Ahí tienen otro axioma: Todo el mundo trabaja para el enemigo. Sí, usted también, y yo. Trabajamos, nos venden, les compramos y aceptamos su salario agradecidamente. Renunciar a su juego sería renunciar al mundo. Todos trabajamos para el enemigo. Todos somos el enemigo.

LOS ALTRUISTAS NO CAEN DE PIE (III)

por Miguel Cristóbal Olmedo

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Decía Hunter S. Thompson -a quien menciono porque Johnny Deep se ha encargado de ponerlo de moda otra vez-, que en un país de cerdos, los cerdos ascienden muy rápido. Se queda corto: allí donde dijo país debió haber escrito mundo.

El dinero mueve este mundo, porque este mundo lo rigen los mercados. No pertenece a los buenos. Los buenos pierden y eso es un axioma.

Sus administradores, es decir, aquellos que se robaron los ases de la baraja, hoy por hoy, son los grandes empresarios, los banqueros y los principales accionistas de las multinacionales. No los conocemos a todos. Manejan el mundo desde la sombra, y nosotros les hacemos el trabajo sucio por una mísera paga de Judas. Esto lleva a acordarme de una de las primeras secuencias de Las uvas de la ira (John Ford, 1940): cuando la familia Joad recibe la noticia de su desahucio y enfrenta con un arma al conductor de un tractor que viene a echar abajo su casa. La conversación es la siguiente:

“-Yo no puedo hacer nada. Sólo cumplo órdenes. Me mandaron a deciros que estáis desahuciados.

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-Quiere decir que me echa de mi tierra.
-No hay por qué enfadarse conmigo, yo no tengo la culpa.
-Pues entonces ¿quién la tiene?
-Ya sabes que la dueña de la tierra es la compañía Sonvilland.
-¿Y quién es la compañía Sonvilland?
-No es nadie. Es una compañía.
-Pero tiene un presidente. Tendrá alguien que sepa para qué sirve un rifle, ¿verdad?
-Pero hijos, ellos no tienen la culpa. El banco les dice lo que tienen que hacer.
-Muy bien, ¿y dónde está el banco?
-En Tulsa, pero no vas a resolver nada, allí sólo está el apoderado y el pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York.
-Entonces ¿a quién matamos?

-La verdad, no lo sé. Si lo supiera, te lo diría.”

Porque ¿quiénes son el banco? La familia observa impotente la destrucción de su hogar, abrazados al rifle y sin tener a quién dispararle.

Nuestro mundo se rige, y se ha regido siempre, por el comercio. Los viajes de Marco Polo a la corte de Kublai Khan, el descubrimiento de las Américas, la segunda guerra de Irak, todo se lo debemos al comercio y no a un espíritu aventurero y errante. Mejor no lo podía decir Jack Aubrey (Russell Crowe) cuando está a punto de abordar el barco de sus pesadillas en la película Master and Commander: Al otro lado del mundo (Peter Weir, 2003): “¡Por Inglaterra y por el botín!”. Los neoliberalistas ya sencillamente gritan: ¡Por el botín!

Precisamente Roman Polanski, que no pudo salvar a sus padres de los campos de concentración ni a su esposa Sharon Tate del cuchillo de unos locos, entiende la dinámica imparable del mal, que tan bien ha plasmado en el alzamiento desesperado del gueto de Varsovia (El pianista, 2002), en la gestación del Anticristo (La semilla del diablo, 1968) y en El Baile de los vampiros donde los propios cazavampiros terminan esparciendo el Mal en vez de erradicarlo.

Ya sea en el libro como en la película, American Psycho (Mary Harron, 2000), propone la historia de un psicópata cuyo mejor coartada es el dinero o el estatus que le proporciona el dinero, a causa de la creencia fundada de que los malos son aquellos que no tienen nada.

En Election (Alexander Payne, 1999) Jim McAllister (Matthew Broderick) es un profesor que enseña, entre otras cosas, moral y ética en un instituto de Omaha. Durante las elecciones escolares tiene que vérselas con su brillante y detestada alumna Tracy Flick (Reese Witherspoon. Tracy quiere ganar las elecciones y hará lo que esté en su mano para conseguirlo. Jim McAllister, por motivos personales, en vez de arbitrar imparcialmente en el evento, quiere pararle los pies a Tracy. Hacia la mitad de la cinta, consigue acorralar a la chica y, convencido de que vivir con honradez es la mejor opción, le larga un discurso moralista que, por supuesto, cae en saco roto, en el saco roto de la ambición desmedida de Tracy. La estudiante gana las elecciones a pesar de los obstáculos que le pone Jim, quien, en el proceso pierde su empleo y a su mujer. Al final de la película la vida de los dos personajes vuelve a cruzarse fugazmente. Tracy, vestida de traje, está entrando en la limusina de un político republicano, mientras que el señor McAllister, con cierta pinta de paleto, no puede hacer otra cosa que lanzarle el vaso de plástico que tiene en la mano; es una forma de vengarse del destino y de ella. La limusina frena en seco. Jim echa a correr en dirección contraria, como si fuese un auténtico delincuente.

Ahí tienen otro axioma: Todo el mundo trabaja para el enemigo. Sí, usted también, y yo. Trabajamos, nos venden, les compramos y aceptamos su salario agradecidamente. Renunciar a su juego sería renunciar al mundo. Todos trabajamos para el enemigo. Todos somos el enemigo

Los jesuitas de La misión (Roland Joffé, 1986), además de evangelizar a los guaraníes, tienen que responder a las órdenes del Pontífice y el alto clero de Roma. Cuando los intereses de sus mandamases difieren del de los misioneros, éstos toman la trágica decisión de romper su voto de obediencia. La iglesia apostólica romana busca enriquecimiento y continuación, en cambio los jesuitas quieren preservar a los indígenas de la esclavitud a la que están abocados si permiten que los españoles y los portugueses desmantelen la misión. El final es trágico. Las casas arden. Indios y misioneros caen acribillados. La balanza del destino vuelve a inclinarse del lado de los poderosos.

Romero es el nombre del Moseñor asesinado en San Salvador y el de una película dedicada a los últimos años de su vida. Óscar Romero (un estupendo Raúl Julia) ascendió por la jerarquía de la Iglesia gracias a su reputación de conservador. La muerte de un amigo cercano, el padre Rutilio Grande (interpretado por Richard Jordan) a manos de la extrema derecha, transformó a Romero en una persona crítica con el gobierno del Salvador. Su búsqueda por la paz, instando a los soldados a que dejaran de matar, aunque fuese a costa de desobedecer a sus superiores, le valió un disparo en el corazón mientras oficiaba una misa. La violencia siguió su curso.

En Shooting dogs (Michael Caton-Jones, 2005) tenemos al padre Christopher (John Hurt), un personaje muy semejante al que hacía Jeremy Irons en La misión. El escenario ha pasado de ser el alto de las cataratas de Iguazú a centrarse en la polvorienta Ruanda. Cuando los hutus empiezan las masacres de tutsis, Christopher usa el colegio que administra como campo de refugiados. Las Naciones Unidas, como ya vimos en Darfur, permiten que la milicia invada el colegio y asesine a los tutsis con machetes, azadas y piedras. Otro de los personajes, un muchacho inglés que hacía labores de profesor y se prometía no abandonar a esa gente a su suerte, decide huir con los Cascos Azules cuando ve que no se puede hacer más. Temer por su vida le convierte en un cobarde arrepentido al final de la cinta. El padre Christopher, sin embargo, se queda, decide no abandonarles. Durante la matanza esconde a algunos niños en su furgoneta y trata de pasar la frontera con ellos. Como era de esperar, en uno de los numerosos controles, es descubierto y fusilado. Los niños, sin embargo, se pierden en la espesura de la selva y sobreviven. Una vez más el héroe pierde pero en su consuelo podemos decir que salva unas vidas; vuelven a plantarse las semillas de la esperanza que ha regado con su sangre.

(El ejemplo de Christopher, de más está decirlo, no responde a la forma de conducta de la mayoría de los sacerdotes en Ruanda, que se encargaron de delatar la presencia de tutsis a sus asesinos. Los alrededores de las iglesias se convirtieron en campos de exterminio.)

Los héroes están siempre a un paso del martirio. Todos nos acordamos del grito ¡Libertaaaad! que exhala, como si de su último suspiro se tratase, un torturado William Wallace. Braveheart (Mel Gibson, 1995) demostró a las grandes productoras que era posible matar al héroe por una buena causa y ser bendecido por público y crítica, algo que volvió a darse en esa especie de remake peplum titulado Gladiador (Ridley Scott, 2000). Tanto Wallace como Maximus, el protagonista de esta última, padecen la ejecución –o el asesinato- de la mujer que aman, derivando de este acontecimiento su insaciable sed de venganza. Ambos protagonistas, en una y otra película, se sienten atraídos por un nuevo personaje femenino a quien las circunstancias, el linaje, la cuna, han posicionado en el bando contrario aunque sólo sea en apariencia. Las semejanzas se continúan sin el menor sentido de pudor. Hacia el final de las cintas, los protagonistas son traicionados por personas en quien confían y hechos prisioneros. Mientras que Wallace es torturado hasta la muerte con su archienemigo el rey de Inglaterra agonizando de una larga enfermedad, Maximus tiene la oportunidad de librar una pelea inverosímil en el coliseo romano contra el emperador Cómodo (Joaquin Phoenix). La insistencia del pueblo, movido por el coraje de Wallace, a que muestren clemencia por él, obliga a sus verdugos a descabezarlo, ahorrándole más sufrimiento. Mientras el hacha desciende, Wallace distingue entre la multitud el fantasma de su malogrado primer amor, sonriéndole desde lejos, dándole la bienvenida a un nuevo mundo. Su ejemplo cunde como la pólvora. Los escoceses se niegan a doblegarse y obtienen la independencia. Entretanto, en la película Gladiador, Maximus ha conseguido matar al malvado Cómodo, aunque éste a su vez le haya inflingido una herida mortal. El destino de Roma parece a salvo ahora que los tiranos han caído y se va a reinstaurar la república. Maximus vaga por la arena del circo, ajeno a su triunfo, con la imagen de su hogar, antes sumido en cenizas, resurgiendo frente a sus ojos. Bajo el dintel de la puerta le esperan su mujer y su hijo fallecidos. La muerte del héroe es el último de su valentía, el gesto que lo consagra como símbolo antes que como hombre.

¿Y no es Donnie Darko también una suerte de mesías ofuscado, capaz de dar la vida para salvar el destino de una realidad alternativa? ¿No es cierto que Guido de La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) se ofrece a morir con tal de mantener la inocencia de su hijo? En China a los héroes o altruistas les tienen por tontos, ¿para qué sacrificarse por una causa cuando puedes seguir vivo? Por eso el suyo es un pueblo conformista y sometido, que se aviene a sueldos miserables. Gracias a que su sumisión abarata los costes de producción, están invadiendo los mercados europeos con sus productos. Se van a comer el mundo porque son el pez grande, son el ejemplo antiheroico y comercial. Europa quiere convertirnos en ellos con sus pactos anticrisis. Quieren que seamos el pez grande también y para eso tenemos que aplaudir los recortes sociales, claudicar, vaciar las plazas tomadas por los indignados, someternos a las reglas de un juego en el que salimos perdiendo todos, menos los que siempre salen ganando, los tiburones que se meriendan a los peces grandes y pequeños..

Aaron McKinney

Los altruistas, antes de ser aniquilados, como John Wayne y los suyos en la defensa inútil de El Álamo (1960), dicen cosas como: Las causas perdidas son las más dignas de pelear. Esto, por supuesto, no lo dijo nunca John Wayne, ni en la vida real ni como personaje, pero está claro que comportarse noblemente y matar anónimamente a Liberty Walance, le negó la oportunidad de quedarse con la chica.

En Darfur tampoco ofrecen demasiado consuelo. Hay personas o pueblos que son insalvables, no por decreto divino ni decisión de las Parcas, sino a causa de nuestra propia naturaleza cobarde y ambiciosa. El bebé está a salvo, sin embargo, y quizás Julio Cortázar tenga razón cuando escribió que un poquito de nada es mejor que una nada absoluta.

Helsinki, 27 de septiembre de 2011

Leer la continuación del artículo: LOS ALTRUISTAS NO CAEN DE PIE (IV)

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