, rescatan de la corriente un instrumento de música, despreciando un candelabro de oro que podría enriquecerles. Se trata de una declaración de intenciones por parte del director: a pesar del horror, se reinicia el movimiento de la esperanza, que consiste en ver que el legado de los altruistas es preservado por la generación siguiente. Pero si hablamos de horror tenemos que remontarnos al Kurtz colonialista del Congo en la novela de Conrad o al Marlon Brando, sudoroso y con la cabeza afeitada de Apocalipsis Now (Francis Ford Coppola, 1979). El horror está dentro de nosotros, metamorfoseándonos en monstruos. ¿Qué otra opción le queda a Kurtz salvo la de dejarse matar cuando ha comprendido demasiado bien su condición irredentora de ser humano’

Lo dice el padre Gabriel que encarna Jeremy Irons cuando están al filo del desastre y Robert de Niro le propone resistir por la fuerza: “Si la violencia es lo que cuenta, entonces no tengo fuerzas para vivir en un mundo así”. Cada uno de los personajes tomará partido por una forma distinta de resolver la invasión imperialista. Uno con la cruz por delante; el otro, con la espada. Su devenir será el mismo. Los árboles se llenarán de nubes de pólvora, la iglesia arderá hasta sus cimientos, la selva tendrá una nueva alfombra de cuerpos. La misión mantiene vivo el ejemplo de otros muchísimos altruistas que dieron su vida por la causa del “otro mundo” sin que tuvieran ocasión de ser registrados por una cámara de cine.

El rompecabezas sin solución del asesinato de Kennedy lo presentó de manera admirable el director Oliver Stone en su película JFK (1991). ¿Quién mató a Kennedy? Un amigo que tenía al lado, ensayó esta respuesta: América. Su teoría no es del todo incongruente. Les explico: el american way of life está basado en la moral del mercado, que es una desviación del espíritu de trabajo puritano de sus primeros colonos. Está en las raíces fundacionales de la nación. Estados Unidos es depredadora por naturaleza. Aquel líder político que ose dar un golpe de timón a su predisposición, sufrirá un escarmiento mayúsculo. Películas como Mi nombre es Harvey Milk (Gus Van Sant, 2008) o Bobby (Emilio Estevez, 2006) ayudan a ilustrar la tesis. Siguen faltando títulos atrevidos como Desaparecido (Costa-Gavras, 1982) y Salvador (Oliver Stone, 1986) que indaguen en la intrusión política y militar norteamericana con el fin de silenciar los brotes de socialismo en los países vecinos del sur.

En El jardinero fiel (Fernando Meirelles, 2005) hay una imagen que insiste perdurar en mi recuerdo: la figura a la intemperie de Justin Quayle (Ralph Fiennes) aguardando a que lleguen los sicarios que han pagado para asesinarle. Sentado en una piedra, mantiene una conversación imaginaria con su mujer Tessa, muerta en el mismo lugar, presumiblemente por las mismas manos –los mismos gatillos- que van a poner fin a su vida. La escena tiene lugar en el desaborido lago Turkana, donde no hay más que cocodrilos y el penetrante recuerdo de su esposa. Después del asesinato de Quayle, los altos poderes intentan pasar su muerte por suicidio. Es durante la homilía en su honor, sin embargo, cuando la familia y los hipócritas le lloran, el momento escogido por uno de sus amigos más cercanos para hacer públicos, a través de una carta incriminatoria, los motivos por los que Justin fue echo desaparecer. La epístola leída en alto da cuenta de los sucios entramados tejidos por las farmacéuticas en contubernio con la clase política; delata la experimentación de una vacuna, que demuestra ser mortal, y que, pese a ello, se sigue probando en millones de africanos, convertidos, sin que se lo haya advertido nadie, en el laboratorio más grande y menos costoso para sus pruebas científicas. Esta aterradora verdad es la que cuesta la vida a los protagonistas. Si la muerte de Tessa inspira la investigación de Justin, el asesinato de éste ofrece la oportunidad de divulgar la verdad frente a una fila de periodistas. El final del discurso es ejemplar y retumba en la conciencia del espectador, que ya sabe que no está viendo sólo una película: “No hay homicidios en África. Sólo muertes lamentables. Y de esas muertes se originan los beneficios de la civilización. Beneficios que podemos pagar tan fácilmente porque esas vidas se compraron muy baratas”.

Los muertos se transforman en símbolos. Los símbolos sobreviven a sus propios verdugos. Son fantasmas más difíciles de matar que antes. Por eso, al final de ¡Viva Zapata! (Elia Kazan, 1952), aun cuando Emiliano Zapata (Marlon Brando) ha sido acribillado en la plaza, uno de sus enemigos pronostica: A veces un hombre muerto puede ser un enemigo muy peligroso.

Los muertos y su ejemplo son la conciencia de una rebeldía infatigable. El caballo blanco de Zapata escapa de las balas y permanece en las montañas, el hogar natural de los forajidos y guerrilleros. Es una montura que busca su nuevo jinete. Momentos antes de caer en la emboscada, Zapata mantenía con su chica la siguiente conversación crepuscular:

-Con todas estas luchas y estas muertes, ¿qué ha cambiado en realidad?

-Ellos (por el pueblo) han cambiado. Es así como las cosas cambian: a través de los hombres.

Tiempos de gloria (Edward Zwick, 1989), la mejor y más heroica realización de este director de películas heroicas, nos cuenta la historia de la creación del 54º Regimiento de voluntarios de Massachussets, el primero formado por soldados de color, a cargo del coronel Robert Gould Shaw (Matthew Broderick), hasta su casi aniquilación en el asalto al Fuerte Wagner. Los acontecimientos tienen lugar entre los años 1862 y 1863, durante la Guerra Civil Americana. Los actores están fenomenales (emocionantes, veraces Denzel Washington y Morgan Freeman). La música de James Horner es soberbia. Hasta los extras que participan son convincentes. No importan sus dislates históricos ni el retrato idealizado de sus personajes. Es una película primordial por su final culminante y trágico. El fuerte Wagner, que ocupan los confederados, es el símbolo de las empresas imposibles y gloriosas. El regimiento tiene la misión de ocuparlo a pesar de su dificultad. La noche anterior al asalto los militares se relajan, cantan, rezan pensando en el día de mañana. Saben que para muchos no habrá otro amanecer ni otro momento que el de ahora. Ese presentimiento nos acompaña durante el resto de la película. El coronel Shaw contempla la playa por última vez, las olas, sus gaviotas, y desmonta del caballo. Comienza el ataque. La noche, en la que flamean las bengalas, se tiñe de los colores de la bandera americana. Shaw es tiroteado cuando asciende por una de las dunas. Los demás, urgidos por la rabia, quieren vengarle. Los últimos minutos de la película hacen pensar que van a tener éxito. Se escuchan coros, sube el volumen de la música, los soldados se abren paso con sus armas y recorren la lengua de tierra que les separa de la fortificación. Pero entonces el ejército se detiene en seco ante la visión espantosa de los cañones enemigos apuntando en su dirección, como si todo ese tiempo los hubiesen estado esperando. Los cañones vomitan. La escena se cubre de humo. Regresando a la misma playa la mañana siguiente a la carga fallida, contemplamos el fuerte izando la bandera sudista. Las olas saltan sobre algunos cuerpos. Shaw ya no estará allí para mirar el océano -¿cuántos ojos no han visto y han dejado de ver el espectáculo repetido del mar?-. Los cadáveres de los soldados son arrojados a una zanja. Entre ellos figura el de Shaw. Los créditos finales comunican que el fuerte jamás llegó a ser tomado.

La película nos cuenta que hay formas de ganar aunque se pierda. Son muchas las maneras de morir –aquí sólo hemos contemplado algunas- y la forma más gloriosa de hacerlo es por lo que se cree. William Wallace, el indepentista escocés que fue desmembrado sobre el potro de tortura, nos habría preguntado si no preferiríamos cambiar todos los días que nos quedan en nuestra vida por una oportunidad de pelear por nuestra libertad.

Los altruistas son una presencia incómoda porque no siguen las reglas de este mundo ni su manera de entender el beneficio coincide con la del resto. Por eso los poderes económicos y políticos los arrinconan y criminalizan. Puede que cuando les veamos gritar en las plazas nos parezcan pocos, pero no olviden que las ideas son contagiosas. Perderán seguramente, ¿y qué? Quizás perder sea lo único honesto que nos quede porque ganar significa lo otro: hacer trampas, apuñalar por la espalda, cerrar los ojos y oídos al grito de ayuda de millones. Sí, entonces va ser preferible que nos llamen idealistas, locos, estúpidos, subversivos. Caer de cabeza. Rompernos la espalda. Eso es preferible a lo otro.

Estos han sido unos pocos ejemplos que representan parte de la minoría del mercado audiovisual. Me disculpo por las imperdonables ausencias, consciente o no de ellas, en que habré incurrido a lo largo de estas líneas. Aquí también faltaron los trabajos infaltables de nombres como los de Richard Attenborough, Ken Loach, Fernando León de Aranoa, John Schlesinger, Atom Egoyan, Terrence Malick, Krzysztof Kieślowski, Steven Soderbergh, Jonathan Demme, Jim Jarmush, Werner Herzog, Bertrand Tavernier… que nos trajeron realidad y perdedores, luchadores que desisten de sentarse y vuelven a la lona, encajando los golpes hasta que la mandíbula les estalla o el brazo de quien les golpea se cansa.

El otro tipo de cine, ese que nos invita, más que a soñar, a comprar una bolsa grande de palomitas, y que suele colonizar la mayoría de las salas de cine, estará ahí siempre, lavando nuestras conciencias, deformando nuestra visión de las cosas con unas gafas de 3D. Quizá así uno ya no piense en la cantidad de pelusas y cadáveres que se acumulan bajo la alfombra. Quizá así, simplemente, ya no pensemos. Porque pensar da dolor de cabeza y angustia en el estómago. Siempre nos quedará ese cine de distracción sumergiéndonos en un mundo poblado de efectos especiales y retoques quirúrgicos. Nos seguirán viniendo con el mismo cuento, la misma mentira (aunque ya sepamos que los buenos no ganan, que los altruistas acaban muertos o comprados), será como echarle una cucharada de azúcar a una copa de veneno.

Helsinki, 06 de octubre de 2011

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